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viernes, 13 de agosto de 2021

Palomas en las ciudades

                                              

 

La calima del día ha traído un viento caliente  semejante a las púas de los cardos manchegos y el cielo de color ceniciento ha impedido que veamos el azul  cotidiano. Pesaban las horas como si nos fuéramos a derretir en mitad del calor de agosto. Sudan los hombres que limpian los tejados de palomina para impedir que cuando venga la tormenta se atasquen canalones y desagües lo mismo que otras veces. Por las calles anchas y principales del pueblo  hay que mirar adonde pisamos para impedir llenarnos las sandalias de los excrementos de perros y palomas. Además hay que tener cuidado para evitar que las palomas, señoras del espacio, balcones, tejados y ventanas no descarguen su excremento en nuestras cabezas, hombros y cara porque aunque hay quienes aseguran que una cagada de paloma trae buena suerte, por aquí ni lo creemos, ni lo deseamos, porque la experiencia ha sido y es desagradable y demasiado frecuente.

A los niños se les enseña que tengan cuidado donde pisan pues no es saludable que arrastren esa suciedad en sus sandalias ahora que  vamos casi descalzos. Ignoro si los defensores de los animales tienen un secreto pacto con  la suciedad permisiva de las calles  que no aporta higiene y si diversas enfermedades de las que no se informa a los ciudadanos. Por mucho que se intenta comprender esta situación, algunos de nosotros, que parece ser que  estamos instalados en la ignorancia, nos preguntamos  ¿para qué sirve tanta inmundicia?

La memoria, esa puerta que a veces se nos abre sin ser llamada, nos muestra imágenes de un pasado cercano donde las palomas no eran problema alguno.  Recuerdo que los que tenían palomares y vendían la palomina  se protegían de esa basura  evitando que el polvo les llegara tapándose la cara con pañuelos del  campo, los llamados de yerbas, que  siempre han llevado y llevan, para protegerse del sol y del polvo. Se desinfectaban  palomares, por igual los que se tenían en los corrales con el averío y, aquellos otros construidos en el campo con  zotal rebajado con agua se regaban esos espacios y con  cal recién hervida se encalaban para evitar enfermedades. Mitos y leyendas no ocultan la realidad actual del perjuicio de las palomas que según algunos datos son tan abundantes como las ratas en alcantarillas y vertederos. Hay suficiente información publicada sobre este problema por lo que ignorarlo es dejación de quienes están obligados a la defensa de la salud pública en nuestros municipios.

Recojo la opinión publicada en el “Diario sanitario: comtos://diariosanitario.com/”  donde se dice:

“La exposición a estas aves y, sobre todo, a sus excrementos infectados por el hongo cryptococcus, puede generar graves enfermedades pulmonares. En 2017, el Tribunal Superior de Justicia (TSJC) le otorgó a una guía turística de Barcelona la invalidez permanente después de comprobar que el citado hongo fue la causa de su fibrosis pulmonar.

El papel de la paloma como portadora de hongos patógenos se descubre en 1955, al aislar los residuos de palomas urbanas. Se establece entonces la relación existente, y actualmente consolidada, entre el microorganismo y las heces de estas aves. Posteriores revisiones de investigadores muestran que las excreciones viejas son la fuente conocida más abundante de dicho microorganismo.

Raúl Godoy Mayoral, neumólogo, presidente de la Sociedad Castellano Manchega de Patología Respiratoria, recuerda que «las heces y las plumas de estos seres no solamente ensucian nuestras calles, sino que pueden afectar  a nuestra salud. Por supuesto,  la concentración de las partículas producidas, que, a su vez, depende de la cantidad de animales, es fundamental para que afecte a los humanos».

En los últimos 25 años, los casos de criptococosis, una infección por hongos que se encuentra principalmente en la tierra y cuando se inhala se aloja en los pulmones, han aumentado considerablemente.”

El silencio del pueblo ante problemas ambientales tan importantes como es la salud  denota  la ignorancia sobre  derechos humanos; sobre cualquier derecho que perjudica la vida y la naturaleza, en esto se incluye el deterioro de edificios y mobiliario urbano en aquellas ciudades donde están inundadas por las palomas. Además no hay que ignorar que la superpoblación de palomas las hace vulnerables a sufrir  escasez de alimentos y  anidar en lugares no adecuados cuando las temperaturas son extremas en invierno y verano. Algo falla en nuestra sociedad cuando la convivencia entre seres vivos diversos y distintos no es compatible. Palomas torcaces en su mayoría con las que convivimos y también la tórtola, más ligera y grácil. Palomas desconocidas en su extensa naturaleza. Tenemos tanto que aprender. 

 

                                                                                                                      Natividad Cepeda

 

 

 

martes, 8 de septiembre de 2020

Crecí en un pueblo de calles limpias, tan limpias que parecían que nadie pasaba por ellas. En el ayuntamiento había dos barrenderos, Antonio, y otro que no recuerdo su nombre y al que de sobrenombre lo llamaban Chencho.. Llevaban un carrito de mano que ellos empujaban y barrían las calles más principales del pueblo además de la plaza del ayuntamiento y la plaza del mercado de abastos. Caminaban como si estuvieran muy cansados mascullando las palabras en sus platicas abstraídos en su quehacer sin que lo que pasaba a su alrededor  no existiera.  Los veíamos barrer sin inmutarnos como algo normal en la el ir y venir del pueblo. 

Ellos barrían y las mujeres, todas las mujeres del pueblo ricas y menos ricas, barrían las aceras de los metros de sus fachadas y hasta media calzada del pavimento de las calles. Importaba poco que fueran adoquinadas, de canto rodado y, todavía en mi infancia, las había de tierra la calzada. Todas las calles estaban limpias como patenas del altar y sin que nadie lo dijera también se barrían la parte de las casas deshabitadas porque eso era común en la vecindad.

No recuerdo ver jamás, excrementos de perros callejeros  desperdigados en las calles, ni bandadas de palomas ensuciando ventanas, balcones y aceras con sus plumas y palomina como ahora, que hasta nos caen en la cabeza y en la cara algunos de sus  excrementos, al pasar volando sobre nuestras cabezas. 

En la plaza de la iglesia y el ayuntamiento se escuchaba el gorjeo de gorriones y  a veces se nos paraban delante de los pies sin molestar, discretos y bellos su pequeños cuerpos, ocupando los árboles de acacias delante de la iglesia. Un día a un alcalde se le ocurrió la feliz idea de talar los arboles y re modelar  la plaza a su gusto plantando álamos blancos, en lugar de acacias. Los gorriones que tenían su habitad en las ramas de los árboles pareció que se volvían locos al ser despojados de sus nidos, y volaban gimiendo de un lugar a otro  alrededor de la torre de la iglesia, perdidos en desbandada. Los álamos crecieron tan rápido y lozanos que los gorriones se acoplaron en sus ramas. En el invierno los veíamos hechos unas bolitas oscuras en las ramas desnudas, aguantando estoicos el frío manchego y volando al salir el sol buscando su calor. Los álamos se hicieron gigantescos alcanzando su ramas casi la torre de la iglesia. Nos sentíamos orgullosos de nuestros árboles y del alcalde que los había plantado.  

Ocurrió que una mañana cuando salían los feligreses de la primera misa  se desgajó unas ramas gruesas de los álamos cayendo estrepitosamente hasta el suelo, a punto estuvo de matar a los que salían del templo. Se descubrió que los álamos al ser árbol de ribera de río habían enfermado y de nuevo se talaron y sacaron sus raíces poniendo en su lugar árboles de esos que son de los jardines actuales, híbridos y sin personalidad. Los gorriones huyeron y de pronto como una plaga bíblica   fueron apareciendo las palomas ocupando todo el espacio de la plaza, los tejados de las casas, el tejado del ayuntamiento... Pedimos a nuestros gorriones. 

Ahora con la pandemía del coronavirus  las calles están abandonadas a la suciedad se juntan los excrementos de los perros y los guantes y mascarillas tirados por el suelo, además de lo que dejan en alfeizares de ventanas y puertas, bancos y esquinas los transeúntes de llegados de América, África y rincones de la  Europa más pobre que no respetan papeleras la mayoría de ellos. Es el progreso actual. 

No convivimos con ellos, pasamos los unos al lado de los otros ignorándonos y todos tenemos miedo de todos. No es buen camino para esta sociedad globalizada manejada por la  creciente anarquía y desgobierno donde la riqueza no está bien repartida.

Antes en mi infancia y juventud mi pueblo era un lugar seguro y limpio donde los gorriones eran nuestros pájaros habituales y las palomas  habitaba en los palomares del campo. Ahora hemos recuperado algunos gorriones, pocos, y las palomas son ratas voladoras que colonizan balcones y tejados sin pudor alguno.

Antes eramos un pueblo sin tecnología pero un pueblo de calles limpias donde nos saludábamos diciendo, "buen día nos dé Dios" y nos respondían aquello de "Vaya usted con Él. Sigo pensando que Dios sigue caminando entre todos nosotros aunque no lo distingamos entre blancos, negros y entreverados, como dicen algunos cuando definen a los que no son ni blancos ni negros, ni chinos, ni ateos o creyentes. El mundo, ese mundo lejano de las películas y pueblos tan diferentes ha llegado a mi pueblo y ya no sé reconocerlo.


Natividad Cepeda