viernes, 9 de agosto de 2013

Tus manos



Tus manos, mi camino
evidencia exclusiva
de lo que es diferente.


                                 Mis manos son las tuyas,
                                 tienen la misma longitud
                                 nuestros dedos.


Cuando se encuentran
nuestras manos, se miden,
se palpan, se funden en una sola.

                                    Mis manos  buscan tu pecho
                                    su calor, su firmeza,
                                    tu temblor palpitante.

 
Tus manos se deslizan                                                               
como el agua en la arena,
y vienen por toda mi epidermis.


                                     A veces son muy bruscas.
                                     A veces son ingenuas…
                                     Principiantes, nerviosas.


Tus manos semejan olas,
 conchas, algas, caracolas
y espuma de la mar menesterosa.


                                    Me quiebro entre tus manos
                                    y entre ellas renazco
                                    de mil derrotas y cientos de fracasos.





He dejado mi alma entre tus manos,
mi fatiga en sus palmas,
mis sueños en la frontera de tu vida.


                                        Mis manos enlazadas
                                                                                             a tus dedos me revelan
                                                                                             la misericordia de tu amor.


Cuando miro tus manos
veo  tú corazón amándome
 y en sus profundas rayas,
las huellas de todos tus  trabajos.



                                      
                                       Sin ti no tengo nada
                                       me quedo escayolada
                                       con múltiples fracturas en mis dedos,



con heridas fantasmas que me sangran,
y para nada me sirven mis manos
si tú no estás en ellas como siempre.


                                                                                                   Para nada las quiero
                                                                                                  si mis manos no huelen a tu cuerpo
                                                                                                  y no tiemblan contigo intensamente.


                                               

                            

                                                                                                                              Natividad Cepeda      


         

                                                                    


 Arte digital: N. Cepeda

jueves, 1 de agosto de 2013

Lloran las campanas en Santiago de Compostela

    
        Lloran las campanas, tañen con su voz al aire sin otro mensaje  que su herido  lamento.
Todavía lloran al paso de los días.
Lloran y claman al cielo por los que se han ido… ¿Adónde, Señor, contigo? Se me quiebra la voz en la garganta, me rompo henchida de tristeza mientras manan de mis ojos mares de lágrimas. Siento que el frío de la muerte hila la sangre en mis venas al ver el sueño de los muertos. 
Duermen y lloramos por ellos por los recodos de los valles y las llanuras lejanas de la ciudad santa de Santiago de Compostela. Navega la esperanza en el Dios que yo creo a pesar del ocaso de estos días. Fluye el rumor del mar, ola a ola navegan las almas de los muertos en el poniente de la vida. Se nos rompe el timón cuando perdemos a los que amamos y los perdemos en la corriente de la muerte que no cesa en su constante flujo universal.

Bogo hacia Ti, Dios de la vida, a pesar de los timones rotos. Y siento la amargura de la impotencia y de la pena por tantos muertos en el mundo. Aquellos que se han ido nos esperan en las remotas islas de los cielos y los que conocen el valle de Josafat señalan desde Santiago la senda que nos toca seguir.

Ahora cuando han pasado apenas unos  días de la tragedia del tren Alvia y sobre los raíles vuelven a circular los trenes, seguimos escuchando llorar a las campanas.  Volverán a tañer las campanas en Santiago de Compostela, muchas otras veces, con su llanto fúnebre que nos llama a congregarnos alrededor del Apóstol.  Misterio de misterios, en un campo de estrellas quedose la vida y se labró la tumba. ¿Quién me puede explicar esa incógnita?

Yo estuve en esa ciudad hace unos años, por la noche paseaba por las calles solitarias que son el cinturón de su catedral. La plaza del Obradoiro,  solitaria,  era el eco de los pasos. Pasos que parecían perderse en el infinito recodo del silencio. Apenas si éramos unos cuantos los que andábamos por ella, solos y envueltos en la noche, roto el silencio por el reloj y los sonidos imperceptibles de murmullos que no supe nunca de donde provenían. He vuelto a ese lugar desde la noche del 24 de julio cuando desde la pantalla del televisor vi al tren descarrilar en mitad de la noche. He vuelto a revivir ese extraño misterio que percibí en el mismo corazón de Santiago de Compostela, tan diferente a las horas diurnas.
Y sigo preguntándome  el por qué de ese angosto camino del tren roto a las puertas de una ciudad en fiestas. Y sigo escuchando ese lamento humano en memoria de los que nos dejaron.
Homenajes a los que se han ido y homenajes a los que por caridad ayudaron a muertos y a vivos estas pobres palabras. Homenajes de los pobres humanos que miran a las estrellas sin descifrar su callado mensaje.

Aguantamos el dolor con valor y con tristeza. Nos arrodillamos ante la magnitud de la tragedia y encendemos velas para alumbrar el camino desconocido;  dejamos nuestro presente de flores y lágrimas  junto a la barca del Apóstol, porque también Él, llego hasta nosotros en brazos de la muerte para dormir aquí el sueño de los justos.

Han venido ataviadas de llanto las perseidas de agosto: hay un llanto en las estrellas por los que desde abajo lloramos por los que nos faltan.

Dios consuele a los que los lloran por la ausencia de los que amaron, y cuide a los que luchan por la vida.  Porque los hijos nacidos de mujer y de hombre, siguen siendo pequeños ante las innumerables tragedias de la vida.
La ciudad de Santiago de Compostela todavía sigue sobrecogida por el dolor y con ella lloran las campanas de todas las ciudades de España, porque  la belleza de las estrellas las tapan nuestras lágrimas.

                                                                                                                               Natividad Cepeda  



Arte digital: N. Cepeda

                                                                                       






jueves, 18 de julio de 2013

Cármenes

                                                   
 Vienen desde el pasado las mujeres que he conocido con el nombre de “Carmen” Llegan con la cabeza alzada, sin trompetas que anuncien su llegada, pero firmes con su cetro de roca aromado de flores.


Es julio y hace calor en Tomelloso. Vuelve la calima a dejar en la sombra su hoguera de láminas de fuego y es tanto su calor que hasta las piedras se calcinan al bode de los caminos sedientos y agotados de  este calor de julio.

La primera mujer que yo recuerdo con el nombre de Carmen estaba iluminada en su trono de flores. Tenía la expresión dulce,  serena, y junto a ella, cogiéndome mi mano de niña muy pequeña, estaba tía María con la mirada alzada al rostro iluminado, con mirada extasiada llena de fe y entrega a la Virgen del Carmen en el oratorio precioso de su casa.
En mi calle, al lado de mi casa habitaban dos jóvenes mujeres con el nombre de Carmen, y en otra calle cerca, había otras dos Cármenes…

Era un nombre común sin pretensiones, apenas si alguna sabía lo que significaba; lo único importante era que se llamaban así por la abuela, una tía, su madrina de pila de bautismo, o porque a la hora del parto su madre se había encomendado a la Virgen del Carmen la que salva las almas de todos los fuegos existentes e imaginarios. Y luego estaban las niñas como yo que se llamaban Mari Carmen y Carmina.  Y  la canción de Maricarmen del Dúo Dinámico, al que jamás vi actuar porque cuando vinieron a Tomelloso mi prima Maricarmen y yo, intentamos colarnos porque no teníamos dinero para la entrada, y nos salió tan mal que hasta nos perdimos la entrada y la salida del teatro Cervantes que fue donde actuaron.

Décadas después las niñas se llamaron Carmen María, Carmen Pilar, o Carmen Marta…  Un nombre de mujer, casi siempre.

Una noche de primavera conocí a Carmen Conde. Llegó a Tomelloso vestida de traje gris  de chaqueta y falda y camisa blanca.  El pelo rizado, gris y blanco, recogido en un moño italiano; cogida a un bolso negro, y calzando zapatos negros de tacón bajo. Apenas si recuerdo la conferencia que impartió en la Casa de Cultura dentro de las jornadas de Poesía Española, organizadas por el Grupo  Artístico y Literario “Jaraíz” bajo la dirección de Valentín Arteaga, al que yo pertenecía. Al concluir una cena nos esperaba.  Yo no podía asistir a la cena  por lo que acompañé al grupo a tomar una cerveza o un zumo antes de cenar.

Cuando llegó doña Carmen Conde, la saludé después de las consabidas presentaciones, pero fue en la terraza del restaurante Plinio donde me hizo un hueco para que me sentara a su lado. Era directa en sus afirmaciones, contundente y certera en sus opiniones; segura de sí misma, algo distante, si el conversador de turno no le interesaba lo que decía, pero brillante en su disertación. La tertulia estaba animada bajo el cielo sereno de mayo por lo que la noche invitaba a cenar y a conversar largamente. 
Miré mi reloj y me disculpé por tenerme que marchar, había iniciado un movimiento para levantarme y Carmen Conde me lo impidió enérgicamente. Me disculpe alegando que no podía quedarme, y ella en tono despectivo me dijo que si no quería quedarme para que la había acompañado. Los demás la siguieron para evitar mi marcha, apoyando sus palabras. Volví a disculparme con ella e inicie mi retirada confesando, tímidamente, que me esperaban mis tres niñas para dormirse.

 Su mano me presionó el brazo mientras clavaba su mirada en mis ojos: Sonrío y suavemente me hizo volver a sentarme a su lado mientras les decía a los demás que  yo hacía muy bien en irme y no perder el tiempo con todos ellos. Fue entonces cuando me dijo que ella había perdido a su hija con tres años y que si la tuviera nadie la apartaría de su lado. Luego abrió su bolso de piel negra y del fondo de aquél pequeño baúl, extrajo un billetero y puso en mi mano una de sus tarjetas de visita y me hizo prometer que la visitaría. La Ilustre Académica me contó como era su niña y como a pesar de haber transcurrido los años ella la recordaba a diario. Me aconsejó no regatear el tiempo a mis hijas, porque el tiempo es fugaz y efímero y nunca se puede volver atrás.  Me hablaba como si sólo estuviéramos las dos a solas… Fue entonces cuando  admiré  la fortaleza de aquella mujer llamada Carmen  Conde, que a pesar de tener encanecido su pelo seguía siendo joven recordando su maternidad perdida.

Cármenes de ayer y de hoy. Mujeres poetas y mujeres anónimas.


Hoy por esas casualidades he tenido entre mis manos el libro “Sublimación de las sombras” escrito por María del Carmen Matute, publicado en la Colección bibliográfica  Manxa con el número 21 por el Grupo Literario Guadiana de Ciudad Real, y curiosamente  en la primera parte   bajo el título “Tu luz sublima mis sombras”, debajo se le, “Dedicado a mi hijo Carlos” Son cuatro poemas del libro preciosos y auténticos de la mujer que narra con la belleza poética su experiencia de madre y su espera hasta ver al hijo en sus brazos.  Antes de nacer le dice, y así lo escribe. “Mi existencia total/ en ti se justifica/ y a través de tu ser, / no realizado aún,/ alcanzo lo Absoluto.” Hermoso libro que tengo subrayado en varios poemas y que se cierra con un poema definitivo: “Cuando te pregunté:/ -¡Por qué Dios Calla?/ Esta fue tu respuesta:/ El lenguaje de Dios/ es la belleza.” 
María del Carmen Matute  Rodero, dulce en su mirar y en su decir, sin que esos atributos le resten fuerza serena en sus convicciones y en su quehacer literario y personal.  Con su sonrisa a flor de labios como el jaramago y la azulada flor del romero, no ocupará un sillón de la Real Academia   de la Lengua Española, más si tiene la fortuna de estrechar a sus hijos y dejar en sus frentes un beso de amor.

Cármenes de múltiples historias en tierra adentro y en tierras de mar y barcas en barrios de pescadores. Cármenes a las que no las quiebran los fracasos de la vida.
Queda tanto por decir que  con recordar y mirar hacia adelante sin olvidar el pasado seguirán creciendo en los vergeles del mundo muchos otros cármenes cuidados por manos de mujer.



                                                                                                         Natividad Cepeda

  Publicado Diario Lanza  18/7/2013                                                                                                                                                                                  
Arte digital: N Cepeda

Fotografía: Escultura en Cartagena de Carmen Conde del escultor Juan José Quirós 2007



viernes, 28 de junio de 2013

Me sorprenden los dibujos de los niños; tienen un secretismo mágico junto a la belleza del silencio del que se nutren las manos de los niños.
Me admiran sus formas universales  sin temor a ser juzgados por críticos de arte.
Cuando dibujan se recogen  íntimamente  exentos de vanidad dejando en los trazos el alma, la vida sin sombras.
En el papel en blanco la vida aparece con las  mismas  líneas  que el  de las cavernas.   Salen de sus manos todo el equipaje de los colores fuertes; rojos y granates, naranjas y verdes, marrones y rosas, azules y malvas…  todo es primitivo esquemas y símbolos que yo reconozco y que ellos transportan desde su ignorancia  nutrida de génesis.
Más allá de del círculo de nuestra cultura emerge el ancestro.
En esos dibujos la creación se muestra y cabe decir que si les dejaran a todos los niños un tiempo  sin televisiones y sin tanto ruido…  entre sus dibujos veríamos las grutas  que ayer habitamos, las que decoramos con trazo emergente.
Respeto su creación desde la distancia con la emoción de quien sabe que asiste a un único momento. Los miro y aunque quiero recordar la niña que ayer fui jamás lo he conseguido.
Dibujan y sobre ellos se proyecta el misterio que envuelve lo que serán mañana.
Ellos lo ignoran y mañana no recordaran cuando dibujaban corazones y árboles con el dominio intacto de quien captura un río sin saber geografía.
Cuando me regalan sus obras llenas de colorido carezco de palabras.  Son obras inigualables lanzadas al infinito de la ilusión primera, sin aristas ni escuelas que les pongan un cero: todavía ante ellos no han llegado los depredadores del arte.

                                                                                                                                                     Natividad Cepeda  

Arte digital: N. Cepeda






jueves, 27 de junio de 2013

Desde hace tiempo compruebo que las cosas pequeñas carecen de importancia para la mayoría de las personas.  No queda tiempo para admirar como brota un tronco roto en el pequeño habitáculo ordenado en una acera para un árbol urbano.
Ocurrió hace ya un año que de pronto un coche dio marcha atrás y tronchó por la mitad el tronco de un joven árbol. La fotografía del aparatoso suceso se colgó en periódicos y ventanas de ordenadores, al día siguiente unos empleados municipales cortaron a ras de tierra el árbol mutilado y ahí quedo el cuadrado del adoquín en la acera, sólo y silenciado, sin otro elemento que la tierra rodeando al tronco.


Con la llegada de esta primavera preñada de agua, ha brotado el árbol de hojas, el seco tronco,  a diario, al mirarlo, pienso si será posible que vuelva acrecer en paz sin que la barbarie in cívica de los ciudadanos urbanos lo vuelvan a matar.
Es pequeño y frágil, hermoso y verde estirando sus hojas al sol y al aire. Ha brotado a pesar de apenas tener tierra,  si lo dejan los bárbaros actuales, crecerá y volverá a ser un árbol para da sombra y dejar que en sus ramas se posen gorriones y golondrinas y también las palomas que nos destrozan tejados y obstruyen tubos de respiraderos y nos contaminan con sus excesivos excrementos.


Lo miro cada día al amanecer, cuando la calle se despereza de la noche estirando sus brazos llenos de luz por las arterias de la ciudad. Es un pequeño bulto de pequeñas hojas, es un niño-árbol que sueña y lucha por ser mayor si lo dejan crecer. 

Junto a él veo pasar a hombres de piel negra con paso migratorio y a mujeres de paso rápido camino de no sé qué trabajo… y coches, bicicletas y un autobús que llega puntualmente a las siete y veinticinco minutos y se para  hasta que suben trabajadores de una empresa. 
El pequeño arbusto, no otra cosa es por ahora, pasa inadvertido para todos, hasta para los barrenderos municipales que parecen venir derrotados de barrer las últimas estrellas de la noche y barren blandamente y sin brío los excrementos masivos de los perros  que sacan a pasear sus dueños y dueñas, dejando por doquier orinas y suciedad por las calles y plazas sin el menor pudor ni vergüenza.  
Es una moda urbana actual, sacamos a pasear al perro y aparcamos a niños y ancianos en centros para esas edades…  



La brisa del amanecer mueve las ramas de los árboles y despierta a la ciudad derramando sus rosas escarlatas por las pequeñas cosas de cada día.
Miro al árbol resucitado y pienso en mi hija lejana y ausente cuando escucho hablar en otros idiomas a esas gentes que buscan aquí lo que nuestros jóvenes buscan en otras ciudades del mundo.  Árboles pequeños;  ojalá que puedan resucitar y los dejen vivir dentro de la torre de babel en la que convivimos.



                                                                                                                  Natividad Cepeda







Arte digital: N. Cepeda

lunes, 24 de junio de 2013

Dicen que la noche de San Juan es una noche mágica. ¿Quién lo sabe?
Aseguran que el fuego es la purificación de todo el mal ¿Quién lo invento?
Y además está escrito que hoy se recuerda a Juan el Bautista, aquél que bautizaba en el río Jordán y reconoció al Hijo del Hombre llamado Jesús de Nazaret al que seguimos muchos sin conocerle apenas. Quizá porque a fecha de hoy su mensaje es demasiado difícil y después de miles de años  hemos cambiado poco.
Tan poco que todavía se le corta la cabeza  a quienes se atreven a enfrentarse al poder.  ¿Acaso no es cortar cabezas dejar de morir de hambre a millones de personas? O no lo es ¿dejar sin trabajo a millones de desempleados? 
Si Juan Bautista llegara hoy a nuestras calles se le taponaría la boca  por tantas cosas… También se corta la vida a los que injustamente se les quita la ilusión y la fe en los que dicen ser los servidores del pueblo: Ser servidor del pueblo no es amasar fortunas impunemente y medrar privilegios para sí mismo , familiares y amigos, creo que todavía Herodes se reencarna en muchos mandatarios del mundo.
De nuestro mundo cercano y del otro del que nos llegan noticias lejanas y perdidas de miseria y dolor.

Ojala que algún año de cualquier siglo  se dejaran de cortar las cabezas de los que denuncian injusticias.



                                                                                                                                Natividad Cepeda


Arte Digital: N Cepeda

miércoles, 5 de junio de 2013

Juan de Ávila: palabras de amor

Alguien entre rendijas murmura una oración.
Acaricia el crepúsculo  plumaje de palomas
frente al color escarlata de la tarde.
Sobre mi cabeza hay un trémulo concierto
de jilgueros en el templo dorado de la tierra. 
Revela el atardecer del día sombras viajeras
sobre hazas, caminos y ciudades.
Apenas, la luna,  es espuma de nata
sobre el azul del cielo, cuando por Almodóvar 
parece oírse a Juan de Ávila asegurar
“las almas se ganan de rodillas”;
fe de amor que movió su montaña
por encima de siglos y de gentes.

 Se estremece la Historia al eco de sus pasos.
En acordes de místicos,  nos parece escuchar
sus consejos, a Teresa de Cepeda
 y a Ignacio de Loyola: rebeldes con el mundo
y fieles a Dios;  la única verdad que los sostuvo.
Solemne peregrinan a la Casa del Santo 
suave luz de  estrellas. Quieto, un gorrión,
reverencia  desfile inmediato de luceros
ignorando el ruido de la calle.


Duerme Almodóvar del Campo
mientras pasea por el pueblo eterna misericordia
de uno de sus  hijos, nacido para el cielo.
Poco a poco se borran los contornos de las cosas
y se adueña en los árboles la quietud.
En los jardines públicos apenas hay otro sonido
que el de la oración callada, y en silencio
cruzando imperturbable, todavía, Juan de Ávila,
España, necesita ser evangelizada.


Pobres todos nosotros sin deseos de que tu espíritu
nos cubra con tu aliento. Pobres, por no llamarte
para que regeneres nuestra vida vacía de valores.
Tu monumento humano lo hiciste de palabras
de amor, de sencillez y generosa entrega a base
de  renuncias. Escruto esta vieja armadura de mis huesos
mientras te busco en tus escritos. Eslabón  que me une
al reflejo del sol en los sembrados, y a la paz de la espiga
frente al destello  de la luna  en pueblos y olivares.

Tu corazón, tierra de sosiego y camino sin límites
fue  lámpara exenta de rencor a pesar de agravios
y ofensas recibidas. Hoy cruza en el presente tu mensaje,
actual y vigente, por los ordenadores del siglo veintiuno
porque  la muerte no pudo apagar tu luz. 

Siento el dedo de la noche sobre mí, sin desvelarme hacia donde
iré en el futuro: pido que mañana, cuando cruce esa orilla
habitada de sombras, en el meandro de mi río
tus enseñanzas sean mi guía, Juan de Ávila,
corazón varado en el amor de Dios eternamente.

Desnudas mis pupilas peregrinan en busca de tus pasos.
El tiempo es ensueño por el que salimos a tu encuentro.
                       
                                                                                      Natividad  Cepeda



Publicado en el Periódico Iglesia en Almodóvar
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