Mostrando entradas con la etiqueta natividad ceepda. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta natividad ceepda. Mostrar todas las entradas

viernes, 29 de octubre de 2021

La sonrisa de Leopoldo Lozano peregrino de amor hacia la paz de Dios


Mi  bueno y entrañable Leopoldo Lozano, si alguien sabe de renuncias y entregas fuertemente ceñidas a la piel y a los años, ese, fuiste tú. Perenne bosque de esperanza fuiste en todos tus pasos recorridos en la desvencijada bruma sin ánimo, de los tristes del mundo. Tus ojos por el trigal de calles recorridas buscaban mitigar tragedias cada día. Buscar en tu recuerdo un pedazo de tu vida, es rebuscar  en mis recuerdos, aquellos de mi adolescencia y juventud por las piedras sillares de mi iglesia, por la comida compartida y los sueños de hacer que todos, todos, fueran mejores y no sufrieran carencias de lo más necesario.

Amigo inolvidable ya no escucharé tu voz por el teléfono, tu voz campechana y leal que sin predicar a Dios me lo hacías sentir por tu anhelo de amor y fe imperturbable. Siempre lo buscaste en nosotros y sabíamos que era tan cierto como tu incansable razón de ayuda sin pedir nada para ti. Hablabas de los otros alabando sus quehaceres y sonreías humildemente repitiendo que tú eras un cura sin importancia, como si ser cura no fuera importante y hasta difícil en demasiadas ocasiones.

Te recuerdo y te quiero, como quiero a tu  hermana Pepa que de pronto se ha quedado muy sola sin vosotros; definitivamente sola en mitad de la vida sin Tomás y Leopoldo, sacerdotes de Dios y hermanos de los hombres. Y de tantas mujeres que ayudan en parroquias de cualquier diócesis católica. Definitivamente te has ido a bendecir el vino nuevo de este otoño a la vera de Cristo. A pedirle por los pobres del mundo igual que tú lo hiciste sin cámaras ni pódium que mostrara tus obras, con ese anonimato de quien sabe que todo se lo debemos a nuestro Creador, y que todo lo demás sobra.

En Tomelloso fuiste luz y alegría de proyectos que todavía perduran. Fuiste tan amigo del pueblo que se te nombro Hijo Adoptivo, y aún con ese nombramiento no te pagamos nada. Una noche llovía y llovía,  parecía que el diluvio bíblico se había desatado; era invierno, el viento azotaba los cristales y puertas de las calles y de pronto sonó el llamador de la puerta de casa atronando el espacio en medio de la lluvia. Bajé corriendo porque supuse que algo ocurría y al abrir allí estabas tú, mojado, chorreando, limpiándote las gafas y sonriendo como si la noche fuera una noche estrellada. Sin dilación alguna me urgiste a buscar ropa de mis hijas, coche de bebé, mantas, leche… porque habías descubierto a una familia que no tenía nada y sus niños necesitaban de todo…

Y allí estabas tú, y yo, desorientada me puse a buscar y a darte todo lo que salía. El coche era un Janet, precioso, regalo de mi padres con su silla también para el verano y… dije muy despacio aquello de; con tanto frío y viento el coche no lo podría sacar a pasear al niño. Sonreíste y dijiste, pero dormirá un bebé que ahora está en el suelo.

Fuiste un hombre sin rencor a los otros. Desde el altar mayo bendecías la vida y pedías por los cristos sangrantes y el llanto de las madres. Iniciaste la defensa de la mujer antes de que el feminismo se diera a conocer abriendo talleres para chicas que tenían que ganar el pan de cada día. Por eso en tu cáliz estaban todas las alboradas y al bendecir el pan Jesús de Nazaret resucitaba. 


Yo te ruego, mi ejemplar sacerdote, que pidas por nosotros en ese litoral donde ahora has llegado y que en este otoño de dormidos paisajes, sin fronteras ni limites, le pidas al Altísimo por este mundo ciego. Te emplazo,  a pesar de tu pérdida, a que pidas a Santa María, Madre de Jesucristo y de todo mortal, que nos ayude porque todavía, este valle nuestro, es un valle de lágrimas. Te emplazo por todas las laderas y montes y caminos, por ciudades y pueblos y aldeas deshabitadas a que reces por nos, Leopoldo Lozano, cuando veas a Dios. Tierra eres, tierra soy, polvo extinto, aún así duerme el sueño de los justos, duerme bajo la paz de Dios.

 

                                                                                               Natividad Cepeda

 

Fotografia1ª recibiendo el nombramiento  del nombre de una calle de Almodóvar del Campo de manos del alcalde en gratitud a  don Leopoldo Lozano y a su hermano el sacerdote don Tomas Lozano fallecido con el nombre "Parrocos  Hermanos Lozano" ya en su silla de ruedas. En presencia de su hermana Pepa Lozano y amigos y autoridades. 

La segunda fotografía al termino del funeral de su hermano don Tomás Lozano.

 

 

 

domingo, 3 de octubre de 2021

Plegaria por la Excelentísima Doctora Doña Ana Figueras Juárez

 


Plegaria por la Excelentísima Doctora 

Doña Ana Figueras Juárez

(Funeral Parroquia Asunción de Nuestra Señora en Tomelloso)

 

  A mi entrañable amiga,  Ana Figueras Juárez:

 murió el 14 de enero de 2021 de COVID.

                                                                                                                               Natividad Cepeda 

 

Querida Ana, en esta tarde de septiembre estamos reunidos contigo. Sentimos no tenerte  a nuestro lado, más nos consuela la fe de saber que tú, y tu hermosa sonrisa es el latido de Dios al recordarte. Humildemente oramos hoy en este templo sagrado por Ti, y por nosotros, con el caudal de nuestro amor que no ha cesado.

Retornamos orando a tu mirada alegre semejante  a los atardeceres  cuando en el transparente del cielo el Creador nos habla. Y en esa travesía de la vida y la muerte tu alma late en el amor de los que te amamos.

Septiembre, tú bien lo sabes, es aroma de uvas desgranadas para el cáliz de amor de cada día, y su aroma es la templanza del otoño cuando anhelamos sentir que aun muriendo, vivimos  por  vaguadas, valles y montañas de dudas con la luz del Señor en nuestros pasos.

Estamos, Señor, orando como Tú nos enseñaste; Padrenuestro por Ana, que nos curaba el cuerpo. Estamos mendigando tu amor para seguir creyendo en tu presencia, también en esta tarde triste del adiós al toque de campanas. Huéspedes de la vida hasta llegar a ti, para sentir a Ana, hija, hermana, esposa, madre, amiga… con tu misericordia, Señor, por ella oramos.

La recordamos, la sentimos en el susurro del aire y en la noche estrellada, en el amanecer llega su voz y su sonrisa alegre, sin distancias.

Sentimos tu añoranza, como negarlo, pero sabemos  que al trasluz de los días nos queda la plegaria de saber que, Ana, es el ángel de Dios en nuestras vidas. Descansa en paz Ana Figueras Juárez, querida amiga, y espéranos junto a Dios, cuando como tú, partamos hacia Él.

No te olvidamos. Por los caminos del Sur de Cazalilla nos llegaste y  con júbilo Tomelloso te recibió y te quedaste  unánime.

Espéranos junto a la Madre de Dios María Santísima, bajo la advocación de Nuestra Señora de la Cabeza y tu fe en  Ella; espéranos, con María Santísima de las Viñas, a la que honraste, espéranos en el cielo de amor donde hoy te encuentras. Amén.

 

                                                      Despedida

 

En enero de 2021 no pudimos verla ni despedirnos de ella físicamente por las prohibiciones a causa de la pandemia del COVID. Fue incinerada en Ciudad Real, donde residía, con la asistencia de su esposo José María Buitrago, su hija Ana y su hermano Sebas. Como muchos otros sanitarios, médicos, enfermeros, conductores de ambulancia… falleció habiendo estado prestando su ayuda de médico a todas aquellas personas que lo necesitaban en el pueblo de Malagón. 

 Hasta el 27 de septiembre no fue posible asistir a su funeral y enterramiento de sus cenizas en el Cementerio Municipal de Tomelloso, donde también tenía residencia, por ser su esposo de esta ciudad.

Fue una tarde muy triste. Desde su pueblo natal, Cazalilla, de la provincia de Jaén, llegó su anciana madre doña Ana Juárez, acompañada de sus hijos Sebas, Elena, Cristóbal, sobrinos y amigos…En Tomelloso los esperábamos la familia de su esposo y los amigos que la amamos y lloramos. Desde Daimiel se desplazó un grupo de amigos y compañeros médicos que cantaron acompañados de la música del órgano durante la Eucaristía. Ofició el sacerdote católico don Miguel Ángel Villegas.  

El sol alumbraba  el cementerio cuando se depositaron sus cenizas llegando hasta el nicho donde fueron depositadas. En su interior, junto a ella, fue puesta una estampa de la Santísima Virgen de la Cabeza y flores en señal de amor después de rezar todos juntos el Padrenuestro, Ave María y Gloria, con voz quebrada y lágrimas silenciosas. Cuando por el Oeste se ocultaba el sol  nos despedimos unos de otros.

La plegaría que escribí para mi querida amiga Ana Figueras Juárez la leí al finalizar la comunión desde el ambón del Evangelio del  altar mayor de la iglesia.

Ana vive en los corazones de los que la conocimos y sabemos que al igual que ella muchos otros médicos, hombres y mujeres, ayudaron a recobrar la salud de muchas personas anónimas. Para ellos nuestras gratitud y oración a Dios Nuestro Señor por el bien que repartieron a costa de sus propias vidas.

 

                                                                                


En Tomelloso a 27 de septiembre del año del Señor de 2021

 

 

                                                                                                Natividad Cepeda

 

 

 

martes, 15 de septiembre de 2020

La cueva del vino

 Ayer en Tomelloso las cuevas fueron el refugio del vino y la despensa de las familias viticultoras. Las cuevas  se hicieron picando desde afuera en la tierra del trozo de la casa que no estaba habitada y, picando con picos los hombres de la familia, y las mujeres sacando la tierra sobrante con  espuertas, hicieron el milagro de la oquedad tan grande que adentro se instalaron tinajas para que el mosto  fermentara y, el vino hirviendo en sus panzas, primero de barro y después de cemento fermentara.
Yo recuerdo en mi infancia. cuando apenas era una niña de cuatro o cinco años, ver a mi abuelo paterno, y a otros hombre,s picar dentro de la cueva que ya había,  para agrandarla y así, poder poner nuevo envase porque la cosecha era mayor y la producción del vino así lo exigía.
Me sentaba en el primer escalón al lado de la pared, muy pegadita, viendo como picaban sin hablar y cuando descansaban, se limpiaban el sudor con el brazo y beban agua del botijo, y me alzaban la mano para saludarme con una sonrisa amplia en sus labios cubiertos con el polvo terroso, mientras yo embobada, veía absorta como se agrandaba el agujero sin que el techo que surgía se desplomara sobre ellos.
Lo que jamás he recordado como se hicieron adentro de la cueva las nuevas tinajas. Contaban que habían venido los tinajeros a hacerlas allí mismo. Después se encaló la cueva y  me acuerdo de ver la cal hirviendo en calderas y hombres y mujeres encalar toda la cueva hasta dejarla blanca, tan blanca que cuando la luz entraba por el hueco de la lumbrera y por la escalera del patio toda ella quedaba iluminada.
En Septiembre la casa se llenaba de gente, primero, de madrugada llegaba la cuadrilla de los vendimiadores con sus hijos y sus hatos de fardos de ropa y las sartenes que la abuela y mamá tenían preparadas con la barja y el costal con los panes de cruz, las sardinas saladas, el bacalo, pimientos, tomates, naranjas, tocino, longaniza, aceite, sal cebollas, chorizos y cajas de aun grandes apra las pipirranas y chocolate del Cristo de Villajos o del Toro, para los niños.
Las mujeres preguntaban si podían quedarse con las fundas del chocolate porque juntando  muchas les daban regalos, platos, cacerolas, muñecas, balones...   Claro que sí, les decían y riendo comentaban que como algunos y algunas eran algo golosos y galgos también comerían chocolate con pan, que bien rico estaba pues  ya se les mandaría mas con el carrero. 
Cuando se marchaban el patio grande de los carros  se quedaba en silencio y nos mandaba a acostar un rato más porque era muy temprano, aunque ya no me dormía.
La casa en vendimia tenia aroma de vino nuevo y cuando fermentaba el mosto se cerraba todas las puertas y ventanas y el abuelo y los pisadores encendían velas para bajar y así, comprobar si el tufo ya no estaba y no quedaba peligro para bajar a la cueva.
Los pisadores desayunaban en el patio. casi siempre pan con queso en aceite, que la abuela les preparaba y melón y sandia porque de eso teníamos en casa. Al medio día guisaban para todos y las gachas con tocino eran muy requeridas, aunque un puchero con judías blancas que ellos llamaban habichuelas con algo de codillo, chorizo o lo que fuera también gustaban. 
El tiempo de la vendimia era una fiestas para mi, siempre había gente y aunque no se podía bajar a la cueva, las lumbreras cuando no había tufo, eran los grandes ventanales por donde asomándome veía el trajín del jaraíz y la cueva. El jaraíz en casa el abuelo lo tenía en la cueva y era grande con las paredes, casi hasta el techo, cubiertas de cemento; donde en los veranos, nos bajábamos a jugar, siempre vigiladas, y con tiza blanca se podía pintar en las paredes si que nadie regañara.
La cueva de casa era un lugar mágico en los vernos. Subíamos y bajábamos mis hermanas y nuestras amigas como si la escalera fuera una rampa. En la cueva no hacía calor y nadie nos molestaba.
La cueva ahora no vale para nada, esta sola en una casa vacía llena de recuerdos y de nostalgia. Cuando la veo las lágrimas asoman a mis ojos con la emoción de ese tiempo perdido y con la pena de los que me faltan.
El ayer era duro, muy duro, de trabajo esforzado pero alegre, los hombres cantaban por flamenco y en la radio y los primeros transistores, aquellos de color rosa y azul claro, sonaban las canciones de los cantaores y el locutor del fútbol voceando los partidos. 
Muchas de aquellas cuevas han desaparecido, quedan algunas y ahora se enseñan como pequeñas reductos del ayer. La gente las admira y en los propietarios de segunda y tercera generación hay al mostrarlas un regusto de orgullo por ese pasado del que venimos.


Natividad Cepeda







miércoles, 25 de diciembre de 2013

Crisálida de invierno

                                                    
El aparcamiento de la T1 del aeropuerto de Barajas en Madrid estaba lleno de coches y también los había en otros aparcamientos. Tres meses atrás el mismo aparcamiento estaba vacío y fue entonces cuando la crisis mostró su rostro en los viajes por avión. A través de los ventanales del aeropuerto se ven las hojas desprendidas de los árboles desvanecidas entre las nubes grises de la tarde. Enredadas en las gotas de lluvia pasaban y salían personas que esperaban o despedían a los viajeros con el nerviosismo en sus miradas. Para los que partían los adioses se quedaban en tierra de nadie, imposibles de alcanzar desde las ventanas y los cielos vacilantes de las escaleras de las nubes.

Sentada en una de las salas de espera, una señora vestida de abrigo de napa forrado de visón, desde su móvil preguntaba a varios conocidos, si tenían para dejarle, un vasito de jerez seco para terminar de cocinar unas perdices. Al otro lado una joven con jersey beige entretejido de dorados metálicos se quitaba un abrigo azul de plástico brillante con la desenvoltura de quien se despoja de una toalla después del baño. Se notaba que las prendas de ambas eran de precios diferentes, e incluso sus expresiones marcaban su diferencia social: las unía que las dos esperaban a personas que amaban. Las dos miraban el reloj y a la vez llamaban por teléfono impacientes por el retraso del avión. Apoyados en la barra de contención, frente a la puerta por donde salen los viajeros, un hombre decía a su mujer, que su hijo era el último que aparecería, como siempre, repetía una y otra vez. La mujer llamó por el móvil y la escuchamos decir que el padre estaba impaciente y cansado de esperar. Los mensajes digitales ocupaban a la mayoría de las personas. Las mochilas cargadas en la espalda denunciaban a los jóvenes en el malecón del aeropuerto, y en comedio de todos la búsqueda del encuentro familiar.

Algunos taxistas esperaban a los clientes sentados dentro del aeropuerto con caras de cansancio y desanimo. Un empleado asiático empujaba una larga hilera de carritos sin mirar a nadie. Las cafeterías y restaurantes se mostraban vacías, de forma que los empleados al mirarnos mostraban su preocupación por la falta de ventas. El anuncio navideño se reflejaba en los abrazos y en las sonrisas emocionadas de todos. Pensé, ha pasado un año, empieza otro, y seguimos buscando la esperanza entre los nuestros. La canción de estas fiestas late en el amor que la crisis no ha destruido todavía, pero lo que sí podemos ver son las grandes diferencias que abre brecha entre los que tienen, y aquellos que se mantienen a flote a duras penas.

Ya en la calle unos chicos se acomodan en un taxi y ruegan los lleven a la calle Serrano de Madrid…  Allí hay boutiques donde es casi imposible ir de compras  muchos millones de españoles; un vestido puede costar 200 y 350 euros y una blusa 170 y pantalones 140 euros y más. Por supuesto que son prendas casi únicas, exentas del urbanismo vigente sin sofisticación.
Ha pasado un año y crecen los pobres que ocultan como pueden su menesterosidad por la pérdida de  empleo y la bajada de los sueldos. Han llegado las fiestas navideñas y las familias se reúnen con los que se han marchado y regresan por unos días comprando los billetes con antelación, porque en las avenidas de ciudades europeas fallece el corazón de tristeza sin un abrazo en mitad de la sala de espera del aeropuerto, de las estaciones de tren y de las de autobuses. 

Volver para que los padres no nos sintamos deshijados entre tanta sinrazón de adioses continuos. Crisálida de invierno es la cara oscura de los que tienen 200 y 300 euros para vivir, que a estas alturas del año son demasiados los que caminan por la cuerda floja de la economía sin que les importe demasiado los refinamientos de los diseñadores de las tiendas de lujo de ninguna ciudad.




                                                                                             Natividad Cepeda