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viernes, 3 de abril de 2026

Oración a María Santísima Dolorosa del mundo

 


Si hoy vengo hasta Ti,
Paraíso de amor, Aurora que precede al día,
es para renacer a la sombra de tu mirada
y, al contemplarte, dejar atrás
los propósitos viejos
que mi fragilidad no alcanza a cumplir.

Si hoy vengo hasta Ti,
Madre del Dios vivo y Sagrario del Verbo eterno,
es para acoger tu dolor en lo más hondo del alma
y elevar hacia el cielo
un rosario tejido de súplicas y estrellas.
Tú, la más bella entre todas las criaturas,
armonía del cosmos y reflejo de la gloria divina.

Te suplico que las horas de tu angustia
sean rosas ofrecidas en sacrificio,
con espinas que no hieran ya tu corazón
traspasado por siete espadas, sino el mío,

estas manos pobres que imploran misericordia
por los pecados de un mundo endurecido,
un mundo que olvida la Pasión de tu Hijo.

 

Oh, Madre, la más hermosa,
Esperanza de los pueblos,
María Dolorosa,

Madre de los Dolores,
luz que no se apaga,
y resplandor de todos los soles.

Cuando avanzas entre nosotros
con los ojos anegados de lágrimas,
las calles te contemplan y lloramos contigo,
en este Viernes Santo, mi viernes de dolor.
Ante Ti, en silencio postrado.

 

Madre de la Azucena del jardín de la vida,
sigues los pasos de tu Hijo, Jesús el Nazareno,
con la cruz invisible en tu alma,
mientras el madero hiere y no hay cireneos

suficientes para aliviar el peso de los pecados
que la Justo carga hasta el Calvario.

María Dolorosa,
la que cada Viernes Santo
recorre ciudades y corazones
envuelta en luto esperando,
que el mundo se convierta
y reconozca el Amor del Crucificado.

Lloran tus ojos, Señora,
y del velo de tus lágrimas
brota el arco iris de la promesa de amarnos.
Yo no sé consolarte; solo sé orar,
pequeña y temblorosa ante tu inmensidad.

Virgen de los Dolores,
Madre de todos los dolores del mundo:
los esparcidos por los continentes heridos,
los ocultos en los pueblos llagados,
los de los cristos pequeños y olvidados
que Tú conoces por su nombre y amas.

Señora de los barrios pobres y humillados,
de los que nadie mira ni defiende,
sé que estás con ellos, que lloras con ellos,
y que tus lágrimas
son rocío del cielo sobre nuestras penas.

Cuando llegue la aurora

y todo quede en silencio,
Madre del Crucificado,

me quedaré contigo en vela,
compartiendo ese dolor que nos deja exhaustas,
esperando en oración
a que despunte el alba
y, en la Resurrección,
encuentre tu abrazo y el perdón de mis culpas.

 

María Dolorosa, bendícenos,
Madre del mundo herido,
reparte por doquier el sendero posible

de hacernos peregrinos y llegar a tu Hijo,

mi Cristo Redentor; estamos esperándote 

por las calles de este pueblo manchego,

por las calles del mundo,

Santa María, para que nos conduzcas

a la estela de Dios.

                                                                    Natividad Cepeda

 

 Viernes Santo: Semana Santa que celebramos los cristianos. En España con nuestras tradiciones de oración comunitaria en nuestras iglesias y procesiones que son catequesis para el pueblo que lo vive apasionadamente. Fe y tradición. Y semana santa en las calles del mundo con todo el dolor de las tragedias que existen. 


domingo, 29 de marzo de 2026

Semana Santa vivir la fe para cambiar el mundo

                    


La luz saluda la mañana del Domingo de Ramos y me cercioro de que, en este manual de empezar el día, hoy es un día especial, distinto. Un día en el que la ternura de ver a la Santa Borriquilla deja un espacio de prodigio interior en muchos de nosotros.

Suenan las campanas anunciando que el mismo Jesucristo pasa subido en el humilde borriquillo, y la esperanza renace en el corazón de las personas dolientes. Pienso, pensamos, que hoy, en este Domingo de Ramos, todavía es posible enderezar caminos torcidos y hasta alguno equivocado.

Huelen las calles a incienso y se expande el sonido de tambores y música acompañando la procesión. Y es un privilegio poder ver el desfile sin niebla en la mirada, porque esta tradición la hemos vivido antes.

Pienso en esa historia de un pueblo recibiendo con ramas y flores a un profeta, a Jesús de Nazaret, que sigue diciéndonos que el amor es lo único que puede mover al mundo en armonía y justicia. Y que el Todopoderoso sigue marcando la brújula del alma en estas celebraciones de Semana Santa.

Este hecho no es un claustro cerrado; es un claustro abierto que pasa por plazas y calles y nos sacude la génesis si pensamos en ello sin prejuicios. Tradiciones heredadas, gloria de fe y patrimonio de los antepasados, que nos invitan a dejar que la luz nos invada para vivir el sentido de los días de Semana Santa como una ascensión al misterio de que Dios todavía se acerca a nosotros, si dejamos nuestra puerta abierta para recibirlo.

Celebramos la Semana Santa para salir de las nieblas interiores, para quitarnos las hendiduras que nos ahogan y que ocultamos, las que no contamos a nadie. Sentimos esa emoción salvadora que nos hace palpitar el corazón y, aun entre la muchedumbre que contempla, hay un deseo de evangelizar cuando pasa la imagen en su trono, elevado por los anderos y costaleros con respeto y devoción, obedeciendo el toque de la campana que el capataz hace sonar para parar y para iniciar la marcha.

Es misterio y es fe ver pararse a los costaleros, jadeantes y sudorosos, pero enteros, sin queja alguna, porque sobre sus espaldas descansa Cristo y ellos son sus porteadores, al menos una vez al año.

Primavera en España es oración sin palabras, es catequesis callejera, es fe ancestral que nos llama y nos invita a preservar el rito, porque es volver a ver el rostro del Señor arrastrando la cruz y llorar con María Santísima en su dolor y angustia, para dejar correr con ella nuestro propio llanto, ese que a veces llevamos encerrado y que dejamos salir cada Semana Santa sin que nadie nos lo pida y sin que nadie nos lo impida, a pesar de tanta impiedad en nuestras vidas.

La tarde anochece y pasa por nuestras calles María Dolorosa. La seguimos porque ¿Quién de nosotros no recuerda a la madre que hemos perdido o que tenemos lejos, porque la vida nos ha puesto distancias y necesitamos recordar que alguna vez fuimos niños?

Jueves y Viernes Santo me santiguo al paso del Señor en su patíbulo y le rezo a la Madre que lo sigue, para que nos salven de tanta soledad en la que, a veces, nos morimos.

Semana Santa con las muertes de cada día, con madres dolorosas en campos de metralla, con hijos muertos en sus brazos; dolorosas anónimas que poco importan al poder establecido, de países con distintos nombres, pero con el mismo mensaje de poder y exterminio.

Semana Santa donde los cuerpos acribillados quedan tirados y olvidados, donde hay demasiados patíbulos en nombre de palabras huecas y profanadas.

Se utiliza a Dios para medrar, para lapidar, para legislar atrocidades e injusticias múltiples.

Lloramos y callamos ante el miedo al poder, y hay muchos Pilatos lavándose las manos mientras dejan morir a inocentes.

Semana Santa para pensar en ese Jesús crucificado y, en Él y con Él, a todos los ajusticiados impunemente, a todos los perseguidos, a todos los violados en sus derechos y en el cuerpo de mujeres víctimas, usadas y despreciadas, sin cirineos.

Semana Santa de madre dolorosa cruzando por la vida y cruzando por las calles de España en estos días piadosos, donde el pueblo muestra su fe como quiere, a su manera, con sus imágenes, sus oraciones y promesas, para al menos intentar cambiar y ser mejores, aunque nos cueste por esa ceguera que nos nubla el entendimiento y la voluntad.

Te rezo, María Dolorosa, por todos los hijos crucificados, por todas las cruces clavadas, por todo lo que no vemos y consentimos.

Perdónanos, Señora, porque a veces necesitamos salir a ser anderos de nuestras propias penas para encontrarte y, contigo, llorar ante tanto dolor a nuestro alrededor.

Florece la mañana y la luz se derrama por nuestras manos. En las barcas del día navegamos estos días heridos, con el viento cruzando cicatrices de pasión y de muerte. Y esperamos. Yo espero resucitar mañana para no olvidar que la Semana Santa no es recuerdo, sino fe vivida para cambiar el mundo.

     Natividad Cepeda

Fotografía de la web