La luz
saluda la mañana del Domingo de Ramos y me cercioro de que, en este manual de
empezar el día, hoy es un día especial, distinto. Un día en el que la ternura
de ver a la Santa Borriquilla deja un espacio de prodigio interior en muchos de
nosotros.
Suenan
las campanas anunciando que el mismo Jesucristo pasa subido en el humilde
borriquillo, y la esperanza renace en el corazón de las personas dolientes.
Pienso, pensamos, que hoy, en este Domingo de Ramos, todavía es posible
enderezar caminos torcidos y hasta alguno equivocado.
Huelen
las calles a incienso y se expande el sonido de tambores y música acompañando
la procesión. Y es un privilegio poder ver el desfile sin niebla en la mirada,
porque esta tradición la hemos vivido antes.
Pienso
en esa historia de un pueblo recibiendo con ramas y flores a un profeta, a
Jesús de Nazaret, que sigue diciéndonos que el amor es lo único que puede mover
al mundo en armonía y justicia. Y que el Todopoderoso sigue marcando la brújula
del alma en estas celebraciones de Semana Santa.
Este
hecho no es un claustro cerrado; es un claustro abierto que pasa por plazas y
calles y nos sacude la génesis si pensamos en ello sin prejuicios. Tradiciones
heredadas, gloria de fe y patrimonio de los antepasados, que nos invitan a
dejar que la luz nos invada para vivir el sentido de los días de Semana Santa
como una ascensión al misterio de que Dios todavía se acerca a nosotros, si
dejamos nuestra puerta abierta para recibirlo.
Celebramos
la Semana Santa para salir de las nieblas interiores, para quitarnos las
hendiduras que nos ahogan y que ocultamos, las que no contamos a nadie.
Sentimos esa emoción salvadora que nos hace palpitar el corazón y, aun entre la
muchedumbre que contempla, hay un deseo de evangelizar cuando pasa la imagen en
su trono, elevado por los anderos y costaleros con respeto y devoción,
obedeciendo el toque de la campana que el capataz hace sonar para parar y para
iniciar la marcha.
Es
misterio y es fe ver pararse a los costaleros, jadeantes y sudorosos, pero
enteros, sin queja alguna, porque sobre sus espaldas descansa Cristo y ellos
son sus porteadores, al menos una vez al año.
Primavera
en España es oración sin palabras, es catequesis callejera, es fe ancestral que
nos llama y nos invita a preservar el rito, porque es volver a ver el rostro
del Señor arrastrando la cruz y llorar con María Santísima en su dolor y
angustia, para dejar correr con ella nuestro propio llanto, ese que a veces
llevamos encerrado y que dejamos salir cada Semana Santa sin que nadie nos lo
pida y sin que nadie nos lo impida, a pesar de tanta impiedad en nuestras
vidas.
La
tarde anochece y pasa por nuestras calles María Dolorosa. La seguimos porque
¿Quién de nosotros no recuerda a la madre que hemos perdido o que tenemos
lejos, porque la vida nos ha puesto distancias y necesitamos recordar que
alguna vez fuimos niños?
Jueves
y Viernes Santo me santiguo al paso del Señor en su patíbulo y le rezo a la
Madre que lo sigue, para que nos salven de tanta soledad en la que, a veces,
nos morimos.
Semana
Santa con las muertes de cada día, con madres dolorosas en campos de metralla,
con hijos muertos en sus brazos; dolorosas anónimas que poco importan al poder
establecido, de países con distintos nombres, pero con el mismo mensaje de
poder y exterminio.
Semana
Santa donde los cuerpos acribillados quedan tirados y olvidados, donde hay
demasiados patíbulos en nombre de palabras huecas y profanadas.
Se
utiliza a Dios para medrar, para lapidar, para legislar atrocidades e
injusticias múltiples.
Lloramos
y callamos ante el miedo al poder, y hay muchos Pilatos lavándose las manos
mientras dejan morir a inocentes.
Semana
Santa para pensar en ese Jesús crucificado y, en Él y con Él, a todos los
ajusticiados impunemente, a todos los perseguidos, a todos los violados en sus
derechos y en el cuerpo de mujeres víctimas, usadas y despreciadas, sin
cirineos.
Semana
Santa de madre dolorosa cruzando por la vida y cruzando por las calles de
España en estos días piadosos, donde el pueblo muestra su fe como quiere, a su
manera, con sus imágenes, sus oraciones y promesas, para al menos intentar
cambiar y ser mejores, aunque nos cueste por esa ceguera que nos nubla el
entendimiento y la voluntad.
Te
rezo, María Dolorosa, por todos los hijos crucificados, por todas las cruces
clavadas, por todo lo que no vemos y consentimos.
Perdónanos,
Señora, porque a veces necesitamos salir a ser anderos de nuestras propias
penas para encontrarte y, contigo, llorar ante tanto dolor a nuestro alrededor.
Florece
la mañana y la luz se derrama por nuestras manos. En las barcas del día
navegamos estos días heridos, con el viento cruzando cicatrices de pasión y de
muerte. Y esperamos. Yo espero resucitar mañana para no olvidar que la Semana
Santa no es recuerdo, sino fe vivida para cambiar el mundo.
Natividad Cepeda
Fotografía de la web
No hay comentarios:
Publicar un comentario