Miro el ayer con esa vieja
nostalgia de recordar mi infancia, cuando ni siquiera sabía lo que era vivir a
plena luz y contemplaba los tapiales de casa como si fueran los muros del Edén.
Miro hacia atrás y veo islas
de susurros, y las manos de papá tapándome al dormir, serenamente, como
queriendo cribar en ese gesto el deseo de que nada me dañara.
Ahora, de todo aquello no
queda nada: queda un recuerdo guardado en la escalera del alma y esa soledad
que a veces aparece porque, al envejecer, no he podido olvidar al padre que me
arropó hasta el último día que dormí en su casa.
Yo estoy hecha de añoranzas y
de aquellas vivencias anteriores a pasar a ser huérfana. Hoy son solo briznas
que bullen por mi sangre y regresan —o las hago regresar— apoyada en la memoria
de mi vida.
Discutía contigo, discutíamos,
porque yo me rebelaba contra lo que la sociedad me imponía y tú —sí, tú— eras
autoritario y también protector hasta los últimos días de tu vida. Siempre
celebramos el día de San José, siempre con sencillez. Y todavía, en silencio,
os llevo a todos cosidos a mis latidos: al abuelo, que rezaba a su santo en el
pequeño oratorio familiar; a ti, que me llevabas de la mano hasta el templo y
me enseñabas, con la costumbre, que la familia era eso: un pilar para toda la
vida.
Fíjate que yo siempre sentí
que fracasaba ante ti. Ahora recuerdo lentamente ese legado antiguo que me
dejaste: el amor a los míos, el amor a la gente, el abrir la puerta y acoger a
los otros sin mirar la ideología ni la clase social.
Pues bien, esa ha sido mi
herencia, la que tú me dejaste, la tuya.
Jamás te llamé padre porque,
junto a ti, papá, nunca dejé de ser niña, apegada a tu piel y a tu cobijo, a
pesar —tú lo sabes— de nuestras discusiones, que no eran otra cosa que dejar
abiertas las puertas de la libertad de pensamiento. Si hoy soy quien soy, es
porque me enseñaste a amar sin condiciones y a mantener abiertas las puertas
del corazón. Todo eso sigue vivo en mí. Y tú conmigo, papá, latiendo en mi
sangre.
Poema y fotografía Natividad
Cepeda©
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