El mundo, de tanta locura, se
nos está quedando quebrado y a oscuras.
Oscuro por la sangre
derramada, por tantas lindes y fronteras borradas en nombre de estúpidos
principios que coartan la libertad. Sí, esa es la realidad cotidiana.
Llegan los pensadores con sus
charlas, con discursos llenos de ganas y deseos de seducir, y reducen las
libertades en favor de unos pocos. Predican contra unos y contra otros. Y si
has nacido mujer, pobre de ti: en algunos lugares del mundo no tienes derecho a
nada. Eso dictaminan hombres nacidos de mujer.
Vivimos en una oscuridad que
parece perpetua. Si llueve, nunca llueve a gusto de todos. Si hay sequía, es
porque ensuciamos el planeta. Si existen bolsas de pobreza, dicen que no
merecen mejorar. Temblamos, nos masacran, y seguimos igual, sin cambiar.
No cesamos de hacer plegarias
y llantos por los difuntos. Rezamos a Dios y nos matan en su nombre. Nos dicen
cómo vestir, cómo comer y cómo morir si no cumplimos lo que unos y otros
dictaminan.
De pronto el mundo se vuelve
pequeño. Sobra todo en unos lugares y falta lo esencial para vivir en otros.
Leo un libro de poemas. Me
dicen que hay un tarro de miel entre mis labios. Y de pronto soy a la que hay
que avasallar porque soy peligrosa. El amor ruge, la tierra se rompe, y yo solo
soy una persona sin derechos.
Rezo y ruego para que en este
planeta haya espacio para todos. Sé que eso es un sueño.
Me quedo leyendo un libro
mientras, en ese mismo instante, otras personas mueren y son perseguidas porque
otros dicen que son ellos, y no yo, quienes tienen la razón.
Y me quedo en silencio,
pensando en lo poco que hemos aprendido a pesar de tantas penurias pasadas y de
tantos errores cometidos en esta historia humana.
Natividad Cepeda
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