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jueves, 21 de mayo de 2026

Ayer, precisamente ayer

 

Ayer, precisamente ayer, las noticias —esas que escucho en la radio, fiel a la palabra dicha más que a la imagen— parecían dejar tras de sí un rastro denso, como barro que no se limpia con facilidad. En las voces de presentadores y tertulianos se entretejía un discurso continuo que, más allá de los hechos, dejaba al descubierto una sensación inquietante: hasta dónde puede arrastrar la ambición cuando pierde de vista la dignidad los gobernantes actuales.

Ayer, precisamente ayer, aquellas voces rumiaban argumentos que parecían querer sostener lo insostenible, como si la avaricia encontrara siempre una forma de disfrazarse de razón. Y mientras tanto, uno no puede evitar preguntarse en qué momento dejamos de reconocer con claridad lo que es justo y lo que no lo es.

Pero ese mismo ayer amanecía de otra manera. La brisa traía el leve aleteo de las golondrinas alrededor de mi casa. El jazmín perfumaba, silencioso, por las acacias de la calle. Todo parecía conspirar para recordarnos que la belleza no ha desaparecido, que el mundo sigue ofreciendo una armonía que no depende de nosotros y que, sin embargo, tanto necesitamos.

Y ahí surge la disonancia. Mientras la naturaleza se presenta limpia y serena, la percepción del mundo que nos llega —a través de ondas, antenas y pantallas— aparece empañada por una sensación de deterioro. No solo en lo político, sino en lo cotidiano: la dificultad para acceder a un médico en tiempos razonables, la espera que se alarga sin explicación, los precios que pesan en la compra diaria, los retrasos que se acumulan en lo que debería funcionar.

Ante ese desajuste entre lo que se vive y lo que se espera, busqué comprender. Quise encontrar una voz que ordenara, que aclarara. Pero, en muchas ocasiones, lo que aparece es un ruido espeso, palabras cargadas de tensión, relatos enfrentados que no construyen, sino que dividen. políticos que mienten. Y así, poco a poco, uno siente que se instala cierta fatiga: una especie de cansancio que no proviene del esfuerzo, sino de no entender hacia dónde se encamina todo. Hacia donde nos llevan los que nos gobiernan.

Nos quejamos, sí. Lo compartimos en conversaciones cercanas. Pero también seguimos adelante, como si hubiéramos aprendido a convivir con la incertidumbre, como si esa resignación silenciosa se hubiera vuelto parte del paisaje.

Y en medio de todo, surgen otras preocupaciones más difíciles de nombrar: los cambios sociales, las nuevas convivencias, las diferencias culturales que exigen comprensión y tiempo, pero que a menudo se viven con desconcierto. No es sencillo habitar ese espacio donde lo desconocido genera inquietud por los hechos de violencia y robos, y donde el diálogo se vuelve más necesario que nunca, aunque difícil entre culturas incompatibles.

Quizá lo más revelador de este tiempo sea esa mezcla constante de extremos. Por un lado, la sensación de pérdida, de falta de rumbo claro. Por otro, la persistencia de la vida: las voces en la calle, los motores, los actos culturales, los intentos de crear belleza, como si las musas —caprichosas siempre— se empeñaran en no abandonar del todo a quienes aún escuchan.

Y entonces surge la pregunta, casi inevitable: ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Pero quizá la pregunta más profunda sea otra: ¿en qué lugar nos situamos nosotros dentro de todo esto?

Porque, a pesar del desconcierto, seguimos viviendo. Seguimos buscando equilibrio entre lo que nos inquieta y lo que nos sostiene. Tal vez la clave no esté solo en señalar lo que falla, sino en no perder la capacidad de mirar con claridad, de discernir, de no dejarnos arrastrar por el ruido constante.

Al fin y al cabo, todo es transitorio. Lo que acumulamos, lo que defendemos, incluso lo que nos indigna, acabará diluyéndose con el tiempo. Y en esa certeza sencilla —que iremos sin nada, igual que llegamos— hay una verdad serena que contrasta con la agitación que nos rodea. A pesar de todo, seguimos.

Seguimos viviendo, trabajando, intentando encontrar equilibrio entre lo que nos preocupa y lo que nos sostiene. Tal vez la respuesta no esté solo en mirar hacia arriba, hacia quienes gobiernan, sino también en reconstruir, poco a poco, la confianza en lo cercano, en lo inmediato, en los pequeños espacios donde aún podemos hacer algo.

Porque, al final, cuando todo pase —como siempre pasa— nos iremos sin nada, absolutamente sin nada. Tan desnudos como llegamos. Y en ese pensamiento sencillo, casi olvidado, quizá haya una verdad que convendría recordar más a menudo. Quizá, precisamente ayer, y también hoy, lo importante sea no olvidar esa verdad. Y, en medio del ruido, seguir prestando atención al vuelo de las golondrinas que fieles regresan cada año hasta nuestras calles.

 

                                                                                       Natividad Cepeda

 

martes, 13 de mayo de 2025

Invisibles cicatrices del mes de mayo

 

                  

 


Pasan los días de mayo con su luz de tormentas y lluvias de tránsito deseadas y temidas entre esta dudosa realidad que nos rodea de fracasos y anhelos suspendidas en las horas de cada día vivido. El granizo caído ha golpeado economías dejando áspera la esperanza en los pentagramas humanos. Es este tiempo empedernido de fracasos donde a media voz y entrecortadas palabras la gente habla de lo que sucede con cierto temor a ser oídos con aire indiferente para ocultar la incertidumbre que crece alrededor.

Mayo se llena de quimeras similar al monstruo mitológico vomitando fracasos y desencantos entre railes y trenes que no llegan a su hora con la triste balada de no ser escuchados por los que nos gobiernan. Mayo que es todo luz y belleza nos dejó una noche a oscuras encendiendo velas y candelabros en habitaciones y buscando linternas y pilas para alumbrar el desamparo y la impotencia de no comprender lo que pasaba.  Nos quedó los destellos de estrellas diminutas en el cielo oscuro de la noche bellísimas en su resplandor, y también en el miedo ancestral de los que tuvieron que regresar a casa andando sin otto medio que sus pasos perdidos en las ciudades a oscuras.

Nos sentimos pequeños y perdidos sin nuestros guías de móviles tan seguros hasta esas horas donde la comunicación dejó de existir.  Y parpadeamos en ese tránsito de horas arrastrando la desazón de sentirnos borrados de los mapas tecnológicos.  Los días han pasado y como rebaños guiados de pastores insulsos hemos acaparado, por si nos vuelve a ocurrir, todo aquello que no necesita tecnología, o al menos que no depende de la electricidad, para sobrevivir en otros apagones. La confianza se ha resquebrajado en la cotidianidad y oscilamos a tientas escuchando palabras que no nos dejan tranquilidad.

Mayo nos lleva por caminos angostos sin que nos digamos nada, salvo en pequeños diálogos plagados de cúmulos de noticias que apenas si podemos asimilar y comprender en la deriva global en la que estamos metidos, sin obviar los hechos que se nos muestran en nuestro propio país desplegado en horizontes diversos donde el fraude y la falacia es un hueso duro de roer.




Pero quién no se olvida de todos estos derroteros al contemplar el vuelo de las golondrinas llegadas de tan lejos y la ebriedad de la naturaleza en este mes de mayo donde la tierra, la nuestra, resplandece de belleza? Nos acogemos a esa porción de belleza para olvidad los rugidos de tanto vocero inútil que nos manipula sin ética alguna. Porque hay demasiadas voces cuajadas de ansiedad en las listas médicas de consultas de Centros de Salud y de hospitales y en el desaliento de pagar impuestos demasiados altos por los recursos necesarios a diario; enumerarlos no es necesario los que los pagamos los conocemos.

Mayo empedernido nos trae los niños ataviados para recibir su primera comunión con la ilusión de la fiesta familiar sin entrar en si la fe en Jesucristo es real o ficticia. Y nos entra en ferias de libros en pueblos y ciudades con efusión de autores y libreros al margen de que se vendan libros, que para eso son las ferias.

Sin olvidad ferias de vinos y queso escaparates para vender nuestros productos que buena falta nos hace.

Es cierto que por los corredores de mayo también hemos tenido la elección del nuevo Papa, León XIV, caminante de misiones y americano por partida doble. Hecho histórico para católicos y para la sociedad global por sus mensajes de paz y fraternidad que tampoco andamos sobrados de ellos con demasiados conflictos bélicos en este mapa nuestro. Para mi demasiado tránsito de zozobra en el relieve de los mapas mundiales donde la vida humana apenas si vale algo. Y seguimos inmersos en soñar porque de no hacerlo nuestras horas y días serian demasiado inclementes y por eso buscamos volar con nuestros propios ángeles para olvidad, al menos algunas veces, que todavía hay buena gente honrada y capaz de tendernos las manos para transitar por esta vida a pesar de los que abusan de nosotros y nos dejan tirados a la intemperie de la desazón más horrible.



Mayo tiene esas cicatrices y algunas más en la penumbra de la tarde cuando el sol se oculta en el horizonte dejándonos su estela tornasolada con la promesa de volver al día siguiente, y es en esa antorcha de luz prometida por donde seguimos avanzando, zurciendo nuestros anhelos a pesar de tantos desencantos.

 

                                                                                                Natividad Cepeda

 

 

domingo, 25 de julio de 2021

El ritual perdido de las noches veraniegas

               


Fue un día de calor como el de hoy sin bajar la temperatura y escasamente durante la noche. Al tocar los cristales de ventanas y balcones quemaba toda la superficie. Parecía como si el calor tuviera  tentáculos porque las cosas se estremecían y se escuchaban ruidos en la casa;  la casa abrazada por la calima de julio. El calor de julio mortificaba y se perdía el interés por lo que ocurría porque la prioridad era buscar refrescarnos  para no perder demasiadas energías. Nos acostábamos algo más tarde de lo normal esperando el frescor nocturno mientras escuchábamos cantar a los grillos hasta quedarnos durmiendo. El aire traía olor a paja trillada de las eras, cuando mi infancia, y después en el aire de la calima el polvo de las segadoras que segaban de noche y de día.

La gente de los trabajos manuales olían a sudor y a tierra acida y por las camisas de los hombres, sudorosas pegadas a su cuerpo, se adivinaba los músculos de unos y la flacidez de la edad de los otros. Las posturas delataban su fortaleza o su debilidad, junto con sus movimientos un tanto primitivos, de tal manera que  parecían sacados de las películas del salvaje oeste americano.

En la noche de los sábados se les veía llegar limpios con aire de cantante de coplas al cine, los solteros en grupos, pisando fuerte, con la cabeza alzada y aires de suficiencia sosteniendo en su mano el cigarrillo negro encendido, dándole caladas  largas al tiempo que se miraban los unos a los otros como si todo el mundo fuera suyo. Los casados acompañados de sus mujeres olían a  colonia y jabón de afeitar íntimo. Caminaban orgullosos mostrando a su familia muy convencional, y a la vez  con algo de indómita fuerza pasional que se adivinaba en ellas con sus permanentes lustrosas y rizadas, sus escotes recatados por donde mostraban las medallas y las cruces de plata o de oro con los cuerpos fajados y el pecho alto, encabritado, en una austeridad que no impedía adivinar a pesar del decoro, una gran fuerza sensual. Con ellos los hijos caminado ligeros como perdigones siguiendo e imitando todo cuanto veían.

En la esquina de la antigua panera; así la llamaban, porque antaño había sido donde se compraba el trigo candeal para  hacer la harina con la que amasar el pan de cruz (ahora de aquello no quedaba nada más que el recuerdo y lo que contaban los viejos de la calle) recuerdo que en la esquina de la panera se ponían a vender helados, en sus carritos de madera, Félix y Federico; helados de vainilla o  mantecado, al corte, que ofrecían entre dos galletas de barquillo y allí se paraban todos ellos, los que iban al cine, para comprarse un helado y darse el placer de saborearlo, lamiendo despacio los lados del cuadrado dulce, hasta que las galletas eran delgadas como papel y desaparecían entre las bocas satisfechas de pequeños y grandes.

Las noches del sábado de julio, y algunas de agosto, tenían su ritual con el resultado de conocer aquella gente, hasta que se perdían al pasar al cine de verano Ideal, así se llamaba, y mamá nos mandaba ir a dormir. Desde la cama, con los ojos abiertos en la oscuridad de la noche caliente del verano escuchaba cantar a los cantantes, entre sus diálogos y la música de las películas inconfundibles, con las que terminaba durmiéndome. Por la mañana muy temprano me despertaban las golondrinas planeando y chillando en el patio grande de casa. En el patio de la abuela Chon, alrededor de la parra y sus macetas con flores, revoloteaban mariposas blancas y de colores Los gallos de los corrales se invitaban a cantar unos a otros en un duelo de belleza sonoro y las puertas de las casas, muchas de ellas, estaba abiertas sin peligro a que ningún  amigo de lo ajeno se pasara a robar.

Ayer al levantarme me sorprendió no escuchar al amanecer la algarabía en la calle de las golondrinas, que este año han llegado muy tarde y escasas. Me he preguntado angustiada el por qué se han marchado tan pronto si llegaron hace tan poco, y he buscado la causa   descubriendo que faltan en España más de un millón de golondrinas a causa de la falta de insectos. Es una triste realidad que la población en general no percibe ni tampoco las escasas mariposas que apenas se ven. He buscado las causas de estas ausencias y parece ser que los fitosanitarios empleados para las plagas en las cosechas son una de ellas.

Tampoco este verano se escucha el canto de los grillos en las calles. Es extraño no escucharlo en las noches calurosas del verano manchego. Tan extraño que algo grave está sucediendo a nuestro alrededor y parece ser que nadie lo percibe. En mi infancia era muy normal regalar a los niños grillos que ellos cuidaban con máximo respeto y la sinfonía de sus canticos nos acompañaba las noches calurosas del verano. Como otros insectos los grillos polinizan los suelos. También has desparecido las mariposas blancas y de colores y con ellas otros muchos insectos que nos son necesarios para la vida.

El verano tenía su propia sinfonía que ahora hemos perdido y del que nadie se lamenta.  Algo muy grave nos está sucediendo cuando no sabemos convivir con la naturaleza.  Es desolador que ese ritual del verano nadie lo eche en falta. Tan desolador como nuestra propia ignorancia en favor de todo el ecosistema de la vida y aquellos cines de verano donde la familia disfrutaba unida.

 

 

                                                                                            Natividad Cepeda