Mostrando entradas con la etiqueta glorieta. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta glorieta. Mostrar todas las entradas

jueves, 4 de febrero de 2021

La Glorieta de María Cristina de Tomelloso unida a mi infancia.

                              


En pueblos y ciudades hay rincones donde generaciones de niños han jugado y crecido quedando su recuerdo prendido a la vida de los que por allí pasaron. Suelen ser lugares cargados de misterio, algunos por su ubicación anterior, y también, porque en ellos quedan vivencias agazapadas entre su espacio oculto a la mirada de los ojos y del alma. Los que hoy sumamos décadas fuimos los niños de ayer: niños, sin especificar que en ese grupo estábamos también las niñas.

El lenguaje se reinventa continuamente, en ocasiones afortunadas, y en otras crea distanciamiento, e incluso, es vehículo para sembrar odio y discordia por los conductores de masas que seducen con sus mensajes envenenados. En este periodo de tragedia,  donde la muerte  es moneda de cambio para la vida de muchos de nosotros por la pandemia que sufrimos, me sorprende que esos conductores del pueblo, sigan inyectando discordia, cuando estamos tan necesitados de misericordia ante la pequeñez de los seres humanos.

Los escritores  somos, como escribió Manuel Vázquez Montalbán, “escribas sentados”. “El escriba sentado” es uno de sus libros que suelo leer. Y es cierto porque el oficio  de escribir aislado y solitario se hace sentado.

Escribo y creo que recuperar las vivencias es un testamento  de identidad de la historia personal que cada uno acumulamos, sin otro ensayo ni teoría que narrar aquello que nos hizo ser como somos hoy. Carga emocional que contienen las estructuras sociales y familiares donde estuvimos viviendo. En Tomelloso no hay demasiadas plazas ni rincones recovecos ya que las calles son rectas y tan claras que se ven el principio y el final de ellas. La Glorieta de María Cristina, su nombre se refiere a la reina María Cristina de Habsburgo-Lorena o María Cristina de Austria, casada en segundas nupcias con el rey Alfonso XII, que fue regente hasta la subida al trono de su hijo Alfonso XII. Pero no hay placa alguna que lo aclare, ni ayer, ni tampoco hoy.

La glorieta de María Cristina fue mi sitio de juegos infantiles por estar cerquita de mi casa y no tener más problema que no aspirar las flores rosas de las adelfas porque se nos decía que no las tocáramos porque se nos hincharían los ojos y nos picaría la nariz. Nadie las tocábamos jamás. En la glorieta está la fuente de un pescador, con su caña de pescar y un sombrero por donde sale el agua cayendo al centro  del pilón redondo. El pescador se llama Lorencete y era una escultura policromada. Rodeada la fuente de una verja de hierro donde apoyados en esa verja, nos asomábamos los niños para ver nadar a los peces en las aguas oscuras, intentando ver, si Lorencete  pescaba con su caña algún pez.

Los rosales y los arbustos de hoja perenne que nos decían se llamaban bonigos, así sin más conocimientos de jardinería. Los arboles eran de moreras blancas que cubrían el suelo de tierra y a las que yo recogía cuidadosamente entrándolas en una cestita de juncos para llevármelas y lavarlas en casa y comerlas. Un día al replantar unos arbustos, entre la tierra removida salieron huesos humanos y unos pendientes de oro…Durante muchos días no pudimos pasar a la glorieta y entonces supimos que allí había estado el cementerio de Tomelloso antes de hacer el que ahora conocemos.  Cuando volvimos a pasar, al chocar las hojas de los árboles por la fuerza del viento, creíamos escuchar las voces de los muertos.

Crecimos y al llegar la feria en la glorieta de María Cristina se celebraba el baile  elegante de la feria y la cena de la reina y damas de la Fiesta de las Letras. Un año el baile se cambió al parque nuevo y la glorieta perdió aquellos encuentros. Siguió con su chiquillería corriendo entre setos y desapareció el pescador de Lorencete, sin que hasta hoy, nadie haya desentrañado ese robo misterioso. Se encargó otro Lorencete, pero sin policromar y sin la cara aquella del pescador primero.  Ahora en la glorieta está ubicado el Museo Municipal del Pintor Antonio López Torres, con ornamentación de jardín actual, diferente de aquel otro, solitario, sin niños y esperando a los escasos visitantes  que se acercan al museo. Cuando hace viento los arboles elevan sus gemidos y al pasar junto a ellos, vuelvo a recordar el gemido aquél de los muertos de mi infancia. 

 

                                                                            Natividad Cepeda

miércoles, 13 de marzo de 2013

Mirando los cipreses


                                       
Espero en la consulta del dentista  para ser recibida: en la sala pequeña y agradable un televisor de pantalla de plasma inunda todo el ámbito de la habitación. Ana Rosa Quintana dirige su programa rodeada de sus fieles contertulios. Entre el juego de la verdad y la mentira se desgrana como si vendimiaran  la vida de los otros.

Los otros, son los que interesan, según la actualidad, y así aparecen imágenes de la familia real con la excusa de la operación del rey, y también las declaraciones del viejo Ruíz Mateos, luego las del suegro de un torero que cobra por contar chismes sin ninguna importancia y así desfilan en el programa caras y comentarios, repetidos hasta la saciedad, desde programas de radio y televisiones…  Ignoro muchos programas de la televisión porque desde la madrugada me conecto a la radio y a los periódicos digitales, y si puedo también leo los impresos en papel porque me gusta sentir en mis manos el tacto de la letra impresa y aspirar el aroma de la tinta. Puede que sean manías mías tal vez porque desde que recuerdo en casa había periódicos y libros. Puede que sea porque me aburren las caras maquilladlas y los anuncios que incitan al consumo… Puede que sea ya anciana y necesito sentir que todavía pienso y los libros y periódicos me resultan más propios de mi propia experiencia.
Después de unos minutos, diez o doce, me levanto y de espaldas al televisor miro por el gran ventanal la glorieta de María Cristina donde está ubicado el Museo Antonio López Torres de Tomelloso. El día es ventoso y los cipreses se balancean al ir y venir del aire que parece querer abatirlos. Una y otra vez el rito se sucede intermitente y mirando el pequeño jardín regreso al pasado. En ese espacio yo jugaba de niña y recogía moras de las moreras que entonces daban sombra a las adelfas y al pilón de Lorencete.
Lorencete era un pescador policromado con un sombrero por donde salía un chorro de agua mientras en una de sus manos sostenía una caña de pescar que se hundía en el pilón redondo lleno de peces que entraban y salían de cuevas artificiales recubiertas de oba. Los niños de mi infancia lo mirábamos embobados apoyados en la barandilla de hierro que impedía tocar el agua y caernos. La glorieta era un campo de juegos infantiles y también  el recreo del colegio de doña Pilar. Por entonces no se había construido el Museo y en su lugar había una gran nave que decían que era para guardar trigo y a veces melones y hasta para dar conferencias religiosas un tanto perdidas en la
nebulosa infantil. 

Pero esta mañana miraba los cipreses que habían remplazado a las moreras y pensaba en lo curioso de la vida y su misterio. Alzados hasta el cielo los cipreses recordaban a los muertos en el mismo lugar que anteriormente reposaron. En esa glorieta estuvo el penúltimo cementerio de Tomelloso hasta que se quedo pequeño y rodeado por las casas de pueblo. Recuerdo, que terminando un invierno, allá por la década de los años de 1950 al renovar árboles y arbustos de la glorieta sacaron huesos, y decían que algunos pendientes de oro rotos… A los niños nos prohibieron el paso y cuando regresamos a la glorieta Lorencete nos sonreía como siempre con su caña en el agua y su cesta de peces. Nadie osó romperlo nunca, era inimaginable porque era nuestro amigo de piedra al que sumábamos al juego y el que escuchaba los secretos de los adolescentes.

Ahora en la glorieta sólo está el pedestal de piedra sin la figura de Lorencete porque unos civilizados del siglo XXI se divirtieron destruyéndola. No era igual que aquél Lorencete de mi infancia lleno de colorido con su cara de niño viejo, ajada la escultura por el tiempo y la intemperie. Era otro distinto, sin color y sin alma, probablemente porque los niños de ahora no le cuentan secretos ni lo miran embobados.
Los niños ven la televisión y las pantallas de los videojuegos y por eso desconocen el misterio que emanaba de aquella figura que en silencio nos hacía respetarlo junto a su entorno porque esa glorieta fue lugar sagrado donde reposaron nuestros antepasados.
El aire seguía balanceando los cipreses y en su ulular parecía  escucharse voces del pasado. Al salir de la consulta cruce la calle y miré hacia adentro, sentí que los cipreses rezaban por este pueblo. El viento de marzo recorría las calles y en la glorieta a falta de muertos los cipreses recordaban con su presencia una parcela del pasado.


                                                                                                        Natividad Cepeda
 Arte digital; N. Cepeda