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jueves, 29 de octubre de 2026

El silencio de la muerte en la tragedia ferroviaria en los campos de Toledo

 


En el silencio de la muerte nos sobrevive apenas la resignación: el amargo trago de admitir nuestra finitud. Sin embargo, se rompe toda calma cuando el «emperador» y su guardia nos traen, desprovistos de piedad, el luto del pueblo.

Todo parece reincidir en ese extraño y macabro rito de aproximar la parca a los ajenos, mientras ellos, amparados bajo un dosel inalcanzable, cargan sobre espaldas inocentes sus propias culpas y el vacío de su inacción. El aire entonces se torna denso, irrespirable, y la sombra de la muerte envuelve la penumbra de los trenes. Al contemplar semejante espanto, el cuerpo se me estremece y las manos se me unen en orante devoción a Dios —pues en Él creo—, aun cuando me quema el alma la dificultad de perdonar a quienes convirtieron el viaje en una desolada desnudez de vida.

Mientras la existencia se desangra sobre la fría grava de las vías, se presenta el emperador con su vanidoso séquito para proclamar que la culpa habita en otro rincón, negando que hayan sido él y sus acólitos quienes quebraron los engranajes del destino. La pesada carga de la tragedia mancha las manos de quienes habitan los tronos; de aquellos que danzan y se mofan del pueblo a quien despojan del sudor de su frente, invirtiendo ese botín en blindarse contra el eco de la calle.

La tierra se ha vuelto lóbrega, empapada en sangre y coronada por un enjambre de hierros retorcidos. Ante la tragedia que sobrecoge a Urda desde el fatídico veintiocho de octubre de 2026, hasta las mejillas del Santo Cristo se inundan de llanto. Comprendo entonces que la eternidad se convierte en un dogal impuesto por quien somete al pueblo a su antojo, erosionando la vida y dejándonos expuestos a la intemperie mientras retumban los raíles quebrantados y el horror anega nuestros ojos.

El rostro inerte de los caídos perseguirá eternamente al usurero que escatimó en la seguridad de los caminos de hierro. Hoy, esas vidas desdibujadas por las sombras del poder claman justicia desde un silencio que linda con el misterio: el misterio irrefutable de que, por encima de las argucias pagadas, la luz siempre termina rasgando la tiniebla y la verdad emerge despojada de verdugos. No bastarán las voces alquiladas ni las pantallas adiestradas para acallar el eco de lo sucedido.

Deslealtad suprema es dar la espalda a la realidad cuando los trenes colisionan y la muerte se amasa entre metal y carne. Esos cuerpos yertos pasan a ser viva memoria para unos, indolente olvido para otros, y un sollozo perpetuo para quienes los amaron; para quienes, impotentes, naufragamos en este mes de octubre teñido de abandono y luto.


España amanece como un país acorralado por el dolor en la intersección de dos trenes, donde hasta el propio viento vuela herido y maltrecho sobre la vastedad de los campos manchegos toledanos.

 

Natividad Cepeda