Agosto
declina, y su universo de ferias y fiestas se disipa con la última luna llena.
En el cálido rescoldo de los festejos habita una memoria de semblantes,
trenzada a la voz anónima de quienes aplauden en los actos y vagan por el
ferial entre el vértigo ruidoso de las atracciones. Allá arriba, ante la
inmensidad de la luna blanca, cruza una nube errante que busca a sus hermanas
para verter su agua sobre la sed antigua de nuestros campos.
Al alba, en la
acera de Tomelloso, aguardan jóvenes de tez oscura llegados de remotos confines
africanos. Esperan la furgoneta que los conduzca al terruño, a cortar los
primeros racimos de esta vendimia amanecida en agosto. Son hombres que caminan
el horizonte manchego y se difuminan entre los surcos trazados del viñedo;
viñas que fueron cantadas por poetas en certámenes y justas literarias, allí
donde los pueblos anhelan la corona de un premio en las fronteras de la fiesta.
Al compás de
los días, la gente blasona de su rincón y lo cree único e ilustre, ciega a los
otros confines donde también se acuna el mismo orgullo. Con la brisa del
amanecer, sobre el lienzo azul del cielo, pernocta Venus, ese planeta tantas
veces cantado. Al contemplar su nitidez siento que todo ha sido dicho y que
todo se ha extraviado en el olvido. Pero Venus, astro de hermosura perfecta,
guarda su morada en el firmamento: brota primero al atardecer y es el último en
despedirse al alba, cuando las demás estrellas se han ido a dormir. Miro la
bóveda celeste y pienso en los luceros errantes de las galaxias; pienso, así, a
solas frente a la aurora, en la multitud de seres humanos que aún soñamos con
ser estrella en las ferias y certámenes de nuestros pueblos.
Sí, pienso en
esas hogueras de fatuo orgullo cuando se evoca a los poetas muertos que
nacieron en esta tierra; hombres que caminaron en soledad por sus calles, sin
las luces del escenario, sin que nadie los reconociera ni los leyera. De
pronto, por un instante fugaz, se abre un altar donde se los nombra, se los
alaba y se presume el honor de haberlos conocido. Se rescatan versos de sus
libros ignorados y el público culto prodiga su aplauso; más, en ese afán por
desenterrar a los muertos ilustres, se olvida a los poetas vivos, a aquellos
que escriben sin mendigar el halago del poder, sabiendo que crear es concebir
recintos de belleza.
En agosto
florecen las fiestas en honor de los patronos divinos, pero cuando la función y
la procesión se apagan, el templo queda sumido en el silencio. Allí, en esa
penumbra mística, apenas acude alguna alma solitaria a rezar, sin cohetes, sin
música ni algarabía: es entonces cuando la fe vernácula demuestra que no
necesita del estruendo para creer.
Agosto es un
resorte de auroras que se agita tras tradiciones antiquísimas, envuelto en la
vanidad de premiar tanto el mérito como la arbitrariedad. Deja a veces en la
sombra municipal a quienes amaron entrañablemente el terruño y lo ensalzaron
más allá del aplauso estacional, porque sienten la tierra en las venas por
encima del jolgorio y por encima de quienes los olvidan para coronar al astuto.
Cuando la
mañana avanza, la luz del lucero del alba se disuelve en el azul encendido por
el sol. Pareciera haberse ido, pero Venus permanece, fiel a su cita del
atardecer. En un balcón solitario, alguien lo aguarda para soñar en los lindes
de la noche sin esperar nada a cambio; tan solo para atestiguar que Venus es la
estrella radiante al cabo de agosto, y que en su enigma custodia el flujo
mágico de cualquier feria en los pueblos de España.
Pero la fiesta
es necesaria: es el regreso a la memoria de la infancia cuando, por calendario,
se empieza a rondar lo eterno. Es sentir que, entre las espinas del camino,
florecieron también rosas sin espinas, y que seguimos habitando ferias
fraguadas bajo la esperanza de plata de esa luna de agosto —la misma que aún
acaricia los contornos de las noches agosteñas.
Pasan con la
sed en los labios los jóvenes camino del ferial, como ayer pasaron otros. Pasan
con el embeleso de sus cielos nuevos mientras late en sus venas el ritmo
atávico del baile, ese calor antiguo que invita a girar al compás de la música,
igual que se hacía en las verbenas de ayer.
Agosto es
veleta que cruza vientos viejos y nuevos. En el bronce de las campanas la
fiesta se eleva y los pasos del pueblo se vuelven ligeros: hay en la torre un
eco propio, un latido que nos pertenece a los de hoy y a los que ya partieron.
Hay misterio en su repique, y hay poesía y fe en cada festejo.
Es la
sementera de agosto que espera paciente el próximo año para engarzarse, como
joya de oro, en el alma colectiva. Una cita que deja que la melancolía se cuele
hasta los huesos para recordarnos, como por mandato divino, que la feria se
vive... porque la feria es lo nuestro.
Natividad Cepeda
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