Tiembla el agua serenamente.
Tiemblan las amapolas y parece que hasta las piedras del castillo temblaran en
el atardecer de mayo. Entre las briznas del romero y las flores diminutas se
recoge el ir y venir del agua, mientras escucho cantos de aves y sonidos que
designan la belleza del planeta que habito.
Me acaricia la brisa del
anochecer y su caricia, sin gravedad, me eleva por encima de las noticias de
los teletipos y me hace olvidar los apocalipsis que transmite el mundo en su
fractura diaria. Oigo, apenas, voces lejanas, y escucho mecerse el aire por
entre las hojas verdes de las higueras y el susurro del esparto que cubre
amplias zonas del monte.
Aquí, en esta mansedumbre del
agua y el monte, el tiempo se ha detenido y no hay relojes que me indiquen que
estoy perdiendo el tiempo, porque yo siento que ahora el tiempo es mío, me
pertenece, y me dejo pausar para recobrar mi alma, tan bombardeada a veces por
tanto trasiego diario.
Natividad Cepeda
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