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viernes, 27 de junio de 2025

Por la Vía Láctea

 Esta noche por la Vía Láctea se calcinan

estrellas regresando sortilegios

entre el aliento de todos los misterios.

Desfila ese tiempo olvidado que yace

en la penumbra del pensamiento

con preludio de brasas y yo alargo

mi pábilo y enciendo sendas de paz

para este tiempo oscuro de guerras.

La noche comienza su viaje con ella

me diluyo en el fuego ancestral y mágico

de San Juan apostada en mi soledad

frente a la certeza de que las llamas

limpiaran mi alma de inútiles nostalgias.

 

Poema y fotografía © Natividad Cepeda

 

viernes, 21 de junio de 2024

Paradigma de amor universal y despojamiento de uno mismo del Venerable Ismael de Tomelloso




Empecé hace 18 años junto a Blas Camacho y otros compañeros de viaje a conocer  profundamente el testimonio de vida, dejado después de su muerte,  de Ismael Molinero Novillo, al formar parte de la Junta Directiva de la Asociación para la Beatificación y Canonización de Ismael de Tomelloso. Un viaje que no busqué y en el que solo Dios sabrá  por el que sigo caminando hasta hoy.

De ese comienzo escribe en “Con Vosotros - Diócesis de Ciudad Real” Semanario de la Iglesia en Ciudad Real Jesús Cañas Parra  sobre Ismael de Tomelloso lo siguiente:

El 23 de mayo de 2024, el Dicasterio para las Causas de los Santos publicó, con la firma del Papa Francisco, el decreto de virtudes heroicas del Siervo de Dios Ismael de Tomelloso que le conducirá a ser venerable. Años antes, concretamente el 17 de diciembre de 2006, se constituyó en el Colegio de la Milagrosa de Tomelloso una asociación para llevar adelante los trabajos necesarios para el buen avance de la Causa y la extensión de la devoción personal hacia Ismael de Tomelloso. La Causa de Ismael de Tomelloso recibió el nihil obstat de la Santa Sede en marzo de 2008, y quedó abierta en el Obispado de Ciudad Real el 5 de mayo de ese mismo año.



Jesús Cañas Parra es Tesorero y Administrador de Economía de la Junta Directiva de la Asociación para la Beatificación y Canonización de Ismael  Molinero Novillo, proclamado Venerable por la Iglesia Católica. Es el tomellosero más importante de nuestra ciudad y también el gran desconocido para la mayoría de la población. Sobre estos años he escrito algunas vivencias y escuchado testimonios, y sobre todo la fe y el entusiasmo de su último biógrafo, Blas Camacho Zancada, su impulsor de las últimas décadas, al devolvernos el testimonio de vida de este joven manchego, al que nunca  se le agradecerá lo suficiente su dedicación constante.

La dimensión del venerable Ismael  de Tomelloso me hace peregrinar a su testimonio de vida para encontrar ese amor universal que él sintió y dio a todos cuantos le conocieron. Todo en Ismael es amor sin mengua. Es tan joven  que parece imposible que un chico que sonríe con la mirada llena de luz no luchara  por vivir. Cuestión incomprendida para la gran mayoría de este momento donde la imagen y las voces personales son la medida del popularismo actual.

La cumbre de Ismael es vivir el Evangelio vivificador en toda su existencia cristianamente, porque él es seguidor de Jesucristo y esa vivencia la vemos en su sonrisa, que es la sonrisa de Dios.  Orar y amar a todos, incluso a los que le odian,  persiguen y desprecian en mitad de una contienda  adonde es llevado como soldado de la Republica de España desde 1936 a 1939; cuando con anterioridad  ha sido buscado por su fe en Cristo, por los mismos que le obligan a enrolarse es paradigma de amor  universal y despojamiento de uno mismo. 



Ismael es un laico sencillo, humilde y trabajador desde la adolescencia, como lo eran muchos chicos y chicas de su entorno, que descubre la contemplación ante el Sagrario rezando su plegaria en silencio, para escuchar la armonía de la creación en su trasiego espiritual al conversar con Dios. La fe arraiga en su alma y se abre a la verdadera libertad, al amor de Dios y por Él, al amor al prójimo. Esa es la verdadera razón de su silencio. Su valor total y pleno. Lo esencial de su troquel cristiano.

Hoy no sabemos escuchar al silencio porque hay excesivo ruido. El Venerable Ismael de Tomelloso conversa con el silencio orando desde el latido profundo de su corazón. Un corazón que acompaña a los ancianos abandonados en el asilo, solos, sin familia ni enseres personales; iguales a los de  hoy. El corazón, que late con los niños, a los que regala globos cuando a la salida del colegio pasan a verlo a la tienda de tejidos “El siglo”, donde trabajaba, con su hermosa sonrisa. Así me lo contaba mi padre, niño de entonces. Crece su amor en felicidad cuando descubre desde su alegría la música de la guitarra, de la interpretación  siendo un joven autodidacta que se cultiva en cultura y busca la felicidad en medio de los otros con su añoranza de Dios y su búsqueda constante.



El estallido de la guerra y su trascendencia inmoral en la conciencia humana no ha cambiado desde miles de años. Ismael conoce su tragedia destructiva injusta y cruel carente de triunfos y en medio de su estallido en la batalla de Teruel  incapaz de hacer daño tira su fusil y reza. Así lo contaron quienes lo vieron. Su actitud intemporal con la visión de hoy se le puede llamar pacifista al oponerse a la violencia de la guerra; de cualquier guerra  vivida externa o internamente. Y es para Ismael tan primordial que cuando es hecho prisionero calla pertenecer a la Acción Católica para ser uno más de los prisioneros de guerra llevado hasta el campo de concentración  perdido en la densidad de los otros; calla, reza y enferma sin perder su fe y la esperanza en Dios y en la medalla cosida por él en el forro de su chaqueta militar de la Virgen Milagrosa. Igualdad sin prebenda junto a los que en nada se identifican con él. Pero  sabe que su horizonte  es el amor repitiendo

 “Soy de Dios y para Dios, si muero seré totalmente de Dios…y si no muero quiero ser sacerdote.” 

De esa fe se desprende la luz de Ismael; de la irrupción de Dios en su alma. De Cristo vivo para todo el que sufre y espera en Él. Su cuerpo llagado peregrina al amor  ecuménico del Señor con el equipaje de morir solo en la cama de un hospital de guerra… Como mueren en los campos de batalla y hospitales los inocentes de las inútiles guerras actuales. Entender  la vida del Venerable Ismael de Tomelloso con nuestra visión  narcisista buscando la admiración y reconocimiento de todos es ignorar  la grandeza de este laico católico para el que Dios era y fue, el Alfa y Omega de su vida. Principio y fin de su existencia  que él afirmaba  al decir y dejar escrito

”Quiero vivir absorbido en Dios, perdido en la inmensidad ce Él y a Él totalmente entregado. Ni egoísmo, ni dinero, ni comodidades, ni familia, ni honores…Solo Cristo.”





El silencio del Venerable  Ismael de Tomelloso es similar  al testimonio de San Juan de la Cruz, acallar las injusticias de las sociedades humanas  en favor de la esperanza y el amor de Dios. La validez de su vida es participar en la alegría de su existencia dándolo a conocer  en toda su dimensión en mitad de la globalización, entre las sociedades que la forman, porque para el amor y la paz no hay fronteras.

 

Natividad Cepeda

Secretaria General de la Asociación para la Causa de Beatificación y Canonización del Venerable  Ismael de Tomelloso.

 

Ismael Molinero Novillo, nació el 1 de mayo de 1917 en Tomelloso. Estudió en el colegio de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl  de Tomelloso.  En el año 1933 integró el primer grupo juvenil de Acción Católica de Tomelloso con el cargo de tesorero. La Guerra Civil lo marcó profundamente por el asesinato de su director espiritual Reverendo Bernabé Huertas y el párroco Reverendo Vicente Borrell  y la quema de la iglesia e imágenes de Tomelloso. En el año 1937 el ejército republicano lo reclutó Fue hecho prisionero por el ejército nacional y llevado a un campo de concentración junto a otros prisioneros. El invierno de 1938 fue durísimo se llegó a marcar 20 grados bajo cero. Ismael enfermó de pulmonía y tuberculosis siendo trasladado al hospital de Zaragoza. Cuando le preguntaron su nombre y procedencia ocultó pertenecer a Acción Católica para evitar ser tratado de forma diferente a sus compañeros del campo de concentración. Murió el 5 de mayo de 1938, tenía 21 años de edad.

 

 








miércoles, 21 de diciembre de 2022

El silencio de los que no tienen Navidad

 


 

No es natural hablar del silencio  en estos días de mensajes fraternos. No es normal cuando las expresiones de amistad se renuevan y los deseos de paz y amor circulan por todos nuestros sistemas de comunicación. La presencia  de alegría colectiva nos  engrandece escuchando música navideña andando por calles engalanadas de atavíos magníficos representado estos maravillosos  días navideños.  

Los frutos y las riquezas de la tierra nos han sido dados  para ser compartidas por sus habitantes con equidad. La depredación humana basada y ejercida por la malversación de esa riqueza propicia que se ejerza la violencia  en todos sus géneros, masculinos y femeninos, asentada en el abuso de cualquier índole, desde el abuso de poder hasta la explotación  más degradante e injusta de unas personas para con otras. Si se ejerciera una justicia natural en todos los países y sus contratos fueran moderados, la escasez de lo más necesario no se daría evitando el pillaje y la devastación. Desde la noche de los tiempos la justicia verdadera  no camina de la mano de la  ley escrita.  Por esa causa y error, no se ha reconocido en el pasado, ni se reconoce en el presente, que todos los habitantes de pueblos, aldeas y ciudades del mundo, tienen  los mismos derechos a participar de esa riqueza que es acumulada por unos pocos en prejuicio de millones de seres humanos.

La celebración de la Navidad es, no solo alabar a Dios en ese niño divino nacido en Belén hace más de dos mil años;  es la proclamación universal del amor humano a través de su historia cristiana con el mandamiento dado por Jesús de Nazaret, vigente y olvidado: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado…” Navidad para aquellos que no tienen lo suficiente para vivir decentemente. Para los perseguidos por sus ideas políticas y religiosas y para los olvidados por su ancianidad, También para los miles y miles de niños desnutridos y hambrientos. Por los menores de edad  explotados por la sexualidad: Esa lacra  mundial y comercial de la prostitución infantil y adolescente en el turismo sexual de la que escasamente se escribe.

. Según la ONU, la trata de personas es uno de los tres negocios ilícitos más lucrativos del mundo, junto al tráfico de armas y de drogas. Genera unos 32.000 millones de dólares anuales y el 80% tiene fines de explotación sexual y las víctimas son en el 80% mujeres y niñas… Para toda esa sociedad humana también  nació la Navidad en el establo de Belén. Tenemos entre nuestras manos ese silencio oscuro  como espuma de olas que no vemos para darle voz en estas fechas. No para ocultar la luz de la Navidad, si no para hacer ver que somos ocupantes de una tierra de promisión dada por Dios para todos.

Navidad es mirarse en las miradas de los otros en nuestro viaje de vida. Pronunciamos Navidad y nos invade la felicidad de puertas abiertas  a la luz de la esperanza. Esperanza para los tristes y apesadumbrados sin voz en el rumor de los días por la oscuridad de esos bosques humanos olvidados. Y la brisa de la Navidad es no olvidarlos junto a la oración deshojada de creyentes y agnósticos cuando deseamos paz y prosperidad en estos santos y maravillosos días.

Amor desde los cielos representado en esa estrella iluminada que nos anuncia el nacimiento de un niño de nuestra estirpe y progenie. Porque sin nuestros niños no hay travesía humana. Se nos ha trasmitido oralmente: Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los justos; a los que claman por la justicia para los que no la tienen. Ese es el mensaje universal de la Navidad. 

 

                                                                                        Natividad Cepeda

https://www.cuadernosmanchegos.com/ciudad-real/sociedad/el-silencio-de-los-que-no-tienen-navidad--42512.html

https://www.miciudadreal.es/2022/12/20/el-silencio-de-los-que-no-tienen-navidad/

https://www.lanzadigital.com/opinion/el-silencio-de-los-que-no-tienen-navidad/

 

lunes, 14 de septiembre de 2020

La imagen de Cristo crucificado de mi pueblo


 Él, es una imagen de Cristo en la agonía, así me decía mi madre que se llamaba, y yo que jamás dije a mamá,  madre; miraba primero el rostro de mamá alzado hacía la imponente imagen y después como sin darme cuenta lo miraba a Él  y me sentía muy cerca de mamá y de Cristo, como sin palabras nos escuchara a las dos en el silencio del templo.
La iglesia de mi pueblo no es grandiosa, es una iglesia castellana  sencilla que por esa causa es acogedora. En mi infancia, cuando tenía que cogerme en brazos papá para ver los altares y el belén de las Pascuas, el piso era de madera, y me gustaba mucho porque al andar  crujía como si se quejara y yo pisaba muy fuerte para que mis pequeños pies hicieran ruido.
Un día en la iglesia llegamos y estaba levantando un lado del piso y sentí deseos de gritar  para que no lo hicieran porque aquella madera era parte de mi iglesia y de los pasos.
El nievo piso fue un terrazo blanco y negro y ese piso me hacía contar las baldosas y sumaba y restaba y multiplicaba y dividía con todas ellas y no rezaba.
Cristo en su cruz  seguía mirándonos desde su altura y por entonces fuimos al cine haber una película que se llamaba "Marcelino pan y vino", era de un niño que no tenía padres y vivía en un convento de frailes. La película me impacto porque en ella salía mi Cristo y Marcelino le hablaba igual que lo hacía yo.  
Pusieron a la venta unos cromos de la película y me compararon el álbum y yo con la paga del domingo compraba los cromos. Junte todos los cromos hasta llenar el álbum y manoseado y viejo resiste el paso de los años entre libros juveniles.
El tiempo siguió su marcha y yo crecí tanto que me decían las buenas gentes que era mas larga que un día sin pan. Ahora ya podía mirar a mi Cristo hasta sus ojos: mirar su mirada hermosa y dulce que yo sentía en lo más profundo de mi ser.
Las estaciones con sus ciclos cambiantes se sucedieron y un otoño cuando en las cuevas las tinajas acunaban el vino de al cosecha me enamoré de otro larguirucho de ojos verdes. 
Aquella vivencia era tan nueva que me sentía flotar  y al mismo tiempo no podía explicarme porqué de todo aquello tan de pronto y tan mágico. Estrené el año nuevo con un compromiso de relación formal, incluida la presentación a mis padres y hermanas de mi chico. Papá, antes me advirtió de mi excesiva juventud para aquél compromiso, diecisiete años recién cumplidos, pero yo  me sentía tan mayor como la vieja torre de mi iglesia.
A finales de enero el larguirucho de ojos verdes que me cogía de la mano siempre, me dijo preocupado, que se marchaba a un lugar llamado Sidi Ifni porque tenía que cumplir con el llamado servicio militar... 
Se marchó y durante nueve meses  a diario recibía su carta y él la mía. El cartero se habituó a traer no solo la correspondencia de papá que era mucha, y mis cuadernos de francés que yo estudiaba por correspondencia. Puntualmente llegaban las cartas de sobre de bordes azul y rojo, del avión de aquel joven soldado del que yo estaba enamorada.
Todas las tardes pasaba al templo y delante de aquel Cristo mío le pedía que a mi chico no le pasara nada. Llegó en agosto la vendimia y también mi larguirucho con el primer y único permiso  de un mes de duración. Salíamos a pasear y pasábamos al templo hasta el sagrario. Íbamos al cine, al casino y el mes fue una ráfaga de viento apenas perceptible. Y yo volví a mi Cristo; siempre solo. Siempre inmenso en al nave de la iglesia con algunos claveles rojos o blancos que dejaban algunas personas en sus pies.
Seguimos juntos el larguirucho, el Cristo y yo, con algunos kilos más, con hebras de plata entre el cabello y surcos preciosos que muestran los años vividos en el rostro de ambos.  Mi cristo en su cruz no ha cambiado, bueno el año pasado le dieron una mano de barniz y brilla como si fuera hacer un anuncio de limpieza... fallos que todos cometemos y la cofradía y el cura párroco pues lo vieron así, y así se ha quedado, lustroso de arriba a abajo.
Hoy, como otros días he ido al templo y como siempre he visto llegar  a un hombre joven de vaqueros y en mangas de camisa, llegar hasta la imagen de Cristo crucificado y de pie mirarle a los ojos y quedarse quieto en oración silenciosa. Después dos mujeres se han parado delante de la imagen y más tarde un chico de pantalón bermudas, camiseta roja y un corte de pelo se-mi rapado  con un pendiente en una oreja, pararse delante de la imagen del que aquí, en mi pueblo, llamamos el Cristo de la Misericordia, y rezarle con su vestimenta de joven y su fe de cristiano. 
Hoy los cristianos hemos conmemorando la exaltación de la santa Cruz y se ha encendido un foco enfrente del Cristo de la Misericordia para que lo iluminara por completo. 
A causa de la pandemia  del coronavirus, la nave está acotada por un banco para evitar contagios, eso no impide que hasta la sagrada imagen sigan llegando a ella hombres y mujeres de todas las edades. 
Hoy me ha emocionado ver como delante del banco que impide el paso unos y otros se han parado para rezarle. 
Hoy yo  no lo he visto, abierto en su cruz y tan iluminado por el foco. Mientras que veía  a los demás he vuelto a recordar a mamá y a papá,  a mis abuelas y abuelos y a tantos otros que se han ido con Él. He sentido la congoja llenarme el corazón y he orado siguiendo la eucaristía pared por medio de mi Cristo, pidiendo por tantos enfermos por el Covid 19. He salido del templo y he sentido que al andar, a mi lado venia Cristo Jesús,  con su misericordia dejándome paz y amor  a pesar de tantas decepciones y tantas despedidas.  
Si alguna vez llegáis hasta mi pueblo no dejes de ir a verlo es una muestra de arte cristiano. Y se le puede ver, y dejar que te mire igual que otros van a ver a Buda o al Tibet; mirarle a los ojos y comprobareis que su misericordia es infinita.

Natividad Cepeda
  
 
   

domingo, 3 de septiembre de 2017

El último tren

Un día cuando yo creía que los sueños se hacían realidad pedí una entrevista a un alcalde.  En mi país todavía no había eso que llamamos libertad y democracia y el redactor del pequeño periódico donde yo publicaba mis entrevistas me dijo que nos meterían a todos en la cárcel si publicaban aquella entrevista. Yo, segura de mí misma le contesté que solo yo era la responsable de lo que se publicara y el bueno del redactor me miró por encima de sus gafas y con media sonrisa de asentimiento me dijo que de acuerdo, que se publicaría.
Días antes  recibí una llamada de teléfono concediéndome la entrevista con el alcalde. Cuando me abrieron la puerta de su despacho, inmensa y alta yo sentí que me diluía entre sus maderas nobles y al pisar el primer trozo del pavimento creí que me tragaría la tierra.  Sentado al otro lado de la mesa el corregidor, grande en volumen físico, me miraba entre bonachón y con una pizca de humor, casi imperceptible, en el fondo de sus ojos. Con un ademán de su mano me invito a sentarme enfrente de él y me saludó dándome los buenos días llamándome por mi nombre. El tema era preguntarle el por qué, se llevaban el tren de mi pueblo. Y sin inmutarse me dijo que a nadie le importaba si el tren desaparecía. Yo, insistí, alegando que el ferrocarril era la mejor vía de comunicación y que creía que prescindir del tren era un error que pagaríamos en el futuro.  El alcalde, sonrió e impasible me dijo que el tren, solo me importaba a mí. ¿Sabes, me dijo, que ninguno de nuestros vecinos ha venido a preguntarme por qué se quita el tren? Extrañada sostuve su mirada y solté aquello que yo había escuchado aquellos días en tiendas y corrillos de la plaza: la gente dice que como usted obtiene beneficios con el coche de línea que va a Madrid no le interesa mantener el tren. La sonrisa se hizo mucho más amplia y sin embargo su mirada dejó de ser alegre. ¿Yo, beneficios con trasporte público, quien dice esa patraña?  Todos, le contesté. ¿Y tú no ignoras cual es mi profesión, verdad? No, le contesté, usted es pediatra. Vaya, pensé que lo habías olvidado, me dijo algo molesto. No, no lo he olvidado, pero un alcalde tiene el deber de defender a su pueblo y parece que a usted no le interesa ejercer esa defensa. El alcalde se echó hacia atrás hasta dar en el sillón con su espalda y  se quedó callado mirándome como si yo no existiera. Luego serio me preguntó ¿Todo eso que dices lo vas a escribir en tu entrevista? Sí, le contesté sin titubeos. Y él, serio me dijo: ¿Que te importa a ti si hay o no hay tren en el pueblo, cuando tu viajas en el coche con tu padre? Algo allá adentro de mi estómago empezó a removerse y sentía la necesidad de salir de aquella habitación y escapar de aquella mirada que me escudriñaba con suma atención. Por un momento el silencio pesaba entre las cortinas de terciopelo verde y la mesa del despacho que se agrandaba hasta el infinito queriendo escapar por el balcón que tenía a su espalada el alcalde, desde donde llegaban los ruidos y voces de la plaza grande y redonda de mi pueblo. Sonó el reloj de la iglesia, porque el del ayuntamiento llevaba un tiempo mudo, decían que estaba algo escacharrado y sin saber cómo le pregunte sin respirar… ¿y el reloj tampoco lo piensa mandar a arreglar? Me pareció que en su mirada algo había cambiado, pero firme me dijo aquello de ¿Cuándo fue la última vez que subiste al tren? No lo recuerdo, creo que desde la vendimia pasada que fui con mis abuelos a Ciudad Real a que la viera don Javier Paulino a mi abuela, por aquello de su corazón enfermo. Pero  aunque no suba mucho en el tren, no quiero que se vaya del pueblo, es donde mejor voy y es el medio de transporte público que más me gusta. Ya sé que el tren nuestro es viejo, y hecha mucho humo, pero un pueblo sin tren es algo así como si ese pueblo se estuviera muriendo. Y de nuevo el silencio se aposentó en los sillones y solo se escuchaban a los gorriones ir y venir en los árboles de la iglesia.
La entrevista se publicó en un periódico que hacíamos fotocopiado los jóvenes bajo el nombre de “Iglesia en Tomelloso” con mucho miedo por parte del pobre cura que lo realizaba y que me dijo; anda que en buenas nos has metido si se enfada el alcalde con todo lo que has escrito. Pero el alcalde no se enfadó y nadie prestó atención a aquella entrevista escrita por una joven de dieciséis años que no quería que el tren dejara de llegar hasta su pueblo.
Años después comprendí que aquel alcalde fue el único que me comprendió y que si no detuvo la marcha del tren  fue porque cuando yo suplique por él, ya no interesaba a nadie. Años después las vías se arrancaron y yo sentí que algo dentro de mi alma también me arrancaban de cuajo. Sí, decir arrancar de cuajo en mi pueblo es tanto como afirmar que lo que perdemos no volvernos a recuperarlo jamás. Y así  ha  sido hasta hoy donde seguimos sin tener tren.


                                                                                        Natividad Cepeda

Arte digital: N. Cepeda

sábado, 25 de julio de 2015

Nostalgia por el tiempo pasado

                  He pasado a la cueva con el silencio evocador  de lo que ya no es. Las tinajas de cemento siguen en ordenadas hileras formando su mágico círculo protegidas bajo el manto telúrico de la tierra. He bajado al templo de la memoria de antaño, de lo que  ya  es recuerdo ensalzado a la contemplación de la belleza inútil.
Muy lento el polvo del olvido ha ido cubriendo el contraluz de la lumbrera.
La lumbrera es por donde la luz besa el olvido de la cueva,  dejando que al penetrar la luz, las tinajas reciban  la caricia de la vida. Porque la vida habita a la intemperie. Y en esa intemperie sigue el pueblo subsistiendo con otros modos, pero igual de mal que cuando se escavo la cueva. Los hombres que las hicieron las recuerdan.
La recuerdan los hombres que cuentan con muchos años. Ancianos a los que les quedan pocos amigos, solitarios cipreses que se sostienen porque son duros como la cueva y sus tinajas. 

Contemplo envuelta en el silencio la caverna, el blanco de la cal desmoronada, las arañas que tejen su seda gris eterna, los escalones que se agrietan y rompen a causa de la mordedura de la humedad; y ese trágico silencio de la cueva me habla de la decadencia que percibo en todo su conjunto.
Ahora, en este tiempo adverso perfumado de escasas ilusiones y falta de recursos crece la nostalgia por el tiempo pasado. Y es tanta la irrealidad de este movimiento social que se olvida la realidad de lo que fue. No fue tan idílico como se representa cuando se desempolvan aperos en desuso y se elevan al altar de lo sublime las faenas agrícolas que se hicieron con animales y personas.


No, y por eso los hombres campesinos emigraron a las ciudades y dejaron los campos y los pueblos buscando una vida mejor. Todo lo que hoy se alaba y enaltece se despreciaba. Yo lo afirmo y recuerdo. La blusa que vestían los hombres del campo, agricultores, huertanos, pastores y viñeros en general era una prenda humilde, jamás admirada y que se dejaba de usar cuando se elevaba a otra clase social de mayor altura y economía. Era una vida dura. Poco afable para los asalariados y sacrificada para los dueños de escasa fanegas de tierra. La felicidad como hoy se representa es una pantomima de la verdad. Pobres picadores los que hicieron las cuevas: Pobres terreras las que sacaban la tierra a espuertas. Pobres agricultores que ocultaban hacer la cueva para que no se les siguiera gravando con impuestos. Y pobres mujeres dueñas de esas cuevas que además de bajar a remecer el vino, las limpiaban, enjalbegaban y subían y bajaban a dejar o coger, en la fresquera los alimentos en los veranos. 

He bajado a la cueva y los he recordado a todos ellos.  Entre las tinajas que sirvieron para guardar cosechas no hay rumor de mosto y si de mucho esfuerzo, fracasos y esperanzas rotas. Niños y niñas sin acceder a estudios, mujeres envejecidas, vejadas y marchitas; hombres que vivían con estrecheces pendientes de pagar los créditos pendientes al banquero de turno.
Se han cumplido las etapas y cerrado el ciclo de aquella forma de vida. Se cerraron y se intentaron olvidar. Lo hermoso fue la edad. Volver a la inocencia de la infancia y al despertar de la juventud. El templo de la cueva es el mismo, misterioso y eterno evocador de un ayer destruido, sangre de las entrañas de la tierra fundida al sudor humano de la especie; así lo siento rodeada de tinajas inmensas, cíclopes donde se ahoga el silencio sin otro escaparate que la trabajadora araña rodeándolas.

Volvemos a vestirnos con los ropajes despreciados en fiestas y saraos y mientras se coronan a los elegidos, el campesino español sigue sintiendo la soledad de las cuevas y el abandono a todos sus problemas. Los campos están siendo esquilmados por bandoleros que tejen la miseria con su tela de araña y nadie, nadie los protege. Microcosmos de tierras cultivadas donde también se sueña y donde también se muere de impotencia.   Cuando el campo no produzca alimentos ni cree riqueza porque nadie lo labre, entonces ¿de qué nos vestiremos? Algunas casas todavía tienen cuevas y junto a la bancarrota de la economía, al bajar a admirarlas como un fetiche de orgullo localista, olvidamos el rumor que en su vientre perdura, porque la madre tierra jamás olvida de los que de ella  nacen.



                                                                                                                                                                                                                                                                           Natividad Cepeda




Publicado en el Diario Lanza 3 del 10 de 2014
Arte digital: N. Cepeda
                                                                                     


martes, 3 de diciembre de 2013

Sagrario Torres equinoccio de amor

                 
         Los poetas si nos dejan su poesía permanecen
         entre nosotros con su voz invisible entre las hojas de sus libros:
         permanece y sigue con su voz creadora  mi admirad y querida
        Sagrario Torres. 
       A veces al leer sus cartas vuelve su amistad a inundar mi alma. 
       Y a pesar de la ausencia  sus libros me la  devuelven.
       Para ti mi equinoccio de amor Sagrario Torres.
                                                                 
                                                                                                                                                                                          
Debajo de la noche del tiempo te dormiste
como duermen los árboles en su ciclo aprendido.
Cruzas vestida de manto de silencio y te insinúas
como  barca sin remos añorando tus redes.

Cubierta del manto de la tierra eclosionas
al viento y a la lluvia donde todo es posible.
Te liberas rompiendo las amarras de la carne
después de muchos desengaños cosidos a  tu piel.



Vienes  con la madrugada de Dios borrando identidades, 
mítica de amanecer tu mirada,
contándonos el rumbo inmolado de las cosas  desde el otro espejo donde tú ahora nos ves.

Tu nombre es fácil pronunciarlo. Sagrario:
Sagrario de amistad  que a nadie se rindió ni doblegó. 
Sagrario de mujer hermético, voz grave y poderosa
de tormenta sacudiendo conciencias.

Envite de  poeta ante la que me descubro, 
luchadora tenaz,  río de existencia única 
que nadie sometió. Roca caliza, hija de tu tierra. 
Cual vieja encina sostienes
entre tus ramas  al universo 
                                             a temporal de la palabra.




No sé, desde qué lugar, sigues mirando el mapa de La Mancha tan amada por ti, equinoccio de amor y ecuador de tu verso,  Sagrario Torres Calderón,
interminable hoguera 
que no se extingue ni apaga



Se cerrará el ciclo de la vida entre nosotras.
Todo se hará silencio...
Me dormiré en el oculto signo de los ciclos,
debajo de todo se escuchará 
el equinoccio del espíritu, 
y todavía, Sagrario Torres, 
permanecerá tu amor                                                                            
a la palabra y a la verdad.

                                                                                                     Natividad Cepeda




Sagrario Torres nace en Valdepeñas el 7 de marzo de 1923 y muere en Madrid el 5 de marzo de 2006 con 83 cumpleaños. De  niña queda huérfana de padre. Se traslada con su madre y hermano a Madrid. Con 5 años de edad ingresa en un internado municipal de huérfanos de Alcalá de Henares. Comienza los estudios de bachillerato en el Instituto de esa ciudad.  Quedan interrumpidos por el estallido de la Guerra Civil en 1936.
Escribe  poesía y prosa. En la década de 1940 colabora en periódicos y revistas.  Empieza a conocer y frecuentar círculos poéticos donde conoce a otros  escritores y coincide  con  Luis Felipe Vivanco, Leopoldo Panero o Luis Rosales entre otros artistas y poetas.
En 1968, publica su primer libro "Catorce bocas me alimentan"; y le siguen "Hormigón Traslúcido" (1970), "Carta a Dios" (1971), "Esta espina dorsal estremecida" (1973), "Los ojos nunca crecen" (1975), "Regreso al corazón" (1981), "Íntima Quijote" (1986). Con anterioridad reúne tres cuadernos que contienen poesía primera y más temprana. Sagrario Torres fue declarada Hija Predilecta de la ciudad de Valdepeñas en 1985 y recibió la Medalla de Oro de Castilla-La Mancha en 2005.
Sagrario Torres es una de las mejores sonetistas de las letras españolas  aunque por ser mujer no tuvo el reconocimiento que su obra merece.





                                                                                                           
 Arte digital: N. Cepeda