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martes, 5 de septiembre de 2023

Homenaje y recuerdo a la periodista fallecida Conchi Sánchez

 


El fallecimiento repentino y sin enfermedad previa de la directora de Lanza, Conchi Sánchez, a los 50 años, difícil de digerir por lo inesperado para quienes formamos la familia casi de sangre de este periódico, que celebró en mayo su ochenta cumpleaños con ella como líder, ha generado una oleada de reacciones de dolor, pésame y reconocimiento a su trayectoria profesional y vital.

 

           La poeta Natividad Cépeda, colaboradora de Lanza, le ha dedicado estas hermosas palabras:

 “Conchi Sánchez seguirá escribiendo en el cuaderno de Dios y la sentiremos en las Perseidas de agosto desde donde brilla como una estrella más de las constelaciones del alma”, acompañadas un lamento profundo, apoyo a su familia y compañeros, y una reflexión, “incomprensible entender las muertes repentinas que están sucediendo, me preguntó, ¿a qué es debido?”.

 

https://www.lanzadigital.com/provincia/fallece-conchi-sanchez-lanza/

 

 

 

    METAMORFOSIS

 

                                                                 En recuerdo y homenaje de la periodista

                                                                 Conchi Sánchez Hernández, directora  

                                                                 del Diario Lanza de Ciudad Real.   

                                                                 Y con ella cada una de las muertes 

                                                                 repentinas  que suceden sin comprender 

                                                                la causa.                                            

 

 

Lloramos sin gemidos ante la muerte

olvidamos que es un viaje evolutivo

el cuerpo regresa a la madre tierra.

 

En el ayer lejano y olvidado amábamos

los árboles sintiendo su savia y su latido

al abrazar su tronco debajo de sus ramas.

 

Aquellos celtas perdidos en la noche

del tiempo aseguraban que morir

es un viaje evolutivo  para regenerarnos.

 

Lloramos en mitad del vacío actual

sin creencias y faltos de esperanzas

sin sentir la música celeste del orbe.

 

Olvidando de donde procedemos

del alma de una estrella suspendida

en el sin fin del infinito llamado cielo.

 

Rotamos en el eje invisible del planeta

trascordando  su rotar  cíclico y continuo

a través de los miles y millones de años.

 

Fuimos concebidos por un cometa

itinerante   somos  luz  de galaxias

procedentes  de misterioso mundos.

 

Sueños de dioses que siguen invisibles

al lado de nosotros los  humanos  amantes

de la vida por encima de mil muertes.

 

Y lloramos y sufrimos hasta morir de pena

y dolor cuando se van los nuestros al río

del olvido y de las eternas  sombras.

 

No ignoro que somos raíces de árboles

genéticos con herencias de  derrotas

repetidas y múltiples en  nuestra Historia.

 

No lo ignoro ni niego ni reniego de ella

somos fuerza y belleza de voluntad

férrea y decidida  a pesar de fracasos.

 

Pero estamos aquí de pie y sin temor

a seguir avanzando a pesar de la muerte

sabedores de que nada se pierde…

 

Amor es fuerza ilimitada de energía

desde tiempos remotos  perduran nuestras

huellas trasmitiendo la vida existente.

 

Metamorfosis; soy viento, lluvia, sol,

frío, nieve y desierto , llanura y monte,

cordillera y río, mares y océanos helados

por donde viajo eternamente…

 

Estoy aquí, permanezco, no me he ido.

 

 

                                                 Natividad  Cepeda

 

Poema inédito publicado en Diario Lanza 1 de septiembre de 2023

 

 

https://www.lanzadigital.com/opinion/metamorfosis/

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

sábado, 25 de julio de 2015

Nostalgia por el tiempo pasado

                  He pasado a la cueva con el silencio evocador  de lo que ya no es. Las tinajas de cemento siguen en ordenadas hileras formando su mágico círculo protegidas bajo el manto telúrico de la tierra. He bajado al templo de la memoria de antaño, de lo que  ya  es recuerdo ensalzado a la contemplación de la belleza inútil.
Muy lento el polvo del olvido ha ido cubriendo el contraluz de la lumbrera.
La lumbrera es por donde la luz besa el olvido de la cueva,  dejando que al penetrar la luz, las tinajas reciban  la caricia de la vida. Porque la vida habita a la intemperie. Y en esa intemperie sigue el pueblo subsistiendo con otros modos, pero igual de mal que cuando se escavo la cueva. Los hombres que las hicieron las recuerdan.
La recuerdan los hombres que cuentan con muchos años. Ancianos a los que les quedan pocos amigos, solitarios cipreses que se sostienen porque son duros como la cueva y sus tinajas. 

Contemplo envuelta en el silencio la caverna, el blanco de la cal desmoronada, las arañas que tejen su seda gris eterna, los escalones que se agrietan y rompen a causa de la mordedura de la humedad; y ese trágico silencio de la cueva me habla de la decadencia que percibo en todo su conjunto.
Ahora, en este tiempo adverso perfumado de escasas ilusiones y falta de recursos crece la nostalgia por el tiempo pasado. Y es tanta la irrealidad de este movimiento social que se olvida la realidad de lo que fue. No fue tan idílico como se representa cuando se desempolvan aperos en desuso y se elevan al altar de lo sublime las faenas agrícolas que se hicieron con animales y personas.


No, y por eso los hombres campesinos emigraron a las ciudades y dejaron los campos y los pueblos buscando una vida mejor. Todo lo que hoy se alaba y enaltece se despreciaba. Yo lo afirmo y recuerdo. La blusa que vestían los hombres del campo, agricultores, huertanos, pastores y viñeros en general era una prenda humilde, jamás admirada y que se dejaba de usar cuando se elevaba a otra clase social de mayor altura y economía. Era una vida dura. Poco afable para los asalariados y sacrificada para los dueños de escasa fanegas de tierra. La felicidad como hoy se representa es una pantomima de la verdad. Pobres picadores los que hicieron las cuevas: Pobres terreras las que sacaban la tierra a espuertas. Pobres agricultores que ocultaban hacer la cueva para que no se les siguiera gravando con impuestos. Y pobres mujeres dueñas de esas cuevas que además de bajar a remecer el vino, las limpiaban, enjalbegaban y subían y bajaban a dejar o coger, en la fresquera los alimentos en los veranos. 

He bajado a la cueva y los he recordado a todos ellos.  Entre las tinajas que sirvieron para guardar cosechas no hay rumor de mosto y si de mucho esfuerzo, fracasos y esperanzas rotas. Niños y niñas sin acceder a estudios, mujeres envejecidas, vejadas y marchitas; hombres que vivían con estrecheces pendientes de pagar los créditos pendientes al banquero de turno.
Se han cumplido las etapas y cerrado el ciclo de aquella forma de vida. Se cerraron y se intentaron olvidar. Lo hermoso fue la edad. Volver a la inocencia de la infancia y al despertar de la juventud. El templo de la cueva es el mismo, misterioso y eterno evocador de un ayer destruido, sangre de las entrañas de la tierra fundida al sudor humano de la especie; así lo siento rodeada de tinajas inmensas, cíclopes donde se ahoga el silencio sin otro escaparate que la trabajadora araña rodeándolas.

Volvemos a vestirnos con los ropajes despreciados en fiestas y saraos y mientras se coronan a los elegidos, el campesino español sigue sintiendo la soledad de las cuevas y el abandono a todos sus problemas. Los campos están siendo esquilmados por bandoleros que tejen la miseria con su tela de araña y nadie, nadie los protege. Microcosmos de tierras cultivadas donde también se sueña y donde también se muere de impotencia.   Cuando el campo no produzca alimentos ni cree riqueza porque nadie lo labre, entonces ¿de qué nos vestiremos? Algunas casas todavía tienen cuevas y junto a la bancarrota de la economía, al bajar a admirarlas como un fetiche de orgullo localista, olvidamos el rumor que en su vientre perdura, porque la madre tierra jamás olvida de los que de ella  nacen.



                                                                                                                                                                                                                                                                           Natividad Cepeda




Publicado en el Diario Lanza 3 del 10 de 2014
Arte digital: N. Cepeda
                                                                                     


domingo, 4 de noviembre de 2012

Velones para alumbra la vida


  

       He pasado a una tienda pequeña de mi pueblo para comprar esas cosas que son tan necesarias, lejía, detergente, crema para las manos… Espero que me atienda la dueña de la tienda con esa eterna paciencia de quien lleva muchos años detrás del mostrador. Atiende a un matrimonio de unos setenta años, educados, afables, sin retoques de cirugía plástica ninguno de los dos. Dignamente vestidos, limpios y sin joyas ninguna en sus manos. La señora le pide diez velones de cera para encenderlos  en estas fechas, igual que lo hacía su madre y sus abuelas. El marido es el que recoge  las bolsas mientras ella abona el dinero y se marchan, no sin antes dar las gracias y desear buen día a la tendera.  
La tienda apenas si ha cambiado desde hace treinta años. Y allí sigue la mujer entera y diligente con la sonrisa franca atendiendo a la clientela que todavía sigue fiel a la pequeña tienda.

Alrededor del establecimiento la calle ha cambiado su fisonomía, se demolieron casas y en su lugar se alzan hacia el cielo unos bloques de pisos. Además faltan muchos vecinos de aquellos que existían cuando se abrió la tienda. Ahora por la calle, y pasando a la tienda hay hombres de piel negra, jóvenes solitarios en busca de un trabajo que apenas si balbucean las palabras precisas para hacerse entender.

También algunas veces pasan mujeres de falda larga y pelo largo y liso, recogido atrás, en una coleta descuidada, cuando llegan la dueña las atiende y los demás no perdemos de vista el bolso y la cartera y lo que espera encima del mostrador, por si en un descuido nos roban algo aquellas jóvenes mujeres, algunas casi niñas, que siempre llevan en brazos o a su lado niños morenos y flaquitos, pero firmes y listos porque el hambre agudiza mucho los sentidos. Todos ellos, también, desde hace tiempo, son vecinos ocasionales de la calle…Ignoramos sus nombres  y el lugar donde duermen y dé dónde sacan para vivir aquí. Enfrente de la pequeña tienda, abrieron hace un par de años, una peluquería de caballeros de peluqueros árabes. Dentro y fuera de ella siempre hay hombres, muchos hombres, a cualquier hora del día y de la noche, y en las horas finales de la tarde algunas mujeres y niños morenitos que juegan alrededor de todos ellos. No saludan a nadie, viven y no trabajan, al menos, no en las horas normales. Y a veces nos preguntamos ¿de dónde sacan para vivir aquí? Son preguntas sencillas que no obtienen respuestas.


 También en esta calle conocemos a muchos vecinos que no encuentran trabajo, son hombres y mujeres que se compraron piso y adeudan hipotecas con nombres y apellidos y con niños pequeños. Otros ya han envejecido y sienten correr por sus entrañas el aguijón clavado de ver que a los hijos les ha empezado a faltar lo necesario… 

Los que vamos a la pequeña tienda conocemos historias tristes y desalentadoras. Se comenta que algunos de ellos piden cita en Cáritas Interparroquial para ver de obtener alguna ayuda. Son gentes de las nuestras, iguales que nosotros, sin ayudas, sin extender la mano mendigando ni ratear por el pueblo y el campo. Y también en los pisos conviven con los otros que se confunden con nosotros, los llegados de la Europa del Este: integrados a medias, casi nada.  Parias entre parias del mundo intentando vivir cada cual como puede. Y además hay muchos pisos vacíos, fantasmas de ventanas cerradas, o testigos de la avaricia de los que se enriquecieron a costa de todos los que ahora carecen de lo más necesario.



He dejado de preguntarme acerca de la justicia porque me falta fe en los que nos dicen, que nosotros, los de abajo, hay que pagar la deuda. ¿La deuda?  En la pequeña tienda escucho que les han quitado el banco la casa y el piso a dos familias más de esta calle, y que hasta la abuela, se ha quedado en la calle porque los avaló.



Ha llegado mi turno y pido que me venda unos cuantos velones. Una señora de pelo gris y moño al estilo italiano, me dice que en noviembre hay que encender la luz para las almas de todos los difuntos, le sonrío y le aclaro que los voy a encender  para que la luz de Dios nos alumbre la vida. Me mira sorprendida  e insisto, sí, señora porque la vida ahora la tenemos muy negra.

                                              

                                                                                                            Natividad Cepeda




       

Arte digital . Cepeda