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domingo, 4 de noviembre de 2012

Velones para alumbra la vida


  

       He pasado a una tienda pequeña de mi pueblo para comprar esas cosas que son tan necesarias, lejía, detergente, crema para las manos… Espero que me atienda la dueña de la tienda con esa eterna paciencia de quien lleva muchos años detrás del mostrador. Atiende a un matrimonio de unos setenta años, educados, afables, sin retoques de cirugía plástica ninguno de los dos. Dignamente vestidos, limpios y sin joyas ninguna en sus manos. La señora le pide diez velones de cera para encenderlos  en estas fechas, igual que lo hacía su madre y sus abuelas. El marido es el que recoge  las bolsas mientras ella abona el dinero y se marchan, no sin antes dar las gracias y desear buen día a la tendera.  
La tienda apenas si ha cambiado desde hace treinta años. Y allí sigue la mujer entera y diligente con la sonrisa franca atendiendo a la clientela que todavía sigue fiel a la pequeña tienda.

Alrededor del establecimiento la calle ha cambiado su fisonomía, se demolieron casas y en su lugar se alzan hacia el cielo unos bloques de pisos. Además faltan muchos vecinos de aquellos que existían cuando se abrió la tienda. Ahora por la calle, y pasando a la tienda hay hombres de piel negra, jóvenes solitarios en busca de un trabajo que apenas si balbucean las palabras precisas para hacerse entender.

También algunas veces pasan mujeres de falda larga y pelo largo y liso, recogido atrás, en una coleta descuidada, cuando llegan la dueña las atiende y los demás no perdemos de vista el bolso y la cartera y lo que espera encima del mostrador, por si en un descuido nos roban algo aquellas jóvenes mujeres, algunas casi niñas, que siempre llevan en brazos o a su lado niños morenos y flaquitos, pero firmes y listos porque el hambre agudiza mucho los sentidos. Todos ellos, también, desde hace tiempo, son vecinos ocasionales de la calle…Ignoramos sus nombres  y el lugar donde duermen y dé dónde sacan para vivir aquí. Enfrente de la pequeña tienda, abrieron hace un par de años, una peluquería de caballeros de peluqueros árabes. Dentro y fuera de ella siempre hay hombres, muchos hombres, a cualquier hora del día y de la noche, y en las horas finales de la tarde algunas mujeres y niños morenitos que juegan alrededor de todos ellos. No saludan a nadie, viven y no trabajan, al menos, no en las horas normales. Y a veces nos preguntamos ¿de dónde sacan para vivir aquí? Son preguntas sencillas que no obtienen respuestas.


 También en esta calle conocemos a muchos vecinos que no encuentran trabajo, son hombres y mujeres que se compraron piso y adeudan hipotecas con nombres y apellidos y con niños pequeños. Otros ya han envejecido y sienten correr por sus entrañas el aguijón clavado de ver que a los hijos les ha empezado a faltar lo necesario… 

Los que vamos a la pequeña tienda conocemos historias tristes y desalentadoras. Se comenta que algunos de ellos piden cita en Cáritas Interparroquial para ver de obtener alguna ayuda. Son gentes de las nuestras, iguales que nosotros, sin ayudas, sin extender la mano mendigando ni ratear por el pueblo y el campo. Y también en los pisos conviven con los otros que se confunden con nosotros, los llegados de la Europa del Este: integrados a medias, casi nada.  Parias entre parias del mundo intentando vivir cada cual como puede. Y además hay muchos pisos vacíos, fantasmas de ventanas cerradas, o testigos de la avaricia de los que se enriquecieron a costa de todos los que ahora carecen de lo más necesario.



He dejado de preguntarme acerca de la justicia porque me falta fe en los que nos dicen, que nosotros, los de abajo, hay que pagar la deuda. ¿La deuda?  En la pequeña tienda escucho que les han quitado el banco la casa y el piso a dos familias más de esta calle, y que hasta la abuela, se ha quedado en la calle porque los avaló.



Ha llegado mi turno y pido que me venda unos cuantos velones. Una señora de pelo gris y moño al estilo italiano, me dice que en noviembre hay que encender la luz para las almas de todos los difuntos, le sonrío y le aclaro que los voy a encender  para que la luz de Dios nos alumbre la vida. Me mira sorprendida  e insisto, sí, señora porque la vida ahora la tenemos muy negra.

                                              

                                                                                                            Natividad Cepeda




       

Arte digital . Cepeda









                                                                                      

domingo, 17 de junio de 2012

Vivir con el miedo al hambre



Junio ha llegado con su talega ruinosa para los que no tenemos trabajo, y sí hambre y recibos que pagar para  los que no somos banqueros  ni mandamases que se van con los bolsillos llenos.
Así se lo escuché decir a una mujer en el mercado frente a un puesto de fruta. Los parroquianos del frutero ambulante, corearon la máxima verbal  y siguieron esperando pacientemente su turno. Era un día cualquiera, si no fuera porque  esa gente ahora sabe que no tienen fecha para salir del temor de carecer de empleo, y los pocos ahorros apenas dan para seguir yendo al mercadillo callejero.

Las mujeres del pueblo hartas de zarandajas, arremeten con su vocabulario certero, con frases insubordinadas que, aunque parezcan inútiles, no caen en el olvido. La clientela de mercadillos y tiendas de barrio son un pulso real de lo que se piensa, sin cortarse nadie a la hora de emitir juicios. Y aunque esa clase social sea ignorada por la poderosa clase política es una garantía fiable de lo que el pueblo piensa.  Las inversiones de esa clase trabajadora vienen sufriendo robos de guante blanco desde hace tiempo, sin que los ahorros desaparecidos hayan vuelto a sus dueños. Por dar nombre, de todos conocidos, los afectados por los “sellos”, Forum y Afinsa , que vieron como se esfumaron los ahorros de familias enteras, padres e hijos… Después con el descalabro sufrido siguieron trabajando con sueldo y cotización, también durante los fines de semanas  echando horas en la familia para  adecentar viviendas y hacer chapuzas con las que pagar las altas hipotecas de los pisos comprados a precios desorbitados, consentidos y aplaudido, por todos cuantos vivían y engordaban de la ciudad sin ley, que no otra cosa  ha sido el sector inmobiliario.
En este combate diario de apostar por subir el nivel de vida, o poder adquisitivo, los únicos perdedores han sido los de siempre, los trabajadores asalariados y los trabajadores autónomos de la clase media baja. Los mismos a los que ahora se les exigen apretarse la cintura en trabajar y pagar, como si ese invento fuera algo novedoso. Es la gente que después de jugar la partida y creerse dueños del consumo ven y padecen el expolio de lo adquirido. Es el “aliguí” que ha vuelto, no con su carácter festivo de algazara, si no con la penuria de la escasez.                 
                                                   
Resulta que la crisis no ha desembarcado en todos los españolitos, ocasionalmente la perspicacia y el entendimiento de esta situación no ha tocado a otros españolitos que, sin dudarlo, arrimaron el ascua  a su sardina y se les multiplicó, porque han tenido la fortuna de dar capotazos toreros en varias direcciones, y como dice las mujeres del mercadillo, no se quedaron con el culo al aire.
Así hemos llegado donde estamos, volviendo a ser pobres con rabia y con escasa dignidad, ya que todavía se nos alimenta la parafernalia de ritos ciudadanos para tenernos entretenidos. Porque no otra cosa es el futbol y la “roja”, las famosillas gritonas que cuentas chismes aliñados con morbos baratos y los imposibles “guapos y guapas” con el mismo maquillaje y expresiones que las muñecas de los bazares chinos y moros. Bueno, así es como hablan las mujeres de los mercadillos, no será políticamente correcto pero ¿acaso se les ha enseñado desde los escaparates del poder otras normas y vocabularios? Porque no nos engañemos lo real y sincero tiene ese rostro, es la política que conviene para el pueblo, la otra política, la que se escribe en despachos sin reporteros no se muestra, se recubre de capas superpuestas y se clava el diente al adversario si conviene, o sencillamente se firman alianzas de pactos económicos  para escarnio de ese pueblo ignorante.


Pero a pesar de lo que obstaculiza  impidiendo el avance normal, el saber popular ve más de lo que se les enseña, y  esas mismas mujeres son las que están sacando adelante a las familias desprotegidas por el Estado del Bienestar de cualquier Autonomía Española, son las abuela y abuelos – por partida doble – que al no poder pagar guarderías cuidan de los escasos nietos que las parejas de españoles tienen, son los que se ciñen el cinturón, como si fuera un cilicio, y apechugan con lo que ha llegado  plantando cara al desánimo de esta crisis que ha dejado, y deja en la cuneta, a familias enteras.  No entenderán de finanzas y de la subida y bajada de la Bolsa bursátil, pero sin esas familias haciendo la cuenta de la vieja todavía estaríamos peor de lo que estamos. Ah, y también saben influir en el valor del voto ciudadano y en la credibilidad de cualquier político de turno, su oposición no será mostrada abiertamente pero témanles los políticos de oficio, porque desde luego saben muy bien cómo se las gastan y de qué forma se les puede castigar. 
El muro de la injusticia y del empobrecimiento social no es cualquier muro que se escala fácilmente, por lo que la arbitrariedad y  exigencias  a los que más se esfuerzan, no es un puente duradero.
Los pasatiempos de algunos son mofarse de esa gente de mercadillos y tiendas de barrios, alguna vez sería muy saludable que de incognito, esperaran su turno para ser despachados, y así saber, cómo se despacha el pueblo.  Arrieros somos, dicen sonriendo, y en el caminito nos encontraremos…


                                                    Natividad Cepeda

                                                                                                                               

Fotos: Arte Digital: N. Cepeda