martes, 8 de octubre de 2019

La costra amada de los pueblos


Los pueblos nuestros quedan lejos: tanto que no podemos despedirnos diciendo adiós con un pañuelo al viento. Y nos desconocemos  a pesar de tener un perfil similar porque todos nosotros somos buscadores implacables de subsistencia.
Los pueblos nuestros tienen rincones bellísimos y únicos y, a la par, heridas de desalojo y abandono. Casi todos bebemos nuestros vinos que labramos apostando por esa riqueza milenaria  que nos hace gemir por pérdidas de heladas o granizo, lluvias a destiempo y bajos precios y, ante eso, se nos enciende la sangre en  mucha ocasiones  mirando el cielo azul injusto y  pendenciero como esos jugadores que nada tienen y se lo juegan todo .

Nos guardamos las ganas de emigrar ante los decaimientos por los impuestos, la soledad y el abandono en el que algunos pueblos van cayendo. Pensamos que sobran visitas  de los que nos prometen salir de esta desolación y, al tiempo queremos y ansiamos que vengan para así, salir grabados en las televisiones locales, provinciales y autonómicas para poder mostrar los personajes  que aguardan pacientemente turno delante del cámara. Después cuando las cosechas resultan ser escasas nos refugiamos en nuestro orgullo, y en ese nuevo laúd de halago que son recuperar una página de Historia para escenificarla con la esperanza de atraer turistas de los pueblos de al lado.

Sin saberlo, lanzamos salmos de amor al aire  ofreciendo comida y atalajes de personajes literarios o históricos con los que componemos epopeyas pasadas, callándonos, que nadie se viene a residir aquí. Y tampoco se invierte en negocios para que los locales vivan y no abandonen todo esto.  Hace tiempo que empezamos a ver en nuestros pueblos sus calles con despojos por el abandono de la estirpe. Íbamos a crecer tanto que nos quedamos mirando el dedo en vez de mirar hacia el horizonte. Va terminando la vendimia y el precio del vino y de la uva ha caído y tememos con razón, que no nos compren el vino a buen precio.  Siempre quejándose las gentes del agro, los campesinos, labradores, tractoristas y temporeros en contra de  quienes aguantan estoicamente el hallar rotos presentes halagüeños que se soñaron en el pasado.
El campo nuestro ha envejecido. Las manos que los labran, la mayoría, son mayores, viejos jubilados  autónomos. Y el choque generacional no pisa cardos ni surco arado. Se oxidan no, los aperos, cantados en ocasiones por nostalgia de los que son ancianos, o por aquellos progres de palabra fácil, doctos en lecciones aprendidas, sacadas de llamémosles, avispados cantautores  del pasado que jamás hicieron surco alguno. Ahora por los que defienden animales de granjas, cargados en camiones caminos de mercados para abastecer las ciudades y no miran las plagas, por ejemplo de topillos y conejos, que tanto daño han ocasionado a los cultivos. 

Éste es nuestro panorama, nuestro pequeño mundo agrario olvidado por lo que los pueblos se van quedando vacíos y sin vida. Y es que jamás hemos importado los llamados pueblerinos, paletos, toscos, brutos e incultos… Los ingeniosos cómicos nos han parodiado, sacando de contexto palabras y giros que nos han dejado y dejan en evidencia frente al gran público intelectual y culto de las ciudades en teatros, películas y series televisivas. Aquí la tristeza  es que no sabemos defendernos de esa zafiedad enquistada de creernos perdedores y acomplejados. La lástima y la impotencia es la pedida de riqueza y con ella los puestos de trabajo. No hay trabajo por las muchas trabas que detienen los proyectos. Y no se dice. Y se teme ponerse enfrente de los que nos dirigen. Callar y abandonar los campos. Olvidar esa costra  amada de los pueblos. Rasparla y tirarla en la soledad de los mapas de los pueblos que desaparecen. Cárdeno aliento  del momento presente lo que vamos dejando para los que son ahora niños. Si el reloj de la vida se para, el tiempo absorbe en su rutina la muerte de los pueblos.

                                                               Natividad Cepeda       
                                                                                         
   
 Arte digital: N. Cepeda



martes, 10 de septiembre de 2019

Francisco García Pavón pluralidad en el devenir del tiempo


 El tiempo desdibuja  lo que fue real, similar a los castillos de arena de la playa que el mar borra quedando lo que capto una fotografía sin esa instantánea nadie lo recordaría. El aliento de los creadores en su faceta personal se olvida quedando para el gran público sus obras. Ha vuelto a los medios de comunicación y culturales el escritor Francisco García Pavón, en la conmemoración del centenario de su nacimiento por la celebración de esta efemérides se escribe y dan conferencias sobre su personalidad y obra literaria. Se han vuelto a reeditan sus obras completas. Dentro de la espiral de ese recordatorio todo es válido. Y todos aseguran haber leído al escritor tomellosero, nacional e internacional por lo que escribir sobre él y su legado literario es bien recibido.
La primera novela que leí a mis once años en las horas de siesta fue, Cerca de Oviedo, de Francisco García Pavón; libro que figuraba en el armario biblioteca del despacho de mi padre. Un libro  que me hizo preguntar por el autor al que conocí en el Casino de San Fernando de Tomelloso, situado junto a la iglesia de la Asunción de Nuestra Señora: Casino adonde los domingos iba con mis padres por ser lugar de reunión con los amigos y centro de la sociedad rural de Tomelloso. Allí los niños jugábamos al parchís automático, comíamos cortezas y patatas fritas,  bacalao rebozado recién hecho en la cocina del casino. En verano mientras los mayores hablaban sentados en los veladores de la terraza del casino, los niños correteábamos por entre mesas,  sillas y la explanada de la iglesia. Fue allí donde mis padres me dijeron quién era el escritor de la novela que yo había leído…
La vida es un bulevar increíble que desborda por los personajes que desfilan por él. Y en ese bulevar tomellosero  vi pasar los años al escritor  con el que jamás hablé, porque a pesar de que me encontraba con su mirada penetrante al coincidir comprando el periódico en la tienda popular de Quinito, los que comprábamos prensa, y en la plaza bulevar del casino y la iglesia, donde él paseaba solo, al caer la tarde y llegar la noche, mi respeto hacia el personaje y mi timidez me lo impidió. También muchas noches, a través de los años,  lo vi con su  amigo Manolo Perona, camarero del casino, al que yo saludaba porque lo conocía desde la infancia; hombre educado y culto, amigo de mi padre y de Francisco García Pavón. Los dos  paseaban en la plaza solitaria dialogando pausadamente y con los que al cruzarme, alguna vez Manolo, me preguntaba por mi padre, cuando llevaba algún tiempo sin verlo por el casino. Con ellos me paraba unos minutos y en la mirada de Paco García Pavón, siempre había destellos de sonrisa  a la manera de la Mona Lisa. Los dos nos conocíamos. Y es que a  veces el lenguaje de los gestos dice mucho más que las palabras. El tiempo  nos devuelve la memoria al socaire de los recuerdo. Son tantos nombres los que han pasado y tantas las bajezas y grandezas las que se han vivido… Tantas las que no se cuentan y las que se exageran, omiten y se inventan…
Se celebra un centenario y en el oleaje de las pequeñas historias todos se apuntan alardeando de conocer al escritor y su obra. En esas acechanzas todos son versados sobre los libros publicados del escritor. Y todos, viejos y jóvenes presumen de haberle conocido. Los que compraban el periódico en la “tienda de Quinito” repleta de prensa y coincidían con el escritor con los que hacían cola para sellar las quinielas del futbol, jamás intercambiaron palabra alguna con él. Ni él con ellos.
Mientras el rodaje de la serie de Plinio por las calles de Tomelloso, en las idas y venidas de los actores y figurantes locales tampoco levantó demasiada expectación. Recuerdo que en la calle Belén – llamada ahora, Rvdo. D. Eliseo Ramírez -  en frente de la calle Galileo, había un estanco: el estanco de Pedro Borlas, donde además de tabacos se vendían sobres, cartas, lapiceros, borradores, sellos de correos y algunas otras cosas que la vecindad de esas calles solíamos adquirir con asiduidad. Entre descanso de rodajes era normal ver paseando tranquilamente  a los actores Antonio Casal (Plinio) y Alfonso del Real (Don Lotario), incluso pasar a comprar al pequeño estanco donde coincidíamos con ellos y donde de la manera más natural intercambiaban algunas frases con el estanquero y  los parroquianos; sin fotos ni aspavientos. En la misma acera, fachadas después  había una tienda donde se vendían hilos, cremalleras, medias, calcetines y se cogían puntos a las medias por las dependientas de Lola Merlo. Tienda de clientela femenina y donde cuando el rodaje se iniciaba molestaba un tanto a los dueños de las tiendas porque se cortaba el tráfico y  bajito y a regañadientes musitaban que ya podrían rodar cuando no molestaran a las horas de trabajo. Y curiosamente casi nadie había leído los libros de Francisco García Pavón, confesándolo sin culpa alguna. Los más viejos referían que su familia  habían tenido la fábrica de muebles del Infierno, y que su mujer era hija de Angelito Soubriet, que había tenido una ferretería y vivía junto a la iglesia enfrente de la farmacia de doña Luisa: y el personal miraba al vacío como haciendo memoria de todo aquello y alzaban las cejas o subían los hombros en silencio con lo que con aquella explicación quedaba todo aclarado.
Fue después cuando la televisión empezó a emitir la serie Plinio que algunas gentes empezaron a buscar libros del autor del pueblo y a presumir de conocerlo. Luego pasó  la serie y salvo los intelectuales del pueblo casi nadie hablaba de él. Es tan cierto como que cuando paseaba por la plaza o compraba la prensa nadie le decía nada. Recuerdo que en un almuerzo en Madrid  en homenaje al poeta Leopoldo de Luis, al despedirme y felicitarlo me sonrío y dándome los gracias me dijo; “En la escalera de mi piso casi nadie sabe de mí, y en mi calle nadie me conoce”. Desde aquél lejano día pienso que  es triste que a los muertos se les conozca y no a los vivos. Porque el novelista García Pavón  amaba su lugar manchego: Y así quedó plasmado en la entrevista que le hizo José Vicente Ávila en Madrid  en febrero de 1973. Dijo:
“Mira, ya empiezo a estar cansado yo de tanto Quijote, de tanto Sancho y de tanta Dulcinea. Esto ya es un abuso y un folklore. Ahora todos los pueblos de la Región dicen: “Esta es la tierra de Cervantes. Por aquí pasó y tal y cual. Me gusta “El Quijote”, claro. Pero le doy más importancia a la manera de ser de la gente, su sencillez, el paisaje, esa condición de tierra inocente y descentrada y quizá un tanto humillada. A la Mancha nadie le ha hecho caso.”
Dolor expresado del hombre definido por el extraordinario escritor.
 Pues sí, es tierra donde no se queda nadie. No se quedaba nadie antes,  ni se queda ahora tampoco. El turismo va a Andalucía, Madrid o Levante. La Mancha la utilizan para mirarla con la mano encima de la frente, para echar un sueño hasta llegar al paisaje más ameno a las ciudades más divertidas. Somos la tierra más universal de España, pero donde nadie se para.  A la Mancha va el que tiene una curiosidad intelectual o por cuestiones de “El Quijote”. Es una tierra difícil para irse allí a darse la vida bomba.”
Cierto que es duro vivir aquí, ayer, y también hoy, con la despoblación actual.
Se le quedó sin cumplir el sueño de la película sobre su personaje Plinio para sacarse la agridulce herida de los comentarios que sus paisanos hicieron sobre la serie, al verse reflejados y no gustarse. Ocurrió, aunque ahora pasados los años nadie lo recuerde ni quieran sacarse a la luz.  Libros, crónicas, artículos y algunas definiciones escritas que lo definían como un señorito de pueblo; fue un intelectual estudioso de lo que le rodeaba y veía. Un escritor y notario de una época y un pueblo. Hijo de la Mancha geográfica, conocedor de que la Mancha política no era la real. Cuando se lee con parsimonia su legado literario sin otra búsqueda que el encuentro con el creador y su idiosincrasia,  se atisba  el alma que subyace en todo los que nos dejó. Madrid fue su otro lugar, la corte de los cafés y las conferencias, de las editoriales y los contactos donde darse a conocer para ser respetado y admirado entre los paisanos porque ser profeta en la tierra de uno no es fácil ni regalado. Con la celebración del centenario de su nacimiento a Francisco García Pavón se le devuelve su notoriedad y las generaciones de niños y jóvenes escuchan y escriben sobre el escritor desaparecido, aunque lo verdaderamente importante es obligar a leer su obra en las aulas.
La pluralidad de García Pavón es magnitud por la extensión de su obra por lo que no se le puede sintetizar de forma breve. Su capacidad literaria trasciende el límite de definirle como novelista ya que abarcó géneros literarios diversos. Tampoco el lector que escrudiña al autor le es ajena su personalidad, atrae porque define sus ideas y el marco histórico donde transcurrió su vida. Y es entonces cuando el carácter  del escritor se nos revela sin artificio encontrando en sus libros retazos biográficos donde, Francisco García Pavón, es narrador universal en el devenir del tiempo donde todo fluye dándose el encuentro entre el lector con el autor sin límites de fechas.


                                                                            Natividad Cepeda
Escritor: Francisco García Pavón nace en Tomelloso (Ciudad Real España) el 24 de septiembre de 1919 fallece en Madrid el 18 de marzo de  1989. Doctor en Filosofía y Letras por la Universidad de Madrid. Profesor en la Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid. Novela, Ensayo, Cuentos, Crítica Teatral, Crítico Literario. Novela Policiaca  y Ciencia Ficción.   Premio Nadal y de la Crítica entre otros premios.


Un pórtico de adiós para Matías Rubio Noblejas en septiembre


             Septiembre ha llegado en hora buena con su aroma de uvas vendimiadas y el regreso de los muchachos a las aulas. El sol es joya con matices de membrillos en los días perdidos de bienaventuranzas descalzas de malicia por las tardes de Tomelloso cuando te dice adiós al despedirte.
Septiembre, éste septiembre nuestro, se sienta con dulzura en las plazas a la vera de las iglesias que siguen dando cobijo al Santísimo en la penumbra tenue del Sagrario. Sagrarios de mi fe y de tantos otros que esperan que las manos del sacerdote bendigan el pan y el vino de nuestras cosechas para que el misterio de Cristo resucitado  sea presente vivo entre  sus manos de oficiante sagrado.
Han pasado los años entre la repentina luz azul de las mañanas y el sonido de campanas que llaman a la oración de la misa diaria en la que tú, Matías Rubio Noblejas, oficiaste durante dieciséis años en esta pobre y limpia iglesia de Tomelloso, carente de cúpulas de altura y sillares de afamados canteros,  pero con un caparazón de fe entre sus muros viejos que tú remendaste y lavaste la cara, dejándola hermosa cuando ahora se la mira desde esa Pasada vieja de los Portales, que es junto a ella nuestro referente del pasado. Los recuerdos afloran similares a olas de playas barriendo las arenas vividos entre los afanes de los días, de esos más de tres lustros, que hemos compartido contigo. Ahora, cuando te marchas a seguir en otro pueblo y parroquia, a seguir bendiciendo las cosechas de Dios entre tus manos. curtidos por los años, regresan en tropel a mi memoria todos ellos, y en esos contornos están los que se fueron a descansar en la paz de los justos y que tú, sacerdote católico, despediste en el templo.  
No es fácil para mi repasar las vivencias que prevalecen a veces adormidas unas, y otras, muy presentes, porque han marcado mi presente y también el de otros que junto a ti, emprendimos con fe y perseverancia recobrar la santidad de un joven pacifista que por encima de odios y venganzas de fratricidas  guerras convulsas, oró con su rosario de cuerda entre sus manos, por la paz y el amor entre todos los seres humanos de este mundo: Ismael de Tomelloso, fue el misterio de Dios en su llamada a los que se nos fueron y, a los que hoy quedamos  por el camino emprendido.en su canonización. Hasta hoy tú has sido el consiliario de esa empresa de amor y fe que nos legaron los que lo conocieron y el empuje de Blas Camacho Zancada, que revolvió el pasado para traer de una vez por todas a Ismael de nuevo entre nosotros. A veces estimado Matías, ignoramos el porqué de lo que nos sucede y nos cambia la vida y nos la marca. Yo creo que eso es misterio de Dios y también su llamada.

Septiembre te lleva a otro pueblo vinatero y agrícola, a ese Bolaños de realengo  antiguo, que permanece gracias a su esfuerzo, vivo y seguro igual que Tomelloso, sin escudos de nobleza en sus paredes, pero fuerte defendiendo el terruño donde morar los hijos. Siento, sentimos que te marches en este porche por donde nos cobijamos a la sombra de la fe de nuestros mayores; son ellos, los ancianos y enfermos a los que tú has visitado desde que llegaste, los que se siente descobijados con tu marcha: así lo he escuchado de sus labios. Huele el amanecer a sinfonía temprana de otoñada y también al rito de esa ceremonia de adiós y bienvenida que la sencilla mancheguía de estas gentes te dará en los dos pueblos.

Crecemos, sin darnos cuenta,  entre la dimensión del pasado y el presente con nuestra identidad entre luces y sombras buscando la infinitud del Creador entre tanto ruido ensordecedor, que nos aturde, y en la lectura de la Santa Escritura y el Evangelio, quedan tus homilías en el templo repleto de la misa dominical y en las misas diarias, de la mañana y de la tarde.  No ignoro que en las alforjas de la actualidad no es importante la noticia del traslado de un sacerdote de una parroquia a otra, de puntos geográficos distintos. Porque esa trilla diaria de orar por los vivos y los muertos no es noticia en el cuajado frontón de las ciudades.

Pero, no quiero olvidar que nos has servido a esta comunidad de fieles sin otro premio que mostrar a Dios desde la soledad del altar mayor de nuestra iglesia. Gracias por compartir mesa y fe desde el cáliz y la patena  alzada de tus manos, Matías Rubio Noblejas, por dejarnos ese Centro Parroquial que te ha desvelado y, por irte un poco desgastado de este pueblo que es tuyo como mío. Sabes que tienes nuestras puertas abiertas de ese racimo amplio que te despide  en este tiempo de vendimia. Dios te aliente y te bendiga, hermano sacerdote de Cristo, allá donde tú mores.







                                                                                     Natividad Cepeda

















miércoles, 28 de agosto de 2019

José Luis Cabañas, descansa en paz y dibuja a Dios cuando lo veas.


   
No quedan golondrinas José Luis Cabañas para decirte adiós volando en Tomelloso, tampoco vencejos. Creo que las cigüeñas también emprendieron su vuelo en estos días últimos de agosto cuando por las noches no vemos las estrellas porque las tapan las luces de colores de la feria.

Ayer el agua lavó el pueblo que tú has dibujado y sabes que al llover, el agua se lo lleva todo. Es como cuando te mueres que es entonces cuando nos acordamos de quien nos deja. Ha sido al mediodía cuando en un acto en la Casa de Cultura de tu pueblo y el mío. nos han dicho que tú te habías marchado. Y esa noticia tuya nos ha dejado de nuevo, sin decirlo en voz alta, esa pregunta eterna que nadie nos contesta; ¿por qué la muerte se lleva a quienes conocemos y amamos?
Tú eras esa sonrisa abierta anchurosa de luz similar a la besana verde de las viñas cuando en agosto esperan la vendimia. Y te has ido buscando las lindes de los cielos por donde las perseidas nos señalan el curso de las estaciones que todavía, algunos predicen y conocen.  ¿Recuerdas, que desde abril no había llovido por el pueblo? y llovió el día antes de marcharte como si el cielo con tanta sed nuestra te quisiera decir adiós dejando la tierra humedecida para que te fueras envuelto en su aroma.
La muerte, ahora tú lo sabes, acampa donde quiere envolviendo en su helado abrazo el corazón que late y siente. Nunca advertimos su presencia desgarrada y mortal para nosotros, ahora que te has ido yaces más vivo que nunca, porque todos los que te hemos conocido te nombran y recuerdan. Y porque sólo Dios nos conoce a cada uno por nuestro nombre, a ti te concedió ser intemporal y por eso atravesarás la memoria de los que hay te lloran y de los que mañana miraran tus dibujos.
Dicen, admirado y genial dibujante, que somos polvo de estrellas y por eso las miramos desde el bosque de sombra de las noches. No sabes cómo han ido apareciendo en los medios digitales muchos de tus dibujos, y bajo esa espesa súplica de impotencia  aparecen tus creaciones de dibujos diferentes y con esa chispa de humor que tú tenías. Ahora se rebuscarán tus datos personales y se expondrán tus triunfos y títulos académicos ganados; Todos seremos por unos días tus amigos para rescatarte del olvido mostrando los logros de tu vida. Pero no será suficiente José Luis Cabañas, ni necesario porque todos tus personajes dibujados han quedado para su contemplación sin fecha alguna de caducidad.

Tomelloso te debe que tú lo hayas expuesto fuera de su término; tú le debes a éste pueblo, que vieras la primera luz en su entorno y desde ese día la luz del ingenio se hizo  luz  sin trampa ni ornamento. Lloran tus rotuladores y el papel que se quedó en blanco y todos los que te decimos no, adiós, sino hasta pronto porque nada muere del todo para los que creemos en  la vida no extinguida. Rezaré por ti en mis oraciones y estoy segura que  en esa desbandada de tus huesos  te salvarán tus dibujos  y te quedas en la vasta explanada de la vida a pesar del adiós que te damos.

De tus innumerables y magníficos dibujos hoy me quedo con tu felicitación del año 2018 con la que nos felicitó a los vecinos nuestro Ayuntamiento; ahí están sentados en el Casino de San Fernando Plinio y don Lotario, enfrente en la Posada de los Portales, una cometa grande de luminoso amarillo nos dice que la Navidad es vida y alegría porque la celebran los personajes de García Pavón, que son los tuyos, con mantecados y mistela además del café en las tazas. Bella alegoría de nacer y morir es la despedida del año viejo y la bienvenida del año nuevo…la rueda de la vida y de la muerte. Una estrella y tú con ellas en éste agosto donde ellas te han reclamado José Luis Cabañas.

Recuerdo que la última vez que paseamos juntos fue una noche serena y cuajada de estrellas. El reloj de la iglesia dio sus campanadas y nos paramos junto a la Posada de los Portales unos minutos más, en silencio, mirando la fuente, que ya no está, y la plaza vacía. Tú, te fuiste a tu barrió del Carmen y yo a mi casa calle abajo. Arriba el cielo estaba brillante de puntos luminosos igual que estas noches de agosto donde sin dudarlo tú eres una estrella dibujando luceros en el firmamento.
Los artistas no se van porque en sus obras quedan y viven ellos. Te buscaré, José Luis Cabañas en tus dibujos, al mirarlos sé que tu alma me saldrá al encuentro. Descansa en paz y dibuja a Dios cuando lo veas.

                                                                                               Natividad Cepeda

José LUis Cabañas Onsurbe HUMORISTA GRÁFICO / ILUSTRADOR Tomelloso

martes, 27 de agosto de 2019

Revista Pámpanas: Francisco García Pavón, Una trayectoria Imborrable


La Asociación  Cultural de Tomelloso en Madrid publica su número 22 en agosto de 2019 un monográfico  dedicado  al centenario de del nacimiento del escritor Francisco García Pavón, 24 de septiembre de 1919 – 2019, que será presentado el 27 de agosto en el salón de la Casa de Cultura de Tomelloso a las 12,30 horas. 
Presidirán el acto el presidente de la asociación, José Vicente Cepeda Plaza, el escritor José López Martínez  y en representación de la familia el periodista, Jaime Quevedo Soubriet. 
Ha sido coordinada  por Ramón González Reyes, José Vicente Cepeda Plaza y Eduardo Jiménez Ruíz. La ilustración de la portada es de Andrés Ruiz  Paraíso. Las fotografías  del Álbum de la familia García Soubriet: con la colaboración del Ayuntamiento de Tomelloso. 
Las colaboraciones las firman José V Cepeda Plaza, José Ignacio  Andujar Cantón, Valentín Arteaga, José Belmonte Serrano, Natividad Cepeda,  Sonia García Soubriet,  José López Martínez, Tomás Perales Benito  y Juan  Van-Halen.
Cada uno de los artículos diserta sobre la extensa obra dejada  por García Pavón y su  huella en la literatura española por lo que hay que leer con atención los artículos  dedicados al estudio de sus obras literarias,  entendiendo de  manera neutral, la visión que se  tienen del autor en los diferentes artículos de la revista.
Personalmente creo que se abusa, en ocasiones, del halago gratuito del autor al cual se le dedica un reconocimiento, no es éste el caso, intentando igualar la personalidad del creador con los personajes  de sus novelas; cuentos y relatos, olvidando la independencia de la persona y de sus personajes. Es por eso interesante el recorrido que hay en la revista, Pámpanas;  Francisco García Pavón, una trayectoria imborrable, de los colaboradores a raíz de la celebración de su centenario.
No se puede negar que cada una de las firmas tiene su experiencia y visión particular y también que el espacio no da para un ensayo sobre éste autor tan prolífico, por lo que queda mucho que decir sobre  García Pavón y la literatura que él nos ha dejado. La cercanía de su vida no nos deja ambigua su trayectoria, aunque no por ello se  puede indagar en los recónditos entresijos del alma y el pensamiento de Paco García Pavón, como lo llaman los que le conocieron y trataron como amigos. 
Siempre las semblanzas son interesantes porque creemos, quizá equivocadamente, que nos acercan a los autores que leemos, aunque lo real es leer lo que escribieron que es donde queda plasmado su talento. Las claves  de su ingenio está en haber sabido escuchar, y ver, a través de otras personas, lo esencial que hay detrás de cada ser humano  y estructurar desde esa perspectiva  sus novelas y vivencias infantiles, que tanto le marcaron, y que se descubren, cuando sin prisa y sin pausa, abrimos sus libros.


                                                                                                 Natividad Cepeda


lunes, 19 de agosto de 2019

Donde Plinio no vendimia



Cuadernos Manchegos

C. Manchegos | Tomelloso | Literatura | 18-08-2019

Cuadernos Manchegos

C. Manchegos | Tomelloso | Literatura | 18-08-2019

Donde Plinio no vendimia



          Se apagó la voz del escritor y quedó su obra literaria y su costumbre narrada bajo su particular visión de lo que era antaño la vendimia. Mirar el paisaje de alrededor es deprimente y tan demoledor que ni siquiera leyendo ese vendimiario de Francisco García Pavón nos quita la tristeza por lo que se ha perdido y destruido. Él no escribirá sobre el campo yermo y los pueblos desalojados de riqueza; tampoco de sus habitantes envejecidos sin otro futuro que la muerte rodeados de casas vacías y abandonadas. No escribirán los doctos escritores apoyados por éxitos tempranos sobre esa desolación de cámaras sin uvas ni pasos  de mozas similares a la hija de Plinio, el policía que le preocupaba que su hija entrada en la treintena no estuviera casada.  Ahora los jóvenes que se van no vuelven ante la pasividad de la perdida de riqueza de los pueblos manchegos, ni buscan en la literatura costumbrista ese afán de ayer en permanecer  donde esta sus raíces.

         Se han perdido los modales de los que escribiera García Pavón en sus novelas policiacas, y de esta efemérides del centenario de su nacimiento no tengo muchas referencias que se estén vendiendo sus libros para leerlos. Porque si no se compran las obras de un escritor de poco sirven las notas de prensa y el folclore alrededor de unas fechas. Asegura Francisco García Pavón en un párrafo del Vendimiario de Plinio que “Bien mirado, todo parecía un teatro de gilipollas hinchados de ese aire tan raro que se llama vida” Palabras  las suyas actuales también hoy. Y también las televisiones siguen soltando royos a todo gas, como él asegura en ese vendimiario, ampliados en teléfonos móviles donde se pierde la libertad individual y colectiva.

       
 Pervive aquella cooperativa nacida  de unos cuantos dueños de viñas, escasas, según narra el escritor, llamada Virgen de las Viñas, que se unieron para elaborar y no tener que vender las uvas a las bodegas porque mantener jaraíces era ya penoso e imposible. Y Manuel, alias Plinio, se detiene al pasar por un “jaraíz antiguo, debía ser el último. Su dueño era un tercuzo, por mal nombre  Colifloro, que, a pesar de su corta cosecha, decía que a él, “No le tocaba nadie sus uvas”. Plinio viendo al padre y al hijo trabajar en el jaraíz tiene añoranzas del pasado. Un pasado familiar sin fama de grandeza pero orgulloso de sus afanes y logros. Vendimias donde el respeto mutuo era signo de convivencia y donde paladear un buen vino de la cosecha era entablar conversación con los amigos.


            La tierra de viñas era la alhaja familiar de aquellos años del novelista con su vocabulario vulgar y localista de un sector trabajador donde la violencia no mataba mujeres como se asesinan hoy. Leer a García Pavón es mucho más que la churrería de la Rocío y de los decires y dichos de algunos de sus personajes. Se desliza en el Vendimiario de Plinio esa tristeza de abandonar las tradiciones; las cuevas y las tinajas donde el mosto no reventará de gozo voluptuoso para convertirse en vino, y con ella espuertas, serillas de esparto y goma, remolques de madera y vendimiadores y vendimiadoras venidos de pueblos de alrededor y de Jaén que son leyenda de las páginas de sus libros. Filosofía de vid y vida enlazada en sus creaciones cuando a solas dialogaba con sus personajes. Pámpanas en parajes  donde todavía verdean las cepas: en vaso o en espaldera, vendimiadas las unas con manos humanas como antaño; las otras con máquinas de hierro.

               Uvas doradas las de Plinio. Sabrosa fruta amamantada de rayos de sol y arado, amor de hombre y también de Dios. Uvas labradas desde su origen por manos campesinas para conseguir vivir como hijos de la tierra desde el Padre Abrahán. Aquí en los pueblos manchegos, todos nosotros, tenemos nuestra tierra prometida y si los pueblos mueren también nosotros nos extinguiremos, se olvidará nuestra literatura, y toda creación nacida de nuestros artistas.

               Suprimir y abandonar bodegas y viñedos es enterrar El Vendimiario de Plinio en el olvido. Es perder el norte, y sin brújula interior el corazón pierde su propia naturaleza. “Ahora toda la gente del campo, así que conseguía unos cuartos, se compraba un coche. Y aquellas caras curtidas, que siempre se vieron tras el culo de una mula o de dos, meneando las orejas del animal y meneando las ramaleras, ahora ahí los tenías, encerrados entre cristales, calentitos con el volante en las manos y  a aquellas velocidades.” Francisco García Pavón y su inagotable versión de nuestras vendimias en sus libros, leerlos es similar a crecer y luchar por que no mueran nuestros pueblos. Si mueren, Plinio dejará de vendimiar otras vendimias.



Natividad Cepeda

miércoles, 7 de agosto de 2019

Las horas sin dueño, un libro para leer éste verano de Francisco Jiménez Carretero


A veces  el calor nos deja aislados en esas horas aplastantes del centro del día  cuando parece que nada nos calma la sed y buscamos el fresco que no llega incluida la noche.  Para olvidar  ese tedio veraniego en la quietud del verano sin playas, ni multitudes  leo los libros que me han ido llegando de poetas ay escritores diversos.  Los leo porque en ellos encuentro esa emanación carente de banalidad asomadas a las pantallas grandes y pequeñas de nuestros aparatos tecnológicos.  A  pesar de las numerosas publicaciones  hay libros que me hacen pensar en una filosofía humanista tan necesaria para bajar de vulgaridades estridentes que alienan y confunden con sus mensajes exuberantes simplistas que recorren las redes como la panacea para la soledad individual porque con las personas cercanas nada tenemos que decirnos.

 Las horas sin dueño,  es intimista y delata  con fuerza suave  la piel que envuelve  al escritor que es poeta. Bueno los poetas somos los damnificados de la literatura  por eso  en nuestras maletas  creativas no soñamos con alcanzar fortunas, pero sí que algún poema llegue al corazón de los lectores.  De manera que escudriñar un libro de poemas  es saber que los lectores serán cicateros  y salvo los eruditos en análisis  formalistas casi nadie leerá   lo que se escribe sobre ellos. Por ello los juicios sobre poesía no siempre  corren parejos al gusto del lector. Personalmente  me dejo guiar por la emoción que me trasmite el poema y es en ese contexto donde me atrevo a escribir sobre este libro.

Escribe en el Prólogo Antonio Gutiérrez Gonzáles de Mendoza  que “la poesía no es como la ciencia. Ya sabéis que una teoría científica  puede anular o invalidar a otra anterior pero nunca un poema o un libro de poemas, por muy bueno que éste sea, anulará a otro. Cada cual tendrá, siempre,  su sitio  dentro de lo que consideramos como arte”. Y bajo ese prisma  el prologuista analiza  la poética del libro sin que nada, o casi nada, hay quedado sin ser estudiado y catalogado.  

El libro se abre con una dedicatoria de amor filial que dice: “A mis hijos, Francisco Agustín, Javier y David por haberme permitido, en algún momento de sus vidas, ser dueño de sus horas”. Después para introducir al lector a su lectura  hay un primer poema con el título de  Exordio, y el poeta nos dice: “Todo torna de  arriba: / las alas presurosas de los pájaros/ bajo el ancho dintel de un arco iris.” Bajo esta guía  empieza la primera parte del libro. I. Fugacidad de la luz, compuesta por dieciocho poemas. La  segunda.  II.  Sobre qué alas de pájaros, también de dieciocho poemas;   y a modo de gurúes hay dos citas de  Manuel Cortijo Rodríguez  y Jaime Siles. Manuel Cortijo, dice; Lleva arriba los ojos y no quieras ahora/ ver otra luz en ti que la que nunca has visto.  Y Jaime Siles asegura; “La  luz es un ave que se quema, que se inflama encendida, que se nace.” La luz, el calor, la vida  que nos rodea y reafirma en ella misma a pesar de vicisitudes acaecidas en el calor del verano y en cada día vivido.

Las horas sin dueño, es un libro por donde el poeta medita y expone su emoción íntima y personal mostrando en el papel  lo que se aloja en el alma. El poema “El rostro de las cosas” hace pensar  en esa paz que se repite en la actividad cotidiana y que a veces ni reparamos en ella ni la valoramos en su justa medida. Leerlo es meditar sobre lo que nos rodea. “ Es puntual el sol  esta mañana./ Ya Clarea. La luz lo inunda todo,/ desde un cielo que anuncia sus azules/ e irrumpe sobre el alba/ para ponerle rostro a las cosas:/ el árbol del camino con sus pájaros,/ a los niños del parque en los columpios,/ al agua del estanque que verdea,/a la mano que templa una guitarra,/a los crepúsculos que tiene el día,/ a las paredes  cóncavas del aire,/ al encalado patio de la aldea,/al perfume sutil de tantas flores,/ a las calles abiertas para todos…” Hermoso poema que termina diciendo: “Las cosas que rozamos cada día/ y no nos damos cuenta.”

La segunda parte adentra a su lectura con tres citas de Cesar Simón que asegura: “Ahora sólo queda/ este pájaro indemne, / el sol inmóvil”. Antonio Moreno en la segunda cita afirma: “Un vuelo, un canto forman su horizonte./ Basta con verlo, basta con oírlo.” y Asunción Escribano relata: “Comienza la mañana a levantar/ su vuelo/ sobre un pájaro posado en mi ventana.” Entre  poema y poema hay que dejar sitio para pensar y aislarse  de tanto ruido inútil del verano. Probablemente sea una excelente terapia coger un libro; éste que  desgrano, en las horas de la calima y  dejarse llevar por los recuerdo al socaire de la buena poesía de Francisco Jiménez Carretero.

Leer es desarrollar la voluntad de soñar sin el sostén de la imagen y es posible al ir pasando las páginas de un libro. Volar con la poesía es sentir que nunca se cierran las etapas de la vida porque la existencia es un vuelo constante.  Mirar otras vertientes  así lo hace el poeta. “Desde el lugar que miro/ aún siguen abiertos/ los amplios ventanales de la vida/ y puedo contemplar/ la salmodia del agua entre los chopos/ y, bajo la luz límpida del cielo, el clamoroso vuelo de los pájaros.”  Francisco Jiménez Carretero  y su filosofía poética en este libro  Las horas sin dueño Premio ALCAP Internacional de Poesía 2016. La belleza procede del alma y hay poemas muy bellos en este poemario.

                                                                                                      Natividad Cepeda