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Natividad Cepeda: escritora, articulista, poeta: pertenece y es miembro de la Academia de la Hispanidad, a Red Mundial de escritores en español “REMES: Asociación CEDRO: Asociación de Escritores y Artistas españoles) Asociación de Escritores de Castilla-La Mancha: CAPÍTULO DE NOBLES CABALLEROS Y DAMAS DE ISABEL LA CATÓLICA Presidenta Club UNESCO Arquitectura de Piedra en Seco-Los bombos tomelloseros. Entre sus distinciones destacan Dama Andante Asociación Cultural “Quijote 2000”, Dama del Capítulo de Nobles Caballeros de Isabel la Católica. Molinera de Honor de Campo de Criptana Algunos de sus premios literarios son: Ciudad de Montoro, Premio de Poesía “Reposo Neble”, Bollullos Par del Condado (Huelva), Premio Internacional de la Casa de Andalucía de Benicarló, Premio Nacional de Conil, Pastora Marcela de Campo de Criptana, Lola Peche de Algeciras, Premio Ciudad de La Roda entre otros...

lunes, 26 de febrero de 2018

Contemplando un cuadro de cigüeñas del pintor español Ángel Pintado


            
Un muro, y el tejado está habitado de cigüeñas y pareciera que ellas, desde siempre han estado  ocupando ese espacio tan suyo, tan unido con su vuelo en descanso mirándose   a sí mismas  su plumaje en rededor, mientras corre el tiempo en desbandada. Nos crecemos de tiempo como si de su aroma naciéramos y no es cierto porque somos fugaces como vuelo de pájaros.
Las miro. Contemplo a las cigüeñas  desde ese cuadro de un pintor que parece que él también se mira en su interior cuando lo tengo enfrente. Tan otra cosa, como si se escondiera de todos o jugara al escondite con las cosas y los perfiles de las sombras, de los recodos y los colores que él mezcla y distribuye como si fuera algo inmaterial y tocara con los pinceles una sonata de melancolía y de tristeza, porque  en los pinceles encontró su arpa y sus dedos  pintan poesía o yo dijera que hace poseía sin palabras.
Yo que nada entiendo de los que se dedican al oficio de vender la belleza plasmada en un cuadro me detengo en este cuadro  de un pintor  llamado Angel pintado, nacido y andador de las calles largas y solitarias de Tomelloso y al hacerlo, y yo verlo me parece que quisiera esconderse de todos y, a la vez  captar las sombra y las luces de todas las esquinas porque, apenas si en Tomelloso hay plazas y rincones que saluden a vecinos y visitantes. Y este pintor escondido en su figura de bohemio de antaño, satura su pintura de románticos vuelos  como si las llanuras las mirará a través de una gasa  de seda, o su mirada la hundiera entre rendijas de grada coloreada de luces de quinqués polvorientos. De esos trastos que él recupera como si él no quisiera, los demás, los otros, nos olvidáramos de ellos.  Y todo ese universo lo deja reposar entre las telas saturadas de esos olvidos que al verlos en sus cuadros a mí, que nada sé de crítica de arte, me emociona y me devuelve la ternura de encontrar y admirar la belleza de las pequeñas cosas sencillas. Tan hermosas como un bombo apenas perfilado entre flores silvestre y amapolas que parecen, que de un momento a otro escaparan del cuadro y se vayan a la tierra,,al aire y al barbecho de donde él, Ángel Pintado las sustrajo.                    
Y de pronto yo que nada sé de premios y sucios vasallajes de jurados donde también se compran y vendes las dádivas del arte, me admiro y embeleso ante una rama de fruta que reposa sobre  algo sutil e inexplicable, como si al fruta fuera la muchacha desmayada de un cuadro y un hada la hubiera trasformada en esa rama frutal  cobijada de hojas lánguidas…Y, no entiendo el cíngulo invisible que une una rama de almendro con la sombra de un mueble  antiguo,  ni porqué el pintor lo eligió para darle soporte a esas flores que por sí mismas ya son bellas. Miro el cuadro y su composición y me pregunto ¿por qué, a este hombre soñador de figuras, se le ocurrió juntar  la madera viva de la rama de almendro, con la madera muerta del mueble? que hace que las flores sean más blancas y más bellas.


                 
Sus manos traban sueños como si el pintor escuchara una voz interior que le dijera por donde han de ir los trazos, y el color hiere tela y madera persignando sus creaciones  tan libres como lo es, y debe ser todo pulso del creador que se precie. La casa, la suya, y la mía; las casas de otros que se fueron tienen o han tenido, tablas  de yeso o de madera  donde dejar un jarro antiguo de cristal: yo tengo uno de mi abuela igual que ese jarro que Ángel ha pintado. Si lo tengo y lo amo porque pienso que es parte de mi vida y de esa abuela que yo no conocí.  Y de las otras abuelas que me dejaron la herencia de los jarros de cristal guardados, igual que ese jarro que hace de florero  en un cuadro transido de  ayeres y nostalgias,  junto a un cuenco de cerámica y un imposible puchero o jarrón azul, como si un soneto clásico lo hubiera dejado para que fuera compañero del jarrón donde los tallos verdes audaces y orgullosos, eclipsan a todo el que comparte los límites del cuadro, quedando algo alejado un humilde plato, casi olvidado, porque hasta las flores  malvas de semilla amarilla se difuminan, se visibilizan,
No todo son figuras de enseres hay mujeres de antaño, de esas que vestían faldas largas y creaban una curvatura de arco románico al inclinarse para arrancar a la tierra los frutos, o las malas hierbas de los campos. Mujeres sin rostro, o con rostro universal de campesinas anónimas y frágiles en medio de una augusta blancura manchada  de sutil colorido, apenas unas manchas diluidas,  para que los que las vemos y contemplamos nos unamos al cuadro y sintamos que ellas, y nosotros, somos un todo en mitad de la nada de la vida.
También Ángel Pintado nos deja torres lejanas y serenas  de palacios o templos  y ciudades,  bajo anaranjados colores de crepúsculos por donde un río  discurre por debajo de un puente: un puente de esos que dicen que tiene siglos y a los que miramos  por ser tan singulares y,  por aquello del misterio que  se aloja en las piedras que conocen los pasos del ayer …Poca cosa dirán los especuladores de finanzas y entresijos de dólares y euros, de subidas de extraños minerales, el oro de estos días por los que no importan que al lado de las minas se mueran las personas. Nada nuevo, siempre ha sido así, y así sigue la humanidad paciendo.
Pero Ángel Pintado tiene esa gracia del arte en sus entrañas, ese honorable sello de cortesía vago e impreciso de dejarnos soñar un poco con sus sueños, y si se le pregunta hace un mohín o se encoge en sí mismo, y  cierto es, que no desvela nada. Es normal, los artistas, los creadores nada tiene que explicar,  ya es suficiente con que nos regalen la esencia de su arte. Y si fuera posible vivir de esa belleza, porque si la belleza no se compra, el alma del artista se angustia y los pinceles  se encogen,  y no es bueno que  se pierda esa magia en la nada: no, no es bueno que se quede guardada en las entrañas del corazón y del cerebro.
Hace unos años, pocos, visité el estudio de Ángel Pintado acompañada de Serfin Herizo. Fue una mañana de primavera cuando todavía Serafín Herizo sonreía y decía que tenía que escribir de los pintores; de los buenos pintores como Ángel y de sus cuadros y obras. Escribir con el alma, con mi forma de ver, y yo le sonreí porque tampoco para mi es fácil escribir de la belleza cuando delante de ella me pongo, y la emoción me recorre la sangre  junto a este pintor parco en palabras y grande  en su paleta de colores.
Un día le dije, a Serafín Herizo, amigo de verdad, sin evasiones, escribiré de Ángel Pintado si Dios quiere. Un día, y hasta hoy, te juro, Serafín Herizo, que no he podido. Yo sé, estoy segura, que tú leerás mis letras, que la vas leyendo al golpe de la tecla del teclado, de este ordenador ligero y para mí, hermano, y espero que cuando Angel Pintado, deje  sus ojos por mis texto le parezca qué la confianza que tú en mi depositaste no está del todo mal cumplida. Porque yo ignoro lo que de verdad piensa el artista, tan solo miro sus cuadros y algo me dice que es hermoso lo que este pintor español y tomellosero deja en los lienzos.  
Pronto la primavera llamará llenando con su arquitectura de arcángel luminoso nuestra tierra y al pasar por las calles volveremos a vernos los que todavía la pisamos y, Ángel Pintado, expondrá y quien sabe cuántos otros proyectos tendrá en su  haber… Es otra primavera y por el puente de la  muerte nos faltan muchos otros. Nos quedan en el alma y en las vivencias que hoy recuerdo.

                                                                               Natividad Cepeda


                      


Las fotografías de los cuadros son del Pintor Ángel Pintado

                                                                                                      


lunes, 22 de enero de 2018

IX ENCUENTRO ORETANIA DE POETAS: Palabras de vino. Coordina: Luis Díaz-Cacho: Organiza Grupo Oretania.

Este libro es una cabaña de poemas habitada por veinte poetas nacidos en la madre tierra manchega, sintiéndola en su multitudinario sonido de todos los lugares de donde cada uno procede. En esta llanura salpicada de montes y  espejos fluviales los poetas semejan aves migratorias lanzando al mundo sentimientos y emociones entrelazadas en las hojas de los libros, gracias al Grupo de Comunicación Editorial Oretania, durante nueve años  consecutivos. Apostar por la poesía es flaco negocio y de eso sabe suficiente Julio Criado, mentor de este dilema donde el editor que él es, elige el roció de las palabra poética al brillo del oro del dinero.  
Es por esa opción que los temas elegidos son diversos, tanto como la diversidad de un prado en primavera por lo que los autores que dejan su semilla en estos libros van y vienen con mitos y metáforas envolviendo su razón y sin razón, en versos diferentes y, a la vez, bellos y distantes en ritmo y métrica. Con “Palabras de vino” el coordinador y escritor Luis Díaz-Cacho, argumenta en su presentación que todos juntos vendimiamos versos: Y prosigue afirmando que todo lo que ocurre alrededor de la vid es magia. 
Y personaje casi mágico es el prologuista de esta edición, Juan José Guardia Polaino, Gran Maestre General de la Orden Literaria Francisco de Quevedo de Villanueva de los Infantes, entre otros muchos cargos y atributos que atesora  el escritor y poeta que él es. En su apasionado prólogo asegura, acertadamente…”Todos cantamos al vino, todos gloriamos y maldecimos su fuego, su néctar, el incienso que exhalamos…” Y prosigue asegurando: “El vino como triunfo o derrota de nuestra vida.” Cierto esa sabia sentencia que no es la única del magnífico prólogo.
En la Nota Editorial Paco Acero, recorre lo que es vivir del campo y de la tierra, “su sequía actual, su ancestro vinatero que es el modo de subsistir de muchas familias” Escribe, narra el vasto recorrido Histórico y Cultural que desde tiempo inmemorial viene haciendo el vino levantando en su brindis a todos cuantos hacen, y han hecho posible la andadura del vino. Y no se olvida del Alfar Arias, que año tras año dona altruistamente su trofeo para cada uno de los poetas que somos invitados a participar.   Agradece al Ayuntamiento de Aldea del Rey su acogida para ese primer bautizo de este libro junto a la presencia del poeta local Valentín Villalón Benítez y la Escuela Municipal de Música que compartió y deleitó aquella hermosa velada.
Quedan en el libro los poemas con su soledad entre el papel esperando ser viento y luz para el corazón sensible de los lectores.  Cuantos más lectores abran el libro muchos más bellos serán los poemas, vivirán con cada lector, y brincarán en el alma como el vino brinca cuando nace en la  bodega. Y sin rostro pero vivos seguirán viviendo Alfredo Jesús Sánchez Rodríguez, Antonia
Piqueras, Diana Rodrigo Ruíz, Elisabeth Porrero Vozmediano, Isabel Villalta,  Juan Pedro Carrasco, Luis García Pérez, Luis Romero de Ávila Prieto, Manuel Mejías, Manuel Muñoz Moreno,  María Antonia García de León Álvarez, Martín Gómez Ullate, Miguel Galanes, Nieves Fernández, Pilar Serrano de Menchén, Ramón Aguirre, Teresa Sánchez, Tomás Mejía, el Coordinador y poeta Luis Díaz Cacho y la que da fe de este acontecer literario de Palabras de vino que recorrerá con su bagaje poético pueblos y ciudades allá donde se les quiera recibir.
Porque en tiempos tan violentos como los que hoy vivimos es aconsejable leer poesía y conocer a los poetas de la tierra.

     Natividad Cepeda



Arte digital: N. Cepeda


domingo, 22 de octubre de 2017

Llegó el infierno a Galicia y a Portugal en una desgracia que continua

A deslumbrado el fuego todas las emociones negativas que los  seres vivos llevamos en el alma. ¡Cuánto dolor sobre los árboles muertos! ¡Cuánto alarido en esos indefensos animales! Todo fue un haz de lumbre viva hambrienta de destrucción por el sendero que conduce al exterminio de la vida.  Ha bastado prender una cerilla de odio para qué empuje a la inmoral conducta asesina de que la lumbre sea una maldita llama que lamio, huesos de hombres y animales y hasta ha llegado, a roer las  raíces del matorral  que nadie veía e ignoraba. Hemos vuelto a demostrar nuestra pobreza basada en el fracaso de  destruir todo el encanto de ser civilizados. Y  hasta hemos perdido una miejita de la hermandad compartida con el hermano árbol que jamás nos ha hecho daño.

Nosotros, los osados que cambiamos el paisaje a nuestra conveniencia mermando el don de la naturaleza, si queréis, no divino, para los que presumen de saberlo todo y desprecian aquello que ignoran, y se atreven a dar lecciones de necia sabiduría.  Nosotros, los que extendemos sin razón la miseria de guerras y hambrunas desequilibrando la armonía de la tierra: de esta parte habitada que no nos pertenece, y de la que sin ella nada somos.  Vamos desde épocas extintas, destruyendo al pájaro que trina y al buey que nos da carne y piel para andar por esos montes degradados, únicamente para demostrar que podemos cambiar a nuestro antojo la vida por la muerte a cambio de poder y de dinero.
Buscamos en nidos de placeres esa felicidad tan deseada en esta sociedad endémica de fatuos fuegos artificiales y, cuando algo no nos cuadra prendemos fuego  a lo sagrado; a veces con palabra provocadoras y soeces para imponer una ley sin ley, y también, algunos líderes para manipular la voluntad de los esclavos porque los necesitan para alcanzar poder y relevancia.
“todo es turbia señal de lo intocado;
viento, sol: único transito
sobre lo prohibido”               
Así lo asegura Francisco Caro, en estos versos de su libro, “Paisaje (en tercera persona)” Y es cierto lo que escribe el poeta en este libro, que pocos lectores atesora, a pesar de ser Francisco Caro, un poeta admirado y con muchos seguidores, que en su poesía reconocen que expresa bien lo que su emoción hila y da forma poética en los libros.
Se ha quemado Galicia y Portugal con ella borrando el fuego la existencia de inocentes hombres y mujeres, y de pronto el olvido ha empezado a caminar de nuevo entre nosotros porque bastante tiene cada cual con lo suyo. Y tenemos que ser realistas y también procurar ser objetivos, ver como sucedió esa hoguera gigante sin prejuicio, sin olvidar razonar sin antojeras de que esa porción de tierra queda lejos, porque de hacerlo así, olvidamos que todos somos habitantes de trozo de tierra que nos acoge, acuna y nos da lecho para vivir hasta morir y descansar en ella: y esto es universal a pesar de als distancias de leguas y kilómetros.
Lo escribió el poeta con premonición de tiempo distendido en el agujero negro del espacio que sólo él, siente en su emoción más verdadera


“Después que la vigilia
del fuego terminase,
contempla el hombre
la  dehesa y su cuerpo,
las heladas preguntas…”
No hay respuesta para la voz escrita de Francisco Caro que hoy hago, no sólo mía; es la voz de todos los bien nacidos cuando prosigue  clamando.
“Perdido todo
-cuando es más vero el día-
la voz, la casa,
su desván y el amor, los escorpiones
dulces, las dos maneras
de beber y llorar y hacerse árbol”.

Y cuando el fuego se apagó todo quedo negro y silenciado. Incluso en el olvido cuando la televisión dejó de emitiré las imágenes calcinadas de los montes; las tumbas de los que murieron abrasados, los despojos de mamíferos, insectos y aves que sucumbieron y, tantos otros que huyeron y se han quedado sin refugio ni comida. Y la insensatez de conductas erróneas para las que no hay disculpas.
Y  junto al miedo y la impotencia de la ruina ocasionada por el fuego el testimonio de la palabra escrita de ese poeta que grita. Es su grito, el grito de todos los que gimen ante la incertidumbre del hoy.
“desde el umbral
saqueado y sin ruidos del refugio,
contempla el hombre
el lecho, la hendidura, sus dos brazos
siente que sólo
le queda  como herencia la piedad
y que se ahoga”
La verdad es que ya hemos empezado a olvidar el fuego destructor y su visión de infierno que sin temor alguno nos mostraron móviles y pantallas de todas las pulgadas. Buscar la causa y prevenir incendios es prioritario, tan prioritario como educar al pueblo a cuidar de lo que  es un legado de vida y permanencia. Creo que los barbaros se han instalado entre nosotros, o que nosotros somos esos barbaros  crueles, feroces, toscos sin educación ni sensibilidad por lo que emana vida a su alrededor y que no le pertenece… Si al menos se leyera a los poetas comulgaríamos con las palabras de Francisco Caro, y con la de  tantos otros que gritan clamando estar abiertos a la belleza de un entorno hecho para la vida, y jamás para la muerte.  


                                                                           Natividad Cepeda 



martes, 10 de octubre de 2017

yo sigo siendo España

Allá, a lo lejos el mar mediterráneo. El mar con su música antigua de sollozos perdidos. El mar con cipreses hundidos  entre muchos idiomas. El mar con olas infinitas rotas y desgajadas por tantas soledades después de las batallas.  Se queja el mar y llama con su voz repetida a no jugar de nuevo con las vidas humanas.  Ay, mar Mediterráneo, madre de tantas vidas. Sepultura de razas que navegan  a ciegas. Ay, mar de Barcelona  soberbio en tus orillas, el que clama cordura y no es escuchado. Todo pasa y tú quedas lamiendo con tu lengua las playas que pisamos. Me pregunto ¿quién tiene la certeza de ser los elegidos para armar esas guerras de palabras obscenas? No quiero plañideras  que agiten sus querellas en favor de los clavan el odio en los demás. No quiero los que engañan prometiendo quimeras y acusan solo a unos y tapan las maldades de sistemas arto conocidos y extintos porque no dan ni fortuna ni paz. No, no quiero volver a señalar que la lengua es la causa de mantener poder por encima de la realidad colindante.  Yo solo soy distancia como un grano de arena que sucumbe en la playa pero que va y viene mecido por las olas. Eso somos nosotros, los vanidosos hombres  y mujeres que se erigen en ser libertadores; arena de la vida que pasa y se olvida.
Nací bajo la paz de mi casa y familia. Me dieron el legado de amar a los humanos y a nadie se les cerró la puerta por tener ideas diferentes. También me dieron el amor a esta tierra que nombramos con el nombre de España, y en ella me dijeron y mostraron, que cabíamos todos.  Y cuando solo era un proyecto de mujer cogida de la mano de mi padre vi el mar Mediterráneo y lo amé. Escuché hablar en valenciano y catalán y conviví con ellos jornadas compartidas de amistad y nadie me negó por nacer en Castilla. No hallé en sus moradas ni en sus físicos nada que no me fuera conocido, amaba como ellos, comía y reía respirando el aire que calentaba el sol: el mismo sol que cubre los cielos de la tierra, los pueblos de esta España que siempre se  desangra en pos de naderías y luego los poderosos y ambiciosos cuando se tuerce el carro se marchan y quedamos los que amamos cada rincón hermoso donde vivir en paz.
He visto otras banderas y pendones de antaño, cuando los reinos eran hervideros de horrores y también en Castilla podríamos armar esa marimorena de exigir lo que en tantas ocasiones no han robado y quitado, lo que nos siguen quitando en aras de otras tierras y callamos y pagamos impuestos y dejamos el alma en el terruño sin odiar a los otros porque todos somos hijos de esta España reseca y sedienta donde se acoge a otros mientras ignoramos  en muchas ocasiones a los nuestros.
Me duele la mentira. Me duele la tragedia de perder la energía de los separatistas, egocéntricos nulos en busca de la gresca. Me duele tanta estupidez en nombre de colgar una bandera con los mismos colores que la bandera nuestra. Franjas rojas como la sangre con las otras amarillas de sol. Un símbolo debe unir y no señalar el infierno cuando ya hemos conocido que solo la justicia es la que vale cuando todo se pudre en aras de los pueblos.  Hoy miramos Cataluña como esa loca desvariada que tira por la calle de en medio sin mirar  lo que pierde y nos sentimos engañados por que a esa Cataluña la mimaron dándole lo que a otras regiones le negaron. Regiones, provincias, pueblos al fin y al cabo de esta tierra bendita donde  hemos nacido. Y todavía dicen que el mar no sabe a llanto.  ¿Acaso no son las lágrimas saladas cuando todos lloramos?  Dice un refrán qué, ni pidas a quien sirvió ni pidas  a quien pidió. Cataluña ha pedido y siempre logro su dadiva. Y, lo que no se suda jamás es valorado.  
Dios nos valga para ese futuro que no tenemos claro. Yo sigo siendo España sin complejos ni culpas porque nadie me ha dado nada.  



Natividad Cepeda 

jueves, 21 de septiembre de 2017

Vereda de ilusión para Inmaculada Jiménez alcaldesa enamorada que se casa en Tomelloso

Junto a septiembre  aparece la primera mirada del otoño casi como un tímido saludo con una mirada cálida de bienestar y dicha imprevista. Pareciera que la tierra sedienta del verano buscara la paz  en el latir de los silencios. Esos silencios que quedan por los campos después de la vendimia cuando se han cobrado los jornales y el mosto se transforma en la bebida de los dioses desde antiguo.   Antes, cuando Tomelloso era solo rural y arriero, los novios esperaban a casarse a remate vendimias; para entonces ya se sabía que cosecha había dado el cielo y dueños y  empleados tenían las cuentas ajustadas para la dote de los hijos.  Aquello hoy es una anécdota   que duerme entre recuerdos y el vuelo de las alas del viento que susurra acontecimientos olvidados.
Ignoro el romance de esta rubia mujer con físico de celtibera y gesto decidido que ha empuñado el bastón de mando de mi pueblo mostrando su sonrisa igual que el oro del sembrado que en julio se recolecta. No conozco al afortunado hombre que la ama, asumiendo toda la ceremonia de ser el conyugue de la primera edil en la historia de Tomelloso y, estoy segura, que en los afluentes de la sangre el amor atraviesa sin puentes ni  barrancos el corazón de quien la ama.   Contra la juventud y la naturaleza nadie puede detener esos veneros que nutren de vida nuestra historia humana y en éste septiembre, cuando el día veintitrés se asome por las chimeneas limpias de humo, de Tomelloso, brillara en el amanecer la sonrisa amplia  de Inmaculada Jiménez Serrano, Alcaldesa de Tomelloso y novia ataviada de sueños y esperanzas bajo el dosel primero del otoño.
Antes de aquella guerra de la que escuché hablar desde mi infancia con dolor por todo lo acontecido, en mi casa paterna, donde cupieron todos alrededor de la mesa, los que habían sido encarcelados antes y los que lo estuvieron después; mucho antes de aquello, había unos libros donde los nombres de los tomelloseros existían en bodas, bautizos y entierros y en aquellas líneas estaban los nombres de los alcaldes y sus esposas: se perdieron entre llamas absurdas de odios y exterminios y aún hoy nos duele aquella barbarie inútil sin sentido. Pero a pesar del claroscuro jamás cerramos la esperanza a volver a pasar al templo donde esas viejas paredes saben todo cuanto aconteció a nuestra gente. Y ahí, en esa iglesia sumergida en el vacío del tiempo, se casa la primera alcaldesa de este pueblo manchego, que presume y repasa todo lo que tiene y olvida, o hace como que no recuerda, lo que no ha conseguido y perdió.  Y mañana, cuando en el oleaje de la nada se diluya este tiempo y repasen los hechos y acontecimientos, se hablará de la mocedad que perdió la alcaldesa al decir sí te amo al hombre de su vida, en un templo consagrado al amor. Porque para eso se erigieron su arcos y cúpula, su ojivas y ventanales, sus sillares, escasos, de piedra para que el amor perdurara por encima de todo lo que carece de amor. 
No verán a la novia las aladas cigüeñas que anidan en nuestras chimeneas, se han marchado igual que los vencejos y las chillonas golondrinas, la verán los ojos de los pequeños gorriones que viven en los resquicios de tejados y aleros. La verá el agua de la fuente que desgarra el espacio de la plaza de España con su sonido alegre. Y cuando sobre los tejados de la posada y el ayuntamiento sobrevuelen  palomas  y lleguen en bandadas hasta el campanario, solo ellas verán flotar la promesa salida de sus labios. Después cuando se apaguen las luces de ese día rompiendo la monotonía de un día más de éste septiembre que camina a su fin, un halo de misterio quedará suspendido en las calles del pueblo, remoto y verdadero subirá a las estrellas y allí quedará escrito el día que en pueblo se casó una alcaldesa rubia como una espiga con rasgos de valquiria.

                                                                                                            Natividad Cepeda
 Arte digital subido de las redes.


jueves, 14 de septiembre de 2017

Septiembre se enriquece con “La mujer de la escalera” Premio Café Gijón de Pedro A. González Moreno  


Estábamos cenando al estilo europeo a eso de las ocho y media para salir después a estirar las piernas por las calles de este pueblo manchego interminablemente largas, carente de plazas recoletas  cuando desde la radio escuchamos su voz y lo reconocimos; es Antonio, nuestro amigo al que le han dado el premio en el Café Gijón, dijo Jesús, y nos quedamos escuchando con la sonrisa en nuestros labios.  Y su voz se quedó prendida en las orquídeas rosadas que había encima de la mesa como una pátina suave y cadenciosa, un tanto desvaída, sin los bellos matices que tiene cuando habla despacio y se queda mirando brillando en sus ojos esa chispa de yesca con la que intenta ocultar lo que guarda en su alma. Yo le he dicho en múltiples ocasiones  que vestido con un traje de charro mexicano estaría esplendido, y Pedro Antonio González Moreno se ríe, quedando entornados sus ojos para ocultar lo que en realidad piensa.

Este jueves catorce de septiembre La mujer de la escalera", de Pedro A. González Moreno, ha sido la ganadora del Premio de Novela Café Gijón 2017 y una vez más un manchego de Ciudad Real, nacido en Calzada de Calatrava escribe su nombre en el café más culto y famoso del Paseo de Recoletos; ese nombre que se conserva por esas carambolas del destino cuando nadie sabe ni recuerda, que se le llama por un extinto convento de Agustinos Recoletos, hoy ocupado por la Biblioteca Nacional y dicen que también por el palacio del Marqués de Salamanca. Paseo emblemático de esa Madrid donde el escritor reside perdido entre sus avenidas y jardines dejándose llevar por el vaivén de la ciudad que lo nutre y deja en su rostro la mirada de otros muchos que como él, miran a la diosa Cibeles y escriben en la soledad de su escritorio de una mujer que le ha susurrado su histórica leyenda envuelta en pergaminos del pasado. Desde ahora cuando el poeta que también es, Pedro Antonio González Moreno,  cruce por los jardines y estatuas de ese paseo, Valle Inclán, lo reconocerá como uno de los suyos, aunque también lo oculte valiéndose de sus gafas y su aire displicente.

Pero si el escritor no hubiera sido minucioso al sumergirse en la ingeniería de la trama novelística, el jurado del Premio del Café Gijón no se lo hubiera otorgado, y en los días próximos, nadie sabría que ha pasado muchas horas sentado, escribiendo en la soledad de su escritorio, donde nadie salvo él, sabe las horas y días invertidos hasta llegar al final de la novela. La soledad es el precio que el escritor paga  a la fortuna de ser reconocido por sus libros. Cuando Pedro Antonio cruce por el Paseo de Recoletos con su figura de romántico y bohemio  hasta el café Gijón, la mujer de la escultura que sostiene un libro, alzará su mirada para saludarlo,  nadie como ella conoce el valor inmaterial que tiene un libro: está sentada y es un motivo escultórico donde se lee, Los libreros españoles al libro y a sus creadores. Palabras sencillas y hermosas que miran a los que pasan, sin que casi nadie repare en ellas.

Septiembre se enriquece revolviendo entre sus pliegues los pasos de González Moreno, cuando cruza el dintel de la puerta de un café viejo e histórico, dicen que fue inaugurado allá por el 1888, que huele a monotonía de  platica en plática, donde los escritores reciben el testigo de los que se fueron, para que sigan creciendo entre su aroma la sabia nueva de los que llegan.

Pedro Antonio González Moreno es licenciado en Literatura Hispánica y profesor de Lengua y Literatura. Dirigió el Aula Literaria Gerardo Diego durante doce años. Ha publicado seis libros de poesía, entre los que destacan Calendario de sombras (Premio Tiflos, Visor), Anaqueles sin dueño (Premio Alfons el Magnánim, Hiperión), y El ruido de la savia (Premio José Hierro). En narrativa, ha publicado Los puentes rotos (Premio Río Manzanares), el libro de viajes Más allá de la llanura y la novela juvenil La estatua de lava. Como crítico literario y ensayista, es autor de los libros Aproximación a la poesía manchega, Palabra compartida (Antología poética de Eladio Cabañero) y La Musa a la deriva (Premio Fray Luis de León de ensayo). El Café Gijón vuelve a tener entre sus parroquianos un escritor sin mengua de los que se fueron.

Desde el homenaje tributado a Nicolás del Hierro en el paraje de la Fuente Agria, en Piedrabuena, después de su muerte, no he vuelto a verlo. Aquella tarde Pedro Antonio tenía una sombra  nostálgica cruzándole los ojos. Nos fuimos después de dejar entre los árboles un poco de nosotros, el adiós al amigo en mitad de los campos. Escribiré un correo desde mi ordenador a Pedro Antonio, felicitándole por este merecido premio y espero, si Dios quiere, tener entre mis manos su novela, para como lectora, sentir ese placer que solo los buenos libros nos regalan.



                                                                                                                                                                                   
Natividad Cepeda
                                                                          
Arte digital: N. cepeda                        



                                                                                                                                             

miércoles, 6 de septiembre de 2017

La tormenta

El verano se nos marchaba detrás de las primeras nubes de septiembre. Y para mi aquellos días que para los mayores olían a uvas maduras me sabían a pan con chocolate, leche en polvo que no me gustaba, y un queso amarillo y grasiento que escondía ente mis libros y cuadernos para evitar tragarlo. Pero todavía estábamos en el campo corriendo entre los árboles de la chopera viendo como emigraban sus pájaros y cogiendo con las manos la arena casi blanca del río seco con las que las mujeres sacaban brillo a las sartenes. Además cuando silbaba el tren salíamos corriendo de entre la espesura y corríamos hasta el puente de piedra para saludar al maquinista que nos saludaba con largos pitidos además de alzarnos su mano exclusivamente a nosotros.

El tren había sido mi gran descubrimiento junto con el bosque de chopos y zarzas, pájaros carpinteros y flores silvestres que crecían entre las sombra luces de la chopera. Jamás hasta ese verano yo había sido tan feliz  jugando con niños diferentes; niños que no iban al colegio a los que yo les leía mis cuentos porque ellos los mal deletreaban y leérselos me convertían en maestra, y a cambio ellos me enseñaban ese mundo maravilloso donde seguíamos el rastro de un zorro, que nunca vi, y en silencio escondidos entre esparragueras y yerba alta veía como con su pico el pájaro carpintero hacia su nido.

Aprendí que las hurracas atacaban otros pájaros y si podían robaban pollitos del corral grande de Carmen, la casera de la casa grande del tío Manolo de mamá, que era el que nos había invitado a pasar el verano en su finca. Los primeros días  echábamos de menos la piscina del balneario donde íbamos cada verano por el reuma de mamá, pero cuando conocí a los chicos de los caseros descubrí lo que era vivir en libertad.

Joaquín ayudaba a su padre por las mañanas a primeras horas pero después llegaba corriendo hasta la chopera donde nos permitían jugar un par de horas con los demás niños y él, que era dos años mayor que yo era el que me descubría los secretos de aquel bosque de verdad, con hojas caídas, zarzas donde se me engañaban mis largas trenzas y el claro de la chopera donde podíamos sentarnos en el suelo porque estaba mullido y seco. Todos decían que Joaquín era huraño y muy insociable, bueno ellos lo llamaban asqueroso y por esa razón Joaquín en presencia de su padre y su madre y todos los demás permanecía serio y taciturno y alejado un tanto de todos los demás.  Pero cuando llegaba por las mañanas a la chopera Joaquín era el mejor explorador de todos los libros y cuentos de aventuras.

Cuando llegaba y estaba jugando con todos los demás Joaquín, inventaba escusas para enseñarme a mi sola los secretos que él conocia. Así vi las madrigueras de los conejos y el cubil de los zorros, además de regalarme unos esparragos largos y delgados que los mayores decian que como era posible que los encontrara en pleno verano. Se mojaba el dedo indice de la mano derecha y alzandolo predecía sel tiempo según venia el viento. Una mañana aseguró que llovería por la tarde, porque había visto por el camino del cruce, correr las nubes como si jugaran al escondite y al pillar unas y otras. Nadie lo creyó porque hacia mucho calor y el cielo estab limpio y azul.

Despues de comer mamá nos abligaba a hecharnos la siesta y cuando nos levantamos el aire zurraba en las chimeneas y ventanas y todo el averio del corral andaba esaltado como loco. de pronto empezarona caer unos gotazos granades y por todos lados se oia tronar, los gañanes vinieron casi corriendo tirando de las mulas y al pasar a la cuadra empezó a  caer granizo tan grande como avellanas y nueces. Una de aquellas piedras de hielo le dio a una mula  en un  ojo y se le empezó a hinchar. Joaquín y su famiñia llegaron corriendo hasta la csa grande porque allí había un pararrayos y también llegaron otros vecinos porque decian que les daban miedo los relampagos y truenos.

Todos estabamos asomados viendo como caía el granizo. Los hombres dijeron que cuando terminara de llover no quedarían uvas en las cepas y sin aviso alguno Carmen, se puso la capucha de una manta de las mulas en la cabeza, sacó un palo y lo clavó en la tierra, todos le dijero que se pasara que era muy peligroso aquello que estaba haciendo, pero ella, sin miedo, sacó unas cosas negras que dijeron que eran petardos y los fue lanzando al cielo en medio de la tormenta. Al poco rato la tormenta se alejó y salimos todos a ver como el granizo había cubierto de blanco todo lo que nuestros ojos veían.

Las mujeres decian que Carmen era muy valiente y los hombres que aquello de tirar petardos estaba prohibido. Ella, sin inmutarse los miraba por encima de sus cabezas y alegaba que de no haber lanzado los petardos se habría perdido la cosecha. Al día siguiente la chopera estaba tan verde que todo se cubrió de florecillas. Todo el bosque era un canto continuado de pájaros y yo sentí que se me ponía un nudo en la garganta porque hasta ese día no había escuchado algo así, tan hermoso y bello que se me llenaron los ojos de lágrimas. Joaquín me miro y por primera vez lo vi reirse al mirar mis lágrimas. Yo me quedé seria y entonces él, me dijo que aquello de los trinos de los pájaros era normal cuando llovia.

Mamá empezó los preparativos para regresar a casa y el penultimo día Joaquín me llevó hasta el pie de un árbol grande al que le daba sombra el único ciprés y me señaló unas setas, iguales que las setas de los enanitos de los cuentos. No lo podia creer y Joaquín las cortó con su navaja y me las puso en mis manos. Cuando llegué con ellas las mujeres me miraron asombradas, se las di a mamá rogandome las asara pues así me había dicho Joaquín que se comían.

Cuando empezó el colegio yo deseba volver al campo y a la chopera, jamás volví a ver a Joaquín ni a su familia. Años después volví al mismo lugar y comprobé que todo estaba talado,  en un lado tristemente permanecia seco el muñón de un ciprés. Y entonces me dolió tanto ver aquello desierto sin árboles ni pájaros, sin niños ni caseros, sin voces por los caminos y, las casa derruidas porque los ladrones las habían robado repetidamente llevandose, las pilas de piedra donde bebian agua los animales, las tejas curbas de algunos tejados y los enseres que se guardaban dentro de la casa grande. Y una vez más sentí correr mis lágrimas por mi rostro de mujer al ver que no quedba nada del paraiso que yo conocí.





                                                                                     Natividad Cepeda


Arte digital: N. Cepeda