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miércoles, 15 de febrero de 2023

Los duendes del fuego


                                          

La niña acurrucada en los brazos de la mujer miraba declinar la tarde envuelta en su  luz que apenas era una ráfaga de hilo suspendida en los tejados filtrándose por la ventana hasta ir a confundirse con  la leña que ardía en el fuego. La niña miraba embelesada la lumbre y el rayo de luz fundida en las llamas sin pestañear al tiempo que elevaba su mirada hasta el rostro de la mujer confiada en sus brazos. Casi a media voz le pedía a la mujer que siguiera contándole cuando vio por primera vez a los duendes del fuego; y con voz pausada empezó diciendo.

Fue una noche que hacía mucho frío y nos faltaba leña para encender el fuego. Había llovido y los leños mojados eran como peces sucios y muertos.  Apenas  si teníamos cerillas secas para prender la leña y, los papeles y cuatro sarmientos secos no eran suficientes para hacer arder a los leños. Yo, dijo la mujer, tiritaba de frío y mis hijos  me miraban calados hasta los mismos huesos.

Mi madre me había dicho que pidiera a las magas de la tierra su ayuda para encender la lumbre, pero yo no creía en esos cuentos de antaño. Me parecían disparates de mi madre y de mi abuela que  creían en esas cosas. Porque has de saber que yo no soy de aquí, de tu pueblo, le dijo la mujer a la niña. La pequeña se apretó más junto a ella y sonriendo le dijo que ya lo sabía. Sigue, Gabriela, por favor, sigue hablando.

Las llamas de gran tamaño ponían resplandor en el pelo rubio de la niña y chispitas de color en los bellos ojos de la mujer. Crepitaban las cepas al desmoronarse convertidas en ascuas de luz incandescente iluminando la luz del anochecer que ya se colaba por la ventana. Desde el techo de vigas de madera se escuchaban sonidos casi imperceptibles.

Sabes, en mi pueblo todavía creemos en la magia. Yo no creía hasta ese día que estábamos empapados y no podía encender la lumbre. Mi madre insistía; pídeles que te ayuden a encender la lumbre o nos moriremos de una pulmonía.

Afuera escuchábamos chapotear la lluvia al caer copiosa entre las piedras y la tierra hecha barro. Mi madre sacó de su faltriquera  una pequeña cruz de ámbar y me la puso en mis manos; vamos,  reza y roza los leños mojados con la cruz, me ordenó.

Empecé a rezar  una oración no escrita en libro  alguno, enseñada de generación en generación, rocé la leña mojada con la cruz  sujeta entre mis labios y volví a encender los papeles debajo de la leña, cuidando que la cruz de ámbar y mi boca quedaran en línea recta con la lumbre. Crujieron los sarmientos mientras unas sombras pequeñas bailaban de abajo arriba igual a chispas de lumbre evitando que el fuego se apagara. Incontables duendes tan pequeños como bolliscas nos rodearon dándonos calor saliendo y entrando en la pequeña cruz de ámbar que yo sostenía con mi boca. El fuego fue grande a pesar de estar chorreando la leña.

¿Tú ves a los duendes igual que yo?

Si hermosa mía, están por el aire de la chimenea porque son duendes del fuego y ellos no se queman. Gabriela, eres una maga. Dijo la niña.  También tú lo serás, cariño mío, jamás debes decirlo, porque nadie cree en ese mundo  mágico. Desde aquél día en el que  santigüe con la cruz a mis hijos y a mi madre después de hacerlo yo, comprendí el poder que otorga el ámbar a quien conoce sus misterios.

¿Porque enciende la lumbre? preguntó la niña.

Porque el ámbar es leña. Cuando vayas a un pinar, en verano, fíjate bien y veras las lágrimas de los pinos resbalar por sus troncos. Hace muchísimo tiempo, las hadas de las montañas guardaron en el fondo de la tierra a los árboles que  mató una estrella. Eran tan bellos que sus corazones se convirtieron en ámbar y por eso encienden el fuego. Desde entonces los duendes del fuego son sus guardianes y nuestros protectores. Desde el pasado emergía la magia por la ventana de la vida imborrable en la memoria de una niña. Su código secreto seguía siendo aquella maga  sanadora, que quitaba dolores y arreglaba huesos  dislocados, mientras rezaba entre balbuceos y pendía de su cuello una cruz de ámbar.

Un día se marchó lejos a ganar su sustento, sin ella se perdió la sabiduría de las mujeres que hablaban con los duendes y las hadas. En silencio hay quien  habla con ellos todavía adornada  de ámbar.

 Natividad Cepeda

Publicado en revista Quevedalia                                             





                                                           

                                                  

domingo, 27 de junio de 2021

Un vaso de agua, por favor.

   


                                                    

Acababa de marcharse el camarero después de haber dejado sobre la mesa dos botellas de agua fresca. Sobre la mesa rústica de madera quedaban restos de raciones y botellas vacías de zumos y de agua. El sol ardiente del verano se empozaba por detrás de las sierras y poco a poco las tinieblas de la noche avanzaban próximas  en aquellas horas postreras del crepúsculo.

 El aire de la sierra nos refrescaba y sentíamos que con la llegada de la noche volvía el descanso. Las cabañas de madera dispuestas en lo alto y diseminadas por entre los árboles y los matorrales empezaron a iluminarse. Los camareros encendieron las luces del comedor y en la terraza, donde nos encontrábamos empezaron a encenderse débilmente las luces programadas para alejar las sombras nocturnas.

 Miré la amplia superficie  que se extendía a mis ojos y admiré, una vez más, la belleza de aquella tierra. Mi tierra manchega y sus montes. Los robles convivían con las carrascas y los alcornoques dejando espacio para la jara y los pinos. Abajo en la falda de la sierra se extendían las viñas prietas de racimos por estas fechas, y en la tierra sometida  por la mano del hombre, las fanegas  sembradas de cereales denunciaban la siega hecha días atrás. El pueblo, allá abajo, era evidente que se sumía en las sombras, y requería sin mucho tardar ser iluminado.

 La melancolía del final de la tarde se esparcía por los senderos y se posó milagrosamente en el plumaje de un águila imperial. Desde los árboles nos llegaba los últimos sonidos de las aves y la voluptuosidad del entorno nos envolvía en una singular atmósfera.  Todo lo iluminaba el crepúsculo y entre el color misterioso de la tarde recordé cuando un día lejano sintiendo la garganta seca por la sed  del verano llegamos a una casa donde nos enseñaron pliegos amarillentos donde se podía leer con una letra garabateada de hacía siglos, difícilmente los nombres y sucesos recogidos en aquellos papeles. Era un árbol generacional donde el apellido Cervantes aparecía a lo largo de una ristra de nombres de un pueblo conquense. El dueño de la casa y del documento se esforzaba en demostrar que el autor del Quijote, Miguel de Cervantes Saavedra, había vivido allí mismo y él era uno de su descendientes. Al llegar le pedí amablemente un vaso de agua pero el buen hombre no dejaba de  explicarnos la autenticidad de aquellos documentos y la impotencia que sentía ante la pasividad del municipio en no catalogar y hacer público aquel hallazgo maravilloso que el aportaba generosamente, por supuesto.

 Volví, a pedir por favor y educadamente un vaso de agua porque la lengua se me pegaba al paladar y como única respuesta escuché decirme que cuando viniera su hermana me sacaría un vaso de agua porque él, no tocaba nada de la cocina porque era patrimonio ajeno a él. Ante aquella respuesta miré a mis dos acompañantes suplicándoles con la mirada que nos fuéramos de allí y olvidáramos si Cervantes era pariente o no lo era de aquel erudito de pueblo que me mataba de sed. Insistí y amenacé con irme al único bar abierto aquella tarde y al final, ante quedarse sin ser escuchado el dueño de la casa y de los papeles dejó el manojo de papeles  encima de una mesa y abrió una pequeña puerta encastrada en la pared y parsimoniosamente sacó un cubo atado a una maroma de esparto lo introdujo en aquella cavidad y a escasos minutos sacó medio cubo de agua invitándome a beber agua directamente desde de el mismo cubo. Casi de rodillas bebí como una bestia aquel agua tan fresquita saciando la angustia de mi sed y a continuación mis dos acompañantes de la misma manera. Jamás antes de aquel día había bebido así, en un cubo igualito que mi abuelo le daba de beber a sus mulas.

 Cuando salimos de aquella peculiar entrevista nos dirigimos a un bar a tomar algo sólido. El camarero nos dio la carta de comidas y  yo sin esperar a elegir las viandas le supliqué con  la mejor de mis sonrisas que por favor me trajera una botella de agua y un vaso para beber. Enseguida, por favor, le dije al camarero y después ya nos servirá lo demás. Cuando el camarero dejó sobre la mesa una botella de agua y un vaso  al lado no dejé que me la sirviera, la cogí y ante su asombro empecé a beber agua como la sedienta que era porque del agua del cubo me había mojado los labios, y poco más, por si me vaciaba el cubo encima y me tocaba ir mojada  hasta emprender el viaje de regreso y llegar a mi casa, De aquella jornada y la anécdota del pariente de Miguel de Cervantes  hay una fotografía que mis compañeros de viaje me hicieron, es sencillamente una mujer bebiendo agua.  Pero como si por primera vez hubiera descubierto aquel maravilloso líquido.

El verano me había regalo conocer aquél hidalgo venido a menos y su pozo escondido en la pared con su cubo y maroma por si alguien se le ocurría pedir agua; en fin cosas de forasteros que no tienen que hacer nada más que llegar pidiendo agua como si fueran de la familia…

 

 

Natividad Cepeda

 

 

 

 

martes, 2 de marzo de 2021

Poema para el mes de marzo de 2021

          

 Hoy  el día está nublado y no hay clamor

de lluvia y si lo hay de voces repetidas

hablando de vacunas y fin de restricciones

para salir del pueblo y también abrir

puertas de bares y cafeterías.

 

Las voces se multiplican en tertulias y vídeos

aunque en las tiendas de ropas

y complementos apenas si hay clientes.

 

Tampoco se supera el paro masivo

que suma millones de parados;

dicen que sobre todo de mujeres y jóvenes.

 

Por las compuertas de los grupos  de Whatsapp

se repiten hasta el infinito consignas

de libertad manipulada, a favor unos y otros

de  políticos que hurgan en el intelecto

colectivo  para, acusándose, los unos y los otros

llenar sus bolsas de sumisos votantes

y seguidores fieles.

 

Son puertas de atrás y de servicio 

para los que sin verjas ni guardianes

en sus casas tiene que servir al señor

de turno, tan déspotas y barbaros

como aquellos de antaño a los que nada

importaba la vida de los inferiores.

 

Soportamos estos días vándalos callejeros

jaleados por el poder constituido

que dejan que la anarquía campe a su placer

en ciudades  desprovistas de quienes les defiendan

porque a ellos, los poderosos políticos,

no están expuestos a su brutal hazaña

de destrucción masiva.

 

Marzo ha llegado con la misma inclemencia

de hace unos días, unos meses, un año…

Con el  desamparo que nos deja la muerte

de la maldita pandemia del coronavirus

que es la peste del siglo veintiuno

sin cantos gregorianos, sin besos ni abrazos.

 

Y poco importan los poetas que se afanan

por las  callejuelas del mundo

en recitar sus poemas y presentar sus libros

para apaciguar tanta tristeza marcada

en la comisura de los labios.

 

Un año llevamos arrastrando este amargo

trago de morirnos  con el fantasma

del miedo en las almas.

Nos hemos convertido en sauces llorones

sin lágrimas en esta primavera enfangados,

ahora, en la celebración de ese 8 de marzo

que resuena a podrido mensaje

en favor de millones y millones de desamparadas 

mujeres a lo largo y ancho de aldeas y ciudades,

de grandes urbes y escondidos reductos

donde todavía se venden niñas

y se  explota a niños en inmundos trabajos

sin que les importe a nadie; sin nadie,

absolutamente sin nadie  que los defiendan.

 

Y mi cabeza de poeta y de mujer

no comprende ya nada porque apenas

hemos avanzado en la justicia humana

tan cacareada con días  señalados en los inútiles

calendarios de nuestra sociedad

vacía de valores auténticos.

 

Un año llevamos viendo en nuestra mesa

sitios vacíos, puertas cerradas,

zapatos y calcetines sin pies para usarlos,

vestidos sin mujeres a quien ponérselos.

 

Un año subiendo por estos meses

con la boca tapada con mascarillas

y sin palabras para delatar y denunciar

el horror que nos ha convertido en muñecos

de viejo cartón abandonados a nuestra escasa

 suerte de parias pagadores de tributos.

 

¿Para qué reunirnos en esa marcha

reivindicativa del 8 de marzo?

¿Para qué?

No tenemos ni tiempo ni fuerzas para marchar

en pos de nada.

 

Yo escribo un poema al abrigo de mis paredes

sin ignorar que de nada sirve

porque hasta por ser mujer mi poema

no será valorado como el de un poeta hombre.

 

Escribo en soledad y no me rindo

a pesar de haber cumplido muchos marzos

y de saber que mi poema no tendrá repercusión

en sagrados ámbitos  culturales.

 

Ahí donde las computadoras del saber

apenas si apuestan por la mujer, también ahora.

 

Contemplo la vaguedad

de tantas sombras que trae la primavera

y  continuo escribiendo sin que nadie me pague

por ser juglar y escribidora de versos.

 

Hoy está nublado y no llueve,

que tristeza tiene el viento soplando en los tejados.

 

Enfrente de mis ojos han cruzado bandadas

de palomas y por un instante quiero

tener alas y volar  y volar en libertad

para perderme en ese cielo nublado de marzo

que presagia lluvia y no llueve.

 

Pienso, si este largo  poema  verá la luz

de otras miradas desdoblándose 

en las mañanas de marzo sin necesidad

de taponar su palabra con bozales de miedo…

Pienso…

Lo dejo  caminar  en marzo a pesar de la pandemia

y de ser una mujer  quien lo firma y escribe.

 

 

Natividad Cepeda

 

Fotografía realizada por el fotógrafo Pepe J. Galanes.

 

 

 

 

 

 

viernes, 25 de diciembre de 2020

Triste Navidad sin villancicos

    Por los caminos de Occidente  llega María de Nazaret llevando a Dios en sus entrañas. María es una mujer que acepto ser madre desplegando para ello su fe inquebrantable en Dios. Es la Historia de la maternidad  asumida  sin rechazo ni pesadumbre. Nuestra Era está marcada por su maternidad, con la garantía de la protección de Dios nacido bajo el techo de una cuadra, y el regocijo del amor de su padre y de su madre, con el calor de los animales; una mula y un buey, según nuestra tradición belenista. El pesebre, para las generaciones de un ayer cercano, era tan familiar que, ver al Niño Jesús, envuelto en un pañal encima de unas pajas, nos lo hacía más nuestro, más cercano y mucho más humano, también. Cuando llegaba diciembre  los villancicos se escuchaban por todos los rincones de pueblos grandes y pequeños. La música popular del villancico de las diferentes regiones de España la retrasmitían cadenas de radio y televisión y la megafonía de tiendas y ayuntamientos inundaba las calles y plazas, creando un ambiente de alegría compartida entre los transeúntes, con la conciencia de que el villancico era tan nuestro que no molestaba a nadie.

La luz de la Navidad era esa alegría sencilla en el asfalto sin complejos ni radicalidad de opciones enredadas en mensajes contradictorios que han  apagando la alegría urbana de la Navidad. El villancico era nuestra oración nacida en las pobres villas y aldeas sin instrumentos. Las voces cantaban y el almirez, la botellas de cristal vacía de anís y la zambomba, sonaban acompañando al villancico rustico y villano. Los villanos, fueron llamados así porque habitaban en una villa. Fueron el eslabón  de clase inferior, aglutinando a campesinos y artesanos de oficios rudimentarios, básico para vivir y alimentarse, carentes de nobleza y fortuna. De esa sociedad viene el nombre de villancico por ser música cantada por los lugareños de villas y aldeas con un recorrido muy interesante  desde las cantigas  al zéjel y las evoluciones posteriores como es el villancico religioso y loa canciones navideñas  en los idiomas europeos. La Navidad tiene un mensaje sin fronteras ni caducidad, es el mensaje del Evangelio de San Lucas sobre el nacimiento de Jesús al narrar su nacimiento en el masaje a los pastores …

 Cerca de Belén había unos pastores que pasaban la noche en el campo cuidando sus ovejas. De pronto se les apareció un ángel del Señor, y la gloria del Señor brilló alrededor de ellos; y tuvieron mucho miedo. Pero el ángel les dijo: «No tengáis miedo, porque os traigo una buena noticia, que será motivo de gran alegría. Hoy  ha nacido en el pueblo de David un salvador, que es el Mesías, el Señor. Como señal, encontrareis al niño envuelto en pañales y acostado en un establo.  Y en aquel momento aparecieron, junto al ángel, muchos otros ángeles del cielo, que alababan a Dios y decían: “¡Gloria a Dios en los cielos y en la Tierra paz a los hombres que gozan de buena voluntad

Nos falta esperanza y nos sobran complejos en esta Navidad repleta de tristezas queriendo tapar el espíritu sagrado de estas fechas. Para eso se ha desalojado de la calle la música del villancico, alegre, festivo; maravillosamente ingenuo en ese intento de taponar la creencia de Dios nacido en Nochebuena. Sin el nacimiento de Jesús en su representación de niño desvalido envuelto en un pañal encima de un pesebre, no tendríamos ni tan siquiera la palabra NAVIDAD. Y aunque se le quiere mutilar y ocultar envuelto en una fantasía de luces de colores y mensajes exentos de sentido religioso en el lecho de paja sigue naciendo un divino niño al que unos amamos y a otros tanto molesta.

Días pasados escuché decir a unos preadolescentes que ya no se cantaban villancicos  por miedo al contagio y que por eso  no los ponían en los altavoces de la plaza del ayuntamiento. El que lo explicaba  al terminar respiró fuerte y alzo ufano la cabeza por estar en posesión de la noticia, mientras tiraba de su carrito escolar y los demás lo seguían cabizbajos, asumiendo esa triste realidad. Cuando salgo a la calle compruebo que no hay sitio para esa música, tampoco en las emisoras de radio, sí en las películas extranjeras realizadas sobre la Navidad: sin complejos ni temor a que les tilden de retrógrados o con otros adjetivos de peor calibre. Se ha perdido la inocencia de la fiesta y en cambio se nos incita y anima a consumir regalos innecesarios mostrados como iconos de felicidad. Dios no existe, a cambio nos devora un consumismo atroz. Desconozco quienes sutilmente alimentan eliminar el espíritu navideño a cambio de ofrecernos luces eléctricas que en poco o nada ayudan al espíritu. Nos guarecemos del belén y su mensaje de paz y amor  a cambio de instar a ser felices comprando y, cuando no podemos comprar  lo que nos muestran, entonces nos morimos de pena sin que nadie lo note. Diciembre sin villancicos es mucho más triste todavía. En la plaza del pueblo al ir llegando suena música de piano que todos ignoramos. Necesitamos la música que nos levanta el ánimo, la que han cantado  padres y abuelos junto a niños desafinando y voceando esos villancicos generaciones de niños entre risas, al son de panderetas, porque hace años que también dejo de oírse el zumbido navideño de las zambombas.

 

                                          Natividad Cepeda

 

lunes, 14 de septiembre de 2020

La imagen de Cristo crucificado de mi pueblo


 Él, es una imagen de Cristo en la agonía, así me decía mi madre que se llamaba, y yo que jamás dije a mamá,  madre; miraba primero el rostro de mamá alzado hacía la imponente imagen y después como sin darme cuenta lo miraba a Él  y me sentía muy cerca de mamá y de Cristo, como sin palabras nos escuchara a las dos en el silencio del templo.
La iglesia de mi pueblo no es grandiosa, es una iglesia castellana  sencilla que por esa causa es acogedora. En mi infancia, cuando tenía que cogerme en brazos papá para ver los altares y el belén de las Pascuas, el piso era de madera, y me gustaba mucho porque al andar  crujía como si se quejara y yo pisaba muy fuerte para que mis pequeños pies hicieran ruido.
Un día en la iglesia llegamos y estaba levantando un lado del piso y sentí deseos de gritar  para que no lo hicieran porque aquella madera era parte de mi iglesia y de los pasos.
El nievo piso fue un terrazo blanco y negro y ese piso me hacía contar las baldosas y sumaba y restaba y multiplicaba y dividía con todas ellas y no rezaba.
Cristo en su cruz  seguía mirándonos desde su altura y por entonces fuimos al cine haber una película que se llamaba "Marcelino pan y vino", era de un niño que no tenía padres y vivía en un convento de frailes. La película me impacto porque en ella salía mi Cristo y Marcelino le hablaba igual que lo hacía yo.  
Pusieron a la venta unos cromos de la película y me compararon el álbum y yo con la paga del domingo compraba los cromos. Junte todos los cromos hasta llenar el álbum y manoseado y viejo resiste el paso de los años entre libros juveniles.
El tiempo siguió su marcha y yo crecí tanto que me decían las buenas gentes que era mas larga que un día sin pan. Ahora ya podía mirar a mi Cristo hasta sus ojos: mirar su mirada hermosa y dulce que yo sentía en lo más profundo de mi ser.
Las estaciones con sus ciclos cambiantes se sucedieron y un otoño cuando en las cuevas las tinajas acunaban el vino de al cosecha me enamoré de otro larguirucho de ojos verdes. 
Aquella vivencia era tan nueva que me sentía flotar  y al mismo tiempo no podía explicarme porqué de todo aquello tan de pronto y tan mágico. Estrené el año nuevo con un compromiso de relación formal, incluida la presentación a mis padres y hermanas de mi chico. Papá, antes me advirtió de mi excesiva juventud para aquél compromiso, diecisiete años recién cumplidos, pero yo  me sentía tan mayor como la vieja torre de mi iglesia.
A finales de enero el larguirucho de ojos verdes que me cogía de la mano siempre, me dijo preocupado, que se marchaba a un lugar llamado Sidi Ifni porque tenía que cumplir con el llamado servicio militar... 
Se marchó y durante nueve meses  a diario recibía su carta y él la mía. El cartero se habituó a traer no solo la correspondencia de papá que era mucha, y mis cuadernos de francés que yo estudiaba por correspondencia. Puntualmente llegaban las cartas de sobre de bordes azul y rojo, del avión de aquel joven soldado del que yo estaba enamorada.
Todas las tardes pasaba al templo y delante de aquel Cristo mío le pedía que a mi chico no le pasara nada. Llegó en agosto la vendimia y también mi larguirucho con el primer y único permiso  de un mes de duración. Salíamos a pasear y pasábamos al templo hasta el sagrario. Íbamos al cine, al casino y el mes fue una ráfaga de viento apenas perceptible. Y yo volví a mi Cristo; siempre solo. Siempre inmenso en al nave de la iglesia con algunos claveles rojos o blancos que dejaban algunas personas en sus pies.
Seguimos juntos el larguirucho, el Cristo y yo, con algunos kilos más, con hebras de plata entre el cabello y surcos preciosos que muestran los años vividos en el rostro de ambos.  Mi cristo en su cruz no ha cambiado, bueno el año pasado le dieron una mano de barniz y brilla como si fuera hacer un anuncio de limpieza... fallos que todos cometemos y la cofradía y el cura párroco pues lo vieron así, y así se ha quedado, lustroso de arriba a abajo.
Hoy, como otros días he ido al templo y como siempre he visto llegar  a un hombre joven de vaqueros y en mangas de camisa, llegar hasta la imagen de Cristo crucificado y de pie mirarle a los ojos y quedarse quieto en oración silenciosa. Después dos mujeres se han parado delante de la imagen y más tarde un chico de pantalón bermudas, camiseta roja y un corte de pelo se-mi rapado  con un pendiente en una oreja, pararse delante de la imagen del que aquí, en mi pueblo, llamamos el Cristo de la Misericordia, y rezarle con su vestimenta de joven y su fe de cristiano. 
Hoy los cristianos hemos conmemorando la exaltación de la santa Cruz y se ha encendido un foco enfrente del Cristo de la Misericordia para que lo iluminara por completo. 
A causa de la pandemia  del coronavirus, la nave está acotada por un banco para evitar contagios, eso no impide que hasta la sagrada imagen sigan llegando a ella hombres y mujeres de todas las edades. 
Hoy me ha emocionado ver como delante del banco que impide el paso unos y otros se han parado para rezarle. 
Hoy yo  no lo he visto, abierto en su cruz y tan iluminado por el foco. Mientras que veía  a los demás he vuelto a recordar a mamá y a papá,  a mis abuelas y abuelos y a tantos otros que se han ido con Él. He sentido la congoja llenarme el corazón y he orado siguiendo la eucaristía pared por medio de mi Cristo, pidiendo por tantos enfermos por el Covid 19. He salido del templo y he sentido que al andar, a mi lado venia Cristo Jesús,  con su misericordia dejándome paz y amor  a pesar de tantas decepciones y tantas despedidas.  
Si alguna vez llegáis hasta mi pueblo no dejes de ir a verlo es una muestra de arte cristiano. Y se le puede ver, y dejar que te mire igual que otros van a ver a Buda o al Tibet; mirarle a los ojos y comprobareis que su misericordia es infinita.

Natividad Cepeda