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lunes, 31 de octubre de 2022

Armonía y esencialidad poética en el libro “DE ALMAS, DITIRAMBOS Y HERIDAS” de Juan José Guardia Polaino.

 



Abrí el libro y empecé a leer el prólogo de  Matías Barchino Decano de la Facultad de Letras de Castilla - La Mancha,  donde él empieza diciendo que “El vino es una fuente inagotable de palabras, de pensamientos, de  sueños y de ideas. Para los que somos de tierra de vides y vinos, para los que crecimos con el olor del hollejo y del fermento”  Y coincido con él porque también fui alimentada, y sigo alimentándome del vino de las bodegas de esta tierra que es la mía y la de ellos, autor y prologuista. Y ese afán  que le ha cruzado el alma al autor hasta yacer  con vigor en su cuerpo interior, que es donde nace su voz poética, alborea en cada verso, acertado en ese apogeo que aguarda al lector de los libros de poesía.   

Matías Barchino, argumenta, que “Ha de entenderse éste género poético casi en un sentido estricto como composición dedicada a Dionisos, el dios griego del vino y los placeres…” y hay poemas que así lo revelan pero también es un libro revelador de la belleza y miseria que podemos alcanzar los humanos al beber el vino, que a veces, también es trastienda de dichas y desgracias invocados en poemas que transitan por el libro. No siendo ajeno al pensamiento autobiográfico de Guardia Polaino. Así lo percibe el poeta que escribe, piensa  y vuelve una y otra vez a enjuiciar  a toda la humanidad que alberga en cada sorbo de vino.

Y así, también lo reconoce el prologuista al afirmar ”Pero el vino  esconde siempre otra cara.” Es ese deslizamiento de vida y muerte que se origina y experimenta al abandonar la lucidez. O quizá ese abandono sea la claridad reveladora de todo lo que habitamos, la tierra, y otros mundos buscados y que el vino nos aporta y muestra. De ahí que “De almas, ditirambos y heridas”  es el tributo  de Juan José Guardia Polaino al vino desde su voz poética. Pero no es un libro fácil de lectura por su altura poética y rico léxico en tiempos, los nuestros, tan dados a que todo es válido. El resplandor y equilibrio del libro y  de los poemas lleva al lector a comprobar que  Guardia Polaino  estaba destinado a ser poeta, porque la poesía está instalada en sus huesos hasta estremecerlos y canalizarlos por el fluido de sus arterias,  para hacer que su corazón galope y corra  en pos del viento de la creación; no otra vivencia  es la hallada en este libro.



Y es por eso que es prohibitivo leer cada poema de éste libro con prisa – jamás un poema se ha de leer sin paladearlo --   de hacerlo,  no se llegará al alma del poeta, porque es en ellos donde confluye su poesía. Poesía rotunda  de emociones íntimas  que a la vez son universales en esas imágenes y personajes mencionados con exactitud que invaden cada palabra de los poemas. Matías Barchino nos lo dice al afirmar: “El libro de Juan José Guardia Polaino explora de una forma sistemática y casi absoluta todas las caras del vino, la mítica, la mística, la celebrativa y también la personal y la existencial”  Ditirambos y alabanzas acompañadas de sentencias en las páginas impares que nos abren a comprender como caminar en la lectura del poema siguiente.

Poesía absolutamente personal vertida también en las páginas siguientes al prólogo llamadas Poética y Brindis para una ceremonia con dignidad. Y con esa dignidad el libro se abre con tres citas de Plinio el Viejo, Jorge Luis Borges y Carlos Villar Esparza. Lírica que con prontitud nos adentra en esa frase que dice: “Cuando los dioses bajaron a la quimera de los hombres” pórtico del libro. Pórtico entrada y bienvenida para adentrarse el lector en las estancias mágicas de éste libro. Por ellas éste infatigable poeta nos induce a recordar y reconocer  a  través del vino al guerrero  que  cauterizó sus heridas y lo exoneró de la batalla”. Haciéndonos reflexionar sobre ese guerrero o soldado que en cualquier guerra mata o muere. Y el poeta  es derviche, danzando en la vida y en esa vida ve a las ninfas, con su ofrenda de vino… Caín y Abel siguen peleándose, mientras Dionisos sigue sobre el griterío de la Tierra…Un poema mostrando el afán de cada día.

Reflexiono al ir leyendo poema a poema Todo el libro es un clamor poético con el máximo apogeo al vino y a su caminar histórico.  Me invade el ayer remoto con el hoy presente abarcador de símbolos.  Símbolos  entre mágicas figuras, casi olvidadas por el estrés actual, recuperadas en la profundidad del verso, recóndita y esparcida como es el vino en luz de resurrección. Me sumerjo en ese laberinto  de páginas y  Aparece entre la bruma el antiguo chamán y el cáliz con su rito y ceremonia… En tanto, como en penumbra, Juan José Guardia Polaino, nos deja el susurro de sirenas y ondinas  transparentes junto al zarpazo hiriente de las olas.  Son hermosas imágenes formadas por palabras que nos hacen navegar en naos donde a bordo se trasportaba el vino. Vino y galeras, látigos y humanidad sufriente y vencedora.

Me quedo pensando callada mientras leo. Soy lectora de soledades. Solo así comulgo con el autor que lo escribió. Cruza el mundo por estos poemas hasta las pateras y los dioses olvidados…Y con el autor cruzo campos de luz con su vino poético, con sus ónices y sus vidrios lamidos de orfebrería…Incorruptible vino nacido de la áspera fatiga de los hombres. Y vuelve el autor  otra vez a clamar sobre la sangre vertida, innecesaria y su grito de paz denuncia cuando afirma: y es urgente reclamar desdén para la guerra/ y pan y paz en las trincheras. Vino para brindar y para comer ese pan necesario de la convivencia. Ahí confluimos con Baco eremitas y goliardos, cortesanos y plebe  bebiendo vino en tabernas y  derramado en guitarrón y  en poemas tristes del éxodo y la huida…

El autor nos conduce hasta la cueva donde el vino se adormece y espera. Eterna voluntad que sigue plantado parras en nuestra amada tierra manchega.  Tal vez  aquél vino fuera una cuestión del alma. Así lo asegura el poeta y lo creo yo. Sobre el vino se han escrito otros libros y autores pero en este universo literario “De almas, ditirambos y heridas” la cultura del vino está definida con pasión y dolor describiendo el pasado y presente de la vid sagrada y profana que el poeta conoce y ama. Y lo ha buscado en las entrañas suyas nacidas de las mismas entrañas de la tierra que sustenta al vino que es verdad universal y milenaria. Siendo certeza que detrás de cada palabra de este libro de poemas está la voz inconfundible de su autor, Juan José Guardia Polaino, mostrándonos la fascinación sugestiva del vino en esta alquimia de poemas.

 

                                                                                        Natividad Cepeda

 

 

El libro DE ALMAS, DITIRAMBOS Y HERIDAS está publicado: Director Editorial Julio Criado García. Diseño de Portada: Ediciones C&G: Foto de Portada “Ofrenda del fruto en el templo de la poesía” cueva “El trascacho”, por Lourdes Pérez Hurtado. Tratamiento artístico de la fotografía de la portada Antonio Ballesteros Gómez.  Realización gráfica: Grupo Oretania

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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lunes, 13 de enero de 2014

A Maruja Márquez de Julian Creis Córdoba: homenaje en enero

        
 Se ha marchado cuando todavía teníamos en los labios el sabor del brindis por el año nuevo recién estrenado, sin ruido, sin llanto como se marchan las flores en otoño y nacen las hojas rojas de la flor de pascua en el invierno.
La recordaré  siempre con su sonrisa de llanura sin límite y con su abrazo suave como si te envolviera en un antiguo chal de las abuelas: chales de grandes flecos en los que se arrebujaba todo el frío y los desvelos, junto a las alegrías y las penas ocultas entre los pliegues de sus grandes y hermosos chales negros.

Nos ha dejado viajando hacia el cielo frío de enero cuajado de estrellas para ser la estrella más brillante, la del fulgor sereno que aguarda con su luz encendida para quitar tinieblas. Y en ese mar de ausencia saludará a los muchos amigos que con ella se han ido: más hoy te escribo en exclusiva para agradecerte tu amistad, tu donación de amiga junto a los escritores y poetas que tantas veces recibiste en Valdepeñas, en la casa de la Cárcel Vieja de Paco Creis y en la bodega junto a Agustín Moreno y su esposa Cristina…No, no debo enumerar tantos nombres queridos mi querida Maruja, porque ya fue suficiente que siempre permanecieras en la sombra brillante de las letras, acogiendo y sirviendo de perfecta anfitriona, incluso en tu casa de Madrid, junto a Emilio Ruíz Parra y Franca López Figueroa, amigos de por vida y otros muchos. Me llamó Franca y me lo dijo a la vuelta de dejarte en tu pueblo, apretujada de nuestra tierra madre; con su voz medio rota, cargada de cariño, y al oírla sentí que envejecía como una encina sola en medio de los montes.

Sí, quisiera ser mañana la tierra de la encina, como tú, como tantos amigos que me habéis enseñado el amor fraternal abriéndome las puertas del corazón y el alma. Sí, me duele despediros aunque siempre os recuerdo desde este rincón de mi pueblo y leo, intentando aprender de los buenos maestros su buen decir y mejor escribir en tantos libros que me han regalado.  A veces las mujeres como tú pasan inadvertidas entre aplausos y premios, literatos y artistas, hasta en ocasiones- no siempre- inflados como pavos reales, sin reconocer el esfuerzo que se hace para que los eventos resulten exitosos.  Lo dije y lo repito también en este día, en el cielo particular de Julian Creis Córdoba  hubo una buena estrella brillando en su reputación de hombre bueno: María: Maruja Márquez, donde la vecindad de la tolerancia  guardó la compostura para acoger a todos. Y no siempre se encuentra esa cualidad en las personas.
La poesía ha sido el eslabón de amor de Maruja Márquez, observaba y callaba aquella “manijera” –así la llamaba cariñosamente Paco Creis- que desde su silencio conocía a todos cuantos ella recibía, desde la discreción de quien sabía lo que no decía a casi nadie, porque de sabios es callar…
El ayer no regresa, se queda en la retina de los días y en el pasar del tiempo de la misma manera que se queda la luna mirando las estrellas. Luego cuando se rebusca en las páginas amarillas de los viejos legajos de los libros antiguos, los que estudian y escriben sobre épocas y costumbres de ciclos culturales, rebuscan anécdotas y nombres unidos a la fama del momento fugaz, y como en el Evangelio de Marta y María, siempre hay una Marta que se ocupa de la casa y de los invitados y con la que Jesús de Nazaret, conversa. Sí, contigo, Maruja, han conversado muchos y sólo tú sabrás lo que te han contado.


Vengo y voy por los días con mi pobre equipaje de pequeños recuerdos. Ignoro si en la curva del tiempo tú escuchas ahora a los que te queremos. Yo apuesto porque en el cielo del alma tú estarás sonriendo y por eso escribo mi pequeño homenaje, a ti, que acudiste a tantos homenajes  de celebres poetas… Sabes, mi querida Maruja, que es en enero cuando se encienden las hogueras invocando a un anacoreta llamado San Antón; esa noche en Tomelloso las llamas al elevarse al cielo nos devuelven la magia de los viejos ancestros. Al ver arder la leña yo recuerdo a mis muertos, sin miedo, sin tristeza porque siento que junto al fuego ellos también regresan. Y dicen que mientras se recuerde a los que se marcharon nadie muere del todo. Yo creo en todo eso y por eso te nombro.



                                                                                            Natividad Cepeda

Arte digital: N. Cepeda

martes, 3 de diciembre de 2013

Sagrario Torres equinoccio de amor

                 
         Los poetas si nos dejan su poesía permanecen
         entre nosotros con su voz invisible entre las hojas de sus libros:
         permanece y sigue con su voz creadora  mi admirad y querida
        Sagrario Torres. 
       A veces al leer sus cartas vuelve su amistad a inundar mi alma. 
       Y a pesar de la ausencia  sus libros me la  devuelven.
       Para ti mi equinoccio de amor Sagrario Torres.
                                                                 
                                                                                                                                                                                          
Debajo de la noche del tiempo te dormiste
como duermen los árboles en su ciclo aprendido.
Cruzas vestida de manto de silencio y te insinúas
como  barca sin remos añorando tus redes.

Cubierta del manto de la tierra eclosionas
al viento y a la lluvia donde todo es posible.
Te liberas rompiendo las amarras de la carne
después de muchos desengaños cosidos a  tu piel.



Vienes  con la madrugada de Dios borrando identidades, 
mítica de amanecer tu mirada,
contándonos el rumbo inmolado de las cosas  desde el otro espejo donde tú ahora nos ves.

Tu nombre es fácil pronunciarlo. Sagrario:
Sagrario de amistad  que a nadie se rindió ni doblegó. 
Sagrario de mujer hermético, voz grave y poderosa
de tormenta sacudiendo conciencias.

Envite de  poeta ante la que me descubro, 
luchadora tenaz,  río de existencia única 
que nadie sometió. Roca caliza, hija de tu tierra. 
Cual vieja encina sostienes
entre tus ramas  al universo 
                                             a temporal de la palabra.




No sé, desde qué lugar, sigues mirando el mapa de La Mancha tan amada por ti, equinoccio de amor y ecuador de tu verso,  Sagrario Torres Calderón,
interminable hoguera 
que no se extingue ni apaga



Se cerrará el ciclo de la vida entre nosotras.
Todo se hará silencio...
Me dormiré en el oculto signo de los ciclos,
debajo de todo se escuchará 
el equinoccio del espíritu, 
y todavía, Sagrario Torres, 
permanecerá tu amor                                                                            
a la palabra y a la verdad.

                                                                                                     Natividad Cepeda




Sagrario Torres nace en Valdepeñas el 7 de marzo de 1923 y muere en Madrid el 5 de marzo de 2006 con 83 cumpleaños. De  niña queda huérfana de padre. Se traslada con su madre y hermano a Madrid. Con 5 años de edad ingresa en un internado municipal de huérfanos de Alcalá de Henares. Comienza los estudios de bachillerato en el Instituto de esa ciudad.  Quedan interrumpidos por el estallido de la Guerra Civil en 1936.
Escribe  poesía y prosa. En la década de 1940 colabora en periódicos y revistas.  Empieza a conocer y frecuentar círculos poéticos donde conoce a otros  escritores y coincide  con  Luis Felipe Vivanco, Leopoldo Panero o Luis Rosales entre otros artistas y poetas.
En 1968, publica su primer libro "Catorce bocas me alimentan"; y le siguen "Hormigón Traslúcido" (1970), "Carta a Dios" (1971), "Esta espina dorsal estremecida" (1973), "Los ojos nunca crecen" (1975), "Regreso al corazón" (1981), "Íntima Quijote" (1986). Con anterioridad reúne tres cuadernos que contienen poesía primera y más temprana. Sagrario Torres fue declarada Hija Predilecta de la ciudad de Valdepeñas en 1985 y recibió la Medalla de Oro de Castilla-La Mancha en 2005.
Sagrario Torres es una de las mejores sonetistas de las letras españolas  aunque por ser mujer no tuvo el reconocimiento que su obra merece.





                                                                                                           
 Arte digital: N. Cepeda


miércoles, 22 de mayo de 2013

“Aquellos que conspiran Te digo, Walt Whitman” de Juan José Guardia Polaino: poesía sin ambages.


                 Dicen algunas voces que los poetas son unos locos sin remisión posible. Lo aseguran cuando los poemas carecen de fáciles estrofas. Y en ese lúcido prefacio inexorablemente, al poeta  le cae una carga de incomprensión que no le abandona  jamás.

Aquellos que conspiran Te digo, Walt Whitman; es un libro de poemas ácidos y críticos  con la sociedad que enturbia la belleza de la vida. Leyendo los poemas se nos revela en muchos de sus versos, el grito alzado del poeta por tanta injusticia consentida. Es la voz de Guardia Polaino. Una voz trágica que nos conduce hasta la caverna griega de los clásicos dejándose llevar por la poesía de Whitman, otro rebelde social al que todavía le persigue la calumnia acerca de su vida íntima.

No es un libro creado para el relax y la belleza del momento es, ante todo, un rebelarse por la crisis social en la que estamos sumergidos los europeos.
Nombrar a Europa para escribir sobre un poeta de los olvidados y hundidos Campos de Montiel, puede dar paso a una sonrisa benevolente, por considerar demasiado pretencioso el comentario.
Porque no sería lo mismo si el poeta perteneciera  a la pléyade de los considerados consagrados a nivel nacional. Pero este libro está escrito por un europeo que no se resigna a dejarse dominar por los censores de la libertad.

La censura actual no prohíbe, deja que nos creamos libres y nos asfixia desde los podios del poder de la comunicación de masas. Es  por esta razón que leer este libro nos traslada al grito alzado contra todo lo que aceptamos y permitimos.
Y no me extraña, viniendo de Guardia Polaino, fiel a su manera de escribir, con esa enorme carga de ardor que le sale de las entrañas y que le caracteriza como poeta transgresor de las corrientes normales  o a la moda.  Más aún si los lectores  desconocen al poeta que le habla, y por el que escribe este libro de poemas.


 Aquellos que conspiraban hace más de un siglo e intentaban acallar la voz de Whitman, no se han extinguido. Por ese motivo Guardia Polaino, recoge el testigo del norteamericano defensor de la libertad y la naturaleza, y le confiesa su dolor: su herida sangrante por tanta infamia para con la tierra y el Hombre, la Persona, que arrastra su miseria, su llanto, su voz antigua de combatiente eterno.

No es un libro para leerlo de una sentada, porque son tantos sus mensajes que hay que respirar para llegar a su génesis.

Y tampoco es un libro para leer en tertulias exentas de espiritualidad, pues clama en sus versos el espíritu del poeta sin acicalamientos ni disfraces.

Es un libro donde se hace inventario del universo y sus criaturas.
De los conceptos y las cosas que a pesar de  la cultura urbana, olvidadiza del corazón que nos sostiene, clama nombrando a los animales  hermosos en su salvaje libertad, a las praderas y a los árboles con sus nombres autóctonos, devolviéndonos en esos versos, un mundo perdido que todavía nos llama y enviste desde su fuerza telúrica; fuerza que el autor nombra y sostiene en poemas ensamblados en su angustia y resurrección unidas.

Libro atemporal de poesía, libertario y extraño, si pensamos y analizamos que Juan José Guardia no ha viajado a América. No a la América que nos vende estereotipos urbanos, si no a esa otra América que vive en las grandes praderas que él nos enseña y lleva a través de sus poemas.

Paso de puntillas por el prólogo asumiendo y compartiendo lo que dice Antonio Hernández,  cuando afirma que “Afortunadamente, este tipo de fervores no llevan siempre unido el gusto al estilo, sino  más bien el mensaje” Con ese mensaje me quedo.
Y con la poética visión del autor y su ensoñación de impenitente soñador, no de otra forma se pueden ver “los búfalos-corazones desconcertados ante el asedio de las balas…”  y la enérgica protesta y denuncia de las banderas inútiles de todas la guerras. Gurdia Polaino une su voz, a la otra voz del poeta muerto. Muerto en la materia, no en  el espíritu de Whitman, que permanece  vivo en sus poemas.

Todo el libro es un canto al amor. Al amor y a la vida. La única verdad que nos alienta.

Juan José Guardia Polaino, nos lo dice en su dedicatoria: “A Lourdes, quizás mi única verdad.” Y “A Rutd y Aarón, apéndices de esa verdad.”  
La otra verdad del poeta es su poesía. Su dolor, su pecho desnudo, las injurias recibidas, su llanto que arde por las mentiras… Y le dice, y le clama a Whitman, que lo piensa en los valles, en los senos desnudos de las vírgenes, en el silencio de los bosques… En esa verdad que corta las gargantas.

Escribir retazos de los poemas de este libro es quedarse en ayunas. Es un libro pleno de hermosura. Nos llama y nos congrega al latido de los ancestros, a las tierras lejanas que el cine nos ha enseñado con su impureza de ficción. Y sobre todo nos deleita con su visión universal de los seres que poblamos la tierra y la ensuciamos con la injustica de nuestro proceder.

Poemas humanistas, los de este libro con la rabia entrecortada entre sus versos, con la impotencia del débil ante el poderoso, pero valiente en su exposición de imágenes y mensajes. No de otra manera podría haber  escrito Juan José Guardia Polaino un libro de poesía. Desde el primer verso se le reconoce, y esa peculiaridad es un valor en  poesía.


                                                                                                                                     Natividad Cepeda


Tomelloso-Valdepeñas 11 de mayo de 2013   



Fue presentado   Salón de Actos  Centro Cultural "La Confianza" de Valdepeñas 
por: Manuel López Rodríguez Tte Alcalde  de Cultura de Valdepeñas
Alfonso Manzanares Gavín poeta, escritor y editor
junto al autor Juan José Guardia Polaino: 
leyó poemas del libro, su esposa la Actriz Lourdes Pérez Hurtado

Publicado en Diario Lanza de Ciudad Real- España

Arte digital N. Cepeda

sábado, 29 de septiembre de 2012

CARTA A JUAN ALCAIDE SÁNCHEZ


                    
       Te pido un hijo, escribes Juan Alcaide, y no escribes mi nombre de mujer. Me pides que le diga cómo me llamas tú, y también como escuchas mi voz dentro de ti constantemente. 
Anegado de fiebre me pides, sin hacerlo, que me deje sembrar como la tierra deja caer el grano en su vientre fecundo. Ya sé que en tu fiebre permanezco, igual que la abrasadora sed de julio te ciñó y te amó por encima de tú llamada y tú deseo.

Veinte años después me sigues deseando como el sol a la aurora cada día, y me pides un hijo que te quiera por encima del tiempo. Un hijo tuyo y mío sin nieblas de llantos y penurias, sin mordazas oprimiendo los labios sedientos y llagados, llenos de amor y vida: que sobre mucha vida, para que el hijo que ansias y me debes, veinte años después de habernos conocido, el me quiera lo mismo que yo te sigo amando sin contar los días que nos han precedido.

Se levantan tus ojos, Juan Alcaide, sobre la calma intensa del verano, mientras tus versos leo y contigo rezo, a ese Dios tuyo y mío que me dejó sin ti. Y todo ha sucumbido, las norias se murieron. Ni tan siquiera  queda esa agua muerta para volver a ella y renacer de pie como  el brote que resucita al árbol que cortaron y se niega morir.
Y yo sigo esperando tu aliento legendario que lo siento en el viento cuando trae en sus brazos el olor de los campos segados; segados, que no muertos.

Pasan, Juan, los ganados por la tierra abrasada buscando lo que falta para calmar el hambre, cuando la Mancha  se alza fuerte, sin una queja, soportando en su espalda el abrazo del sol.  Y yo sigo sumando décadas de alegrías, porque de cada verso que recibí de ti me ha nacido ese hijo que tú siempre pedías.
Porque un hijo no otra cosa es, que una prenda de amor.

 Y amor, Juan es la poesía que bebo de tus versos, de hálito de vida no extinta ni extinguida, si no, ¿dime, para quien hoy escribo, esta carta de amor?  Para ti Juan Alcaide, hombre crucificado por contiendas absurdas que nos dejó lo mismo que antes de comenzar.

Seguimos arrastrando la miseria de antaño, el dolor de buscar vivir de nuestro esfuerzo y salir a los campos crucificados siempre por el  inmisericorde  destino de los débiles. Pero toda mi carne grita junto a la tuya,  y con nosotros, todos los hijos que tuvimos desquitando a la muerte su sentencia de olvido.
Porque Juan, veinte años,  tres veces, yo desquito, tú muerte con los hijos que de ti han salido. Y te juro por Dios, que todos, sin resquicio, todos, todos te quieren. Y es cierto que mi risa disipa las tinieblas porque he caminado buscando tu alegría. Con tu aliento en mis labios yo escribo esta misiva y mi sangre rubrica que un poeta no muere mientras sus versos hablen por las bocas de otros.
Un hijo me has pedido y yo a ti te pregunto, ¿cuántos hijos  te nombran?

Has llenado mis huecos, mi colchón y mi almohada de tu sangre soñada. Sabes, esta noche,  un grillo se ha caído de un remolque de trigo y resudan los campos de este calor de julio,  presiento que en mi piel y en mi pelo, cuando mañana el sol reine sobre los pueblos y los campos con su lluvia de fuego, al mediodía, Juan, te fundirás conmigo.
Porque yo amo al hombre que no teme al estío y sobre la llanura se mantiene erguido, y aunque para otros sea un perdedor, para mi es vencedor  y de él he tenido mis hijos.                                                                                     
Un hombre como tú, valiente y decidido que deja testamento escrito en un libro de la Cardencha en flor; tu flor de espina y fuego, Dedicatoria  final, y cuando todo fueron lágrimas  tu escribiste “Por este libro que aguardo tu beso; /que espero inútilmente tu llegada;/ que quiso de ti todo y no halló nada,/como quien busca herida y queda ileso”… Por esos versos y otros muchos, Juan Alcaide, te otorgo el beso que aguardabas.

                                                                               Natividad Cepeda


Fotografías de cuadros: pintora Marisol Acedo: Tomelloso                                                                                                          








                                                                                                                                         

martes, 20 de marzo de 2012

FRANCISCO CREIS CÓRDOBA CONSUMACIÓN DE LA PRIMAVERA


                                                                                     Recordando a Paco Creis
                                                                                     poeta y mecenas de la poesía,
                                                                                     a su fiesta de la primavera
                                                                                     en su casa de la Cárcel Vieja
                                                                                     de Valdepeñas. Con mi gratitud
                                                                                                               
                                                                                                                                                                                                        


         En la Mancha la primavera es una pasión de luz y de color. Es cuando el nacimiento de la vida se afirma y la creación vuelve a resurgir ante nosotros con toda su seducción. Para esta aprendiz de la palabra y la escritura, la lengua materna y su expresión es una pasión constante y única. Sin la palabra la poesía no tendría cabida en las artes; y sin la poesía jamás hubiera conocido a Francisco Creis Córdoba.
 Durante años, invariablemente a los poetas nos llegaba una invitación del Presidente de la Asociación Amigos de Juan Alcaide, Julián Creis Córdoba, a participar en La Semana de la Poesía y de la Primavera., lugar: sede de la Asociación, calle Cárcel Vieja, 12, en Valdepeñas. Y allí nos recibía Paco Creis con su voz de tierra, y su ágil pensamiento, que sin esfuerzo nos dedicaba frases a la medida de los que íbamos llenando el patio señorial de su casa.
       La primavera desde hace años tenía ese pórtico entrañable de la casa de Paco Creis y cuando por causas mayores no me era posible asistir, sentía que algún ropaje floral me faltaba de la primavera.
Este año de 2003 a la casa emblemática de Valdepeñas le ha faltado su dueño. Fuimos llegando los poetas y los amigos, entramos al zaguán, nos sentamos en  el patio y todo estaba igual; la galería, los cuadros, las macetas con sus plantas, el sol que se colaba desde arriba a través de la cúpula de cristal, la mesa con el mantel y el micrófono, el atril al lado dispuesto para los que nos atreviésemos a leer... La puerta de la calle abriéndose y cerrándose en pequeños espacios de tiempo, los saludos a los amigos, Maruja, Julián, Matías Barchino, Emilio Ruiz  Parra y Franca, Aurora Gómez Campos, Jerónimo Calero, Antonio García de Dionisio, María Luisa Menchón, Pilar Martín de Pozuelo, Nieves Fernández, Eugenio Arce Lérida, Esteban Rodríguez, Isabel Villalta, Teresa Sánchez Laguna, Nicolás Del Hierro con  Ana, su esposa. Isabel del Rey, Jesús Lara Serrano, Victoriano González de la Aleja, los amigos de los componentes de la Tertulia A 7,-los que quedan- Manuel Velasco, Pepita... y muchos otros amigos valdepeñeros  y de otros pueblos que fieles a la cita con la primavera fuimos ocupando las butacas en el patio.

No se leyó como es habitual en esa celebración un poema de Juan Alcaide. Esa mañana Julián Creis Córdoba explicó que la IX Semana de la Poesía y La Primavera era un Álbum Poético en Homenaje al desaparecido Francisco Creis Córdoba. En su memoria se leyó uno de sus impecables y bellos sonetos.  La mañana entonces, se quedó inútil, porque el sol no derramaba suficiente luz sobre la Mancha y Valdepeñas.    
   
      Nicolás del Hierro fue el primero en leer y en denunciar que allí, en aquella casa y en aquél día, faltaban muchos amigos que, ingratamente, no habían acudido a la cita.   Se acurrucó la mañana entre las columnas de piedra del patio mientras los minutos se fueron muriendo sin sonrisa y algo irreparable, parecido a un dogal me oprimió el espíritu. Sentí a mí alrededor una tristeza geográfica, como si en cada sitio de aquella casa faltara el aire.  Fue como si en aquella mañana las semillas que germinaban se desvanecieran y la máquina del tiempo, injusta, me restara el tiempo que ya nunca más volvería.

      Leímos. Leíamos poemas en recuerdo de Paco Creis, y las palabras eran húmedas, y los ojos estaban turbios porque en el horizonte de la mañana y en el mapa del pueblo, ya no veíamos al amigo entre nosotros.
Terminó la lectura y con ella la consumación de la mañana. Nos fuimos unos pocos a comer, como en otros años, al Mesón del Cojo. Ninguno dijimos nada de lo que allá dentro del alma, escondida como una mortal herida teníamos. Luego nos despedimos y salimos por diferentes carreteras de regreso a nuestros puntos de destino. La tarde con su cántico de primavera fue dejando su signo en el paisaje, y en ese territorio inmaterial del sentimiento volvió Francisco Creis Córdoba abriendo los postigos del recuerdo.
Volvió con todo su equipaje humano a borbotones, con sus repuestas rápidas y contundentes, con su generosidad de singular mecenas, con su pasión de amor por la poesía, con la apertura de su persona y de su casa, de su pueblo, de su vida, de su muerte en enero y de su renuncia a descansar en suelo manchego por amor a un amor más fuerte que la simbiosis de la muerte y la vida; su esposa, su amor de toda su vida...

Sé que hoy es primavera y que en ella, aunque marque el número de un teléfono ya jamás volverá a contestarme la voz peculiar y fraterna de Paco. Su voz vital de tierra fuerte y dura como la tierra manchega. Su voz invitadora que acercó a Valdepeñas a tantos hombres y mujeres con la palabra y el lenguaje como único equipaje. Su voz que hablaba de Juan Alcaide y que lo mantuvo vivo a pesar de que alguien escribiera de él, que era un poeta de pueblo, en tono despectivo. Como si los poetas de los pueblos no cupieran dentro del circular devenir del milagro del lenguaje y la creación.

Paco y su voz varonil que se había vuelto  débil, porque batalló con la muerte en favor de la vida hasta que no pudo más.
Paco, disculpador, cuando yo me disculpaba por llamarlo en los últimos meses de su vida.  No, no me molestas, al contrario llámame, repetía siempre, y  me decía que la mía, era una voz muy querida, y que cuando él, ya no pudiera  seguir hablando por causa de su enfermedad, apagaría el teléfono.
Esa voz que es ahora silencio, punto final de una etapa, de la vida de un gran hombre poeta y soñador, quijote de esta tierra que sentimos cerca a pesar de la lejanía de la muerte.
Lo sentimos, lo siento, de la misma manera que se siente crecer la siembra y nacer los tallos en las viñas; viñas que él tanto amó. Amor del mismo modo y manera que se crea un verso para alojarlo en un libro, así sentimos la marcha del amigo. Un libro al que acudiremos, cuando hayan pasado muchas primaveras, para que así Paco, resurja y vuelva consumado en ella y en sus versos. 
Y por ella, la palabra regrese a otros labios, a otros ojos, a otros corazones...

       Paco Creis, llamarte amigo y conocerte ha sido y es, un privilegio, un regalo que la vida me dio. Perderte, es como tú muy bien has dejado escrito, "es la hora final de la verdad". Esa verdad que se llamó Valdepeñas, y a la que nos llevaste hasta después de tu muerte a vivir la primavera sin ti, pero contigo en la poesía. hoy casi igual que ayer.
Mañana cuando regresen otras primaveras y en el transcurrir de los años estas palabras sean sólo olvido. Mañana, yo deseo que tu palabra hermosa y verdadera con la que compusiste tus  sonetos, vuelva a ser leída en Valdepeñas.  Mañana, cuando tu  existir sea perfil del día y cáliz del los estambres de la flor del almendro.
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Hoy nueve años después de tu partida  sigo sintiendo que a esta primavera de 2012 le falta tu presencia y tu ímpetu de generar amistad alrededor de la poesía. Pero, sabes, Paco, los almendros siguen floreciendo y al verlos en todo su esplendor te evoco porque siempre seguirás unido a los brotes nuevos de cada primavera de mi vida.

                                                                                                 Natividad Cepeda




 Dibujo: Natividad Cepeda