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domingo, 4 de agosto de 2024

No me neguéis un mundo en paz


 

No me neguéis un mundo en paz

 

 

Buscar la armonía del universo

y encontrareis el TODO de la vida.

Las calles son paisajes urbanos

por donde circulan muchas vidas...

Dejemos paz en ellas.

Hablo de las calles del mundo

y hablo de mis hijas y de sus hijos…

Hablo de los que somos gentes

sin espadas, sin puñales ni poder…

Buscar a los que trabajan

para vivir en paz en cada amanecer

y encontrareis calles de pueblos

y aldeas diminutas, de los barrios

de populosas urbes y ciudades

donde la vida nace cada día;

donde sueñan las gentes horizontes

en ventanas abiertas a la vida.

 

No me digáis que no es posible

que todos esos sueños sean quimeras

viajando en los vientos del olvido

sin retorno posible hasta nosotros.

 

No me neguéis que puede haber

mañana un mundo sin guerra,

sin hambre y sin miseria sobre

los planos del universo de la Tierra,

 

 

                                        Natividad Cepeda

 

lunes, 5 de septiembre de 2022

Libertad, tesoro peligroso

 

El desafío de no seguir acatando lo que otros quieren imponer a las mayorías es un acto de valentía. Valentía que hoy apenas  existe. La actualidad  se ha vuelto poderosamente restringida - no se debe decir censura porque a quienes lo dicen lo etiquetan – con palabras que definen al atrevido o atrevida que da su opinión en libertad. Al menos eso se nos dice, pero no es del todo verdad.

Escucho noticas absolutamente disparatadas y amparadas por la ley: se protege el derecho al aborto en jóvenes de 16 años aludiendo a su libertad y además siendo menores de edad los padres no tienen derecho alguno a opinar. Curiosamente en España nos faltan nacimientos porque la familia está desprestigiada. Tampoco recibe ayudas para apoyar esas familias; conclusión somos un país de viejos.

Cuidadito, cuidadito, no se dice viejos, suena mal. Borremos esa palabra del dialogo cotidiano.

Ahora todos somos bellísimos y jóvenes; prohibido envejecer. La publicidad nos insiste en mostrar cremas y más cremas para frenar el envejecimiento mostrando chicas jovencísimas y mujeres sin edades definidas felices y esplendidas. Te compras la crema, te dicen que tienes que consumirla durante un mes o dos, y tres también. Una cremita para el día y otra para la noche. Pasan los meses y se comprueba que aquello de parecerte a la modelo publicitaria no es verdad. Dinero tirado, piensas, pero te callas porque como vas a confesar que no funciona, para que alguna otra te diga, mirándote misericordiosamente, que algo si se te ha notado. Mentira, el espejo te ha dicho que no es verdad. Y como tampoco hay euros para la cirugía plástica pues te compras ropa mona, que no te quita los años, y te vistes de  espantajo para demostrar a los demás lo feliz que eres.

Además cumplimos años estando en forma porque si te quejas te engatusan para internarte en una maravillosa residencia de mayores, no de viejos. Y aparcada la familia, hijos, nietos… se liberan y te visitan en días señalados, porque eso, lo de los días señalados está aceptado y no restas libertad a tu familia que los viejos se vuelven pesados, pesados.

Y, dónde quedó la libertad  del mayor? Mayor, no viejo. Pues entre las paredes del coto cerrado de donde sales para tu entierro.

Digo barbaridades. Porque allí están muy bien atendidos. Claro que sí. Y aislados y solos.

Por eso  está prohibido ser viejos, excepto que seas todavía útil y  eches una mano, y las dos también, para ayudar en lo que te demanden. Y si no te parece bien pues te van manipulando para que pidas la muerte digna, y con una inyección te mandan al otro barrio y el estado se ahorra tu jubilación y los herederos, si hay algo que te quedó, se lo reparten tan ricamente que la vida son dos días y eso del luto es una tontería.

Esta sociedad nuestra está tan adelantada que se cepilla a los niños que nos faltan, y a los ancianos con legado de sabiduría.

Y mejor me quedo callada sin aludir a mi libertad de libre pensadora porque  ya me estarán tachando de exagerada e imposible de catalogar. En fin que eso de la libertad es un sueño y no la fea realidad en la que vivo.

 

Natividad Cepeda

 

 

lunes, 24 de octubre de 2016

Esperpentos de lujo y egoísmo

Se asoma la luna ignorando la opresión de los que miran sin ver el sufrimiento en la fábula de la vida. Se asoma por encima del vacío de la eterna lucha de la supervivencia, por encima de ríos secos, esquilmados por riegos exhaustivos que convierten la tierra en broza y erial.
Se asoma por encima de ramas de árboles enfermos con su ritual de ruinas, de satélite muerto a la que alabamos y ponderamos en su belleza fría, tan yerma como las cuencas vacías de los muertos de hambre, de los caídos en esas guerras universales y eternas como la misma luna. 
Por entre sus sombras se escoden campos y hombres, muertes y vidas de mujeres derramando llanto  y preguntas universales, por qué, yo, por ser mujer he de ser violada, vendida, vejada, secuestrada y maltratada en tantos encuentros que la luna ve y conoce. Y esa pregunta se queda muda como la luna cuando la miro y nada me responde.
Donde yo habito nos falta vida; estamos llenos de ceguera acercándonos a un final de etapa.  Entre el agua donde se mira la luna, en ese charco sucio  hay vientres vacíos de mujeres bellas, de hombres sin escribir en el libro de sus vidas, la regeneración de las generaciones. Fríos y distantes del calor de la vida, mirándose en los espejos de los charcos del narcisismo ególatra y egoísta en sus jardín de lujo, de acaparar juguetes de vanidad y soberbia donde no hay cabida para engendrar la vida.
La luna, vieja y caduca nos mira y al mirarla nos engañamos admirando su  fulgor. Fulgor ajeno, donado por el sol. en esa engañosa presencia hemos cantado su belleza igual que mi gente, los que piensan que primero hay que vivir, disfrutar sin concebir hijos ni responsabilidades. Envejece España.
Los viejos no valen, nada más que para sacarles sus ahorros, su esfuerzo de trabajo y tesón.  Se prima el aborto y no se prima tener hijos.
Pobre sociedad caduca mirándose en lunas de espejos similares al espejo de la madrastra del cuento de Blancanieves; espejito, espejito quien es quien vive mejor, yo. Y  España se muere.
Nos gobiernan gentes sin cerebro, sin corazón y sin inteligencia; aves de rapiña pensando en sacar impuestos a los que crean riqueza, trabajo, futuro.  Pasajeros que dejan rastros de miseria con sus titulaciones universitarias y sus catálogos de impresentables en conferencias rimbombantes sin que la vida se mejore en este cuarto último de siglo a caballo entre el que terminó y ha empezado.
Nos morimos de egoísmo y avaricia sin otros valores que el vicio y el desorden por doquier. Pobres generaciones abocadas al exterminio; lloraremos, llorarán por esos hijos no queridos cuando solo seamos, sean viejos esperpentos fríos y solos como la luna en el cielo.

                                                       Natividad Cepeda  

Arte digital: N Cepeda

martes, 3 de marzo de 2015

Emancipación de mujer siglo XXI

El despertador suena 6 de la mañana. Se levanta y se va a la cocina, prepara café, zumo de naranja, yogur con miel y rápidamente, la ducha, cepillado de pelo, maquillaje, rímele, labios perfilados y barra de color inalterable. Preparado el pantalón, camisa, jersey azul, zapatos de tacón bajo y recogido el pelo en belleza simétrica con ayuda de una pinza de bisutería. 
Se escucha una puerta que se abre y la voz luminosa de unos niños la saludan. Alrededor de la mesa se sientan y desayunan, luego salen todos juntos camino del colegio. Despedidas. Ya en la calle la invitan a tomar un café unos conocidos, no, no, no tengo tiempo, dice apresurada. Llega al trabajo y se sumerge en un mundo diferente.   
De vuelta en casa prepara la comida, selecciona libros y cuadernos, coloca los juguetes, suena el teléfono, sí, sí, de acuerdo cuando salgan los niños del colegio, no hay problema. Se quita los zapatos, sus pies vuelan dentro de las zapatillas. Pone la lavadora, revisa los recibos llegados por correo. Pide cita al Centro de Salud. Llama al fontanero. Suena el teléfono: no te preocupes todo bajo control, iré con los niños a ver las marionetas, no, haremos tarde.   
El reloj avisa que hay que recoger a los niños a la salida del colegio. Dicen que está guapísima, los niños la miran divertidos y ella sonríe.  Debajo de su sonrisa nadie advierte un cansancio espeso, aprieta las manos de sus hijos entre las suyas y camina con aire decidido. Al verla pasar nadie duda de que es una mujer emancipada ejerciendo su libertad de trabajar fuera de casa; también dentro. Ah, pero ese trabajo de casa no está considerado trabajo… Libertad conseguida de la mujer en el siglo XXI: ¿Libertad? Lo pongo en duda.
Canela y miel jamás escrita de las mujeres que luchan por ser algo más que mujeres sin rostro ni nombre en los oficios. Mujeres tantas veces solas y olvidadas sin salir de sus labios queja alguna.
                                                                                                                Natividad Cepeda
Artedigital: N. Cepeda 





miércoles, 25 de diciembre de 2013

Crisálida de invierno

                                                    
El aparcamiento de la T1 del aeropuerto de Barajas en Madrid estaba lleno de coches y también los había en otros aparcamientos. Tres meses atrás el mismo aparcamiento estaba vacío y fue entonces cuando la crisis mostró su rostro en los viajes por avión. A través de los ventanales del aeropuerto se ven las hojas desprendidas de los árboles desvanecidas entre las nubes grises de la tarde. Enredadas en las gotas de lluvia pasaban y salían personas que esperaban o despedían a los viajeros con el nerviosismo en sus miradas. Para los que partían los adioses se quedaban en tierra de nadie, imposibles de alcanzar desde las ventanas y los cielos vacilantes de las escaleras de las nubes.

Sentada en una de las salas de espera, una señora vestida de abrigo de napa forrado de visón, desde su móvil preguntaba a varios conocidos, si tenían para dejarle, un vasito de jerez seco para terminar de cocinar unas perdices. Al otro lado una joven con jersey beige entretejido de dorados metálicos se quitaba un abrigo azul de plástico brillante con la desenvoltura de quien se despoja de una toalla después del baño. Se notaba que las prendas de ambas eran de precios diferentes, e incluso sus expresiones marcaban su diferencia social: las unía que las dos esperaban a personas que amaban. Las dos miraban el reloj y a la vez llamaban por teléfono impacientes por el retraso del avión. Apoyados en la barra de contención, frente a la puerta por donde salen los viajeros, un hombre decía a su mujer, que su hijo era el último que aparecería, como siempre, repetía una y otra vez. La mujer llamó por el móvil y la escuchamos decir que el padre estaba impaciente y cansado de esperar. Los mensajes digitales ocupaban a la mayoría de las personas. Las mochilas cargadas en la espalda denunciaban a los jóvenes en el malecón del aeropuerto, y en comedio de todos la búsqueda del encuentro familiar.

Algunos taxistas esperaban a los clientes sentados dentro del aeropuerto con caras de cansancio y desanimo. Un empleado asiático empujaba una larga hilera de carritos sin mirar a nadie. Las cafeterías y restaurantes se mostraban vacías, de forma que los empleados al mirarnos mostraban su preocupación por la falta de ventas. El anuncio navideño se reflejaba en los abrazos y en las sonrisas emocionadas de todos. Pensé, ha pasado un año, empieza otro, y seguimos buscando la esperanza entre los nuestros. La canción de estas fiestas late en el amor que la crisis no ha destruido todavía, pero lo que sí podemos ver son las grandes diferencias que abre brecha entre los que tienen, y aquellos que se mantienen a flote a duras penas.

Ya en la calle unos chicos se acomodan en un taxi y ruegan los lleven a la calle Serrano de Madrid…  Allí hay boutiques donde es casi imposible ir de compras  muchos millones de españoles; un vestido puede costar 200 y 350 euros y una blusa 170 y pantalones 140 euros y más. Por supuesto que son prendas casi únicas, exentas del urbanismo vigente sin sofisticación.
Ha pasado un año y crecen los pobres que ocultan como pueden su menesterosidad por la pérdida de  empleo y la bajada de los sueldos. Han llegado las fiestas navideñas y las familias se reúnen con los que se han marchado y regresan por unos días comprando los billetes con antelación, porque en las avenidas de ciudades europeas fallece el corazón de tristeza sin un abrazo en mitad de la sala de espera del aeropuerto, de las estaciones de tren y de las de autobuses. 

Volver para que los padres no nos sintamos deshijados entre tanta sinrazón de adioses continuos. Crisálida de invierno es la cara oscura de los que tienen 200 y 300 euros para vivir, que a estas alturas del año son demasiados los que caminan por la cuerda floja de la economía sin que les importe demasiado los refinamientos de los diseñadores de las tiendas de lujo de ninguna ciudad.




                                                                                             Natividad Cepeda



sábado, 12 de octubre de 2013

CARTA A JUAN ALCAIDE SÁNCHEZ

                                                                                                                                             









       Te pido un hijo, escribes Juan Alcaide, y no escribes mi nombre de mujer. Me pides que le diga cómo me llamas tú, y también como escuchas mi voz dentro de ti constantemente. 

Anegado de fiebre me pides, sin hacerlo, que me deje sembrar como la tierra deja caer el grano en su vientre fecundo. Ya sé que en tu fiebre permanezco, igual que la abrasadora sed de julio te ciñó y te amó por encima de tú llamada y tú deseo. 

Anegado de fiebre me pides, sin hacerlo, que me deje sembrar como la tierra deja caer el grano en su vientre fecundo. Ya sé que en tu fiebre permanezco, igual que la abrasadora sed de julio te ciñó y te amó por encima de tú llamada y tú deseo.

Veinte años después me sigues deseando como el sol a la aurora cada día, y me pides un hijo que te quiera por encima del tiempo. Un hijo tuyo y mío sin nieblas de llantos y penurias, sin mordazas oprimiendo los labios sedientos y llagados, llenos de amor y vida: que sobre mucha vida, para que el hijo que ansias y me debes, veinte años después de habernos conocido, el me quiera lo mismo que yo te sigo amando sin contar los días que nos han precedido.

Se levantan tus ojos, Juan Alcaide, sobre la calma intensa del verano, mientras tus versos leo y contigo rezo, a ese Dios tuyo y mío que me dejó sin ti. Y todo ha sucumbido, las norias se murieron. Ni tan siquiera  queda esa agua muerta para volver a ella y renacer de pie como  el brote que resucita al árbol que cortaron y se niega morir.
Y yo sigo esperando tu aliento legendario que lo siento en el viento cuando trae en sus brazos el olor de los campos segados; segados, que no muertos.

Pasan, Juan, los ganados por la tierra abrasada buscando lo que falta para calmar el hambre, cuando la Mancha  se alza fuerte, sin una queja, soportando en su espalda el abrazo del sol.  Y yo sigo sumando décadas de alegrías, porque de cada verso que recibí de ti me ha nacido ese hijo que tú siempre pedías.
Porque un hijo no otra cosa es, que una prenda de amor.

Seguimos arrastrando la miseria de antaño, el dolor de buscar vivir de nuestro esfuerzo y salir a los campos crucificados siempre por el  inmisericorde  destino de los débiles. Pero toda mi carne grita junto a la tuya,  y con nosotros, todos los hijos que tuvimos desquitando a la muerte su sentencia de olvido.
Porque Juan, veinte años,  tres veces, yo desquito, tú muerte con los hijos que de ti han salido. Y te juro por Dios, que todos, sin resquicio, todos, todos te quieren. Y es cierto que mi risa disipa las tinieblas porque he caminado buscando tu alegría. Con tu aliento en mis labios yo escribo esta misiva y mi sangre rubrica que un poeta no muere mientras sus versos hablen por las bocas de otros.
Un hijo me has pedido y yo a ti te pregunto, ¿cuántos hijos  te nombran?

Has llenado mis huecos, mi colchón y mi almohada de tu sangre soñada. Sabes, esta noche,  un grillo se ha caído de un remolque de trigo y resudan los campos de este calor de julio,  presiento que en mi piel y en mi pelo, cuando mañana el sol reine sobre los pueblos y los campos con su lluvia de fuego, al mediodía, Juan, te fundirás conmigo.
Porque yo amo al hombre que no teme al estío y sobre la llanura se mantiene erguido, y aunque para otros sea un perdedor, para mi es vencedor  y de él he tenido mis hijos.
Un hombre como tú, valiente y decidido que deja testamento escrito en un libro de la Cardencha en flor; tu flor de espina y fuego, Dedicatoria  final, y cuando todo fueron lágrimas  tu escribiste “Por este libro que aguardo tu beso; /que espero inútilmente tu llegada;/ que quiso de ti todo y no halló nada,/como quien busca herida y queda ileso”… Por esos versos y otros muchos, Juan Alcaide, te otorgo el beso que aguardabas.



                                                                                                                    Natividad Cepeda



   Invitada por el Escritor Juan José Guardia Polaino: Gran Mayoral  del Grupo  Artístico y Literario El Trascacho de Valdepeñas (Ciudad Real) leí la carta aquí publicada, junto con otros once poetas y escritores; bajo el título Cartas a Juan desde la noria del agua muerta,  se celebró el 14 de julio de 2012 en el Museo del Vino de Valdepeñas la XXXVIII limoná de versos alcaidianos, coincidiendo con el 61 aniversario de la muerte del poeta Juan Alcaide (12 de julio de 1951).

         Arte digital; N. Cepeda                                                                                                                                

jueves, 7 de febrero de 2013

Son muchos los que han partido en busca de fortuna


               

La muerte de la esperanza es el signo inequívoco de que el barco de la vida se nos hunde en el cenagal de la avaricia.
Navegamos en un río de fango bebiéndonos a sorbos un turno de calamidades que nos cubren la espalda.
Vamos lisiados intentando zurcir las derrotas, que dicen que son nuestras.
La tristeza del pueblo  cubre de ceniza la memoria.
Esa memoria que evitamos para no maldecir a los que nos han abocado donde estamos. En la garganta, reseca y llagada, no queda grito alguno, porque llevamos clavado el adiós con el que hemos despedido a nuestros hijos por todo el  desamparo  con el que parten y los despedimos. Y todavía se acusan los unos y los otros intentando así, ocultar sus propias culpas.

El viento del invierno empuja los días con su frío mientras se agolpan alrededor de los contenedores de tiendas y supermercados personas  ávidas por encontrar entre los desperdicios algo para paliar el hambre que muerde sus estómagos.
Es hambre sin maquillaje ni secuencia de película el que empuja a los hombres y mujeres españoles y extranjeros a esperar pacientemente a que se cierren las puertas y se bajen los cierres y con las luces apagadas rebuscar la fruta macada que se tira, el bollo duro y los recortes de la carne… Nos ha  desbordado la pobreza mientras los señores del ladrillo sacan el dinero a otros paraísos  donde el IVA no exista y donde la hacienda pública no los persiga.


No hemos tocado techo: no. Estamos sin techo y sin cobijo, viendo cómo se van los hijos en busca de trabajo, esa escasa fortuna que en España se les niega. Y por eso tenemos el sueño en desbandada cuando llega la noche porque tenemos muchos hijos muy lejos de nosotros.
Lejos y desamparados, llegando a Inglaterra, Alemania,  Francia… sin contrato de trabajo en busca de un sueldo escaso en euros, y además ni siquiera pueden ejercer lo que han estudiado.
Me aturde imaginar a nuestros hijos aislados y en franca desilusión en medio de la vida. Y me sobran por eso los modelos con los que se visten y muestran las princesas cónyuges, las actrices y actores que cuando les conviene se las dan de progres y víctimas jaleando a los pobres vocingleros de la calle.


Me sobran las mansiones palaciegas de nuestros gobernantes adquiridas con la estafa en sociedades secretas dando a los testaferros carta  blanca para anular al ciudadano honrado. Y si Dios nos ha de juzgar a todos en la otra vida, le ruego y le suplico, que nos juzgue en esta, empezando por los contratos manipulados en ayuntamientos y consejerías, direcciones y cargos públicos, fundaciones y similares…

Y si todavía queda alguna ley en pie, y no en medio de la ruina moral, que se demuestre eficaz  no sólo con palabras de humo y con trampas legales, por donde se escabullen los pillos, los malversadores de cualquier partido político y empresa apoyada en sucios negocios al amparo de esos sepulcros blanqueados, unos en nombre de Dios al que venden como Judas, y otros en nombre del honor del que carecen. Porque son muchos los que han partido por su culpa; culpa de los partidos mayores en votos y poder electoral, y esos otros, menores en escaños, que hacen pactos y coaliciones callando lo que ven a cambio de medrar a su sombra.

Elegía de amor por lo hijos ausentes, por la muerte de la esperanza en el futuro, cuando a nuestro alrededor se tiran los trastos a la cara los políticos pero sin soltar ninguno de ellos la presa codiciada. Somos demasiados los que hoy  no creemos en nada de lo que juran y prometen.

                                                                                                       Natividad Cepeda






Are digital: N. Cepeda