
Sentada en una de las salas de espera, una señora vestida de
abrigo de napa forrado de visón, desde su móvil preguntaba a varios conocidos,
si tenían para dejarle, un vasito de jerez seco para terminar de cocinar unas
perdices. Al otro lado una joven con jersey beige entretejido de dorados
metálicos se quitaba un abrigo azul de plástico brillante con la desenvoltura
de quien se despoja de una toalla después del baño. Se notaba que las prendas
de ambas eran de precios diferentes, e incluso sus expresiones marcaban su
diferencia social: las unía que las dos esperaban a personas que amaban. Las
dos miraban el reloj y a la vez llamaban por teléfono impacientes por el
retraso del avión. Apoyados en la barra de contención, frente a la puerta por
donde salen los viajeros, un hombre decía a su mujer, que su hijo era el último
que aparecería, como siempre, repetía una y otra vez. La mujer llamó por el
móvil y la escuchamos decir que el padre estaba impaciente y cansado de
esperar. Los mensajes digitales ocupaban a la mayoría de las personas. Las
mochilas cargadas en la espalda denunciaban a los jóvenes en el malecón del
aeropuerto, y en comedio de todos la búsqueda del encuentro familiar.


Ha pasado un año y crecen los pobres que ocultan como pueden
su menesterosidad por la pérdida de
empleo y la bajada de los sueldos. Han llegado las fiestas navideñas y
las familias se reúnen con los que se han marchado y regresan por unos días
comprando los billetes con antelación, porque en las avenidas de ciudades
europeas fallece el corazón de tristeza sin un abrazo en mitad de la sala de
espera del aeropuerto, de las estaciones de tren y de las de autobuses.

Natividad Cepeda