
Ignoro el romance de esta rubia mujer
con físico de celtibera y gesto decidido que ha empuñado el bastón de mando de
mi pueblo mostrando su sonrisa igual que el oro del sembrado que en julio se
recolecta. No conozco al afortunado hombre que la ama, asumiendo toda la
ceremonia de ser el conyugue de la primera edil en la historia de Tomelloso y,
estoy segura, que en los afluentes de la sangre el amor atraviesa sin puentes
ni barrancos el corazón de quien la
ama. Contra la juventud y la naturaleza
nadie puede detener esos veneros que nutren de vida nuestra historia humana y
en éste septiembre, cuando el día veintitrés se asome por las chimeneas limpias
de humo, de Tomelloso, brillara en el amanecer la sonrisa amplia de Inmaculada Jiménez Serrano, Alcaldesa de
Tomelloso y novia ataviada de sueños y esperanzas bajo el dosel primero del
otoño.
Antes de aquella guerra de la que
escuché hablar desde mi infancia con dolor por todo lo acontecido, en mi casa
paterna, donde cupieron todos alrededor de la mesa, los que habían sido
encarcelados antes y los que lo estuvieron después; mucho antes de aquello,
había unos libros donde los nombres de los tomelloseros existían en bodas, bautizos
y entierros y en aquellas líneas estaban los nombres de los alcaldes y sus
esposas: se perdieron entre llamas absurdas de odios y exterminios y aún hoy
nos duele aquella barbarie inútil sin sentido. Pero a pesar del claroscuro
jamás cerramos la esperanza a volver a pasar al templo donde esas viejas
paredes saben todo cuanto aconteció a nuestra gente. Y ahí, en esa iglesia
sumergida en el vacío del tiempo, se casa la primera alcaldesa de este pueblo
manchego, que presume y repasa todo lo que tiene y olvida, o hace como que no
recuerda, lo que no ha conseguido y perdió.
Y mañana, cuando en el oleaje de la nada se diluya este tiempo y repasen
los hechos y acontecimientos, se hablará de la mocedad que perdió la alcaldesa
al decir sí te amo al hombre de su vida, en un templo consagrado al amor.
Porque para eso se erigieron su arcos y cúpula, su ojivas y ventanales, sus
sillares, escasos, de piedra para que el amor perdurara por encima de todo lo
que carece de amor.
No verán a la novia las aladas cigüeñas
que anidan en nuestras chimeneas, se han marchado igual que los vencejos y las
chillonas golondrinas, la verán los ojos de los pequeños gorriones que viven en
los resquicios de tejados y aleros. La verá el agua de la fuente que desgarra
el espacio de la plaza de España con su sonido alegre. Y cuando sobre los
tejados de la posada y el ayuntamiento sobrevuelen palomas
y lleguen en bandadas hasta el campanario, solo ellas verán flotar la
promesa salida de sus labios. Después cuando se apaguen las luces de ese día
rompiendo la monotonía de un día más de éste septiembre que camina a su fin, un
halo de misterio quedará suspendido en las calles del pueblo, remoto y verdadero
subirá a las estrellas y allí quedará escrito el día que en pueblo se casó una
alcaldesa rubia como una espiga con rasgos de valquiria.
Natividad Cepeda
Arte digital subido de las redes.