domingo, 29 de marzo de 2026

Semana Santa vivir la fe para cambiar el mundo

                    


La luz saluda la mañana del Domingo de Ramos y me cercioro de que, en este manual de empezar el día, hoy es un día especial, distinto. Un día en el que la ternura de ver a la Santa Borriquilla deja un espacio de prodigio interior en muchos de nosotros.

Suenan las campanas anunciando que el mismo Jesucristo pasa subido en el humilde borriquillo, y la esperanza renace en el corazón de las personas dolientes. Pienso, pensamos, que hoy, en este Domingo de Ramos, todavía es posible enderezar caminos torcidos y hasta alguno equivocado.

Huelen las calles a incienso y se expande el sonido de tambores y música acompañando la procesión. Y es un privilegio poder ver el desfile sin niebla en la mirada, porque esta tradición la hemos vivido antes.

Pienso en esa historia de un pueblo recibiendo con ramas y flores a un profeta, a Jesús de Nazaret, que sigue diciéndonos que el amor es lo único que puede mover al mundo en armonía y justicia. Y que el Todopoderoso sigue marcando la brújula del alma en estas celebraciones de Semana Santa.

Este hecho no es un claustro cerrado; es un claustro abierto que pasa por plazas y calles y nos sacude la génesis si pensamos en ello sin prejuicios. Tradiciones heredadas, gloria de fe y patrimonio de los antepasados, que nos invitan a dejar que la luz nos invada para vivir el sentido de los días de Semana Santa como una ascensión al misterio de que Dios todavía se acerca a nosotros, si dejamos nuestra puerta abierta para recibirlo.

Celebramos la Semana Santa para salir de las nieblas interiores, para quitarnos las hendiduras que nos ahogan y que ocultamos, las que no contamos a nadie. Sentimos esa emoción salvadora que nos hace palpitar el corazón y, aun entre la muchedumbre que contempla, hay un deseo de evangelizar cuando pasa la imagen en su trono, elevado por los anderos y costaleros con respeto y devoción, obedeciendo el toque de la campana que el capataz hace sonar para parar y para iniciar la marcha.

Es misterio y es fe ver pararse a los costaleros, jadeantes y sudorosos, pero enteros, sin queja alguna, porque sobre sus espaldas descansa Cristo y ellos son sus porteadores, al menos una vez al año.

Primavera en España es oración sin palabras, es catequesis callejera, es fe ancestral que nos llama y nos invita a preservar el rito, porque es volver a ver el rostro del Señor arrastrando la cruz y llorar con María Santísima en su dolor y angustia, para dejar correr con ella nuestro propio llanto, ese que a veces llevamos encerrado y que dejamos salir cada Semana Santa sin que nadie nos lo pida y sin que nadie nos lo impida, a pesar de tanta impiedad en nuestras vidas.

La tarde anochece y pasa por nuestras calles María Dolorosa. La seguimos porque ¿Quién de nosotros no recuerda a la madre que hemos perdido o que tenemos lejos, porque la vida nos ha puesto distancias y necesitamos recordar que alguna vez fuimos niños?

Jueves y Viernes Santo me santiguo al paso del Señor en su patíbulo y le rezo a la Madre que lo sigue, para que nos salven de tanta soledad en la que, a veces, nos morimos.

Semana Santa con las muertes de cada día, con madres dolorosas en campos de metralla, con hijos muertos en sus brazos; dolorosas anónimas que poco importan al poder establecido, de países con distintos nombres, pero con el mismo mensaje de poder y exterminio.

Semana Santa donde los cuerpos acribillados quedan tirados y olvidados, donde hay demasiados patíbulos en nombre de palabras huecas y profanadas.

Se utiliza a Dios para medrar, para lapidar, para legislar atrocidades e injusticias múltiples.

Lloramos y callamos ante el miedo al poder, y hay muchos Pilatos lavándose las manos mientras dejan morir a inocentes.

Semana Santa para pensar en ese Jesús crucificado y, en Él y con Él, a todos los ajusticiados impunemente, a todos los perseguidos, a todos los violados en sus derechos y en el cuerpo de mujeres víctimas, usadas y despreciadas, sin cirineos.

Semana Santa de madre dolorosa cruzando por la vida y cruzando por las calles de España en estos días piadosos, donde el pueblo muestra su fe como quiere, a su manera, con sus imágenes, sus oraciones y promesas, para al menos intentar cambiar y ser mejores, aunque nos cueste por esa ceguera que nos nubla el entendimiento y la voluntad.

Te rezo, María Dolorosa, por todos los hijos crucificados, por todas las cruces clavadas, por todo lo que no vemos y consentimos.

Perdónanos, Señora, porque a veces necesitamos salir a ser anderos de nuestras propias penas para encontrarte y, contigo, llorar ante tanto dolor a nuestro alrededor.

Florece la mañana y la luz se derrama por nuestras manos. En las barcas del día navegamos estos días heridos, con el viento cruzando cicatrices de pasión y de muerte. Y esperamos. Yo espero resucitar mañana para no olvidar que la Semana Santa no es recuerdo, sino fe vivida para cambiar el mundo.

     Natividad Cepeda

Fotografía de la web


 

                                         

jueves, 26 de marzo de 2026

Te miro y me pregunto

 


Amanece y escucho a las campanas llamando a laudes con el primer resplandor de la aurora. Estamos en marzo, en la semana que precede a la Semana Santa; nuestra conmemoración de pasión y muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo.

Trae el aire aroma de los campos y el gorjeo de los primeros pájaros. Aún no han llegado vencejos y golondrinas, parece que esperan llegar cuando las imágenes salgan a la calle en procesión con los cofrades y su oración callejera en rito de bendecir con ellas las calles de los pueblos.

Tocan las campanas invitando a la oración a pesar del ruido de las prisas de la calle. Tocan y me conmueve su sonido ancestral y antiguo y con ellas me uno a mi fe y a los que me la legaron.

Rezo en silencio; bendita la luz del día y el Señor que nos la envía... y me dejo envolver en el amanecer mientras miro la copia del cuadro de Cristo Crucificado que pintor Diego Rodríguez de Silva y Velázquez hacia 1632 que preside mi dormitorio y elevo mi pregunta hacia Él diciéndole...

Te miro y me pregunto

¿Por qué tanto amor

por mí, Señor

si Tú sabías

que olvidaría

tu sufrimiento y muerte

en esa cruz de tu amor

y de mi olvido?

Te miro, Señor,

y te busco

para amarte, Señor,

y no olvidarte y ser

tu cirineo de amor

eternamente.

Natividad Cepeda©

domingo, 22 de marzo de 2026

Apuntalar la poesía

 

Dicen que hoy ha llegado la primavera y en Tomelloso hace frío,

y aún no hay fragancia de flores

ni ese aroma que tenían los patios de las casas

a celindas y rosas naturales,

porque no eran híbridas.

Dicen que, desde hace unos años,

la UNESCO declaró el veintiuno de marzo

Día Internacional de la Poesía,

como si ser poeta fuera fácil,

al menos para mí.

Hoy caen gotas de lluvia en mi pueblo

y pareciera que la primavera se resistiera a venir

con sus versos y sus aromas

por los cauces del día.

Pero hay que apuntalar la poesía

y declamar por todos los rincones,

aunque su arquitectura no sea la debida.

Yo sigo buscando el poema

en los porches del alma

y también en los porches del día,

y hasta en el quicio

de esas órdenes de celebrar un día para ella,

la poesía,

a pesar de que no todos los poemas

sean poesía.


Puede que parezca que este poema mío busca ir en contra de la poesía, nada más lejos, la poesía existe en todos los ordenes de la vida: Está hasta en lo más criuel y feo de la vida porque hasta la tragedia es poesía derramada de dolor. Pero está ocurriendo que de tanto escribir poemas se está perdiendo el alma poética de la poesía. Si, es una denuncia que sé que no llegará aparte alguna, al menos a esas partes poderosas que son los que manejan lo que es poesía porque tienen canales que la reproducen y comercializan desde la fuerza del dienro; del oro actual, de los portales mediáticos. Y porque en los lugares pequeños se fasea, se utiliza para medrar o ser alguien importante-casi nadie lo es- en esos pueblos, aldeas, ciudades donde se piensa, pensamos que somos importantes, que son importantes.

Pero estamos aquí y escribimos en soledad. escribimos creando lo que sentimos, lo que sacamos fuera del alma porque si no lo hacemos nos ahogamos, nos morimos y por eso escribimos poemas para resucitar de la vulgaridad, de la mediocridad, del vacío existencial universal que llevamos escondido en los pliegues de la piel.

Natividad Cepeda



jueves, 19 de marzo de 2026

19 de marzo festividad de San José: día del Padre. Recordando la ausencia de mi padre

 


 

Miro el ayer con esa vieja nostalgia de recordar mi infancia, cuando ni siquiera sabía lo que era vivir a plena luz y contemplaba los tapiales de casa como si fueran los muros del Edén.

Miro hacia atrás y veo islas de susurros, y las manos de papá tapándome al dormir, serenamente, como queriendo cribar en ese gesto el deseo de que nada me dañara.

Ahora, de todo aquello no queda nada: queda un recuerdo guardado en la escalera del alma y esa soledad que a veces aparece porque, al envejecer, no he podido olvidar al padre que me arropó hasta el último día que dormí en su casa.

Yo estoy hecha de añoranzas y de aquellas vivencias anteriores a pasar a ser huérfana. Hoy son solo briznas que bullen por mi sangre y regresan —o las hago regresar— apoyada en la memoria de mi vida.

Discutía contigo, discutíamos, porque yo me rebelaba contra lo que la sociedad me imponía y tú —sí, tú— eras autoritario y también protector hasta los últimos días de tu vida. Siempre celebramos el día de San José, siempre con sencillez. Y todavía, en silencio, os llevo a todos cosidos a mis latidos: al abuelo, que rezaba a su santo en el pequeño oratorio familiar; a ti, que me llevabas de la mano hasta el templo y me enseñabas, con la costumbre, que la familia era eso: un pilar para toda la vida.

Fíjate que yo siempre sentí que fracasaba ante ti. Ahora recuerdo lentamente ese legado antiguo que me dejaste: el amor a los míos, el amor a la gente, el abrir la puerta y acoger a los otros sin mirar la ideología ni la clase social.

Pues bien, esa ha sido mi herencia, la que tú me dejaste, la tuya.

Jamás te llamé padre porque, junto a ti, papá, nunca dejé de ser niña, apegada a tu piel y a tu cobijo, a pesar —tú lo sabes— de nuestras discusiones, que no eran otra cosa que dejar abiertas las puertas de la libertad de pensamiento. Si hoy soy quien soy, es porque me enseñaste a amar sin condiciones y a mantener abiertas las puertas del corazón. Todo eso sigue vivo en mí. Y tú conmigo, papá, latiendo en mi sangre.

Poema y fotografía Natividad Cepeda©

domingo, 15 de marzo de 2026

El mundo desde la ventana

 


Amanece la luz entre mis párpados y escucho el rumor de la calle. Y, como si nada me asistiera, entre las voces de la muchedumbre viene el tumulto de noticias que traen los teletipos.

Parece que están cerca los sucesos sangrientos de las masacres cometidas en la arena de las playas del mundo y en las plazas de las ciudades del mundo.

Desde mi ventana veo que se ha empezado a secar mi esparraguera, esa a la que yo llamaba la loca de la casa porque le dio por crecer y crecer, y parecía que se había comido una dosis alta de vitaminas. Y ahora, de pronto, se ha empezado a secar y la miro y no lo comprendo.

Alguien me ha dicho que quizás le han hecho mal de ojo, y yo sonrío pensando que no es posible, y dejo que la esparraguera siga secándose porque, aunque me da tristeza verla, no es nada comparado con las tragedias que escucho a diario.

En el bar que hay en la otra esquina hay dos parejas tomando unas cervezas y dos perros esperan sentados a sus pies, con ojos aburridos. Conviven entre el piso y la calle y el paseo diario que les dan, pero se ve que los animales no tienen alegría.

¿Dónde —me pregunto— quedaron aquellos perros que pasaban ladrando alegres por la calle, sin trajes comprados ni cuerdas amarradas a las manos de sus dueños? No existen.

Ahora, de pronto, en las calles hay muchos perros de todos los tamaños caminando con sus cuatro patas impolutas y defecando en cualquier sitio de la acera, y sus dueños, como haciendo el favor de ser cívicos, sacan una botellita de agua y echan un chorrito en la meada y con eso dan el asunto por resuelto.

No reconozco a mi país ahora. No sé lo que ha sucedido, o yo he olvidado que los almendros florecen a lo lejos y que los árboles son solo árboles plantados en macetas donde no pueden anidar los pájaros porque ahí no se sostienen sus nidos.

No sé lo que sucede. Me cansa escuchar la violencia de cerca y de lejos y parece que a esta sociedad se le ha puesto un cíngulo que la aprieta y la soba, y están todos —bueno, casi todos— rabiosos y enfadados, y critican y hieren a quienes no somos sus iguales.

Ahora, de pronto, he visto a personas vestirse de animales y caminar a cuatro patas y ya no sé si en los pináculos del día hay un genio maligno que todo lo enmaraña, y de esa estupidez nace el odio y la contienda.

Y por eso hay tantos cíngulos quebrando la armonía y parece que, de pronto, el mundo va a estallar y yo aquí, mirando a mi esparraguera, que se ha cansado de crecer y se muere como si formara parte de esa escalada de terror y miseria.

Texto y fotografía Natividad Cepeda©

miércoles, 11 de marzo de 2026

Mientras leo un libro

 

El mundo, de tanta locura, se nos está quedando quebrado y a oscuras.

Oscuro por la sangre derramada, por tantas lindes y fronteras borradas en nombre de estúpidos principios que coartan la libertad. Sí, esa es la realidad cotidiana.

Llegan los pensadores con sus charlas, con discursos llenos de ganas y deseos de seducir, y reducen las libertades en favor de unos pocos. Predican contra unos y contra otros. Y si has nacido mujer, pobre de ti: en algunos lugares del mundo no tienes derecho a nada. Eso dictaminan hombres nacidos de mujer.

Vivimos en una oscuridad que parece perpetua. Si llueve, nunca llueve a gusto de todos. Si hay sequía, es porque ensuciamos el planeta. Si existen bolsas de pobreza, dicen que no merecen mejorar. Temblamos, nos masacran, y seguimos igual, sin cambiar.

No cesamos de hacer plegarias y llantos por los difuntos. Rezamos a Dios y nos matan en su nombre. Nos dicen cómo vestir, cómo comer y cómo morir si no cumplimos lo que unos y otros dictaminan.

De pronto el mundo se vuelve pequeño. Sobra todo en unos lugares y falta lo esencial para vivir en otros.

Leo un libro de poemas. Me dicen que hay un tarro de miel entre mis labios. Y de pronto soy a la que hay que avasallar porque soy peligrosa. El amor ruge, la tierra se rompe, y yo solo soy una persona sin derechos.

Rezo y ruego para que en este planeta haya espacio para todos. Sé que eso es un sueño.

Me quedo leyendo un libro mientras, en ese mismo instante, otras personas mueren y son perseguidas porque otros dicen que son ellos, y no yo, quienes tienen la razón.

Y me quedo en silencio, pensando en lo poco que hemos aprendido a pesar de tantas penurias pasadas y de tantos errores cometidos en esta historia humana.

 

Natividad Cepeda

sábado, 7 de marzo de 2026

Nací libre del vientre de mi madre

 

 

Nací libre porque así me creó la divinidad.

Y broté desnuda, en un amanecer diáfano, del cuerpo desnudo de mi madre.

Al verme, el hombre que fue mi padre sintió latirle tan fuerte el corazón que fue entonces cuando supo cómo latía dentro de él. Fue en aquella madrugada cuando mi llanto se unió al despertar de los pájaros en la bahía del día; cuando mi padre, al sostenerme en sus brazos, vadeó los brazos de su madre, aquella madre que se marchó cuando él era tan solo un niño enfermo de dos años.

Mi padre siempre llevó anclada la herida de haberla perdido.

Pasaron los años y, cuando a mí me vinieron los dolores del parto, de mi primer alumbramiento, mi padre estuvo a mi lado. Jamás lo vi llorar ni quejarse por la madre que le faltó, pero siempre tuvo miedo en los partos de sus hijas, diciéndonos que nos cuidásemos para poder cuidar de nuestros hijos.

Universos paralelos son las vidas de nuestros ancestros, como remolinos de fontanares que surgen de la tierra. Así venimos a la vida: del cuerpo materno de la madre y de la semilla de amor del padre.

Pero no siempre, en la geografía de la tierra y en los lugares habitados, la llegada de una hija es bien acogida. Hay leyes que son barricadas de injusticia, donde los cuerpos de las mujeres no son respetados ni amados.

Nos han descrito a veces como frágil mariposa, como rosa impoluta de belleza, pero se nos ha ocultado entre ramas de selvas impenetrables, dejándonos en una oscuridad perpetua.

Ocurre que esas cosas terribles se conocen, que son viejas, que vienen sucediendo desde hace tanto tiempo que se pierden en la memoria colectiva de las naciones. Pero se callan, se ocultan, se utilizan por actores diversos que se dejan comprar por el sucio dinero.

Ha sucedido que nos han borrado de la historia, como sombras fugaces, como niebla dispersa por los buitres humanos que escribieron las crónicas. No es nada nuevo.

Un año más para recordar la ignominia creada contra millones de mujeres por leyes escritas por hombres.

Y no cuento los cuerpos asesinados en las calles de las ciudades por las protestas de miles de mujeres, ocultadas bajo normas de trapos y telas.

Y no cuento a las mujeres violadas que se convierten en madres y buscan desesperadamente cómo proteger a sus hijos.

Y no cuento a las mujeres asesinadas anualmente en países occidentales, porque tampoco las leyes las defienden.

Desde hace décadas se celebra el 8 de marzo en recuerdo de unas mujeres que murieron en una fábrica defendiendo sus derechos salariales, pero se nos olvida a esos millones y millones de mujeres que han dado su cuerpo a la maternidad y después se les ha robado el derecho de ser personas iguales a los hombres.

Y sí, debería nombrar a las mujeres que, en nombre de ideas políticas, callan ante esas atrocidades.

Y me callo también ante las mujeres que silencian a otras porque son diferentes, libres de ataduras y libres también en sus ideales personales.

Y me pregunto, una vez más, cansada y hastiada:

¿por qué se sale a gritar el 8 de marzo y se hace farándula y fiesta mientras millones de niñas y mujeres siguen perseguidas y olvidadas?

No me pidáis que cuente cómo sería un mundo sin mujeres.

Lo sabéis: sería la exterminación de la especie.

Entonces, ¿hasta cuándo miles de mujeres serán andenes destruidos, atacados, en este mundo globalizado que se desangra en guerras e injusticias?

Nací libre porque así lo quiso Dios, y no esas leyes escritas por hombres donde todavía parpadean injusticias que cuelgan en los juzgados como sudarios manchados de errores y muertes hasta hoy.

Hoy, ahora, no escribiré los nombres de los países que esclavizan a la mujer, que la tratan como inferior en nombre de Dios y de sus leyes. No los nombro porque los conocemos e incluso, calladamente, los tememos. No los nombraré, pero en esa orquesta mundial conocemos la brutalidad que se ejerce sobre niñas y mujeres.

Todos, hombres y mujeres, somos viajeros en este tren llamado Tierra, dentro de los canales de la vida.

 

Natividad Cepeda

sábado, 28 de febrero de 2026

Ha llegado marzo con nuevas guerras

 

 


Marzo ha llegado envuelto en una nube de discordias y enfrentamientos. Las noticias no cesan: imágenes de humo elevándose hacia el cielo, titulares que anuncian nuevos ataques y conflictos bélicos. Las opiniones se multiplican y nos empujan a preguntarnos qué va a suceder mañana. Y quien dice mañana, dice hoy, ahora mismo.

Quienes creemos firmemente en el sistema democrático no dudamos de que los gobiernos teocráticos son anuladores de libertades. Una libertad que se vuelve insoportable cuando todo le es negado a la persona. Imponer leyes abusivas supone condenar a los ciudadanos, en su propio país, a la ausencia de derechos, de oportunidades y de dignidad.

En más de una ocasión me he preguntado por qué, cuando se instala un régimen de este tipo, se prohíbe a los ciudadanos salir del país. Son preguntas lógicas, pero rara vez se las plantean quienes critican con dureza a las democracias y jamás alzan la voz contra aquellos países donde la libertad simplemente no existe.

Lo mismo me ocurre al observar a ciertos dirigentes políticos que imponen religión y leyes en una misma balanza, y que además excluyen a la mujer de los mismos derechos que el hombre. Pensamos —pienso— que esas leyes propias de la Edad Media son imposibles de comprender en pleno siglo XXI. Y, sin embargo, en nuestro mundo globalizado se siguen sosteniendo normas caducas que niegan derechos fundamentales.

La guerra es el error humano más antiguo, tan viejo como el Homo sapiens. Ha existido en todas las épocas y en todas las culturas; basta acudir a las fuentes históricas para comprobarlo. Es un hecho repetitivo, viejo y, tristemente, humano.

Marzo ha llegado y, con él, volvemos a ver destrucción y miedo multiplicados por miles. Miles de personas que sufren las consecuencias de guerras que presenciamos sin comprender del todo por qué se originan ni por qué continúan. Marzo ha llegado con el miedo y el llanto de quienes caen heridos o muertos en conflictos que se perpetúan mientras el mundo mira, muchas veces, hacia otro lado.

Los almendros han florecido, pero en los campos de guerra la tierra sigue sangrando. Sangra el dolor de no poder detenerlas, de no saber negociar la paz sin pisotear los derechos humanos.

Natividad Cepeda

fotografía de la web

miércoles, 25 de febrero de 2026

Cuaresma fe y oración sobre los surcos de la vida

 


Febrero me ha signado con su luz espontánea y, en el horizonte, los días se alargan por pueblos y ciudades entre jirones de sombras y ruidos cotidianos de esta sociedad que casi no conoce el silencio. Febrero ha llegado con su cruz de ceniza en mi frente, recordándome al recibirla que soy polvo y en polvo me convertiré, pero también me ha traído, con la celebración del Miércoles de Ceniza, el inicio de la Cuaresma para nosotros, los católicos, que seguimos creyendo que después de la muerte hay otra luz que nos espera.

Porque ¿acaso creer y tener esperanza no es lo que nos enseñó Jesús de Nazaret, el Hijo de María Santísima, ¿su Madre?

Siento que caminar por estos días cuaresmales es similar a los surcos abiertos en la tierra por el arado, y a ese hombre o mujer que, al cultivar la tierra, tiene la esperanza de su recompensa. Esa es mi fe: ser surco labrado en la Cuaresma para despertar después a la Resurrección de Cristo resucitado.

Sin embargo, este tiempo no es tiempo de oración para muchos; incluso es tiempo de persecución en muchos países del mundo, desde Asia, África y América. Tampoco es bien vista la fe cristiana en Europa, esta Europa cristiana, infinita en milagros de fe, que ha llenado sus tierras de templos, iglesias y acontecimientos que escapan a la lógica. Podría enumerar santuarios y apariciones que la razón no puede explicar, pero no es necesario cuando la fe se siente sin necesidad de otros manuales.

Y así, bajo el silencio de la Cuaresma, emprendemos el camino silencioso de orar por mí y por los otros, bajo el estruendo de una sociedad embaucada en ficciones absurdas e irresponsables. A veces me pregunto: ¿hacia dónde vamos? Y en la oración callada encuentro mi norte.

Lo encuentro al caer la tarde, cuando, a solespones, me dirijo al templo para acudir a misa y sentir que en esa Eucaristía mi Cristo resucitado se hace presente. Entonces, la oscuridad que me rodea y me asombra se desvanece, y siento paz a pesar de las incertidumbres de la vida.

La Cuaresma es ese almendro florecido en febrero que ha desafiado la tempestad, la lluvia e incluso las heladas, y de pronto florece. Al mirarlo me asombro y percibo que Dios es mi Creador, porque ese milagro del almendro florecido lo han visto mis ojos.

Y así, en este laberinto que es la vida, camino con mis caídas y mi levantarme, porque a pesar de las tristezas, de la impotencia ante la crueldad que me rodea y de la degradación humana, pido y ruego no perder mi fe ni la confianza en los demás. Porque solo así caminaré en paz por los surcos abiertos de la vida.

 

Natividad Cepeda

viernes, 20 de febrero de 2026

La eterna barca de Caronte y las mujeres que la ocupan


La noticia que pasa inadvertida y el dolor que queda en quien lo sufre es la noticia que escuché hoy. Si, hoy, una vez más, la radio anuncia el asesinato de una mujer a manos de un hombre. La noticia llega desnuda, rutinaria. Dura unos segundos. Después, la programación continúa. Y es precisamente en ese después donde el dolor se vuelve más hondo: en el olvido, en la normalización de lo atroz.

No solo mata el crimen. Mata también la forma en que la sociedad lo asimila. Un nombre menos, un cuerpo más, una cifra que se suma a otras cifras hasta volverse nada, solo un ruido instantáneo.  Apenas hay gemidos ni asombro social por un asesinato más. Solo la repetición de una violencia a la que nos hemos acostumbrado. Y que ni escandaliza ni asombra.

Esta reiteración no es inocente. Es el síntoma de una sociedad degradada por el odio, donde la muerte parece la única fortaleza visible y la vida desciende, frágil, a esa barca de Caronte que transporta cuerpos al olvido del más allá. Cuando la violencia se vuelve cotidiana en una sociedad; en nuestra sociedad, la moral está rota y la indiferencia es esa agresión moral que carece de razonamiento ni dolor por las agresiones sociales.

Las mujeres seguimos viviendo en un reino incierto, advenedizo, donde lo imposible sigue siendo posible. Donde salir, amar o simplemente existir implica aún un riesgo que no debería existir. Ese saber nos atraviesa el cuerpo y nos hace temblar, no por debilidad, sino por tener conciencia de esta realidad.

Tiemblo —como un árbol herido por un huracán de miseria humana— no solo por la mujer asesinada hoy, también por las quince mujeres asesinadas en España en este 2026 sino por lo que revelan sus muertes: una sociedad que ante estos hechos pasa página. Frente a eso, escribir, es no olvidar, es una forma pequeña, mínima, de denunciar lo que sigue ocurriendo y revelarme por esta realidad. 

En Europa la tasa de homicidios ha aumentado, no solo de mujeres, hay países con tasas altas debido al tráfico de drogas y economías débiles debido en muchos casos a las consecuencias de emigraciones inadaptadas a la civilización occidental por lo que la pobreza derivada de ella son conflictos crecientes. 

En lo publicado en los países democráticos del mundo se comprueba que la tabla de criminalidad y acoso a la mujer ha aumentado de igual manera en otros crímenes. Se ignora la tasa de criminalidad y homicidios en mujeres en aquellos países donde no se publican los datos; no voy a enumerarlos, pero en el contexto global conocemos cuales son. 

En resumen, poco hemos avanzado en la protección de la mujer si sumamos los millones de mujeres en el mundo conocido y la forma de vida social que les toca vivir. Es este un tema no visualizado por estados y gobiernos donde la mujer carece de igualdad y donde el silencio y las leyes las oprimen y ocultan como personas invisibles sin derecho alguno. 

No ignoro que mis palabras se perderán en el río inmenso de los que se publica en redes internacionales, pero al menos serán un minúsculo grano de arena en la playa de la geografía mundial. 

Denunciar las injusticias es necesario a pesar de lo poco que vale la palabra alzada contra leyes inhumanas ejercidas desde el poder de los estados y la ausencia de prensa libre y escritores que se impliquen en hacerlo saber y denunciarlo. 

Natividad Cepeda


martes, 17 de febrero de 2026

Siembras en la llanura

 

    


 

Se difumina el horizonte

derramado su luz en los sembrados

sobre el sereno verde de los cereales.

 

Todo es magnetismo en la llanura.

 

El ocaso es confín de cromatismo

sobre trigos que aguardan ser segados.

 

Abarcan mis ojos los fértiles

brotes bajo susurros del poniente

vacía de orgullo ante su majestad.

 

Soy en ese instante un corazón

desarbolado de materia,

una mujer libre en mitad

de este espacio que tiembla

y se estremece ante su magnitud.

 

El paisaje sereno muestra los campos

nutridos por las lluvias caídas

y al contemplarlos presiento la fuerza

de las semillas que el sembrador

fue dejando en los surcos, pequeñas,

casi diminutas, ahora el milagro

de la vida se muestra en todo su esplendor

en el paisaje verde de las siembras nacidas.

 

 Natividad Cepeda

 

sábado, 14 de febrero de 2026

Liturgia del Silencio y la Lluvia

 

                             

La noche cae y, con ella, el peso de los años entregados. Me pregunto, mientras el agua golpea el cristal, por qué el amor —esa palabra que el mundo gasta de tanto usarla tantas veces— se vuelve en mis manos un hilo de seda que nadie intenta sostener y que a veces se rompe. He amado en cada etapa de mi vida, me he dado a quien pedía auxilio y ayuda, familia, amigos sin guardar nada para después, y sin embargo, el eco del olvido de los que ayudé es lo único que vuelve a mi puerta.

No es una queja esta reflexión, es una pregunta que elevo al cielo con la misma naturalidad que hay en mis recuerdos. Se lo he pregunto a Dios muchas veces, no para exigirle cuentas, sino para que me ayude a descifrar este mapa de ausencias y olvidos. Y entonces, cuando la lógica humana me falla, me refugio en la herencia de mis padres, de mis abuelos, de mis mayores: y elevo mi oración hasta ellos y rezo.

En la oración desgrano el Padrenuestro como quien busca un rastro de ellos, sigo con el Ave María, saludando a aquella joven de Nazaret, mi Virgen María, que también conoció el peso de los misterios, y descanso en el Gloria, intentando que la Trinidad divina llene los huecos que dejó el desamor. Busco paz, no explicaciones racionales. Busco el abrazo que en ocasiones se me ha negado después de mi generosa entrega.

Este dolor que no grita me duele, pero es un dolor extraño: profundo, inmenso, tan vasto que ya ni siquiera es dolor. Es un abandono que me deja callada, una tristeza que no busca revancha ni conoce el rencor. Es un vacío el que siento que no deseo indagar, porque para anda me sirve, prefiero que el tiempo siga su marcha lenta, como esta lluvia que escucho ahora mientras todos duermen.

La escritura y la calma me inspira y me levanto de la cama porque el sueño no viene, y recuerdo aquellos a quienes amo. Escribo para saber si estas palabras sirven de puente, para entender por qué sigo amando a quienes no me aman ni me amaron. Pero en este silencio de la noche, entre escribir de lo que siento y jamás digo a nadie y mi oración, percibo, tengo la certeza de que Dios no me abandona, ni me ha abandonado nunca. Esta serenidad que siento, esta capacidad de seguir amando a pesar del vacío experimentado no es mía; es suya.

Escribo para encontrar la respuesta que la vida me oculta: que tal vez amar no es un contrato de ida y vuelta, ni fácil de entender, sino un estado de gracia que se sostiene solo, incluso bajo la soledad de lo que no comprendo ahora que escucho llover y que el agua al romper el silencio de la noche me trae esos recuerdos que forman parte de mí misma. Siento que en esta liturgia de la lluvia y la noche silenciosa hay un regalo, una ofrenda de recordar también esas manos abiertas que en otros momentos cogieron las mías. y eso, esto es más que suficiente para sentir paz y armonía.


Natividad Cepeda

Fotografía de Pepe J Galanes

 

lunes, 9 de febrero de 2026

La Huella Húmeda de la Memoria

 


                     

Febrero llegó este año con las alforjas pesadas, cargadas de un agua que no pedía permiso. Cayó de las nubes con una agresividad extraña, casi contagiada por la aspereza de estos tiempos modernos, transformando los caminos en océanos y los ríos secos en bestias desbordadas. Pero mientras el mundo exterior se anegaba en una furia líquida que calaba los huesos y sembraba la impotencia en los campos, en mi interior, esa misma lluvia comenzó a filtrar algo distinto: el regreso de los míos.

Dicen que mi primer llanto se fundió con el sonido del agua al caer; así me lo contaron siempre. Por eso, desde niña, mi certeza ha sido la lluvia. Salía a recibirla, a sentirla como una parte de mi propia piel. Incluso mi entrada oficial al mundo, bajo la pila bautismal, fue un rito de agua, aceite y luz. Allí, envuelta en los mismos encajes que años atrás vistieron a mi padre —bordados seguramente por las manos expertas de mi abuela costurera—, recibí el nombre que me habita.

Al mirar hoy el cielo plomizo de febrero, el rostro de Ramona Victoria, mi abuela paterna, emerge entre la bruma de los años. Murió joven, llevándose consigo en su último parto al hijo que no supo que partía con ella. Una tragedia callada, de esas que marcan la sangre. De ella heredé, según dicen, el nacer morena y esos ojos grandes que todos juraban eran los de mi padre. Sin embargo, con el tiempo, mi piel decidió buscar el nácar de mi madre y el azul cielo de mis bisabuelas manchegas, como si mi cuerpo fuera un lienzo donde todos mis antepasados quisieran dejar un trazo.

Aún puedo sentir en mis manos el peso de los pendientes de oro de tres cuerpos. Tenía yo catorce años cuando mi abuelo, aquel hombre de fuerza hercúlea que manejaba los costales de trigo con una agilidad que desafiaba la lógica, me los entregó. —Eran de ella— me dijo, con la sencillez de quien entrega un tesoro sin necesidad de discursos.

Él, que veía en el trabajo un regalo del cielo y jamás se quejaba, me entregaba en ese metal la belleza serena y la mirada profunda de la esposa que perdió demasiado pronto. En aquel momento no entendí el alcance de su gesto, pero hoy, con el alma mojada por este febrero, comprendo que me estaba dando mis raíces.

Los perdí, sí. Se fueron hace mucho. Pero este temporal me ha recordado que nadie se va del todo si el agua sigue fluyendo. Los llevo en la retina, en la forma en que mis labios se parecen a los de Ramona, y en la resistencia que aprendí de mi abuelo.

Este febrero no solo ha inundado los campos; ha inundado mi memoria. Y aunque la lluvia sea a veces inmisericorde, le agradezco que me haya devuelto, por un instante, el abrazo de los que ya no están. Soy parte de ellos, y ellos son el agua que hoy me moja el alma.

Natividad Cepeda

miércoles, 4 de febrero de 2026

El cáncer de próstata: una realidad silenciosa que debemos visibilizar

 


Según las estadísticas en España, alrededor de 6.000 hombres fallecen cada año a consecuencia del cáncer de próstata. Se trata de una cifra elevada que, sin embargo, sigue siendo poco conocida y escasamente divulgada, salvo por aquellas familias que conviven directamente con la enfermedad.

Los datos son claros: el cáncer de próstata es el tercer cáncer más mortal en hombres, por detrás del cáncer de pulmón y el de colon, y es además el cáncer más diagnosticado en la población masculina en España. Para el año 2026 se estima que se detectarán 34.833 nuevos casos.

Cuando el cáncer de próstata se detecta a tiempo, la supervivencia a cinco años es muy alta. Sin embargo, sigue siendo una enfermedad de la que apenas se habla, y casi siempre solo cuando el diagnóstico ya ha llegado y comienzan las consultas de urología, la intervención quirúrgica o los tratamientos posteriores como la radioterapia y quimioterapia.

Es en esos espacios —las salas de espera, las consultas, los hospitales— donde se descubre la dimensión real del problema: numerosos hombres afectados, casi siempre acompañados por sus parejas. Mujeres que asumen un papel fundamental de apoyo, ánimo y fortaleza, mientras se silencian otras consecuencias de la enfermedad de las que apenas se habla, como los trastornos urinarios, la disfunción eréctil o el impacto emocional.

En muchos casos, estos efectos secundarios son transitorios y existen ejercicios y tratamientos eficaces para mejorar la calidad de vida. Pero lo prioritario, sin duda, es salvar la vida del compañero. Aun así, esto no debería implicar ignorar el sufrimiento físico, psicológico y emocional que acompaña a la enfermedad.

La mayoría de los diagnósticos se producen en hombre

s mayores de 70 años, y con frecuencia la edad hace que no se le dé a la enfermedad la importancia que merece. Se olvida no solo el dolor y la impotencia que toda enfermedad cancerígena conlleva, sino también el coste económico y social derivado de las continuas visitas médicas, tratamientos y desplazamientos al sistema sanitario.

En hombres jóvenes el cáncer de próstata es menos frecuente, especialmente por debajo de los 40 años, salvo en casos con antecedentes familiares. A partir de los 50 años el riesgo aumenta, y aun así la visita anual al urólogo no forma parte de los hábitos de prevención de la mayoría de los hombres. Esta es una realidad constatada y preocupante.



Si desde la medicina de familia, la sanidad laboral, las administraciones públicas, las empresas, los ayuntamientos y otras instituciones se incluyera el cribado del cáncer de próstata en las revisiones periódicas, como se hace con otras enfermedades, muchos casos se detectarían de forma precoz. Esto reduciría el coste de los tratamientos, las pérdidas de horas de trabajo y, sobre todo, evitaría sufrimiento innecesario y muertes evitables.

Es fundamental desterrar el miedo, los tabúes y los complejos. La vida de una persona, de un ser querido, está por encima de cualquier prejuicio.

Para dar visibilidad a esta enfermedad ha nacido PROSVIDA, gracias al periodista y editor Julio Criado García y a todas las personas que se están sumando a esta iniciativa con el objetivo de combatir el silencio y evitar esos miles de muertes provocadas por el cáncer de próstata.

Hace años viví personalmente el peregrinaje de consultas, quirófano y tratamiento de radioterapia que sufrió mi esposo. En aquellos momentos comprobé que muchos de los hombres que se trataban compartían optimismo, humor y esperanza de vida. Sin embargo, fuera de ese entorno, a casi nadie parecía interesarle lo que había ocurrido antes y después del diagnóstico.

Por eso, cuando me encuentro con hombres a partir de los cuarenta años, les aconsejo —aunque no me lo pidan— que se realicen la prueba del PSA. Aunque existan opiniones médicas diversas sobre su eficacia, la realidad es clara: más vale prevenir que curar.

La lucha contra el cáncer es una lucha social. A pesar de las campañas y del trabajo de asociaciones y voluntarios, no se invierte en investigación todo lo que se debería, y seguimos enfrentándonos a una enfermedad que, aunque curable en muchos casos, sigue causando demasiadas muertes.



Dar a conocer el cáncer de próstata es una necesidad urgente. En nuestra provincia de Ciudad Real, ya son muchos los municipios adheridos a esta iniciativa, y cada vez más personas se suman para reclamar cribados sistemáticos, del mismo modo que se realizan mamografías en el cáncer de mama.

Sobre este punto habrá que seguir hablando, porque tampoco es justo que la sanidad pública deje de realizar mamografías a mujeres a partir de los 70 años, cuando la esperanza de vida es cada vez mayor y el coste posterior —humano y económico— es mucho más alto.

Son temas de gran importancia para la salud de la población que no se hablan lo suficiente, y que deben ocupar el lugar que merecen en el debate público.

 

 

Natividad Cepeda

 

 

 

miércoles, 28 de enero de 2026

El silencio de la intolerancia degrada humanamente la libertad

 

                             


              Poema dedicado a los que carecen de libertad,

          por nacer mujer, por nacer pobre, por ser perseguidos

          por sus creencias religiosas o políticas.

 

 

 

Hay un silencio que fermenta en la garganta,

un estancamiento del aire que no es calma,

sino herrumbre; es la mudez corrupta que sitia los pulsos

y convierte la biografía en una estancia estrecha.

Ese silencio, impuesto por la mano del dogma,

es un fango espeso donde el verbo naufraga

bajo el peso ciego de la intolerancia.

 


Nacer es un estallido de luz, un cenit sagrado.

Emerger hombre, emerger mujer,

es una epifanía que no admite adjetivos ni cadenas.

¡Qué sacrilegio tallar con tinta de leyes ominosas

la piel del libre para llamarlo esclavo!

Qué error tan antiguo pretender que el linaje

 o el oro sean los agrimensores del alma humana.

 

Silenciar al otro es un hacha contra el tiempo:

es fracturar la arquitectura de la mañana,

extirparle latidos al corazón del mundo,

y restarle vida a la mismísima vida.

 

Alzamos murallas de humo, fronteras de aire,

geometrías de exclusión que solo engendran vacío.

Porque existir es una polifonía, una danza de iguales,

y la única muerte verdadera es aquella que ocurre en vida,

cuando el hombre perece tras los muros del olvido

y obliga a la mujer a ser esclava en vez de compañera.

 

 

Natividad Cepeda