Febrero llegó este año con las
alforjas pesadas, cargadas de un agua que no pedía permiso. Cayó de las nubes
con una agresividad extraña, casi contagiada por la aspereza de estos tiempos
modernos, transformando los caminos en océanos y los ríos secos en bestias
desbordadas. Pero mientras el mundo exterior se anegaba en una furia líquida
que calaba los huesos y sembraba la impotencia en los campos, en mi interior,
esa misma lluvia comenzó a filtrar algo distinto: el regreso de los míos.
Dicen que mi primer llanto se
fundió con el sonido del agua al caer; así me lo contaron siempre. Por eso,
desde niña, mi certeza ha sido la lluvia. Salía a recibirla, a sentirla como
una parte de mi propia piel. Incluso mi entrada oficial al mundo, bajo la pila
bautismal, fue un rito de agua, aceite y luz. Allí, envuelta en los mismos
encajes que años atrás vistieron a mi padre —bordados seguramente por las manos
expertas de mi abuela costurera—, recibí el nombre que me habita.
Al mirar hoy el cielo plomizo
de febrero, el rostro de Ramona Victoria, mi abuela paterna, emerge entre la
bruma de los años. Murió joven, llevándose consigo en su último parto al hijo
que no supo que partía con ella. Una tragedia callada, de esas que marcan la
sangre. De ella heredé, según dicen, el nacer morena y esos ojos grandes que
todos juraban eran los de mi padre. Sin embargo, con el tiempo, mi piel decidió
buscar el nácar de mi madre y el azul cielo de mis bisabuelas manchegas, como
si mi cuerpo fuera un lienzo donde todos mis antepasados quisieran dejar un
trazo.
Aún puedo sentir en mis manos
el peso de los pendientes de oro de tres cuerpos. Tenía yo catorce años cuando
mi abuelo, aquel hombre de fuerza hercúlea que manejaba los costales de trigo
con una agilidad que desafiaba la lógica, me los entregó. —Eran de ella— me
dijo, con la sencillez de quien entrega un tesoro sin necesidad de discursos.
Él, que veía en el trabajo un
regalo del cielo y jamás se quejaba, me entregaba en ese metal la belleza
serena y la mirada profunda de la esposa que perdió demasiado pronto. En aquel
momento no entendí el alcance de su gesto, pero hoy, con el alma mojada por
este febrero, comprendo que me estaba dando mis raíces.
Los perdí, sí. Se fueron hace
mucho. Pero este temporal me ha recordado que nadie se va del todo si el agua
sigue fluyendo. Los llevo en la retina, en la forma en que mis labios se
parecen a los de Ramona, y en la resistencia que aprendí de mi abuelo.
Este febrero no solo ha
inundado los campos; ha inundado mi memoria. Y aunque la lluvia sea a veces
inmisericorde, le agradezco que me haya devuelto, por un instante, el abrazo de
los que ya no están. Soy parte de ellos, y ellos son el agua que hoy me moja el
alma.
Natividad Cepeda
No hay comentarios:
Publicar un comentario