lunes, 9 de febrero de 2026

La Huella Húmeda de la Memoria

 


                     

Febrero llegó este año con las alforjas pesadas, cargadas de un agua que no pedía permiso. Cayó de las nubes con una agresividad extraña, casi contagiada por la aspereza de estos tiempos modernos, transformando los caminos en océanos y los ríos secos en bestias desbordadas. Pero mientras el mundo exterior se anegaba en una furia líquida que calaba los huesos y sembraba la impotencia en los campos, en mi interior, esa misma lluvia comenzó a filtrar algo distinto: el regreso de los míos.

Dicen que mi primer llanto se fundió con el sonido del agua al caer; así me lo contaron siempre. Por eso, desde niña, mi certeza ha sido la lluvia. Salía a recibirla, a sentirla como una parte de mi propia piel. Incluso mi entrada oficial al mundo, bajo la pila bautismal, fue un rito de agua, aceite y luz. Allí, envuelta en los mismos encajes que años atrás vistieron a mi padre —bordados seguramente por las manos expertas de mi abuela costurera—, recibí el nombre que me habita.

Al mirar hoy el cielo plomizo de febrero, el rostro de Ramona Victoria, mi abuela paterna, emerge entre la bruma de los años. Murió joven, llevándose consigo en su último parto al hijo que no supo que partía con ella. Una tragedia callada, de esas que marcan la sangre. De ella heredé, según dicen, el nacer morena y esos ojos grandes que todos juraban eran los de mi padre. Sin embargo, con el tiempo, mi piel decidió buscar el nácar de mi madre y el azul cielo de mis bisabuelas manchegas, como si mi cuerpo fuera un lienzo donde todos mis antepasados quisieran dejar un trazo.

Aún puedo sentir en mis manos el peso de los pendientes de oro de tres cuerpos. Tenía yo catorce años cuando mi abuelo, aquel hombre de fuerza hercúlea que manejaba los costales de trigo con una agilidad que desafiaba la lógica, me los entregó. —Eran de ella— me dijo, con la sencillez de quien entrega un tesoro sin necesidad de discursos.

Él, que veía en el trabajo un regalo del cielo y jamás se quejaba, me entregaba en ese metal la belleza serena y la mirada profunda de la esposa que perdió demasiado pronto. En aquel momento no entendí el alcance de su gesto, pero hoy, con el alma mojada por este febrero, comprendo que me estaba dando mis raíces.

Los perdí, sí. Se fueron hace mucho. Pero este temporal me ha recordado que nadie se va del todo si el agua sigue fluyendo. Los llevo en la retina, en la forma en que mis labios se parecen a los de Ramona, y en la resistencia que aprendí de mi abuelo.

Este febrero no solo ha inundado los campos; ha inundado mi memoria. Y aunque la lluvia sea a veces inmisericorde, le agradezco que me haya devuelto, por un instante, el abrazo de los que ya no están. Soy parte de ellos, y ellos son el agua que hoy me moja el alma.

Natividad Cepeda

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