Me sorprenden los dibujos de los niños; tienen un
secretismo mágico junto a la belleza del silencio del que se nutren las manos
de los niños.
Me admiran sus formas universales sin temor a ser juzgados por críticos de
arte.
Cuando dibujan se recogen íntimamente exentos de vanidad dejando en los trazos el
alma, la vida sin sombras.
En el
papel en blanco la vida aparece con las mismas líneas
que el de las cavernas. Salen de
sus manos todo el equipaje de los colores fuertes; rojos y granates, naranjas y
verdes, marrones y rosas, azules y malvas… todo es primitivo esquemas y símbolos que yo
reconozco y que ellos transportan desde su ignorancia nutrida de génesis.
Más allá de del círculo de nuestra cultura emerge el
ancestro.
En esos dibujos la creación se muestra y cabe decir
que si les dejaran a todos los niños un tiempo sin televisiones y sin tanto ruido… entre sus dibujos veríamos las grutas que ayer habitamos, las que decoramos con
trazo emergente.

Dibujan y sobre ellos se proyecta el misterio que
envuelve lo que serán mañana.
Ellos lo ignoran y mañana no recordaran cuando
dibujaban corazones y árboles con el dominio intacto de quien captura un río
sin saber geografía.
Cuando me regalan sus obras llenas de colorido carezco
de palabras. Son obras inigualables
lanzadas al infinito de la ilusión primera, sin aristas ni escuelas que les
pongan un cero: todavía ante ellos no han llegado los depredadores del arte.
Natividad Cepeda
Arte digital: N. Cepeda