domingo, 26 de julio de 2026

La geografía herida del fuego en España

 

 

 

El fuego es sagrado cuando se enciende como una plegaria, cuando la luz busca lo divino y su llama no se precipita en vorágine sobre los campos ni profana el umbral de los hogares. No se toca el fuego cuando es rito y súplica, cuando su calor traza senderos de fe y de misterio.

Pero cuando la chispa prende el monte por un instante y se propaga furiosa, despojada de toda trascendencia, sus destellos devienen en lenguas de terror. Ahoga las gargantas, consume las lágrimas, detiene el pulso pacífico de los pueblos. Se apaga entonces el trino de los pájaros y no hay llanto humano capaz de sofocar la furia roja que devora la vida a su paso.

 

Mientras tanto, en despachos distantes, ajenos al polvo y al sembrado, se dictan leyes ciegas. Prohíben, desde la ignorancia del asfalto, el transitar del ganado que limpia la hierba; impiden que la gente de la aldea recoja la hojarasca y la leña caída, desconociendo que en ese gesto ancestral residía el verdadero cortafuegos del verano.

 

El fuego avanza y sus dentelladas no perdonan. Toca huir, abandonar la casa, salvar a la desesperada el ganado y los enseres. Tantas veces, en vano. La muerte, vestida de un calor abrasador, asfixia el pecho y ciega los ojos. El abismo es absoluto cuando, tras la batalla, el humo revela la desolación y nadie asume la culpa. En esos mismos despachos de aire acondicionado y retribución segura, los legisladores se reúnen a tasar el desastre que jamás sabrán comprender.

 

Sobre la geografía herida solo queda la ruina y una impotencia sin nombre. Se mueren los campos, se agotan las esperanzas y se quiebra la fe en las instituciones que han destruido el equilibrio de la tierra, aquel que hombres y mujeres sabios protegían desde el conocimiento profundo del terruño. Han sido ellos, los dueños de los despachos impolutos, quienes han entregado el monte a las llamas.

Y así, cada verano, España pierde miles de hectáreas de tierra fértil y memoria verde. Nada parece importar. Pero importa: somos cada día más pobres, más pocos. Y cuando el invierno instala su frío, nadie en la distancia recuerda el horror de quienes lo perdieron todo —las cosechas, la casa, la vida misma— por intentar apagar lo que otros encendieron al legislar desde el desconocimiento.

 

 

El fuego quema fatigas e ilusiones que se disuelven en el aire cuando el viento aviva las llamas, alzadas como si este infierno fuera un castigo injusto para quien no lo merece. Ya no quedan lágrimas para llorar al águila que ha dejado de cruzar los cielos; nos basta ahora la pantalla de un ordenador y el documental de voz melodiosa y pulcra que nos muestra paisajes primigenios, mientras la belleza real de esta tierra amada se destruye bajo nuestros pies.

 

Si nos dejaran amar lo que habitamos, sin esas reglas anodinas y perversas, las águilas volverían a surcar el espacio, las ardillas correrían entre las copas de los árboles y las plagas inmisericordes de conejos no arruinarían los melonares, los viñedos, los almendros ni los olivares. Pero no: prefieren proteger la destrucción para revestir de sabiduría la más llana simpleza, desdibujando incluso el color natural del arcoíris cuando se asoma tras la lluvia.

 

NADA de esto parece tener sentido. Pero claro, nosotros, los que sostenemos la base de la pirámide social, somos a los que tachan de ignorantes por no estar sentados en las grandes tribunas ni recibir aplausos o reconocimientos. Y ya ni nos creemos el discurso oficial del cambio climático, porque la memoria de la tierra nos enseña que no es la primera vez que los ciclos cambian.

 

Y así, mientras en los despachos impolutos se dictan leyes ciegas desprovistas de terruño, la ruina se adueña de los campos. Y cuando el invierno instala su frío, nadie en la distancia recuerda el horror de quienes lo perdieron todo —las cosechas, el hogar, la vida misma— por intentar apagar el fuego que otros encendieron al legislar desde el absurdo.

Acaso la vida deje de ser necesaria cuando las máquinas programen la continuidad de este planeta y los caballos de Troya de la modernidad nos dobleguen a su golpe. Es cierto que el ímpetu se nos escapa a veces con el peso de los años, y en otras por un exceso de caprichos incalculados. En ese delirio de olvidar de dónde venimos, terminaremos por perder el norte; y cuando ya no queden guías que nos enseñen a recuperar la memoria, este colectivismo amaestrado perderá incluso la capacidad de asombro ante lo que un día dejó ir.

 

Es tiempo de vacaciones. Y aunque el aire huela a humo y haya quien necesite volver a ponerse mascarillas, la tragedia del fuego se olvida tan pronto como se desliza por las pantallas de nuestros teléfonos. La catástrofe reducida a espectáculo, a una noticia más en la palma de la mano... y esa indiferencia anestesiada resulta tan terrible como el mismo fuego que asola España en este mes de julio.

 

                                                                                               Natividad Cepeda

Fotografía de la web 

jueves, 16 de julio de 2026

La herencia de la tierra

 



Todavía, a pesar del calor, la tierra nos da frutos. En el tramo de viñas, el corazón se agita y late más fuertemente al ver colgando los racimos; y es un milagro arrebatado contemplar, en el dorado de la tarde, la nobleza que me da la tierra al verla coronada de vides que resisten el calor del sol de julio.

Siento la plenitud del regalo recibido de la tierra que nos alimenta desde el esfuerzo callado del labrador que —solo, muy solo y olvidado— resiste a los pagos al fisco y reza de labios hacia adentro para que todo eso que cabe en su alma sea el puente para saciar el cuerpo sin perder el alma.

Acaso Dios le haya repartido la herencia de la tierra, tan dura y perpetua, y él la cuida y la ama aun sabiendo que, cuando Dios lo llame, nada se llevará consigo. Ese feudo quedará para que otros que le reemplacen la cultiven; y, aun así, la toma entre sus manos ásperas y cansadas, y la sigue cuidando como se cuida a los hijos, y la ara y cultiva como ama y penetra el arado en la tierra.

 

Poema y fotografía Natividad Cepeda©

 

martes, 7 de julio de 2026

Julio en La Mancha: Manifiesto de tristeza infinita.

 

 


Estos días de julio además de fiestas, premios y distinciones hay causas que pasan desapercibidas: hechos en nuestras localidades cercanas que apenas si tiene eco y me siento impotente ante todo lo que sucede. Mi grito es el grito de la España que madruga, que produce y que, al final del día, se encuentra con las manos vacías y la sensación de estar sosteniendo un peso insoportable sobre la espalda.

Es una contradicción trágica lo que sucede y está sucediendo en la agricultura, en la ganadería y al pequeño comercio local a todos se les exige —que aguanten la burocracia, las normativas restrictivas, los costes de producción asfixiantes y los impuestos— mientras se les ofrece desprecio o indiferencia. Se les señala desde despachos con aire acondicionado, olvidando que la comida no nace en los supermercados, sino del sudor, los callos y la incertidumbre del clima y la tierra.

Nos exprimen en cada jornada, en cada surco, detrás de cada mostrador que lucha por no bajar el cierre. Nos acusan desde demasiados frentes, jueces de despacho que jamás han pisado el barro ni saben lo que cuesta levantar una persiana.

Subsistir en esta Mancha pobre es un milagro diario bajo el peso de impuestos que no devuelven nada. Para nosotros no hay pagas, no hay escudos, no hay ayudas; solo el abandono y la soledad de la llanura. Y yo me pregunto en mitad de este julio herido: cuando nos hayan asfixiado del todo, cuando las tierras queden yermas y los pueblos mudos, ¿quién va a pagar las pagas de los que hoy nos juzgan? ¿Quién sostendrá los chiringuitos de la palabrería? ¿Quién va a alimentar a los que predican el progreso si nos dejan con las manos vacías? Se nos olvida que se está produciendo un colapso rural sin futuro.

Mi voz es lo único que tengo, mi palabra para que al menos el silencio no sea el único que impera.

 


 La tierra que se entrega en julio.

 

Si.

Julio es un gigante que viste de oro el horizonte

y tiñe de un verde indomable el vientre de las sandías.

Bajo el rigor de un sol que no perdona,

el melón se endulza en los surcos,

ajeno al dolor de quienes lo custodian.

Si.

Son las manos de mi gente.

Manos que son surco, que son costra,

endurecidas por la herencia de jornadas infinitas.

Hectáreas de sudor vistiendo la llanura,

con el único sueño de cosechar la vida,

de abrir los brazos al que llega,

de sembrar la dignidad que hoy nos arrancan.

Si.

Hay un vuelo de fantasmas.

Amanece.

Cantan las alondras su canto antiguo

mientras las cigüeñas blancas coronan el silencio

de las chimeneas muertas,

de aquellas alcoholeras extintas que un día fueron progreso.

El tiempo vuela, implacable,

y las generaciones se pasan el testigo con las manos gastadas,

repitiendo un eco que nadie parece escuchar.

Si.

Es una promesa rota

Pero es julio, y el aire huele a herida.

Las noticias traen la crónica de la miseria:

robos en el campo que sangra y arruina,

robos en las calles que callan,

robos en las tiendas que bajan el cierre.

Y la promesa de prosperidad se quiebra,

sobornada por la palabrería inútil de los despachos,

por ese progreso de papel y discurso

que solo nos deja la certeza de la intemperie,

el despojo de la paz y el fin del trabajo.

Si.

Aquí la honestidad ya no tiene patria,

la integridad es un estorbo,

y el sudor de los justos es la burla de los necios.

Se nos muere la ilusión en la boca,

porque a nadie le importa ya la realidad de la tierra.

Y solo queda el vacío y el olvido.

No lloramos. No sabemos mendigar comprensión.

El orgullo manchego es una piedra que no se dobla.

Pero los pueblos, mudos, se van vaciando,

desangrados de su juventud, despojados de su nombre.

Si.

Se vuelven páramos solitarios,

espejos de nuestros propios ancianos:

esos que hoy habitan la penumbra de la soledad,

o que esperan el final, aparcados,

en las esquinas frías de residencias

donde nadie, jamás, soñó con vivir.

Es la tristeza infinita de la llanura:

la tierra sigue dando sus dones,

pero los hombres ya solo cosechan el olvido.

Si.

Soy chimenea apagada.

Epílogo sin nombre.

Escribo como escribe la ruina:

como esa chimenea que ya no sirve de mucho,

un perfil de ladrillo recortado en la distancia

al que la gente mira de lejos, casi sin ver el fondo,

sin saber que un día fue fuego y progreso

y hoy es solo belleza abandonada.

Si

Sé quién soy en este mes de julio.

Tan solo una mujer que ha gastado sus días

poniendo voz al silencio de los que callan,

custodiando la memoria en mitad de la solana.

Me quema el calor y me quema la impotencia

de saberme sola frente al invierno de mi gente,

sin fuerzas para detener este declive,

este desgarro lento de los míos y de mi tierra.

 

Pero sigo escribiendo.

Aunque nadie mire,

aunque el humo ya no vuelva.

 

Natividad Cepeda

 

 

lunes, 6 de julio de 2026

Crónica del pasado 29 de junio cuando fue la Clausura del Primer Festival de Poesía Prosvida en Aldea del Rey

 


El pasado  29 de junio fue la Clausura del Primer Festival de Poesía Prosvida en Aldea del Rey

La poesía se unió contra el cáncer de próstata en el Palacio de la Clavería

El I Festival de Poesía Prosvida clausuró su primera edición tras movilizar a más de 500 participantes con un objetivo claro: reclamar mejoras en el cribado urológico.

El acto de clausura, celebrado en Aldea del Rey, se desarrolló en un ambiente nocturno, emotivo y valiente. Durante el encuentro, se renovó el compromiso de seguir exigiendo la inclusión del cribado de próstata en la Seguridad Social como medida clave para prevenir la enfermedad y evitar muertes.

La investigación es fundamental para alcanzar la curación de cualquier tipo de cáncer, pero la prevención y la información son los pilares primordiales para combatir la enfermedad a tiempo.

En este escenario, la figura del editor y periodista Julio Criado García emerge como el gran motor y


la voz alzada de esta iniciativa. Afectado en primera persona por la enfermedad, Criado ha convertido su propia batalla en una causa colectiva, concienciando a la sociedad para evitar que el diagnóstico llegue demasiado tarde.

Quizás aún no seamos del todo conscientes del enorme favor que este profesional de la comunicación ha hecho al colectivo masculino; un esfuerzo que despierta una profunda gratitud y admiración por una iniciativa que, sin su denuncia e implicación personal, habría permanecido invisible.

A su llamamiento se han unido políticos, médicos, periodistas, músicos, cantantes y poetas, todos alineados con una meta urgente: frenar las cifras que en 2025 se cobraron la vida de 6.000 hombres en España.

Durante la velada se escucharon testimonios desgarradores, pero también mensajes de profunda esperanza para continuar luchando contra la enfermedad.

Numerosas personalidades de toda España han secundado esta causa. De hecho, en el transcurso de la noche se anunció la continuidad de estos recitales de cara al próximo año, con el firme propósito de visibilizar la prueba del PSA y conseguir que se incluya de forma generalizada en las analíticas anuales.

No siempre se agradece lo suficiente a quienes, con valentía, emprenden batallas en favor de sus semejantes; sin embargo, cuando esa llamada es escuchada y se actúa con el corazón, la unión colectiva es capaz de lograr hitos extraordinarios.



La placa de cerámica que recibimos los coordinadores de los festivales fue regalo del Alfar Leal Arias: gratitud a ellos.  Con mi abrazo a Graci Arias, que nos faltó con su hermosa sonrisa en esa noche de amistad y poesía deseando su pronta recuperación. 

Mi gratitud y admiración a Julio Criado y con él a cada una de las personas que hicieron posible los recitales de Prosvida

En mi intervención leí este texto porque los molinos de agua en mi tierra manchega fueron esenciales para la prosperidad manchega; después hubo una gran sequía y entonces se importó los molinos de viento procedentes de Alemania y los molinos de agua, muchos de ellos, se abandonaron. Aun hoy siguen funcionando algunos de ellos y verlos funcionar moliendo, gracias a la fuerza del agua, emociona porque el agua es vida y sin agua la vida no es posible. De ahí mis palabras “Somos agua de ríos moviendo molinos”

Somos agua de río moviendo molinos

El río de la unión: Juntos contra el cáncer de próstata.

Las personas nos necesitamos para alcanzar grandes logros. La unión de todos nosotros es, en definitiva, la energía que mueve la sociedad. Somos agua de río moviendo molinos. Somos eslabones de una misma cadena inquebrantable para luchar contra la enfermedad, para impulsar la investigación que cura y para desenterrar realidades olvidadas, sembrando esperanza donde antes solo había silencio.

Somos agua de río moviendo molinos

El movimiento Prosvida, fundado por el periodista y editor Julio Criado García, ha logrado alzar su voz con valentía. Junto a cientos de voces en toda España, ha encendido una luz sobre el cáncer de próstata, explicándolo al detalle y derribando el oscurantismo y los miedos que lo rodeaban.

Somos agua de río moviendo molinos

A esta causa nos hemos sumado todos:

Músicos, cantantes, poetas y escritores que ponen alma a la lucha.

Periodistas que amplifican el mensaje.

Ayuntamientos y asociaciones contra el cáncer de decenas de pueblos y ciudades. Nos hemos unido con un objetivo urgente y vital: exigir y concienciar sobre un cribado masivo que evitará la muerte de miles de hombres en España. La detección temprana no es una opción, es la diferencia entre la vida y la muerte.


Somos agua de río moviendo molinos

Somos uno y somos todos en este escenario social. Nuestra unión es la fuerza de ese río que, salvando cualquier obstáculo, avanza imparable hacia el mar. Porque juntos, somos invencibles.

 

Natividad Cepeda

Fotografía del curso del río Záncara del que, de su parte norte surge el canal o caz que llevará el agua hasta el molino “El blanco” sigue moliendo actualmente. Está en el Municipio: Carrascosa de Haro.  Comarca: Tierra de Alarcón. Provincia: Cuenca. Comunidad Autónoma: Castilla-La Mancha: España.


viernes, 3 de julio de 2026

El termómetro de la calle: ¿Por qué hay tanto descontento en España y en Europa?

 

Si salgo a dar una vuelta por cualquier barrio o me pongo a charlar con los vecinos, hay una sensación que se repite cada vez más: el ambiente está tenso y la gente está cansada. No es solo una queja pasajera; es un rumor de fondo sobre la economía, la seguridad y el futuro que hace que muchos sientan que las cosas van al revés. Pero ¿qué hay realmente detrás de este malestar y qué se dice desde todos los puntos de vista?

Hay un choque cultural y la pregunta es: ¿dónde están los límites de la tolerancia?

Por un lado, hay una parte importante de la sociedad que siente que los valores occidentales —esos que costó siglos conseguir, como la igualdad de la mujer o la libertad de expresión— están en peligro. Quienes defienden esto argumentan que no se puede ser tolerante con culturas o mentalidades que traen ideas machistas o que no respetan los derechos humanos básicos; para la gran mayoría, el que viene de fuera debe adaptarse a las normas del lugar.


Por otro lado, los defensores de la multiculturalidad e integración sostienen que Europa es y debe ser un espacio de acogida. Desde esta perspectiva, se argumenta que la diversidad enriquece a los países y que señalar a colectivos enteros solo genera más división y odio. El reto, difícil de conseguir según este enfoque, es educar e integrar en lugar de levantar muros o caer en la intolerancia. A esto se suma la economía de cada día y cómo llegar a fin de mes en las familias españolas, y ese reparto de ayudas que no perciben las familias autóctonas, sí todos los que llegan de otros países.

El bolsillo de cada uno es, sin duda, donde más duele. Nuestros jóvenes no pueden independizarse ni comprar una casa; es una misión imposible, por mucho que estudien o trabajen. En las colas de los servicios sociales y en las conversaciones de bar, surge a menudo la queja de que las ayudas para el alquiler, las becas o los recursos públicos se van siempre para los recién llegados, mientras que a las familias trabajadoras "de toda la vida" se las asfixia a impuestos.

Los expertos en políticas sociales aclaran y repiten que las ayudas no se dan por origen, sino por niveles estrictos de pobreza. Y, claro, la pregunta a esta respuesta es: ¿acaso la pobreza no está instalada en nuestros hogares? El problema real es que los recursos son limitados y, cuando no hay suficiente para todos, la competencia por las "migajas" genera un resentimiento inevitable entre vecinos.

¿Entonces, a quién hay que proteger?

Nuestra seguridad es un tema caliente. Hay una preocupación creciente de que nuestras calles están más peligrosas y de que el pacto básico con el Estado ("yo pago mis impuestos y tú me cuidas") se ha roto. La indignación crece cuando se ven casos de ocupación de viviendas o delincuencia donde parece que la ley protege más los derechos del que comete el delito que los del propietario o la víctima. Ese desvalimiento colectivo es una ola creciente, junto al temor de no expresarlo abiertamente por los adjetivos que nos pueden caer. Miedo, represión callada y hartura de tantos problemas sin resolver. Frente a estas voces no escuchadas, los argumentos de sociólogos y políticos aseguran que la justicia debe ser garantía para todos, lo que ha creado incredulidad ante los abusos cometidos por los llegados de fuera.


La desconexión de la clase política con la mayoría de los ciudadanos es total. Aunque hay miedo a decirlo alto y claro, ya existe un silencio incómodo en el ambiente social. Un silencio que no lo tapan las fiestas diseñadas para el olvido de la realidad. En resumen, el ambiente general está cargado de inseguridad y de falta de esperanza en un futuro inmediato. Se tiene la impresión de que quienes toman las decisiones viven en una burbuja, lejos de los problemas reales de la gente de a pie.

En la vieja Europa se tiene miedo; miedo a ser juzgado por no estar de acuerdo los ciudadanos con sus gobernantes, y hay una encrucijada abierta difícil en la actualidad. Una encrucijada en España, en nuestras ciudades y pueblos, porque la integración no es solo una palabra escrita en papel: es integración real o no lo será por el camino emprendido jamás. Analizar estas realidades es el gran reto de ahora para evitar problemas mayores en los próximos años.

 

                                                                                        Natividad Cepeda

 

 

 

lunes, 29 de junio de 2026

 




Próstata junio 2026

18 de junio en la biblioteca municipal F. García Pavón de Tomelloso 

los poetas que dieron vida con su voz y presencia al I Recital Prosvida. Gracias al concejal de Sanidad Antonio Calvo, al iniciador de éste movimiento El periodista y editor Julio Criado, al escritor Jesús Lara, a la doctora Lenin Navarro y a la Asociación Cultural Literaria La Media Fanega de Tomelloso. A Juan Romero y su guitarra española acompañando al cantaor Jesús Martínez. A los poetas que se unieron de otras poblaciones Eusebio Loro, Luis Romero, Juan José Guardia, Juan Lorenzo Collado y Julia Flores. Al público y para presentar me acompañó Pilar Valentín presidenta de La Media Fanega esa noche maravillosa. Y mi gratitud al personal de la biblioteca que nos atendió. Gracias a todos por haber hecho posible la magia de la noche del 18 de junio donde dimos visibilidad al cáncer de próstata mi abrazo y gratitud.

Natividad Cepeda




Con estas palabras intervine al final del acto del recital de Prosvida; Palabras universales para defender la vida e investigar  sobre éste cáncer y sobre otras enfermedades para la salud de todos. Todos en cualquier lugar de la tierra habitada; de nuestra casa común.

El Sagrado Oficio de Vivir

El sagrado oficio de vivir es comulgar con los sueños y habitar con luz y esperanza nuestra arcilla. Este barro humano que ama la lluvia, el aire y la tierra que nos fue dada; este cielo diáfano manchego, que nos cubre y nos destella porque para nosotros no existe otro templo más bello en el universo.

Honrar la estrella que nos fue dada al nacer, y entregar al viento el milagro de la ilusión. Saber, con humilde lucidez, que en nuestro caminar somos apenas un soplo, un destello pequeño de luz, pero capaces de encender una hoguera invencible cuando nos toca desafiar a la misma muerte.

Amar, ser amados, y sostener ese pacto humano: no soltar jamás los remos en el mar de la vida, incluso en las noches más oscuras, hasta hallar el amor y la gracia para erguirnos ante cualquier adversidad.

Porque solo en ese fuego, y nuestra férrea voluntad, se revela el misterio de la vida.

Eso es alzar la voz en ese día del once de junio: día del cáncer de próstata; elevar la voz y conseguir unidad para salvar vidas de hombres, no callar, ni silenciar. Esto es amar en el sagrado oficio del vivir de cada día.

Esto es luchar y cantar a la vida, hoy y mañana, para entregar el testigo de nuestra fuerza a los que vienen detrás.

Esto es vivir. Esto es amar.

 

Natividad Cepeda


 

martes, 23 de junio de 2026

Noche de San Juan

 



Esta noche por la Vía Láctea se calcinan

estrellas y regresan sortilegios

entre el aliento de todos los misterios. 

 

Desfila ese tiempo olvidado que yace

en la penumbra del pensamiento

con preludio de brasas, y yo alargo

mi pábilo, y alumbro sendas de paz

para este tiempo oscuro de guerras. 

 

La noche comienza su viaje, con ella

me diluyo en el fuego ancestral y mágico

de San Juan, recostada en mi soledad

frente a la certeza de que las llamas

limpiaran mi alma de inútiles nostalgias. 

 

Noche de San Juan, cruzan las estrellas

rápidas por la noche y nada pido,

las miro y en todas ellas veo mis sueños,

y con ellos a todos aquellos a los que amé

y ya no tengo, y a los que amo hoy

y son mis estrellas en esta noche mágica. 

 

Poema y fotografía © Natividad Cepeda