Un clamor de voces enhebradas
en angustia recorre, palmo a palmo, la piel lacerada de Ceuta. Es el latido
exhausto de corazones impotentes que, desde las naves de la catedral de La
Asunción, elevan su plegaria en la más estricta soledad, abandonados a la
intemperie del destino. Ocurre cuando, sin cauce ni concierto, emergen de las
aguas salobres del Atlántico y del Mediterráneo riadas humanas que anegan
calles y plazas, vistiendo el rostro de la ciudad con el velo de un miedo
oscuro; ese frío sutil que coagula la sangre ceutí de tristeza y desampara la
cerviz bajo el vacío de leyes tutelares.
Mas sentimos de pronto que el
silencio es una complicidad proscrita, y la voz se nos llena de agravios en
esta España transfigurada en cajón de sastre donde todo halla abrigo, excepto
sus propios hijos. Es en ese instante de desamparo cuando resuena, desde el
fondo de los siglos, la lección inmortal que el caballero de la Triste Figura
legara a su escudero sobre el valor de la dignidad:
«La libertad, Sancho, es uno
de los más preciados dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no
pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la
libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida».
Son los nuestros sarmientos de
una misma cepa hispana, y junto a ellos transitamos avenidas enfangadas por una
multitud avasalladora a cuyo paso se atrancan, con pavor, las aduanas y los
portones. El mar se encrespa y el océano brama bajo la luz incierta del día
mientras las pisadas fracturan la calma de la ciudad y hasta las buganvillas
deshojan su púrpura ante la embestida de esta marejada en desbandada.
Causa tribulación pensar en
tener que relatarle a don Quijote la mengua de honra y la indigencia moral de
tantos otros; y evoco con reverencia a aquel Miguel de Cervantes que tuvo la
audacia de colocar las verdades más altas en los labios de un loco. En los
pliegues tórridos del verano, el salobre aliento de las olas nos lega lágrimas
y desasosiego, pero también la templanza de espíritu requerida para alzar la
voz contra el ultraje.
La cobarde vileza de las leyes
sin alma no permanecerá para siempre entre sombras: por más que malandrines
osados y felones contemporáneos pretendan emponzoñar la verdad, hoy nuestro
pecho late al compás de Ceuta y Melilla. Y por más que se conjuren quienes
mercadean con la patria, aquí permanecemos erguidos, con la voz en alto,
custodiando el honor insobornable de este suelo español.
Natividad Cepeda.Fotografía de la web