domingo, 23 de agosto de 2026

Llanto sobre el asfalto

 

Llanto por la ciudad de Ceuta, por su asalto y violenta entrada de miles de hombres, por el miedo de sus mujeres y las violaciones ocurridas, por las enfermedades que hay en esa ciudad por el hacinamiento y los brotes denunciados por las autoridades sanitarias de tuberculosis, de sarna y otras enfermedades que viajaran a España y a Europa. Si, las sufriremos por la debilidad de los gobernantes y el buenismo establecido desde hace décadas en este continente europeo.

Ha pasado demasiado tiempo sin resolver la invasión de Ceuta, ciudad española mucho antes de que existiera Marruecos.

Las fronteras son sagradas y cuando se rompe esa ley universal algo no funciona porque África no cabe en Europa y el problema de ese continente no se resolverá con el hundimiento europeo.

Hay otras rutas para resolver ese problema y desde luego que destruyendo los valores occidentales no se resolverá jamás.

Hay una ruta que el tiempo vuelve costumbre, un itinerario tenue que acaba por volverse liturgia: la casa que te pertenece, la calle cotidiana, el barrio familiar que sabes deletrear de memoria. Allí no habita solo tu techo, sino el latido de tu pecho en un pedazo diminuto de tierra. El porvenir parece a salvo porque cada palmo de suelo es tuyo, ganado a pulso en la penumbra de tantas alboradas, cuando caminabas al trabajo antes de que el sol encendiera las primeras luces del día.

Ese sendero de vuelta es el refugio que aguarda al cuerpo exhausto. Al vislumbrar la esquina, el asfalto parece darte la bienvenida; las farolas y los comercios del barrio velan tu descanso con la complicidad callada de quienes comparten tu misma suerte. Jamás sospechas que un día la codicia hollará tu umbral sin que ninguna mano se alce para defenderte.

Desposeída frente a la puerta cerrada, destrenzas los hilos de los días, los meses y los años empeñados en erigir tu hogar. Descubres entonces la inclemencia de las leyes que amparan al invasor y desamparan al justo; observas cómo la usurpación cotidiana de los okupas ha erigido un imperio de rejas y alarmas, haciendo de la seguridad privada un tributo obligatorio e indigno para poder dormir en paz. Ante el cerrojo ajeno, desfilan en sombra tus recuerdos, tus fotografías, el calor intacto de tu memoria.

Miras alrededor y la ciudad entera gime a la orilla del agua, convertida en el escenario de una travesía de miedo desencajado. En este rincón fronterizo, Ceuta se tambalea golpeada e impotente, naufragando en un oleaje de miles de personas llegadas de otros mares, mientras quienes debieron velar por su orilla miran hacia otro lado. El mundo se desmorona en un abismo de angustia y la soledad es absoluta. Estamos desamparados por  un redil funesto y ambicioso que despoja al ciudadano íntegro, entregando a los suyos por el vil estipendio de unos dineros.



En ese abandono no solo se pierde la casa y la calle; la ciudad hospitalaria se degrada hasta el estercolero. Se ahoga el rumor del océano, las olas se tiñen de sombra y la brisa marina olvida la sal y el pez para oler a desamparo, a violencia y a un miedo denso esparcido por las orillas. Y ni las caracolas reproducen la muerte de los que no llegaron a la playa. Carecen de identidad, son los sin nombre, que perdieron la vida en ese viaje desesperado de alcanzar la orilla.

Es la eterna traición reeditada por las mismas monedas de plata del Judas bíblico. Y mientras te preguntas cómo la historia insiste en sus tragedias, lloras en silencio, sin un solo rincón en el mundo donde puedan caer tus lágrimas.

 

Natividad Cepeda© Fotografías de la web

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