sábado, 1 de agosto de 2026

Clamor a don Quijote

 



Un clamor de voces enhebradas en angustia recorre, palmo a palmo, la piel lacerada de Ceuta. Es el latido exhausto de corazones impotentes que, desde las naves de la catedral de La Asunción, elevan su plegaria en la más estricta soledad, abandonados a la intemperie del destino. Ocurre cuando, sin cauce ni concierto, emergen de las aguas salobres del Atlántico y del Mediterráneo riadas humanas que anegan calles y plazas, vistiendo el rostro de la ciudad con el velo de un miedo oscuro; ese frío sutil que coagula la sangre ceutí de tristeza y desampara la cerviz bajo el vacío de leyes tutelares.

Mas sentimos de pronto que el silencio es una complicidad proscrita, y la voz se nos llena de agravios en esta España transfigurada en cajón de sastre donde todo halla abrigo, excepto sus propios hijos. Es en ese instante de desamparo cuando resuena, desde el fondo de los siglos, la lección inmortal que el caballero de la Triste Figura legara a su escudero sobre el valor de la dignidad:

«La libertad, Sancho, es uno de los más preciados dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida».

Son los nuestros sarmientos de una misma cepa hispana, y junto a ellos transitamos avenidas enfangadas por una multitud avasalladora a cuyo paso se atrancan, con pavor, las aduanas y los portones. El mar se encrespa y el océano brama bajo la luz incierta del día mientras las pisadas fracturan la calma de la ciudad y hasta las buganvillas deshojan su púrpura ante la embestida de esta marejada en desbandada.

Causa tribulación pensar en tener que relatarle a don Quijote la mengua de honra y la indigencia moral de tantos otros; y evoco con reverencia a aquel Miguel de Cervantes que tuvo la audacia de colocar las verdades más altas en los labios de un loco. En los pliegues tórridos del verano, el salobre aliento de las olas nos lega lágrimas y desasosiego, pero también la templanza de espíritu requerida para alzar la voz contra el ultraje.

La cobarde vileza de las leyes sin alma no permanecerá para siempre entre sombras: por más que malandrines osados y felones contemporáneos pretendan emponzoñar la verdad, hoy nuestro pecho late al compás de Ceuta y Melilla. Y por más que se conjuren quienes mercadean con la patria, aquí permanecemos erguidos, con la voz en alto, custodiando el honor insobornable de este suelo español.

Natividad Cepeda.Fotografía de la web