Hay expectación hoy en
el mundo, o al menos eso nos aseguran machaconamente los medios de comunicación
desde todas las ventanas posibles: radio, televisión e internet. Una euforia
desatada por el eclipse solar ha disparado las reservas en casas rurales, hoteles
y miradores montañosos, elevando los precios hasta el despropósito:
habitaciones de sesenta euros que hoy se pagan a cuatrocientos. Ante la
avalancha de ciudadanos ansiosos por ver hacerse de noche durante apenas un
minuto y unos pocos segundos, se cierran accesos a bosques y caminos con tal de
evitar incendios o colapsos en las carreteras. La sociedad rebosa de titulares
para hacer realidad el capricho de contemplar un fenómeno que no se repetía
desde hace un siglo.
Aparentemente, este
gramo de oscuridad astral es infinitamente más importante que la angustia real
que se vive a pocos kilómetros, en la ciudad de Ceuta. Allí, la población sufre
el impacto de una presión fronteriza inasumible tras los recientes asaltos multitudinarios.
Muros de desesperación, lágrimas y gritos sofocados de vecinos que temen salir
a la calle, comercios cerrados, denuncias de agresiones, inseguridad y el brote
de enfermedades que parecían olvidadas. Ceuta clama abandonada a su suerte; llora
y protesta sin que casi nadie salga a las calles del resto de España a apoyarla
en su soledad. Da la impresión de que no es un tema que nos ataña. Lo
importante, al parecer, es el eclipse. Para eso sí se moviliza la población,
paga precios abusivos y corre hacia lugares remotos. Lo demás no importa.
Rebosamos de
expectación y, en cierto modo, de una profunda frivolidad. Aunque el fenómeno
astronómico sea fascinante, resulta doloroso constatar que la violación de una
frontera y la zozobra de una ciudad entera despierten tan poca empatía. La vida
contemporánea se ha convertido en este arrebato de euforia ante lo
extraordinario, mientras se asume como un pecado sin penitencia el atropello a
la libertad y seguridad de nuestros propios convecinos. Un drama al que las
autoridades solo parecen prestar atención cuando la música del miedo suena en
el resto de Europa y se teme que el problema alcance sus propias puertas. Es
entonces cuando, de pronto, se empieza a hablar de devoluciones y de control
fronterizo.
Cuesta entender el
panorama actual. Cuesta comprender cómo la búsqueda de una vida mejor por parte
de quienes llegan del Magreb se traduce en muchos casos en una falta de
integración o en la exigencia de implantar pautas culturales incompatibles con
nuestras libertades, mientras en otros rincones del mundo la persecución a
comunidades cristianas se asimila con pasividad. Cuesta asimilar una Europa
sumida en conflictos diarios e inseguridad, donde los avances en materia de
acogida parecen haber dejado desprotegida a la ciudadanía de a pie frente a
quienes no respetan las normas de convivencia.
Sin embargo, lo que no
se dice en los platós se comenta en voz baja. En círculos reducidos crece el
rechazo a una gestión migratoria caótica, bajo la premisa de que África no cabe
en Europa. Se habla con cautela, por temor a la cancelación o al juicio de
voces anónimas que niegan la realidad desde la comodidad del sofisma. Pero
extirpar esta sensación resulta imposible: el murmullo ciudadano es cada vez
más notorio y la voz de la calle empieza a hacerse sentir.
Ojalá que la descarga
mágica de este eclipse traiga consigo un reguero de paz y de cordura. La
necesitamos urgentemente en este siglo XXI tan convulso, donde el sentido común
y la protección de los nuestros no deberían quedar jamás en la sombra.
Natividad Cepeda
Fotografías de la red
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