domingo, 31 de mayo de 2026

Elegía de las bodegas hundidas

  

Qué tristeza queda en bodegas hundidas.
Qué soledad al pasar junto a ellas.

Resbalan los recuerdos por el azul

del cielo, por las hierbas secas donde yacen

las tinajas rotas al polvo de la ruina.

 

Aquí hubo vida.
Aquí hubo manos, vino, voz, calor humano.


Camino por la aldea pedanía de Záncara,

 la única que tuvo Tomelloso,
y en sus calles abandonadas reconozco

el rastro de una España que se apaga;

aulas vacías, paredes caídas,
bodegas hundidas, un despojo lento

sin épica ni memoria.

 

Camino entre ruinas y olvido.
Y el silencio es un responso continuo

por lo que fue y se dejó morir.

 

No es solo piedra: es la vida arrancada,
es la gente expulsada, es el pulso roto
de los pueblos. Queda la estación de tren

como una ironía del destino.

 

El tren por el que Tomelloso clama.

El tren que es progreso y nos niegan

pasa todavía por Záncara.

 

España se vacía por abandono

y mala práctica. Perecen los nombres,

se olvida su historia y llora mi alma.

 

Se hunde lo que nadie quiso salvar.

 

Mientras tanto, otros proclaman

caminos, rutas hacia un mundo sin raíces,

una fe de mercados lejanos

y promesas que no mira hacia atrás.

 

Avanza esa voz, la llaman progreso,

globalización, y deja tras de sí pueblos

sin gente, sin infancia ni recuerdos,

sin memoria ni testigos.

Aquí nos quedamos, muy solos,
custodiando el polvo manchego
como quien guarda cenizas de ayer.

Solo queda silencio y tinajas tendidas,

abiertas al cielo, como si esperaran

que alguien vuelva a darles vino, a darles vida.

 

Aquí nos quedamos sin los nuestros,

en muchos otros pueblos

de esta España rural que se vacía

y se muere, paso a paso, lentamente.


Poema y fotografía Natividad Cepeda

 

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