Se señalan días para conmemorar recuerdos;
se anuncian fechas como faros de cartón
que nos guían hacia celebraciones
inventadas, laicas, profanas, y las seguimos sin pudor,
sin complejos, como queriendo creer
que fuimos nosotros quienes dictamos el guion.
Por el resbalón de los días nos dejamos asesorar:
celebra el día de la madre, celebra el día del amor,
celebra el día de la paz, celebra el día del niño,
celebra el día de cualquier cosa con tal de mantenernos
sumidos en un mundo ficticio, con tal de no mirar de frente
lo que no termina.
Y olvidamos las guerras que no acaban,
el hambre que enzarza vidas sin esperanza,
la herida que se repite hasta volverse paisaje.
Acumulamos errores y nos parece
que nadie nos mueve, que no estamos siendo dirigidos
como marionetas sin voluntad,
sin carácter, sin principios ni valores.
Llevamos grilletes invisibles instalados en el cerebro,
y aun así sonreímos cuando llega la fecha,
cuando toca aplaudir, cuando toca publicar,
cuando toca repetir.
Miramos las pantallas: del móvil,
del televisor, del juego
que nos incita a seguir entretenidos;
miramos y miramos y en ese mirar
se nos va la vida como agua entre los dedos.
Y no vemos que nos gobiernan
gobernantes astutos, a quienes no les importamos
como seres humanos, sino como parias:
para sacarnos el sudor, para exprimir la energía,
para convertir el tiempo en una moneda sin rostro.
Así vamos: callando, obedeciendo,
tragando ruido, celebrando migajas
mientras el mundo arde al fondo.
Así vamos mientras nuestra civilización
se hunde, y no lo vemos.
Natividad Cepeda
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