A
través de los balcones abiertos se colaban las voces de los madrugadores,
diferentes según marca la hora el reloj del cuarto de estar de mi casa. Pasadas
las nueve de la mañana el teléfono me envolvió en su mensajería. Me llamaban
desde un departamento del ayuntamiento informándome de que un poeta nacido en
mi pueblo y residente en la capital del reino había fallecido.
Mientras
escuchaba extrañada de tanta prontitud en informarme, al terminar y yo dar las
gracias me suplicaron con mucha ceremonia
que por favor, y ahora era cuando yo comprendía la llamada, que lo
comunicara a los otros poetas y escritores del pueblo residentes en esa capital
del reino y, a cuantos yo tuviera direcciones para que vinieran al sepelio al
día siguiente. Acepté el encargo y busqué direcciones y teléfonos que era el
medio más rápido de informar. Empecé a hacer una pequeña lista y fui
recordando aquella vez que me acerqué al
hospital donde el poeta se recuperaba.
Un amigo común me advirtió de que lo más
probable fuera que su esposa no me dejara pasar a la habitación porque era muy
celosa, y me miró de arriba abajo,
mientras me informaba. Correré el riesgo, contesté. Y así llegue hasta la puerta donde dando pequeños
golpecitos me empecé a anunciar tímidamente. La mujer me abrió y su mirada fue
una radiografía. Sonreí por costumbre, y porque hacía años que ellos dos me
habían acompañado en la presentación de mi primer libro y para mí, fue un honor
tenerlos a mi lado. Me incliné para besar sus mustias mejillas y ella trató de
empinarse inconscientemente para alcanzar mi metro setenta y cinco. Se la
notaba cansada por sus ojeras y su mirada triste y hundida. Movió la cabeza y
me dijo muy bajito que él estaba mal; y tú muy cansada le contesté y ella,
asintió con la cabeza. No te reconocerá
porque anda despistado, me aclaró mientras avanzábamos hasta la cama.
El
poeta tosía y se perdía entre las arrugas de su pijama hospitalario. Parecía
más desgarbado y flaco y en su rostro, las
arrugas acentuadas le conferían la
imagen de un hombre campesino, estático y callado, que mira y escudriña a quien
tiene delante. Sentí su mirada venir hacia mí a
través de sus gafas contemplarme, como si yo, y él, fuéramos un mismo
escaparate de una tienda cualquiera. Sonreí; ella, su mujer, le dijo ¿le conoces?
y él con voz cascada contestó que sí me conocía, porque hacía tiempo habíamos compartido mesa y
mantel. Me indicó que me acercará y me alargó su mano grande y todavía fuerte
que se perdió entre las mías.

Los minutos consiguieron que el poeta enfermo se olvidara de su lecho
y su dolor constante y hasta bromeo con ese matiz socarrón manchego con el que
se esconden tantos pesares y fracasos. Miré mi reloj y con ese gesto social y
educado empecé mi despedida. Minutos antes me había desprendido de su mano y
entonces él me alargo las suyas y yo le dije bajito y sonriendo, que se pusiera
bien para cuando volviéramos a vernos, él me estrechó muy fuerte y con una
sonrisa desencajada me dijo yo ya no volveré a verte.
Cuando cerré la puerta de la habitación del hospital y salí a la
calle las luces de la ciudad y sus ruidos no fueron suficientes para olvidarme del enfermo que dejaba postrado. La
noche tenía gemidos y extraños seres pululando por todos los ámbitos de aquella
gran ciudad, y sentí la urgencia de
alejarme de ella porque algo me ahogaba y oprimía el alma que no sabía
explicar.
Los días pasaron hasta que el teléfono me dijo que él, se había marchado
con sus versos a ese lugar donde el cuerpo suyo no sería una rémora. Empecé a
llamar por teléfono a los poetas que habían sido amigos suyos; los que le
felicitaron cuando le concedieron el Premio de la Crítica, el Nacional de
Literatura… y algunos otros además de ostentar cargos culturales con aquellos
que junto a él habían formado la llamada generación de los 50.
Lo instalaron en el salón mejor
del ayuntamiento, donde se discutían lo bueno y malo para el pueblo y pasaron
por allí las gentes cultas y de mejor rango social; cuando la noche entraba en
la hora mágica de las doce llegue de nuevo al ayuntamiento y subí la escalera
en un profundo silencio como si el ayuntamiento estuviera vacío. Sonaban mis pasos
en el blanco mármol escalón tras escalón. Al llegar ante la gran puerta del
salón me pareció tan triste la escena que mis piernas se negaban a continuar,
sentada junto a la caja mortuoria su mujer, sola, lo velaba en silencio. Hundida
en el sillón incomodo parecía diluirse entre las luces y los sillones concejiles,
que a los dos le daban guardia. No quiso dejarlo solo aquella última noche, y
yo cuando el reloj del ayuntamiento y de la torre de la iglesia, dio la una de
la madrugada, me despedí hasta el día siguiente.
Al
funeral vinieron gentes importantes de la provincia y algunos se vinieron hasta
el cementerio. Después de aquél día he escuchado y leído crónicas y peroratas
de algunos de aquellos que no vinieron a su entierro como amigos queridos,
incluso algún alcalde ha acusado a otros de no haberle homenajeado como se merecía
y otras lindezas por el estilo, porque queda muy bien hablar de los poetas
muertos para sentirse importantes. También es nombrado por doctos escritores
locales, aunque creo poder afirmar que su nombre es conocido, pero escasamente
su obra poética.
No hay crónica
fotográfica de su mujer velando su cuerpo, sola, en mitad de esa soledad donde
quedan los muertos. No existe oficialmente. Yo doy testimonio de que así fue y
conmigo algunos municipales que todavía viven y lo recuerdan. El sarcasmo de la
vida es ese, conocer quiénes son tus amigos incluso después de muerto.
Natividad Cepeda