Viaje en tren
Hacía casi tres años que no
había vuelto a la ciudad del río Turia y, para llegar hasta ella, he viajado en
tren. También hacía muchos años que no viajaba en tren y, al hacerlo en aquel
Alvia, rápido y creyéndolo seguro, he comprobado que, cuando el camarero ha
pasado arrastrando su carrito con ruedas por el centro del pasillo —en
silencio, pero ofreciendo sus cafés y viandas— nadie, ningún pasajero, le ha
pedido nada.
Después, una pareja de edad
algo avanzada ha sacado una bolsa con recipientes herméticos de plástico y,
tranquilamente, han saboreado su comida, compuesta de empanadillas y algo de
fruta, bebiendo de una botella pequeña el agua necesaria.
El tren ha seguido su marcha
sin apenas paradas y el paisaje ha cambiado, pues desde las tierras manchegas,
que son castellanas, ha ido buscando bajar hasta el mar Mediterráneo. Ese mar
que baña la costa levantina con olas suaves y luz diáfana.
El mar y Valencia fueron el
primer mar que mis ojos vieron, cogida de la mano de mi padre; jamás lo he
olvidado. Fue una experiencia difícil de definir: yo era una preadolescente
nacida tierra adentro, que conocía el agua de las piscinas, donde nadar en los
calurosos veranos era fácil, porque en esas piscinas no había olas ni sal que
se metiera en los ojos. El mar, grande y profundo, me dejó en silencio. Y mi
padre me dijo aquella frase de...
Cuando llegué al mar por
primera vez tenía tres hijas y rozaba los cuarenta. Hice una promesa: si Dios
me lo permitía, traería a mi esposa y a mis hijas para que también lo
conocieran. Casi la he cumplido. Aún me faltan tus hermanas y, si Dios quiere,
volveremos todos a pasar el verano: por primera vez juntos frente al mar.
Me quedé callada mirando el
azul remoto de la línea del horizonte, por donde los barcos cortaban despacio
la mañana. Sonaban sirenas a lo lejos y la brisa me movía el pelo con suavidad.
Desde entonces, el mar me llama con su ir y venir, y yo lo escucho mientras
camino descalza por la playa.
Valencia fue la primera ciudad
grande que conocí después de Tomelloso y Ciudad Real. Era tan distinta que, al
recorrerla en tranvía, me quedaba en silencio: calles, plazas, fachadas… todo
parecía hablar un idioma nuevo. Iba con Leonor, hermana del representante
valenciano con quien mi padre trataba aquellos negocios de trigos y harinas.
Leonor y su hermano, Vicente, eran de clase media; la guerra del 36 al 39 les
arrebató acciones, les dejó propiedades bombardeadas y les obligó a vender lo
poco que pudieron salvar.
Vivían en un piso de la calle
de San Vicente Ferrer y eran socios del Ateneo Valenciano, donde había salones
de conferencias y un restaurante para comidas, cenas y meriendas. Si no eras
socio, no podías pasar: era un mundo cerrado, de puertas discretas y miradas
medidas.
Yo me quedaba con Leonor
mientras mi padre y Vicente trabajaban. Ella me enseñaba la ciudad con un
cuidado casi minucioso: edificios, leyendas, lo que la guerra había destruido…
y, sobre todo, la riada de 1957. Cuando el Turia se desbordó, dijo, dejó muerte
y ruina a su paso. Nos deteníamos frente a ciertas fachadas y Leonor señalaba
la altura que alcanzó el agua. Todavía se distinguía: una sombra negruzca, como
una marca vieja que los años sesenta no habían logrado borrar.
Luego merendábamos en la
cafetería del Ateneo. Leonor saludaba a algunas señoras —educadas, distantes— y
yo sentía que me miraban con un desdén leve, quizá imaginado, quizá real.
Con ella conocí una Valencia
que ya no existe, o que solo vuelve cuando la recuerdo.
El tren me llevaba hacia
Valencia y, al desfilar ante mis ojos los naranjos y las palmeras altas,
dispersas sobre la tierra, los recuerdos volvieron como compañeros silenciosos
de viaje, sentados a mi lado en el vagón.
Cuántos años han pasado, y
cuántos seres amados han quedado atrás.
El ritmo del tren me hundía en
aquellos días lejanos mientras el Mediterráneo, siempre querido, comenzaba a
llamarme.
Natividad Cepeda
Fotografía de la web
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