miércoles, 14 de enero de 2026

El Desafío de Mantener Viva la Luz del Venerable Ismael de Tomelloso en Nuestra Sociedad Manchega

 



La luz silenciosa de Ismael: fe, memoria y esperanza en la oscuridad, es la historia de España, marcada por las cicatrices de aquella Guerra Civil de donde emergen figuras que se convierten en faros de fe y esperanza. Una de ellas es Ismael de Tomelloso, un joven cuya vida como prisionero de guerra sigue interpelando nuestras conciencias. ¿Cómo es posible que, en medio del horror y el abandono, germinara una fe tan inquebrantable que aún hoy ilumina corazones? Yo reflexiono sobre el misterio de esa luz, sobre la fuerza de la oración y la memoria que lo rescataron del olvido, y sobre el desafío de mantener viva su Causa de Beatificación y Canonización esperando ese milagro que no dudo vendrá, cuando Dios lo crea conveniente.

Ismael representa la fuerza de la fe en tiempos de odio y violencia. Su vida es un llamado a la reconciliación y a la paz, valores universales que trascienden ideologías. El significado espiritual de Ismael es su testimonio que interpela a las nuevas generaciones: “La verdadera grandeza está en amar incluso en medio del sufrimiento”. Ismael no fue un héroe de guerra ni un personaje famoso. Fue un joven normal que eligió la paz en medio del odio, que prefirió la oración al enfrentamiento, que nunca renunció a su fe. Su vida es un faro para quienes buscan esperanza en tiempos difíciles. Nos recuerda que la santidad no está reservada a unos pocos, sino que se construye en lo cotidiano, en la fidelidad y en el amor.

Por eso hay que Recordar su Juventud y compromiso apostólico. Durante su adolescencia, Ismael participaba activamente en la vida parroquial. Era conocido por su espíritu de oración, su amor a la Eucaristía y su entrega a los demás. En los años previos a la guerra, Tomelloso no era ajeno a la tensión política y religiosa que se vivía en toda España. Las iglesias sufrían ataques, las imágenes eran destruidas y la práctica religiosa se veía amenazada. Ismael, lejos de esconderse, reafirmó su fe y su compromiso con Cristo. En su mensaje para hoy, Ismael nos enseña que la verdadera grandeza no está en el poder ni en la violencia de las sucesivas guerras, sino en la humildad, en la entrega y en la capacidad de amar incluso en los momentos más oscuros, su vida, es un faro para quienes buscan esperanza en medio de la incertidumbre. En una sociedad que a veces olvida sus raíces espirituales, recordar a Ismael es recordar que la fe puede transformar el mundo.

A veces no se comprende el silencio de Ismael; es un Silencio que Habla de Paz. En tiempos donde la violencia parecía imponerse sobre la esperanza, surgió la figura de este joven sencillo, alegre y profundamente espiritual: Ismael. Su vida, marcada por la fe se convirtió en un testimonio luminoso en medio de la oscuridad de la Guerra Civil española de 1936. Ismael no fue un héroe de armas, sino de espíritu. Movilizado en el frente de Teruel, eligió la paz por encima de la guerra: y rezó en silencio, implorando que cesara la barbarie. Aquella actitud desconcertó a quienes lo rodeaban, pero revelaba la fuerza de su convicción: la fe no se negocia, ni siquiera ante la muerte. Capturado y llevado a un campo de concentración, Ismael vivió el desprecio y la soledad. Sus compañeros lo ignoraban porque no protestaba, porque respondía al odio con silencio y oración. Con un rosario improvisado de cuerda de esparto, rezaba cada día, aferrado a la esperanza. El frío y la miseria lo enfermaron; la tuberculosis se apoderó de su cuerpo. Nunca pidió nada, salvo que fuera el capellán del campo de concentración para confesar y comulgar

Pero ¿podemos pensar en lo que vivió Ismael en aquella batalla? Ismael tenía veinte años.  Solo veinte años. Nunca imaginó verse atrapado en una guerra, la más cruel: aquella que enfrentaba hermano contra hermano, vecino contra vecino, amigo contra amigo. Jamás pensó que su fe cristiana pudiera ser motivo de odio. Él no se metía con nadie; rezaba cada mañana ante el sagrario antes de ir al trabajo, pedía por todos y sentía en su alma la luz de Cristo resucitado. Conocía la pobreza. A veces, camino al trabajo, algún hombre o mujer le pedía limosna. No tenía dinero, solo el pan destinado a su desayuno, y sonriendo lo dejaba en aquellas manos suplicantes.

Esperaba el domingo con ilusión: era el día de alegrar a los ancianos del asilo. Allí, entre paredes frías, vivían olvidados, esperando la muerte. Cuando Ismael llegaba, las miradas tristes se volvían alegres. Con su guitarra les cantaba, les ayudaba a comer intentando aliviar tanta soledad en su vejez. Las monjas cuidaban a quienes otros habían desechado. Nunca hubiera imaginado que sería perseguido por creer en Cristo crucificado, por amar a Jesús en el Sagrario. ¿Por qué?, se preguntaría atónito. Y ahora, en medio de la batalla, no fue capaz de disparar. ¿Cómo hacerlo, si todos eran hermanos? Tiró el fusil y elevó su oración al cielo, suplicando el fin de aquella lucha feroz, sangrienta. Los soldados lo miraban asombrados: ningún proyectil lo alcanzaba. Pasaron los días. El frío mordía los cuerpos: veinte grados bajo cero. Batalla de Teruel, terrible. Unos avanzaban, luego retrocedían. Al final, el silencio. La derrota del ejército republicano. En la larga fila de prisioneros, Ismael escuchó que quienes acreditaban pertenecer a asociaciones católicas no eran enviados al campo de concentración. Él era un joven de Acción Católica… Cuando llegó su turno, le preguntaron nombre y filiación. Solo dio su nombre y dos apellidos.

—¿Algo más? —preguntó el soldado.

—Nada más —respondió Ismael. Se quedó junto a quienes hasta ese día le habían vigilado, blasfemando a su lado para provocarle, para ejercer poder sobre los que sospechaban cristianos. Ismael callaba y rezaba. Oraba en silencio, cumpliendo el mandato del Maestro: Amaos los unos a los otros como yo os he amado. Amor a Dios y, por Dios, amor a todos, incluso a sus enemigos. Ese es nuestro Venerable Ismael de Tomelloso. Para mi confiar en la fuerza de la fe de Ismael en su enorme soledad, me abruma. ¿Cómo se mantiene viva la esperanza cuando todo invita a la desesperación? La respuesta está en la autenticidad de la fe de Ismael, su amor a Dios, su confianza en la vida eterna y su capacidad para seguir creyendo en la paz y en las personas son testimonio de una santidad que no necesita escenarios ni aplausos.  Es la santidad que se fragua en el silencio y en el amor, y que solo los auténticos creyentes elegidos por Dios pueden encarnar.

                          Natividad Cepeda

Secretaria General de la Asociación para la Beatificación y Canonización del Venerable Ismael de Tomelloso

 

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