La luz silenciosa de Ismael: fe, memoria y esperanza en la oscuridad, es la
historia de España, marcada por las cicatrices de aquella Guerra Civil de donde
emergen figuras que se convierten en faros de fe y esperanza. Una de ellas es
Ismael de Tomelloso, un joven cuya vida como prisionero de guerra sigue
interpelando nuestras conciencias. ¿Cómo es posible que, en medio del horror y
el abandono, germinara una fe tan inquebrantable que aún hoy ilumina corazones?
Yo reflexiono sobre el misterio de esa luz, sobre la fuerza de la oración y
la memoria que lo rescataron del olvido, y sobre el desafío de mantener viva su
Causa de Beatificación y Canonización esperando ese milagro que no dudo vendrá,
cuando Dios lo crea conveniente.
Ismael
representa la fuerza de la fe en tiempos de odio y violencia. Su vida es un
llamado a la reconciliación y a la paz, valores universales que trascienden
ideologías. El significado espiritual de Ismael es su testimonio
que interpela a las nuevas generaciones: “La verdadera grandeza está en amar
incluso en medio del sufrimiento”. Ismael no fue un héroe de guerra ni un
personaje famoso. Fue un joven normal que eligió la paz en medio del odio, que
prefirió la oración al enfrentamiento, que nunca renunció a su fe. Su vida es
un faro para quienes buscan esperanza en tiempos difíciles. Nos recuerda que la
santidad no está reservada a unos pocos, sino que se construye en lo cotidiano,
en la fidelidad y en el amor.
Por
eso hay que Recordar su Juventud y compromiso apostólico. Durante su
adolescencia, Ismael participaba activamente en la vida parroquial. Era
conocido por su espíritu de oración, su amor a la Eucaristía y su entrega a los
demás. En los años previos a la guerra, Tomelloso no era ajeno a la tensión
política y religiosa que se vivía en toda España. Las iglesias sufrían ataques,
las imágenes eran destruidas y la práctica religiosa se veía amenazada. Ismael,
lejos de esconderse, reafirmó su fe y su compromiso con Cristo. En su mensaje
para hoy, Ismael nos enseña que la verdadera grandeza no está en el poder ni en
la violencia de las sucesivas guerras, sino en la humildad, en la entrega y en
la capacidad de amar incluso en los momentos más oscuros, su vida, es un faro
para quienes buscan esperanza en medio de la incertidumbre. En una sociedad que
a veces olvida sus raíces espirituales, recordar a Ismael es recordar que la fe
puede transformar el mundo.
A
veces no se comprende el silencio de Ismael; es un Silencio que Habla de Paz.
En tiempos donde la violencia parecía imponerse sobre la esperanza, surgió
la figura de este joven sencillo, alegre y profundamente espiritual: Ismael. Su
vida, marcada por la fe se convirtió en un testimonio luminoso en medio de la
oscuridad de la Guerra Civil española de 1936. Ismael no fue un héroe de
armas, sino de espíritu. Movilizado en el frente de Teruel, eligió la paz por
encima de la guerra: y rezó en silencio, implorando que cesara la barbarie.
Aquella actitud desconcertó a quienes lo rodeaban, pero revelaba la fuerza de
su convicción: la fe no se negocia, ni siquiera ante la muerte. Capturado
y llevado a un campo de concentración, Ismael vivió el desprecio y la soledad.
Sus compañeros lo ignoraban porque no protestaba, porque respondía al odio con
silencio y oración. Con un rosario improvisado de cuerda de esparto, rezaba
cada día, aferrado a la esperanza. El frío y la miseria lo enfermaron; la
tuberculosis se apoderó de su cuerpo. Nunca pidió nada, salvo que fuera el
capellán del campo de concentración para confesar y comulgar
Pero
¿podemos pensar en lo que vivió Ismael en aquella batalla? Ismael tenía veinte
años. Solo veinte años. Nunca imaginó
verse atrapado en una guerra, la más cruel: aquella que enfrentaba hermano
contra hermano, vecino contra vecino, amigo contra amigo. Jamás pensó que su fe
cristiana pudiera ser motivo de odio. Él no se metía con nadie; rezaba cada
mañana ante el sagrario antes de ir al trabajo, pedía por todos y sentía en su
alma la luz de Cristo resucitado. Conocía la pobreza. A veces, camino al
trabajo, algún hombre o mujer le pedía limosna. No tenía dinero, solo el pan
destinado a su desayuno, y sonriendo lo dejaba en aquellas manos suplicantes.
Esperaba
el domingo con ilusión: era el día de alegrar a los ancianos del asilo. Allí,
entre paredes frías, vivían olvidados, esperando la muerte. Cuando Ismael
llegaba, las miradas tristes se volvían alegres. Con su guitarra les cantaba,
les ayudaba a comer intentando aliviar tanta soledad en su vejez. Las monjas
cuidaban a quienes otros habían desechado. Nunca hubiera imaginado que sería
perseguido por creer en Cristo crucificado, por amar a Jesús en el Sagrario.
¿Por qué?, se preguntaría atónito. Y ahora, en medio de la batalla, no fue
capaz de disparar. ¿Cómo hacerlo, si todos eran hermanos? Tiró el fusil y elevó
su oración al cielo, suplicando el fin de aquella lucha feroz, sangrienta. Los
soldados lo miraban asombrados: ningún proyectil lo alcanzaba. Pasaron los
días. El frío mordía los cuerpos: veinte grados bajo cero. Batalla de Teruel,
terrible. Unos avanzaban, luego retrocedían. Al final, el silencio. La derrota
del ejército republicano. En la larga fila de prisioneros, Ismael escuchó que
quienes acreditaban pertenecer a asociaciones católicas no eran enviados al
campo de concentración. Él era un joven de Acción Católica… Cuando llegó su
turno, le preguntaron nombre y filiación. Solo dio su nombre y dos apellidos.
—¿Algo
más? —preguntó el soldado.
—Nada
más —respondió Ismael. Se quedó junto a quienes hasta ese día le habían
vigilado, blasfemando a su lado para provocarle, para ejercer poder sobre los
que sospechaban cristianos. Ismael callaba y rezaba. Oraba en silencio,
cumpliendo el mandato del Maestro: Amaos los unos a los otros
como yo os he amado. Amor a Dios y, por Dios, amor a todos, incluso a sus
enemigos. Ese es nuestro Venerable Ismael de Tomelloso. Para mi confiar en la
fuerza de la fe de Ismael en su enorme soledad, me abruma. ¿Cómo se mantiene
viva la esperanza cuando todo invita a la desesperación? La respuesta está en
la autenticidad de la fe de Ismael, su amor a Dios, su confianza en la vida
eterna y su capacidad para seguir creyendo en la paz y en las personas son
testimonio de una santidad que no necesita escenarios ni aplausos. Es la santidad que se fragua en el silencio y
en el amor, y que solo los auténticos creyentes elegidos por Dios pueden
encarnar.
Natividad Cepeda
Secretaria
General de la Asociación para la Beatificación y Canonización del Venerable
Ismael de Tomelloso
No hay comentarios:
Publicar un comentario