
Murieron solos en esos compartimentos
aislados de las Residencias de Mayores. La vejez es la debilidad del ser humano.
En la infancia necesitamos de la familia y en la ancianidad también. No se
puede pedir amor por dinero, ese trato es tan inhumano que corrompe los cimientos
de la bondad y el amor. Y sin amor no hay posibilidad para la existencia.
El coronavirus sigue entre
nosotros y va mutando atacando a jóvenes,
no solo a viejos. Si se nos hubiera mostrado la realidad de los que se iban
muriendo en hospitales y los masivos enterramientos, es probable que ahora los
focos recientes de contagios fueran menores; se nos ocultó y cantamos con
citaras actuales y el drama humano de muchos de los nuestros no lo percibimos.
Yo, gimo y clamo por todos ellos, y ese río de lágrimas no deja de navegar
hasta el mar invisible del alma. Lo dice el libro de la Biblia en el Eclesiastés,
hay un tiempo para llorar y un tiempo para reír… Nosotros sonreímos a destiempo y no lloramos a
nuestros muertos y el dolor sigue enconado.
Mucho tiempo pasará hasta
que el equilibrio dañado se restablezca.
Por eso, a los abuelos,
Debimos negarnos a obedecer
y no dejarlos solos, por amor,
y ahora cuando no están en la casa
nos falta el valor para reconocerlo.
Se fueron navegando por las sombras
de un río encenagado
de dolor
como conchas abandonadas
o barcos encallados
en un apocalipsis.
Todos ellos eran ríos de esperanza,
lagos donde se miraban las colinas
y sucedió que al pagarse su sonrisa
perdimos la infinita luz de sus miradas.
A través de los pliegues de los años
los abuelos son el regalo de Dios
sobre el bosque desconocido de la vida
y, ahora, no
podemos congregarnos a su lado.
En las hojas de los almanaques
habrá que escribir a pesar de la pena,
dulcemente, que cuando crucemos
ese río, ellos vendrán a recibirnos.
Es inútil ocultar la imagen de la muerte
su origen es la vida y el pueblo que lo olvida
carece de barcas para cruzar al otro lado.
Más allá de las lágrimas está la Tierra Prometida.
Todo invariablemente es un retorno
gravado en el corazón del universo.
Natividad Cepeda