
Ayer, hace ahora un año, María Dolores García-Solana
Gavidia; la sollozos nos visten y acogen en el coro de adioses que hemos hija amada de doña Amparo Gavidia, sonreía dulcemente a la sombra
del molino que edificaron sus padres para homenaje anual de la palabra escrita
en verso y prosa, exclusivamente, por amor a la obra de Miguel de Cervantes, de
la novela El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, de los capítulos XIX,
XX y XXI de la segunda parte. Donde se
narra cuando don Quijote y sancho Panza, regresaban de la Cueva de Montesinos,
y en el camino les cuentan de una boda que se va a celebrar de una bella moza,
que ha dejado a su novio pobre, por otro mucho más rico. Y en ese triángulo
amoroso de Quiteria, la bella, Basilio el pobre y Camacho el rico, se trae a
colación la celebración de aquellas bodas de siglos pasados, en parajes
manchegos.
Paraje de Munera que localiza y propone don Enrique
García-Solana, investigador, cronista,
periodista y escritor, que ha llegado con ese sueño hecho realidad, junto con su esposa, hasta nuestros días para
honor y honra de Munera.
Ayer, la sombra protectora del molino, nos dejaba ver la
sonrisa cálida de Mari Lola, como oí llamarla a su madre, Amparo Gavidia, y sobre el calor de julio vuelve la memoria a la mujer que falta, pero
que no se olvida. Tornasoles de rostros
femeninos recuerdan a la ausente, con el sol como huésped del molino. Arriba, en las aspas del molino,
la pasión y la grandeza de las voces de los poetas llegados de otras
tierras se va extendiendo por el harnero
de la tarde de julio, y siento que la
vida que hoy hemos perdido, regresa por el costado de los muros.
La voz de la congoja tiene alas de múltiples sonidos
renovados al viento de los antepasados; los que cada uno llevamos en lo hondo
del pecho que en ocasiones se remueven,
dejando un poso de ahogo en las garganta o, también, despertando esas
huellas que seguimos de quienes nos dejaron.
Todos los sonidos que nos trae la tarde nos dejan al
principio de otras tarde de julio, como si los deseo se volvieran errantes y
jugaran alrededor de los peroles de
gachas, el pan y las navajas y con tantos amigos con los que compartimos, estas
bodas eternas y constantes del molino de viento de la Bella Quiteria, siendo
escuderos, junto a él, de andantes
sueños. Sueños que nos conducen a las cumbres de lo eterno. Y de repente
sabemos que Miguel de Cervantes sigue tomando notas para no olvidar lo
que escucha, y a su lado, Enrique García –Solana, atisba lo que el escritor
quiso ocultar y sueña, y sueña con otros siglos, y el ama de su casa, doña
Amparo, lo escucha y los dos sueñan y piedra a piedra se alza el sueño de un
molino de sueños…
Munera, Munera, para siempre en tus oídos sus voces entre el algodón del
azul del cielo y el familiar eco de todos tus vecinos, alrededor de este
molino. Munera, Munera, un antes y un después han de escribir en tu Historia,
pues entre tus elegidos, quedan los dos Enriques y Mari Lola ligados a tu
nombre.
Ahora ellos duermen en esa constelación de los humanos, y
nosotros, todos, les seguiremos. Amor de amor, nos acompaña junto a tu frágil
figura de matriarca, querida Amparo: Dama manchega, herida madre, serena
anciana mucho más bella que esa Quiteria que nos retrata, Cervantes, en su
Quijote. No tengo lágrimas pues son las tuyas las que yo sigo. No tengo nada
para demostrarte cuanto te admiro…Hierra la vida cuando nos faltan los que
amamos, más no el cariño de este puñado de pobres gentes bajo la sombra de tu
molino. Bajo las aspas de tu familia queda la herencia que tú creaste, Dios te
lo pague noble señora como mereces.
Natividad Cepeda
Munera a 7 de julio de 2018