Es
julio y hace calor en Tomelloso. Vuelve la calima a dejar en la sombra su
hoguera de láminas de fuego y es tanto su calor que hasta las piedras se
calcinan al bode de los caminos sedientos y agotados de este calor de julio.
La
primera mujer que yo recuerdo con el nombre de Carmen estaba iluminada en su
trono de flores. Tenía la expresión dulce,
serena, y junto a ella, cogiéndome mi mano de niña muy pequeña, estaba
tía María con la mirada alzada al rostro iluminado, con mirada extasiada llena
de fe y entrega a la Virgen del Carmen en el oratorio precioso de su casa.
En
mi calle, al lado de mi casa habitaban dos jóvenes mujeres con el nombre de
Carmen, y en otra calle cerca, había otras dos Cármenes…
Era
un nombre común sin pretensiones, apenas si alguna sabía lo que significaba; lo
único importante era que se llamaban así por la abuela, una tía, su madrina de
pila de bautismo, o porque a la hora del parto su madre se había encomendado a
la Virgen del Carmen la que salva las almas de todos los fuegos existentes e
imaginarios. Y luego estaban las niñas como yo que se llamaban Mari Carmen y
Carmina. Y la canción de Maricarmen del Dúo Dinámico, al
que jamás vi actuar porque cuando vinieron a Tomelloso mi prima Maricarmen y yo,
intentamos colarnos porque no teníamos dinero para la entrada, y nos salió tan
mal que hasta nos perdimos la entrada y la salida del teatro Cervantes que fue
donde actuaron.
Décadas
después las niñas se llamaron Carmen María, Carmen Pilar, o Carmen Marta… Un nombre de mujer, casi siempre.
Una
noche de primavera conocí a Carmen Conde. Llegó a Tomelloso vestida de traje
gris de chaqueta y falda y camisa
blanca. El pelo rizado, gris y blanco,
recogido en un moño italiano; cogida a un bolso negro, y calzando zapatos
negros de tacón bajo. Apenas si recuerdo la conferencia que impartió en la Casa
de Cultura dentro de las jornadas de Poesía Española, organizadas por el Grupo Artístico y Literario “Jaraíz” bajo la
dirección de Valentín Arteaga, al que yo pertenecía. Al concluir una cena nos
esperaba. Yo no podía asistir a la
cena por lo que acompañé al grupo a
tomar una cerveza o un zumo antes de cenar.
Cuando
llegó doña Carmen Conde, la saludé después de las consabidas presentaciones,
pero fue en la terraza del restaurante Plinio donde me hizo un hueco para que
me sentara a su lado. Era directa en sus afirmaciones, contundente y certera en
sus opiniones; segura de sí misma, algo distante, si el conversador de turno no
le interesaba lo que decía, pero brillante en su disertación. La tertulia
estaba animada bajo el cielo sereno de mayo por lo que la noche invitaba a
cenar y a conversar largamente.
Miré mi reloj y me disculpé por tenerme que
marchar, había iniciado un movimiento para levantarme y Carmen Conde me lo
impidió enérgicamente. Me disculpe alegando que no podía quedarme, y ella en
tono despectivo me dijo que si no quería quedarme para que la había acompañado.
Los demás la siguieron para evitar mi marcha, apoyando sus palabras. Volví a
disculparme con ella e inicie mi retirada confesando, tímidamente, que me
esperaban mis tres niñas para dormirse.
Su mano me presionó el brazo mientras
clavaba su mirada en mis ojos: Sonrío y suavemente me hizo volver a sentarme a
su lado mientras les decía a los demás que yo hacía muy bien en irme y no perder el
tiempo con todos ellos. Fue entonces cuando me dijo que ella había perdido a su
hija con tres años y que si la tuviera nadie la apartaría de su lado. Luego
abrió su bolso de piel negra y del fondo de aquél pequeño baúl, extrajo un
billetero y puso en mi mano una de sus tarjetas de visita y me hizo prometer
que la visitaría. La Ilustre Académica me contó como era su niña y como a pesar
de haber transcurrido los años ella la recordaba a diario. Me aconsejó no
regatear el tiempo a mis hijas, porque el tiempo es fugaz y efímero y nunca se
puede volver atrás. Me hablaba como si
sólo estuviéramos las dos a solas… Fue entonces cuando admiré
la fortaleza de aquella mujer llamada Carmen Conde, que a pesar de tener encanecido su pelo
seguía siendo joven recordando su maternidad perdida.
Cármenes
de ayer y de hoy. Mujeres poetas y mujeres anónimas.

María del Carmen Matute Rodero, dulce en su mirar y en su decir, sin
que esos atributos le resten fuerza serena en sus convicciones y en su quehacer
literario y personal. Con su sonrisa a
flor de labios como el jaramago y la azulada flor del romero, no ocupará un
sillón de la Real Academia de la Lengua
Española, más si tiene la fortuna de estrechar a sus hijos y dejar en sus
frentes un beso de amor.
Cármenes
de múltiples historias en tierra adentro y en tierras de mar y barcas en
barrios de pescadores. Cármenes a las que no las quiebran los fracasos de la
vida.
Queda
tanto por decir que con recordar y mirar hacia adelante sin
olvidar el pasado seguirán creciendo en los vergeles del mundo muchos otros cármenes
cuidados por manos de mujer.
Natividad
Cepeda
Publicado Diario Lanza 18/7/2013
Arte digital: N Cepeda
Fotografía: Escultura en Cartagena de Carmen Conde del escultor Juan José Quirós 2007