jueves, 1 de enero de 2026

La siembra y el nuevo amanecer del año nuevo

 

Ha caído la noche,
sobre esta última frontera del año,
y la vida parece un río detenido,
aunque yo esperaba que fuera un torrente nuevo.

Esta mañana,
la niebla era un manto gris y húmedo,
como un pensamiento que no se despeja,
cubriendo las calles del pueblo,
cubriendo la siembra que verdea en los surcos
como venas abiertas en la piel de la tierra.

El teléfono dejó mensajes,
voces que son pájaros golpeando los cristales,
ecos de afectos que no llenan el vacío,
porque yo sentía la raíz antigua,
la voz de mi padre,
cuando el último día del año
íbamos todos a misa,
como quien vuelve al manantial
para beber memoria.

Por aquella madre que murió
un treinta y uno de diciembre,
cuando él era apenas un niño,
y la ausencia se hizo árbol
que aún da sombra en nuestras vidas.

Esta noche he ido al templo,
he rezado por ella,
por mi padre, por mi madre,
y he sentido que conmigo estaban
todos los que me faltan,
como estrellas encendidas
en el cielo secreto del alma.

Regresé a casa,
el frío filtrándose en mis huesos
como un huésped sin nombre,
y preparé la cena,
una cena sencilla,
porque ese es el espíritu:
despedir la noche vieja,
dar la bienvenida al año nuevo
rodeada de familia,
rezando por los ausentes
que laten en cada silencio.

Bienvenido sea el año nuevo,
bienvenido sea,
pidiendo que el camino
no sea demasiado incierto,
que la esperanza no se quiebre
como cristal en la tormenta.

Ahora todo está en silencio,
y yo pienso
en la gran incógnita
que es este año
que comienza,
como un libro cerrado
que guarda sus páginas en sombra.

Pero allá afuera,
bajo la niebla,
la siembra sigue verdeando en los surcos,
como versos escritos por la tierra,
como promesas que germinan
en la piel del mundo.

Que así sea este año:
un brote nuevo,
una raíz que se aferra al corazón del suelo,
un horizonte abierto
donde el sol disipe la niebla
y la esperanza florezca
como trigo dorado
cantando en primavera.

 

Natividad cepeda

Tomelloso 1 de enero de 2025