martes, 29 de octubre de 2019
martes, 8 de octubre de 2019
La costra amada de los pueblos

Los pueblos nuestros tienen rincones bellísimos y únicos
y, a la par, heridas de desalojo y abandono. Casi todos bebemos nuestros vinos
que labramos apostando por esa riqueza milenaria que nos hace gemir por pérdidas de heladas o
granizo, lluvias a destiempo y bajos precios y, ante eso, se nos enciende la
sangre en mucha ocasiones mirando el cielo azul injusto y pendenciero como esos jugadores que nada
tienen y se lo juegan todo .
Nos guardamos las ganas de emigrar ante los decaimientos
por los impuestos, la soledad y el abandono en el que algunos pueblos van
cayendo. Pensamos que sobran visitas de
los que nos prometen salir de esta desolación y, al tiempo queremos y ansiamos que
vengan para así, salir grabados en las televisiones locales, provinciales y
autonómicas para poder mostrar los personajes
que aguardan pacientemente turno delante del cámara. Después cuando las
cosechas resultan ser escasas nos refugiamos en nuestro orgullo, y en ese nuevo
laúd de halago que son recuperar una página de Historia para escenificarla con
la esperanza de atraer turistas de los pueblos de al lado.

El campo nuestro ha envejecido. Las manos que los labran,
la mayoría, son mayores, viejos jubilados
autónomos. Y el choque generacional no pisa cardos ni surco arado. Se
oxidan no, los aperos, cantados en ocasiones por nostalgia de los que son
ancianos, o por aquellos progres de palabra fácil, doctos en lecciones
aprendidas, sacadas de llamémosles, avispados cantautores del pasado que jamás hicieron surco alguno. Ahora
por los que defienden animales de granjas, cargados en camiones caminos de
mercados para abastecer las ciudades y no miran las plagas, por ejemplo de
topillos y conejos, que tanto daño han ocasionado a los cultivos.

Natividad Cepeda
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