Las miro. Contemplo a las cigüeñas desde ese cuadro de un pintor que parece que él
también se mira en su interior cuando lo tengo enfrente. Tan otra cosa, como si
se escondiera de todos o jugara al escondite con las cosas y los perfiles de
las sombras, de los recodos y los colores que él mezcla y distribuye como si
fuera algo inmaterial y tocara con los pinceles una sonata de melancolía y de
tristeza, porque en los pinceles encontró
su arpa y sus dedos pintan poesía o yo
dijera que hace poseía sin palabras.
Yo que nada entiendo de los que se dedican al oficio de vender la belleza plasmada
en un cuadro me detengo en este cuadro
de un pintor llamado Angel
pintado, nacido y andador de las calles largas y solitarias de Tomelloso y al
hacerlo, y yo verlo me parece que quisiera esconderse de todos y, a la vez captar las sombra y las luces de todas las
esquinas porque, apenas si en Tomelloso hay plazas y rincones que saluden a
vecinos y visitantes. Y este pintor escondido en
su figura de bohemio de antaño, satura su pintura de románticos vuelos como si las llanuras las mirará a través de
una gasa de seda, o su mirada la hundiera
entre rendijas de grada coloreada de luces de quinqués polvorientos. De esos
trastos que él recupera como si él no quisiera, los demás, los otros, nos olvidáramos
de ellos. Y todo ese universo lo deja
reposar entre las telas saturadas de esos olvidos que al verlos en sus cuadros
a mí, que nada sé de crítica de arte, me emociona y me devuelve la ternura de
encontrar y admirar la belleza de las pequeñas cosas sencillas. Tan hermosas
como un bombo apenas perfilado entre flores silvestre y amapolas que parecen,
que de un momento a otro escaparan del cuadro y se vayan a la tierra,,al aire y
al barbecho de donde él, Ángel Pintado las sustrajo.
Y de pronto yo que nada sé
de premios y sucios vasallajes de jurados donde también se compran y vendes las
dádivas del arte, me admiro y embeleso ante una rama de fruta que reposa
sobre algo sutil e inexplicable, como si
al fruta fuera la muchacha desmayada de un cuadro y un hada la hubiera
trasformada en esa rama frutal cobijada
de hojas lánguidas…Y, no entiendo el cíngulo invisible que une una rama de
almendro con la sombra de un mueble
antiguo, ni porqué el pintor lo
eligió para darle soporte a esas flores que por sí mismas ya son bellas. Miro
el cuadro y su composición y me pregunto ¿por qué, a este hombre soñador de
figuras, se le ocurrió juntar la madera
viva de la rama de almendro, con la madera muerta del mueble? que hace que las
flores sean más blancas y más bellas.

Sus manos traban sueños como si el pintor escuchara una voz interior que le dijera por donde han de ir los trazos, y el color hiere tela y madera persignando sus creaciones tan libres como lo es, y debe ser todo pulso del creador que se precie. La casa, la suya, y la mía; las casas de otros que se fueron tienen o han tenido, tablas de yeso o de madera donde dejar un jarro antiguo de cristal: yo tengo uno de mi abuela igual que ese jarro que Ángel ha pintado. Si lo tengo y lo amo porque pienso que es parte de mi vida y de esa abuela que yo no conocí. Y de las otras abuelas que me dejaron la herencia de los jarros de cristal guardados, igual que ese jarro que hace de florero en un cuadro transido de ayeres y nostalgias, junto a un cuenco de cerámica y un imposible puchero o jarrón azul, como si un soneto clásico lo hubiera dejado para que fuera compañero del jarrón donde los tallos verdes audaces y orgullosos, eclipsan a todo el que comparte los límites del cuadro, quedando algo alejado un humilde plato, casi olvidado, porque hasta las flores malvas de semilla amarilla se difuminan, se visibilizan,
No todo son figuras de enseres
hay mujeres de antaño, de esas que vestían faldas largas y creaban una curvatura
de arco románico al inclinarse para arrancar a la tierra los frutos, o las
malas hierbas de los campos. Mujeres sin rostro, o con rostro universal de campesinas
anónimas y frágiles en medio de una augusta blancura manchada de sutil colorido, apenas unas manchas
diluidas, para que los que las vemos y
contemplamos nos unamos al cuadro y sintamos que ellas, y nosotros, somos un
todo en mitad de la nada de la vida.
También Ángel Pintado nos
deja torres lejanas y serenas de
palacios o templos y ciudades, bajo anaranjados colores de crepúsculos por donde
un río discurre por debajo de un puente:
un puente de esos que dicen que tiene siglos y a los que miramos por ser tan singulares y, por aquello del misterio que se aloja en las piedras que conocen los pasos
del ayer …Poca cosa dirán los especuladores de finanzas y entresijos de dólares
y euros, de subidas de extraños minerales, el oro de estos días por los que no
importan que al lado de las minas se mueran las personas. Nada nuevo, siempre
ha sido así, y así sigue la humanidad paciendo.
Pero Ángel Pintado tiene esa
gracia del arte en sus entrañas, ese honorable sello de cortesía vago e
impreciso de dejarnos soñar un poco con sus sueños, y si se le pregunta hace un
mohín o se encoge en sí mismo, y cierto
es, que no desvela nada. Es normal, los artistas, los creadores nada tiene que
explicar, ya es suficiente con que nos
regalen la esencia de su arte. Y si fuera posible vivir de esa belleza, porque
si la belleza no se compra, el alma del artista se angustia y los pinceles se encogen, y no es bueno que se pierda esa magia en la nada: no, no es
bueno que se quede guardada en las entrañas del corazón y del cerebro.
Hace unos años, pocos,
visité el estudio de Ángel Pintado acompañada de Serfin Herizo. Fue una mañana
de primavera cuando todavía Serafín Herizo sonreía y decía que tenía que escribir
de los pintores; de los buenos pintores como Ángel y de sus cuadros y obras. Escribir
con el alma, con mi forma de ver, y yo le sonreí porque tampoco para mi es
fácil escribir de la belleza cuando delante de ella me pongo, y la emoción me
recorre la sangre junto a este pintor
parco en palabras y grande en su paleta
de colores.
Un día le dije, a Serafín Herizo,
amigo de verdad, sin evasiones, escribiré de Ángel Pintado si Dios quiere. Un
día, y hasta hoy, te juro, Serafín Herizo, que no he podido. Yo sé, estoy
segura, que tú leerás mis letras, que la vas leyendo al golpe de la tecla del
teclado, de este ordenador ligero y para mí, hermano, y espero que cuando Angel
Pintado, deje sus ojos por mis texto le parezca
qué la confianza que tú en mi depositaste no está del todo mal cumplida. Porque
yo ignoro lo que de verdad piensa el artista, tan solo miro sus cuadros y algo
me dice que es hermoso lo que este pintor español y tomellosero deja en los
lienzos.
Pronto la primavera llamará
llenando con su arquitectura de arcángel luminoso nuestra tierra y al pasar por
las calles volveremos a vernos los que todavía la pisamos y, Ángel Pintado,
expondrá y quien sabe cuántos otros proyectos tendrá en su haber… Es otra primavera y por el puente de
la muerte nos faltan muchos otros. Nos
quedan en el alma y en las vivencias que hoy recuerdo.
Natividad
Cepeda
Las fotografías de los cuadros son del Pintor Ángel Pintado